Outdoor Bondage. Esta máquina se usa mucho en construcción, arreglos de carreteras, y para transporte de ruinas, ladrillos y piedras. Es muy potente, muy rápida, muy ágil y puede circular por zonas donde la maquinaria pesada es más lenta y dificultosa.

En este caso, esta máquina también forma parte de esa gran colección de vehículos tirados por los bosques y las montañas. Tal como os he explicado en las galerías publicadas de estos vehículos, no son vehículos abandonados. Tienen un propietario, cuyo tierra de estas montañas es su propiedad, y le gusta guardar vehículos destartalados repartidos por sus bosques y montañas. Hay caravanas, hay tractores, hay todoterrenos, hay grúas, hay motos y mucho más.

"Atada y amordazada dentro de esta máquina de obras"

En las montañas hay gente muy extraña. Os lo he dicho mil veces. Indistintamente de ser las ciudades, la playa o las montañas, la gente siempre es gente, y las singularidades de la gente están en todos sitios. Vivir en las montañas no significa que la gente se pase el tiempo ordeñando vacas, paseando ovejas, mirando las estrellas, sentarse en el fuego de la chimenea o tirar maíz o pienso a las gallinas. No, no y no. Eso son tópicos absurdos.

Aquí os he contado en otras ocasiones que hay un laberinto de caminos entre zarzales muy estrechos, que recorren muchos kilómetros en mil direcciones, donde apenas cabe una persona y donde te puedes encontrar muy malas sorpresas.

A nuestra izquierda hay uno de estos caminos. Pasar por ese camino es herirse con los pinchos de los matorrales de espinos debido a su estrechez, pero después de haber andado tan sólo unos cien metros se llega a una buena cabaña de piedra, en perfecto estado, donde dentro vimos colchones de dormir, ropa usada y agua. Hay muchos escondites en estas montañas, y allí vivía alguien.

Estas montañas son muy silenciosas, y el oído afinado es la primera señal de alarma. Estábamos haciendo las fotos, y de pronto se escuchó alguien andar por esos caminos. Debido a su estrechez, se escucha los arbustos agitarse, pero también se escuchan las hojas secas al pisarse. Nos quedamos inmóviles, en silencio y preparados para defensa, porque la gran mayoría de la gente que anda por estos caminos son sorpresas muy desagradables y peligrosas. El camino pasa a unos cinco metros de nosotros, y la espesura de los zarzales, sumada a su altura de un par de metros, hacen de muro visual. No nos vio, y no nos escuchó. Nosotros le escuchamos perfecto todo el recorrido, y se fue hacia esa barraca.

Hicimos cinco minutos más de fotos, sin hablar, mirando incluso dónde pisamos, porque el sonido en tal sublime silencio se escucha a kilómetros, recogimos sigilosos, siempre manteniendo la guardia y la vigilancia al máximo, porque en estos lugares también puedes encontrarte traficantes de drogas o gente que se dedica a actividades delictivas, y nos fuimos.

Tuvimos tiempo suficiente para hacer todas las fotos que quisimos, y quedó una sesión erótica y sensual, atada y amordazada con los pechos desnudos sobre esa máquina en el bosque.