¡De cuánta razón me colmo al decirles cómo de hermosas son las historias de amor, y sus idílicas postales que ustedes arden por vivir, las de verse ambos enarbalgados por cual lluvia arrecia en su paraje de fantasía!

Fácil resulta imaginárseles los dos escuchando el tosco gruñir de los belicosos corsarios en los grises galeones sobre la cúpula de su cráneo, y con nostalgia recordar cual demencia les invadió, al salir sin tener las carnes cubiertas ni por un hilo de tela a someterse bajo su ira, y los atónitos bucaneros enmudecer sus bramidos al verles desnudos envueltos en un mar de sonrisas. Las gotas de cristales acuosos regaban la siembra de los cabellos, resbalaban por los rostros y más abajo aún, unas evaporadas entre los poros de la piel a su cauce, y el resto arrastrándose hasta la cándida meta fruto de su íntima pasión.

¡Que gratos momentos les sobrevendrán, desafiantes con sus brazos abiertos en cruz y la cabeza inclinada alzando los ojos cerrados a las bravuconas naves de marengos cascos! Mas, acertada o no la decisión de retarles, pues fue como si las cisternas de sus tanques hubieran reventado de tal provocación, se miraron ajenos al diluvio con las cuencas encendidas por la antorcha del deseo, el amor encarnado que se irradiaba en las pupilas y los pómulos enrojecidos de calor.

¡Ah, el amor! ¡Como en el mejor de los sueños! ¡Sí! ¡Mirando con belleza la casta naturaleza cual en su regazo les albergaba!

"Ningún humano hubiera podido jamás crear la belleza de la naturaleza"

Sin más espera, despojaron de su velo los besos enardecidos, dejando caer suaves las espaldas a escarbar las raíces de las hierbas anegadas, acariciándose mimosos con las púas de las uñas sus carnes empantanadas, y la sangre de las venas que les hervía mientras buscaban por las pelvis sin atuendos la pizca de amor más puro.

¡Cuánta de verdad tengo si les creo ahora esbozar una zalamera sonrisa!

Luego, culminada la efusiva fiesta de las almas, las hoscas nubes fruncidas en el ceño del universo bramaban con más violencia aún si cabría al refugiarse bajo el protectorado de su lar y sentarse junto la hoguera sin cubrirse, atizando con el abanico la leña para hacer de las llamas pábulas un torreón más rugiente. Las maderas de los troncos sacaban sus besos de blanca espuma, y explotaba su corteza en bengalas festivas mientras ustedes, tórridos amantes, presos a la luz de la hoguera enajenada, huéspedes de su halo, calentaban las palmas abiertas sobre los remolinos pasto del fuego, las delicadas manos silentes que más tarde se tocaban, se aferraban, cerrando los tentáculos de los dedos cuales sólo soltaban para echar más leños a las llamas de pretensión desfallecer.

Aún tienen en su oído grabado el sonido del tuero brillador estallando a chispas, cuyo filamento ascendía por el tiro de la chimenea y cuya aureola sobrante la muy descarada osaba con su resplandor tocar los senos descubiertos de su pareja, el vientre, sus muslos, a rodillas y a los pies más abajo y arriba de los hombros, mesar su cabello, besar sus plácidas mejillas teñidas de rosa, secar cuidadosa la empapada piel de su efigie, del cuello y de su boca atiborrada de besos dados y por dar.

¡Sonrían! ¡Sí! ¡Sonrían! Mas la suerte fue su aliada, por cuyos hechos a continuación les voy a relatar.

Con insólita violencia crepitaban devorados en las panzas de la hoguera los leños talados de los brumosos taludes al este, mas allí, de donde he dicho venían esos troncos tronzados a medida, había antaño un lozano árbol de quien se quiso hacer polvo y serrín de su savia seca.

¡Ah, pobre infausto! De él, moribundo por su reloj de saetas sin gozo ya, marcharon hasta las hiedras que a su torso con apego se abrazaban, pero ¡cuánto de reino noble tuvo!

A los más rorros del pueblo aledaño les encantaba trepar por su robusto armazón hasta el barandal de sus recias ramas, donde formaban el brazo y el torso su oquedad, y pendían cada una de sus piernas por los lados opuestos, y con las manos apoyadas en la corteza sonreían de santa inocencia, absortos en el tiempo mientras contemplaban cómo a lo alto inalcanzable de la copa, confundidos entre el nítido glauco que barnizaba su follaje, la naturaleza daba atenta de comer a cuatro retoños apenas recién alumbrados, desnudos aún de su túnica oficial.

Las alas, las de la libertad, ni tan siquiera podían despegarlas de su tierno torso rosáceo.

En aquel lugar, bajo el buen cobijo de la fronda, trinaron con óbolo galán sus cantos, hasta que por fin, vestidos de sus penachos y con joven envergadura, alzaron el vuelo abandonando joviales el nido matriarcal.

En cuanto al árbol en sí, maldecida se tornó su meta, la de quien fue vestigio de ancestros linajes que deberían de haber visto, con los ecos novicios de los ladridos, a los animales salvajes hundirse a la carrera entre la floresta, corzos, jabalíes, ciervos, alces, liebres, camuflados entre el sotobosco, y los cazadores detener traíllas y caballos, apuntar, cerrar un ojo, y el dedo índice impulsar atrás el gatillo cuyas balas sesgadas hincaban su punta metálica en los pardos flancos de los venados con magna cornamenta, cuales bestias sangraban, bramaban con dolor cayendo moribundos por el lomo antónimo a las hojas muertas del suelo, sus pezuñas escarbando malheridos y su hocico abrevando de la sangre derramada, resoplando el vaho sanguíneo que se esfumaba y se impregnaba en los zócalos refajos de los árboles.

Sin embargo, ahora, obra y gracia de la dichosa mano humana sin razón, aquel jeriarca se cocía en la hoguera frontal a sus efigies desnudas.

Ni un solo consuelo, ni un ínfimo rastro de añoranza, denotaban los amantes de sus años mozos, de cómo sus fornidos brazos se habrían camino entre la maleza de la selva, de sus tragos de profundo raigón, o de los bejucos adornando sus andrajos.

Llamas empinadas y erectas, las mismas antepasadas del infierno donde ardían las reas condenadas por brujería, devoraban impasibles su historia, el funesto reverdecido de sus hojas ya marchitadas, muertas, bañado lustros pasados por el oro fogoso y dorado del sol salido por oriente, y ese enjambre de moradas que, incrustadas en el líber y la albura, perennes habían habitado hadas y ninfas de los bosques capaces de cumplir hasta el más inaccesible de los sueños.

Créanme, pues sé de cuanto hablo, y no les deseo vayan a ser por desgracia futiles protagonistas, aunque si todavía rebosan aire incrédulo escuchen cuanto les voy a decir.

"Ignoró ese leñador soberbio y pretencioso las leyes que dictan la naturaleza"

Domonon, leñador arrogante y vacilón, tomó aquel primer día de otoño su larga hacha de talar cuya hoja afilada presumía de cuantos árboles derribó. Una densa niebla cubría la bóveda celeste, ocultando con sus bajas urbes la espesa copa de los árboles más altos, y calzando en sus pies botas de piel cruzó los dominios de las hierbas silvestres, aguardando en breve adentrarse por la espesura tenebrosa de la selva donde con el vigor de sus músculos podría tajar las indefensas cortezas.

Ya adulto, aquel ogro ignoró las sabias lecciones que su progenitor le impartió en su más inocente infancia.

- "¡Sandeces!" - decía siendo ya mayor de edad acerca de tales leyendas.

¡Pobre Domonon! No cometan ustedes el error de tal joven esbelto, que a carcajadas estalló cuando su alma le recordó las palabras de los indios hidatsa, quien afirmaban que todas las cosas naturales, como el hombre, tienen su sombra y su espíritu.

Los consejos jamás regresan al azar, y su padre así siempre se lo infundió.

- "¡Los árboles, hijo mío!" - pronunciaba con acento paternal contemplando anonadado su atuendo verdusco - "¡son nuestra vida, nuestros muros, nuestro oxígeno y salvación! ¡Por cada uno talado, uno nuevo debemos de sembrar!".

Domonon, entonces muchacho afable, escuchaba atento las disertaciones.

- "¡De cuantos objetos hagas con su cuerpo, mesas, sillas, muebles, siempre pon los tablones como el árbol los erguió, pues los espíritus podrían enfadarse y asolar tu hogar con una vasta plaga de maldiciones!" - y ahora, a fecha presente, quien resultó alumno aplicado se reía de cuales lecciones no debía menospreciar.

Pues él buscaba leños de los más hermosos, para lanzarlos a la hoguera que frente a él contagiaría los deseos, al caer la noche, de acostarse con su reciente amada.

Sé que cual terrible desgracia iba a escribir su destino les resultará ridícula, pues hoy en día, quizá también usted, nadie cree en semejantes relatos de no dormir, talando hectáreas y más hectáreas sin ningún tipo de complejos. Nada importa, sino sólo los tablones convertidos en dinero mas, señoras y señores, olvidan el precio por sus servicios.

¡Sí! ¡Ríanse! Pero mientras Domonon seguía adentrándose por los estrechos senderos cernidos entre la maleza y el ejército de fustes, santiguado por las cruces donde los vastos troncos se ramificaban, la tensión en el aire comenzó a hacerse muy palpable, dando a la escena un ambiente húmedo y bochornoso como él no recordaba haber sentido. La espesa niebla aguardaba centinela en flecos repartidos entre los habitantes de la tierra, y cuyas fúnebres siluetas calaban hasta lo más hondo de la médula ósea. El suelo poco a poco se tornó negruzco, húmedo, cubierto de un manto ocre de crujiente hojarasca que delataba a los espíritus su malintencionada presencia, pero él, de cerebro atrofiado, apenas evaluó los sucesos y continuó andando hasta por fin hallarse frente un majestuoso ejemplar, cual carne de celulosa y lignina le daría para tórridas noches de sexo durante al menos dos largas semanas.

Sus ojos brillaron como quien ante él nace una mina de diamantes, olvidado de que cuanto ser vivo se arbolaba pertenece a la nodriza Madre Naturaleza, en donde vive y se expande, donde loa la lluvia y a cuya sombra, generosa y abundante, el poeta encuentra la más mágica inspiración.

Si hubieran visto ejemplar similar, de forma majestuosa, con sus bajas ramillas zigzagueantes, cual mosaico creaba cúpula al orador sotobosque y abrigada por una espectral umbría, sabrían a qué me refiero. Mas no vayan siquiera a imaginar un porte diabólico, ya que es dócil, afable, que ofrece como aposento al caminante las raíces sobre margas que emergen de la nutrida tierra, duras, sanas, y cuya curva al erigir su cuerpo permite recostar la espalda de quienes a su gratitud se ofrecen.

Observado lejano, fundidos nosotros como las nieves en las carpas cumbres de las montañas vecinas, aparece ante el atento espectador su tono camuflado entre una suave felpa de verde claro, donde los rayos del sol reducen sus pepitas de oro, y cerca, tanto que incluso pueden rozar la energía de sus músculos, no se escandalicen si contemplan rezarle tejos, acebos, bojes, fresnos, serbales y cuantos más disculpe no recuerde ahora.

¡Menuda belleza!

A su saya, y en todo el abanico cual a éste le rodea, había colonias de líquenes, ermitaños eléboros abrazados entre el grosor de sus raíces, el aroma inconfundible de la aspérula, los exquisitos arándanos, codicia de un sinfín de golosos, la hierba del meuco, las tenues aleluyas, las venenosas dafnes y otras tanta flores de rica olor que no hace mucho, en el abril primaveral, brotaron sin pudor ni temor a la maldad del hombre.

¡Que iban a creer ellos de cuan salvaje iba a ser Domonon! ¡Cómo iban lirones y ardillas a creer que el infante Domonon, hecho ya hombre, iba a privarles de sus hayucos! ¡Dónde reposarían los ciervos su trotar, y el cárabo su vuelo, y las martas retozar su pelaje pardo oscuro, y el carnívoro armiño lucir su piel suave y delicada de un refulgente blanco a pleno invierno!

Ni el halo mítico que quiebra el paraje cual le circunda, ni la plena calma que embarga al internarse en su imperio, logró enternecer la maldad de su verdugo, pues tomó el hacha con sus manos robustas por la parte más baja de su mango, ya como gladiador en la arena del circo armado con el flexible acero, retorció su cintura, y a vuelo raudo empujó el arma contra la gruesa corteza cual vestía su pudor.

Al tercer embate, un repentino soplo rozó sus oídos, y le pareció percibir en su cauce un sonido extraño incapaz de discernir, sonrisas o susurros o tal vez gritos. Un pequeño temblor acució lo más abisal de su miseria humana, mas no vayan a creer que detuvo entonces su deshonrosa fechoría.

Al contrario, siguió y siguió, tajando las células del corcho, el vivo felidermis, los vasos cribosos, el floema, los xilemas, las membranas lignificadas, las células parenquimáticas, impasible mientras la sangre de su víctima encharcaba los ojos de quien lo vio nacer, y así fue hasta alcanzar, tras un derroche de hachazos, el centro del duramen.

Pero para él, imbécil sin cultura, tan solo era madera.

"Tuvo avisos de no talar aquel árbol salvo asumir trágicas consecuencias"

De repente, la niebla lotanza se abalanzó hacia él, condensa como la argamasa, sin apenas dejarle ver más allá de un par de metros, dándole cuenta de cuan infausto acto cometía, pero de mayor ceguera gozaba las entrañas de tal sujeto.

Media hora le costó terminar su terrible hazaña.

Un rastro de muerte, formado por el limbo arrastrado y arrancado de sus hojas acuminadas, quedó esparcido por el suelo todo lo largo del trayecto hasta donde, a puertas de su hogar, despedazó a trozos la moribunda efigie del pobre árbol.

Sólo una pira de tueros, colocados estratégicamente a tocar de la hoguera, daba fe de su existencia al llegar su dulce novia, ya con las saetas del reloj a punto de señalar la tercera hora superada el anochecer.

El calor cual azotaba sus almas les hizo acercarse, imprimir en ambos labios la joya de su beso recíproco, tímido, amortecido, para en breve tornarse joven y amazona, embatiendo infatigables a su par oponente, y las lenguas que se abrazan, que se arrastran una contra otra y se raptan los deseos, al tiempo que las manos de Domonon suben a posarse sobre los cándidos pechos de la chica.

Dejados caer encima de la felpa teñida por tonos gemas y esmeraldas, los contertulios del erótico diálogo se miran, crecidos, alocados, e inician la fiesta por la cual díganme ustedes si fue necesario destrozar una vida.

Mas… ¡que importa!

Los deseos se cierran, tirando de las prendas hacia arriba, arrojándolas a las baldosas ópalas del sur, dejando ambos sus secretos prohibidos al descubierto, amparados por la noche y un cielo cual luce los tintes rosáceos de las ajenas luces.

En breve, ¡cómo se agitan! Y frente a ellos el árbol, privado de su libertad, contempla la escena por la cual ha sido sometido a su desdichada muerte.

"Jadeaba su amada y el leñador con cuyos gritos espantaban aves y otra fauna"

Insaciable, buscaba Domonon el arrecife femenino con su fálico detector, más abajo del ombligo, rozando su glande hinchado el decoroso vello púbico hasta por fin encontrar el pantano de su vulva ciega, y como jabalina cual sin tocar suelo marcha a la carga de su presa, así lanzó él su verga, incrustando la arista al otro costado de las carnes.

- "¡Sí!" - gimió en un primer instante la muchacha sin poder contener su gozo.

Precisamente en dicho instante, conquistados por una furia justificada, los espíritus del árbol salieron por las columnas de la hoguera, y con su halo espectral llegaron incluso a tocar la espalda desnuda de Domonon, pero él, ofuscado en narcisas acometidas de placer, ni el más mínimo caso le prestó al cosquilleo que tal suceso le desveló.

De susurros fantasmales, ni uno escuchó.

Mas por aquel entonces, cuando embestía su cintura contra la pelvis de la muchacha, la yema apical de la venganza comenzó a surcar las entrañas intestinales del arrogante leñador, bifurcando en todas direcciones su raíz pivotante. Pero ellos, tórridos amantes, ajenos a cual peligro les acechaba, continuaban estrechados en un solemne abrazo del cual no iban a librarse jamás.

- "¡Sí! ¡Sí!" - jadeaba ella presa de locura al sentir su enhiesto rabo hincarse de tal manera que ningún humano lograría imitar.

Fue como si susodicho órgano tomara figura axonoforma, penetrando vertical buscando lo más hondo de su elástico conducto mientras exploraba con su cofia cada recodo.

- "¡Oh! ¡Sí! ¡Sí! ¡Así!" - gemía la chica posesa, incapaz de entender tales sensaciones.

Su verga tomó la clásica dureza de un monumental cilindro de madera, que con sus hebrillas parecía relamerle exquisito las sales minerales, bebiendo de su flujo acuoso, y sus manos, tan dulces, tan suaves, se aferraban a su piel desnuda como impregnadas por una espesa capa de resina.

La frágil contendiente se derretía de gusto. Sus ojos cerrados, extasiados y vencidos, apenas eran capaces de alzar los párpados, y un intenso temblor, similar al resurgir de sus abismos el orgasmo, le invadió.

- "¡Sigue! ¡Sigue!" - berreaba sin cesar.

Los largos cabellos de él se balanceaban mesados por cuyo viento cruzó los amplios ventanales, acariciando los labios de la doncella con ese tacto inconfundible que sólo el limbo de las hojas ofrece, mientras sus brazos la fundían en un rígido abrazo cual lasciva pretensión denotaba no dejarla escapar.

Por supuesto, tampoco tenía la joven novia tales intenciones.

Al contrario, se dejó llevar por un orgasmo más y más creciente hasta que por fin se apoderó de toda ella.

- "¡Oh! ¡Sí!" - reiteró ininterrumpidamente durante casi quince largos segundos.

"La naturaleza tiene su propia ley que invalida cualquier precepto humano"

¡Que placer! Pero, mis queridos lectores, demasiado tarde abrió sus ojos.

Allí estaba Domonon, de pie, erguido, aunque sin ningún atisbo de apariencia humana. Impresionaba la magnanimidad de su tronco, la robustez de sus grandes brazos, su fuste recto, su corteza lisa teñida de unos tonos mezcla de plateado y gris marengo, y cuya cima ovoide resquebrajaba el piramidal cierre del tejado.

¡Que grito asoló la atmósfera! ¡De un terror sin igual! Pero la haya, monarca donde las nubes bajas detienen su curso en las vertientes septentrionales de los montes, desecaba ya mortal su figura carnosa.

Hermosa imagen lucía, millares y millares de hojas, ovaladas, ligeramente dentadas, ciliadas en los márgenes, vellosas, suaves por ambas caras, de ápices punzantes, marcescentes, que cubrían la desnudez de su ancha copa y cuyos espléndidos hayucos de color avellana asomaban de los interiores de su involucro abierto en cuatro gajos.

Mientras tanto, la chica se sentía morir, invadida por un sabor acre cual no dejó de notar hasta perecer.

Bien sé es desgraciado su triste final, y también desmerecido, pero jamás olviden cuanto les acabo de contar, pues sólo es necesario el error de un sujeto para condenar a una inocente multitud.

 

Todo el contenido es de mi propiedad y autoría, todos los derechos están protegidos y reservados, y yo soy el único autor de todos estos relatos eróticos.

Está ESTRICTAMENTE PROHIBIDO su reproducción, comercialización, copia, publicación, y cualquier otro uso no autorizado previamente por escrito. Cualquier interés que tengas, sea cual sea y seas quien seas, es obligatorio mi autorización previa por escrito.

En caso de estar interesado/a en este relato,indistintamente cuál sea la razón,, escríbeme con el asunto "Interesado/a en relato", especificando el relato de tu interés, el por qué estás interesado/a, y para qué uso solicitas mi autorización, facilitando toda la información completa, lugar, fecha y horario exacto de publicación, reproducción y/o lectura, entre otros.

Por supuesto es imprescindible y obligatorio firmar la solicitud con tu nombre y apellidos, ciudad de residencia, email y teléfono propio y personal, para contacto directo. Todos los datos han de ser reales.

Estas solicitudes se han de enviar a mi correo electrónico info@exoticbondage.com

SIEMPRE respondo a todos los correos en un plazo máximo de siete días. Si en siete días no te he contestado, puede haberse perdido el envío en la carpeta Spam o puede haber algún otro error. Vuelve a escribirme, o llámame por teléfono para notificarme el envío de tu petición, y así extremaré yo la atención en su recepción.

Se emprenderán inmediatamente todas las acciones legales que se estimen oportunas, incluido las DENUNCIAS POR VÍA PENAL, contra cualquier persona, portal, foro blog, web, perfiles, periodistas, medios de comunicación, grupos, empresas, e incluso Administración u Organismo, sea oficial o no oficial, del ámbito público o privado, que vulnere mis derechos, y haga uso prohibido y/o no autorizado.

Periodistas, y medios de comunicación, indistintamente sea freelance, radio, televisión, prensa escrita o digital, deben de contactar a través de la sección "Press", en la barra inferior a pie de esta página.

 

© ExoticBondage.com