Gente maleducada y vagos en las bibliotecas

He tenido que ir a muchas bibliotecas en Barcelona por mi trabajo en el periodismo y en el fotoperiodismo para medios de comunicación, y lo que he visto ha sido increíble y muy lamentable, tanto en bibliotecas públicas y como en las bibliotecas de las universidades. Se han convertido en gallineros y en el refugio de vagos en las bibliotecas públicas que se pasan el día viviendo de las ayudas sociales y ellos sin hacer nada.

Cuando yo estudiaba las bibliotecas eran lugares de estudio, de silencio y de cultura. Nadie intentaba molestar, y cuando aparecía el típico gilipollas que rompía las normas de conducta se le advertía de que estaba en la biblioteca. Había respeto entre la gente. El silencio era impresionante.

Ahora ha cambiado mucho esto. Sólo abrir la puerta ya me di cuenta que aquel silencio y aquel respeto de mis tiempos de estudiante ya no existe. ¡Todo el contrario!

Comenzamos por los móviles. Sé que hoy en día hay una adicción a los móviles enfermiza y peligrosa. La gente va andando por la calle, va en autobús, está con sus amigos, con su pareja, de viaje, y todo el mundo va mirando el móvil. ¡Lo sé! Pero hay una parte de educación, de respeto, de inteligencia y de sentido común, que nos dice no usar el móvil en sitios donde puede molestar o no se puede usar. Las bibliotecas son uno de estos lugares, y sin embargo he visto mucha gente que le suena el móvil, se ponen a hablar por teléfono y además les escucho decir que no pueden hablar porque están en la biblioteca. Si sabe que no puede hablar, ¿por qué coño habla? Si lo sabe, debería de poner el móvil en silencio antes de entrar a la biblioteca e ir a hablar por teléfono a la puta calle.

Otra reacción de la gente cuando le suena el teléfono en la biblioteca es simplemente ponerse a hablar como si estuviera en su casa. Son esos egoístas que les importa una importa si molestan a los demás, y esto ocurre en ambos sexos, en hombres y en mujeres. No les importa el respeto, y además hablan alto. No hablan en voz baja, no. Tampoco está permitido hablar en voz baja por teléfono en las bibliotecas, pero no tienen ni ese miserable cuidado. ¡No, no, no! Hablan lo que se les sale de la punta de la polla porque son así de chulos baratos de mierda.

Podría pasarme horas explicando de lo que he visto con los móviles, pero no es el único problema que he visto. ¡Me he hecho una lista! . Continuo.

Otro detalle que he visto es la gente que se ponen el audio y volumen abierto cuando miran vídeos, con el móvil, con el portátil o con los ordenadores públicos. Muchas personas se lo ponen muy bajo, pero no se trata del volumen si es alto o bajo. Se tienen que usar auriculares, pero mucha gente no usan auriculares. ¡No me lo puedo creer! Sólo la gente analfabeta, o una persona con una inteligencia mental de cuatro años máximo, no se daría cuenta de que está molestando, porque está en una biblioteca. No se pueden poner los volumenes abiertos. Hay un invento, muy antiguo ya, que se llama auriculares. ¡¡¡Un poco más atrás en el tiempo, y existe casi desde la prehistoria!!!. Poner el volumen me parece una inmensa falta de respeto que demuestra el egoísmo y la estupidez de esta gente.

Luego están las risas y carcajadas de los amigos y amigas, chicos y chicas, que se ponen a explicarle sus típicas tonterías. No sé de qué va el chiste porque tampoco se lo he preguntado, pero se parten el culo de risa en la biblioteca. No callan. Se pasan media hora. Son como loros, con la diferencia que se ríen y se descojonan como si estuvieran en un bar explicando chistes o mirando monólogos de humor en su casa. ¡Lloran de risa! ¡Pero es la biblioteca!

En esto de las risas tengo que añadir la gente que está viendo un vídeo con el ordenador, una película, una serie, un monólogo, un recopilatorio de caídas tontas, y mil cosas más, y se parten de risa mirando el vídeo. ¡Otra vez! ¡Que esto es una biblioteca! ¡No es el comedor de tu casa!.

Pero esperar ¡¡que esto continua!! ¡No he acabado!.

Luego está la gente que habla en voz alta en todo tipo de situaciones. a preguntar. Esta falta de educación es la más habitual, y forma parte del panorama de las bibliotecas. Hablan como si estuvieran en la panadería o en el bar de borrachos de su barrio. Hablan en voz alta la gente que entra para hablar con los bibliotecarios/as, la gente que se conoce y se encuentra en la biblioteca, la gente que vienen juntos, yla gente que están estudiando en la misma mesa. También hablan en voz alta los padres que entran con sus hijos, los que quieren preguntar algo, los que hablan a tono de calle antes de salir de la biblioteca, y mil situaciones más. Esta virtud y cualidad de las bibliotecas ya ha desaparecido.

Es de una puta vergüenza ver cómo actúan esta gente. ¡Todos y todas! ¡Del primero al último! Lo hacen con total desprecio hacia el resto de usuarios o usuarias de la biblioteca. Lo hacen con chulería, con una actitud provocativa de a ver quién tiene los cojones de decirles algo, mostrando un egoísmo y una prepotencia repugnante. Hoy en día la gente es así, es chula y vacilona que da asco, se creen los reyes del mundo, los más fuertes, los más listos, y los que más dan por el culo , y están orgullosas y orgullosos de ser como son. Se sienten superiores.

No veo a casi nadie recriminar la actitud y pedir que se comporten, y lo entiendo. Son demasiados infractores, chicas y chicos, ambos sexos por igual, niños, padres, madres y ancianos, y no es su trabajo. Siempre vendrá alguien que hablará fuerte, y puedes estar amonestando una y otra vez sin parar, y así nadie se concentra en estudiar, en leer, en aprender o en trabajar. ¡No! ¡Lo asumen! El respeto se ha extinguido en las bibliotecas.

Dentro de este apartado debería de haber de los bibliotecarios y bibliotecarias que se dan por vencidos y resignados, o no quieren asumir riesgos. Ya no son aquellos bibliotecarios/as de los tiempos cuando yo estudiaba. Ya no asumen su liderazgo, como ocurría hace años. Sé que tienen problema laborales. Sé que tienen quejas en sus condiciones de trabajo. Hace más de treinta años que entré por primera vez en una bibliotca, y el deterioro de las bibliotecas es muy notable.

La primera biblioteca en la que entré yo fue la de mi colegio. Yo era muy niño, y lógicamente el diseño estaba pensado para esa etapa escolar de nuestra vida, pero lo primero que nos enseñaban era el silencio. Antes de entrar, nos decían que no se habla si no es necesario, y que se habla a voz muy baja para no molestar al resto de personas. Eso es lo primero que se aprende.

Mi siguiente biblioteca fue un lugar casi de película. La recuerdo con las mesas en los centros, alumbradas por la luces de la mesa, muy oscura, con un techo que casi no se veía, con toda la gente estudiando, y un silencio impresionante. No había ordenadores, no había música, no había videojuegos. En aquella época no había estas cosas. Eran bibliotecas de libros y estudiar. Es lo que debe de ser una biblioteca, y la bibliotecaria era una persona respetada, muy educada y muy severa con las normas. La gente lo agradecía.

Ahora, sin embargo, he visto bibliotecarios y bibliotecarias que se suman a hablar en voz alta. Hay algunos bibliotecarios que son los primeros en romper las normas, y he visto bibliotecarios hablar a un volumen que no me lo creo. Deberían de ser los primeros en dar ejemplo, y en algunos casos es todo al contrario. Es cierto que la gente imbécil es simplemente imbécil, como dice la palabra, y no harían caso, pero los bibliotecarios no deben de sumarse con su actitud al caos irracional de los demás.

Dentro del repaso de incidencias, es obligatorio hablar de los vagos sentados sin hacer nada todo el día en las bibliotecas públicas, que viven de las ayudas sociales y ellos siguen sin hacer nada. No quieren hacer nada. Se pasan horas sentados en los ordenadores, pero en teoría el carnet, personal e intransferible, sólo permite hacer dos horas de Internet al día, hasta un límite de 20 sesiones al mes en estas fechas y de 32 sesiones en otro tipo de ordenadores, y ellos hacen cuatro horas el día. Usan los carnets de otras personas. Deberían de ser sancionados, y prohibirles el uso de Internet, tal como contempla las sanciones. Las infracciones son perfectamente visibles y perceptibles, pero no hacen nada.

Quizá podríamos pensar que están buscando trabajo, porque en las bibliotecas hay un gran número de personas sin recursos y que entran a las bibliotecas para no estar en la calle. Quizá podríamos pensar que están buscando alguna solución para arreglar su vida. ¡No! ¡No, no y no! Estan mirando películas, vídeos musicales, vídeos de programas de televisión en youtube, o juegan. No buscan trabajo, no se mueven para buscar trabajo, y se pasan allí horas y horas y horas, cada día, del ordenador al sofá de la biblioteca, del sofá otra vez al ordenador, de vez en cuando al lavabo, y en algún momento salen a la calle para tomar el aire libre.

Voy a ser muy duro, muy claro y muy directo. No quieren trabajar. Tienen las ayudas sociales. Tienen otras ayudas. Tienen la asistencia social, y la hipocresía de la sociedad siente lástima por ellos, mientras ellos se burlan de la sociedad. Hay algunos sujetos que parece tener transtornos mentales, pero no me sirve de excusa. Es una excusa barata de vago de mierda. Hay miles de personas en nuestra sociedad con minusvalías, con discapacidades, con enfermedades mentales, que trabajan, que se esfuerzan, que les gusta sentir que son alguien, que hacen algo, que nos demuestran su valor y su integración a pesar de sus limitaciones, y se ganan nuestra admiración y nuestro respeto.

La mayoría de los sujetos que se pasan el día en las bibliotecas son todo lo contrario, y son una vergüenza repugnante. No se parecen en nada. Son unos vagos que generan tensión, porque algunos son violentos, generan incomodidad o situaciones conflictivas con el resto de usuarios que optan por ignorarlos como mejor solución, y que se pasan las normas por el culo. Esta gentuza debería de ser expulsada de las bibliotecas y controlar su actividad dentro de las bibliotecas.

Terminaría el artículo con una reflexión, partiendo de la base en la cual las bibliotecas son lugares de cultura, de respeto, de aprendizaje, y de intercambio. Las bibliotecas forman parte de la cultura activa de una sociedad, y es muy mal síntoma que todos estos detalles formen parte de las bibliotecas.

Escuché decir una vez a un bibliotecario que hoy en día las bibliotecas tienen función de centros sociales. ¡No! ¡Eso no puede ocurrir! Las bibliotecas deben de ser bibliotecas, y los centros sociales cumplir con las otras funciones suyas como tal. La biblioteca no es un centro social. Las bibliotecas albergan, crean, difunden y ponen la cultura al alcance de la gente. Ya sabemos que en nuestro país ser un inculto no está mal visto. Escucho burradas bestiales en la playa en verano, en la calle, y no pasa nada. En los programas de televisión tenemos muchas muestras inauditas de incultura, con respuestas alucinantes y torpes, pero en este país la incultura hace gracia. ¡La gente se ríe! No pasa nada por demostrar ser un inculto o inculta. ¡Y no quieren tampoco aprender!. Aquí parece que la incultura es como una medalla, y las bibliotecas se han rendido a esta lamentable realidad. Asumen esta certeza, la hacen suya también y se integran a un conjunto en el cual no deberían de sumarse las bibliotecas.

En mi opinión, se necesita un proyecto de concienciación, de reeducación y de renovación utilitaria en todas las bibliotecas, bien sean universitarias o públicas, porque me ha dado la sensación de que ahora mismo las bibliotecas, en cuestión de respeto, orden, seguridad y educación, están muy abandonadas. Sus proyectos de difusión cultural también son mejorables y ampliables.

Me acuerdo siempre de la reflexión de Susanita, la amiga de Mafalda. A mí de pequeño me encantaba leer Mafalda antes de dormir. Me leí todas sus viñetas y tiras, y tenía algunas historietas geniales. En una de éstas Mafalda dice que quiere tener mucha cultura, y Susanita dice que quiere tener muchos vestidos. Susanita dice que son más importantes los vestidos. Puede salir a la calle sin tener cultura que no pasa nada, pero no puede salir a la calle sin llevar un vestido. ¡Y lamentablemente tiene razón!.