Mirar a vuestro alrededor, tan pronto salgáis a la calle, después de leer este relato. ¡Mirar! Os será fácil contemplar que las personas dan por supuesto que el guion de la rutina diaria esta siempre escrito, que el devenir es predecible, y en su andar su atreven a vaticinar los sucesos que en realidad todavía no han tenido lugar. Subestiman todo rival, o quizá aliado. Las pesadillas piensan les ocurren a los demás, y las historias mágicas son pura fantasía. ¡Mirar! ¡Sí! Mirar alrededor, con el buen gobierno de vuestra lúcida razón, y extraer conclusión de si me equivoco, o por el contrario estoy en lo cierto.

Quien emite esta opinión soy yo, Carolina Blutt, universitaria recién cumplido los veinte años, y cuyos estudios en la Facultad de Bellas Artes cursó por una beca en Alemania. Hablo alemán muy fluido, aunque mi lengua materna es el español, y a pesar de dominar el germano denoto por mi físico ser extranjera, pues soy de largo cabello azabache, ojos oscuros y piel morena, rasgos físicos no predominantes en este país. Destaco además porque me gusta vestir de blanco, dado lo encuentro un color elegante, sensual, que erotiza las facciones de mi rostro y resalta mi belleza mediterránea con ese tono fresco, desenfadado y jovial, apariencia que al fin y al cabo me corresponde por edad.

Siempre quise venir a Alemania pues desde muy joven he sentido fascinación por su rica arquitectura, con un vasto abanico donde puedo fascinarme con su época carolingia o contemporánea. Antaño me embobaba al verlo por televisión en cualquier oportunidad de la que dispusiera, y desde hace siete meses tengo la gran fortuna de contemplar su esplendor en persona. Acaricio sus piedras, fotografío su porte, y me detengo frente sus fachadas, de pie, inmóvil y hechizada.

No tan sólo emblemáticos edificios despiertan mis amores. Me encanta sus montañas, me encanta esa actitud firme y convencida ante los retos diarios de la vida, el espíritu competitivo alemán, su capacidad de sacrificio, el orden y la disciplina que se imponen en su trabajo, y me encanta la naturalidad ante el sexo, que yo soy persona muy liberal en estos asuntos, algo que bien podría extrañar pues mi familia es muy conservadora y puritana, mayoritaria por desgracia en la herencia de la cultura española antigua.

"El sexo habita en nuestro instinto desde nuestros antepasados en cuevas"

El sexo es parte de la vida, y coincidió en que uno de mis propósitos era tener sexo con algún chico germano, abierta y disponible para otras nacionalidades, que el sexo hay que disfrutarlo. Dispongo de muchas armas seductoras, que contenta estoy de mi imagen, no siendo vulgar presumida y tampoco hipócrita humilde, pero aún muy me duela reconocerlo, he tenido pocos escarceos amorosos desde mi llegada a esta nación, siendo estas pocas aventuras mezcla de cómicas y absurdas, por decirlo de algún modo, y en caso de no creerme, juzgar vosotros y vosotras mismos y mismas, las expuestas aquí a continuación.

Mi primera historia sexual en alemán fue a los quince días de llegar. Conocí a un chico de cabello rubio cuál si no en honor a tópicos alemanes, ojos azules de cristal celestial, sonrisa luminosa de anuncio dental, sobrepasándome un largo palmo su estatura, y un físico que pude determinar atractivo, aun oculto por su ropa.

Ya valió su cortejo de aquella noche, que sin ser muy trabajado resultó de mi agrado. Debió el aprobado a su simpatía correcta, su físico esbelto, y en no ser yo muy exigente. No hubo nada incómodo en su festejo y yo, con ganas de follar hasta reventar, me dejé atrapar en sus redes. Fuimos a su piso, y abreviando por no ser tediosa, diré que en diez minutos quedamos ambos desnudos en su habitación. Con una sonrisa lasciva en mis labios, tuve en mente ponernos manos a la obra, como suele decir el lenguaje coloquial, lanzando en salto conjunto nuestros cuerpos sobre su cama, pero muy al contrario aquel chico se sentó en una silla, en gesto que yo pensé vaya forma más rara de follar. Será cosa de alemanes, pensé en mi ingenuidad.

Me indicó en gestos me acercara, y me tumbó boca abajo sobre su regazo, con mi panza plana y bajo pecho apoyada en sus rodillas.

"Resultó que ami conquista le gustaban los azotes"

Su mano desnuda se puso recta, y un azote cayó sobre mi nalga diestra. ¡Vaya! Ardía yo por follar y dejarnos de mandangas, pero configuran el sexo un gran elenco de prácticas para todo tipo de gustos. Había oído hablar del spanking, y supuse que azotar conducía al chico a encontrar placer donde para mí suponía dolor y castigo. Lo permití, que estoy abierta a vivir situaciones intensas y tampoco voy a derrumbarme por unos azotes, que escandalizarse por ello sólo es prejuicios y tabúes.

Gratificante le resultó mi entrega, y comenzó a azotarme el culo mientras decía en alemán no tengo ni puta idea qué. Tampoco esperaba el chico de mí respuesta, y en cuanto a mi culo, ¡pobre culo! Me quedó rojo como un tomate y ardiente como el sol abrasador de los tórridos veranos españoles. Yo me mordía mis labios por no gritar, que sus azotes escocían, pero pensé quizá esto son los preliminares alemanes, y soporté cuántos minutos se prolongó. No hablo de un minuto o dos minutos. Superó los quince minutos su duración, con su mano diestra todo el rato y en las dos nalgas, derecha e izquierda y viceversa y al azar. Terminó por fin, y contuve un suspiro de alivio, que no quise delatar mi sufrir.

Llegó el momento de follar, emanando de la piel de mi culo un vapor incandescente cual si un río de lava inundara toda la epidermis del glúteo entero. Fui a tumbarme sobre la cama, pero para mi sorpresa aquel chico se vistió, me devolvió la ropa y me propuso ir al cine. ¡Me cago en su puta madre! ¡Tanta historia para nada!

¡Y usted, que se está descojonando, siéntese además en el cine con el culo ardiente! Yo estaba sentada de lado, recostada sobre los muslos, que el mínimo roce o presión con el tapiz de la butaca era como sentir agujas de coser clavadas en las nalgas.

Surrealista mi primera experiencia sexual en Alemania, puse esperanza en mayor fortuna la segunda ocasión. Ésta se presenta al mes siguiente, un chico rubio que, aunque me atraía su cabello bien peinado, también es innegable que en esta región hay miles y miles de chicos con su cabello dorado. Admito que era guapo el muy maldito, aunque no voy mal encaminada si afirmo que él lo sabía. A diferencia de mi primera experiencia, este chico mostraba aire engreído, pero sus gestos graciosos componían una combinación explosiva para el polvo de una noche. Muy seguro lo hubiera descartado para relación estable, pero el sexo sin compromiso tiene sus ventajas, que me conformo mientras su presumida actitud no alcance el límite de la insoportable imbecilidad.

Se presentó simpático, y condujo a buen ritmo la conversación, dentro de un flirteo donde me sentía halagada. Me dejé seducir, sabiendo que en sus pérfidas intenciones el chico buscaba sexo, y en este deseo ambos coincidíamos, aunque las mujeres somos más inteligentes y gestioné el trato con mayor disimulo.

"Llegó un nuevo fracaso con el segundo varón flirteado"

Fuimos a su casa, y ni cortos ni perezosos entramos directos en el dormitorio, donde una preciosa cama de matrimonio de sábanas rojas y mullido colchón dominaba el centro de las cuatro paredes. No hubo mucho beso, quizá a lo sumo tres ensayos rúbrica del sexo consentido. Nos desnudamos, luchando yo por borrar en mi mente los recuerdos del culo hirviendo para nada, y esta vez sí, todo indicaba iba a follar por primera vez con un germano.

De pie, frente a frente, los cuerpos abrazados y a pronto de tumbarnos sobre el catre, susurró palabras en alemán a mi oído que no entendí una mierda. Repitió el chico las palabras, a mayor volumen y voz alta, pero por mí ¡como si me las deletrea! No entendí nada, y por no romper la magia erótica se lo hice saber.

- "Ich verstehe nicht" - dije exactamente con voz sensual y en mi limitado alemán.

Fue el chico a su armario, y de él tomó una correa, cuyo collar cerró su hebilla en mi cuello. Extendía aproximado un metro de longitud su cadena, hasta cuya asa quedó en la mano derecha de aquel chico, y con gestos inequívocos me hizo colocarme a cuatro patas, rodillas y palmas abiertas de las manos apoyadas al suelo, con los dedos de los pies sumados a la misma labor. ¡Ya lo vi! ¡De perrita! ¡Me cago en la puta! ¡No puede ser tanta mala suerte! ¡Otra vez no!

Acepté, pues no distaba la cama muy lejos, y con mi ansia por follar me da igual andar sobre mis zancos o a cuatro patas camino del colchón, pero cual ánimo produce un horrible regalo vi que la dirección fue alejarnos de la alcoba, cruzar su umbral y recorrer todo el largo pasillo hasta llegar al comedor. ¡Su puta madre! ¡Que paliza de gatear!

No piensen tampoco estuve disconforme. No es mi fantasía, que hubiera sido mi elección a esa hora estar ya follando los dos apasionados y salvajes, pero creo que el sexo se puede expresar con miles de formas distintas, todas válidas, y cualquier que sea, dentro de un uso del sentido común y legal, estaba dispuesta a vivirlo.

Su paseo de perrita supuse fue el punto de partida, y la meta vivir el sexo en el máximo esplendor, en follar y follar a la caza del éxtasis sublime. Tampoco iba a dramatizarlo o romper la atmósfera sensual por simplemente adoptar un rol, que en la intimidad de los dormitorios bien sabemos todos y todas ocurren escenas y frases inconfesables.

En el comedor di la vuelta a la mesa, paseada como una perrita, a esas gatas siendo adulta, y volvimos de nuevo al pasillo. ¡Otra vez al pasillo! De regreso a la habitación, hubo una pausa en la cocina. Yo miré de reojo a la habitación, que quise seguir recto, pero tiró de la correa con la fuerza justa de hacerme torcer y entrar en el templo de la comida. Tomó un plato de la encimera, lo llenó de agua y lo puso al suelo, frente mi boca, para beber como una perrita. ¡Su puta madre! ¡Me entró el agua por la nariz! Como se suele decir, se me fue por el otro camino, y estuve tosiendo largo tiempo sin franquear el minuto.

Retomando el pasillo de nuevo, camino ya sí de una puta vez a la habitación, hubo otra maldita pausa, ahora en el lavabo. Quiso el tarado ese que levantara una pierna, y meara levantando la pata como una perrita. ¡Que no llego! ¡Atontado de los huevos! ¡Que no tengo ganas de mear! ¡Y además así no sale! ¡No me concentro!

Tras el fracaso, recuperamos rumbo a la habitación, a cuatro patas todo el tiempo sin descanso, y al llegar ¡sí, sí, ahora sí! Frente la cama me dijo subiera de un salto, como hacen las perritas. ¡Yo estaba sin aliento! ¡Reventada! Saqué energía de dónde pude, que bien lo merecía la meta, y lo intenté, pero de haberme visto hubiese dicho que mi salto ridículo bien se asemejó mejor a una rana. Me tumbé sobre la cama, agotada, que llevaba veinte minutos desnuda, piso arriba y piso abajo andando como una perrita, y de mi notable cansancio se percató el chico, sintió pena y se vistió, por decirme convenía continuar otro día, que en mi estado físico no era prudente. ¡Será hijo de puta! ¡La madre que lo parió! ¿Se ha creído que soy Campeona Mundial de gimnasia? ¡Joder, que racha! ¡Estaba gafada!

"Deleité con un striptease a ese tercer chico rubio, de ojos azules y cuerpo atlético"

Muy pronto tuve una tercera oportunidad. Transcurrió entre ambos un lunes y un martes, y el miércoles que le sucede se acercó en la universidad un chico para hablar conmigo. Su mirada estaba eclipsada en mi belleza, y de él cabe decir estaba de buen ver, cabello rubio otra vez más, ojos azules que ya no me causaban impresión de tan gran colección en este país, alto y vestido con una ajustada camiseta que denotaba su cuerpo atlético.

Odiaba este chico la época de exámenes, sometido al yugo de tales verdugos que con sorna se carcajean de tantas digestiones presa de los nervios, de las noches de mal dormir y las insoportables esperas en vista al resultado de las evaluaciones. Quiso conversar, que dedujo de mi física ser foránea, y yo entablé diálogo con arte seductora, a ver si podía ya saborear el follar con un alemán.

Me preguntó, sin mala intención y por sana curiosidad, por qué estaba estudiando en Alemania. Conté que en España las universidades que yo había conocido tenían una línea ideológica conservadora que adormecía los estudiantes, y cuyas enseñanzas daba la impresión tenían por objetivo adoctrinar. Orgullosa fue mi elección de marchar a su país, y descubrir el nivel superior de las universidades germanas. Son un mundo mayor de oportunidades. Se respira nítido su ambiente próspero, se percibe la energía ambiciosa de la gente joven, se adquiere conocimiento y una diversidad de ideas que yo dudo hubiera dispuesto en mi país, y por supuesto el respeto a la libertad sexual flota en todas partes. El sexo es natural y se acepta con total normalidad, en su práctica, en su fantasía y sus peculiaridades. Mi decisión fue un éxito, y el único infortunio estaba siendo las experiencias sexuales, pero tan sólo era una cuestión de paciencia y tiempo, que guapos estudiantes hay miles por doquier.

Clara y directa dije que él incluía en ese grupo, pues en mi interior inconfesable ardía en follar, pero no fui tan explícita que estas cosas me enseñaron no dice una chica, aunque no tengo tan claro cumplir esta lección, y tras pasar el día dentro del recinto universitario, evolucionando mi alemán, le acompañé a su hogar, ya cayendo el atardecer.

No dije nada de mis citas anteriores, pues no fuera a fastidiar el devenir. No quedaba ya rastro ninguno de rojez en mis nalgas, y tampoco había testimonio del collar de perrita en mi cuello, por lo que aquello son anécdotas pasadas, y ahora debía mirar de frente al futuro. Esta era una nueva oportunidad, y estaba dispuesta a aprovecharla, y sí, este chico folla, dije en infundirme ánimos.

Cerró la puerta, y nos encaminamos a la habitación, tan común y vulgar como cualquier otra en nuestro hogar. Destacaba un sillón por encima del resto de mobiliario, junto la mesa de escritorio donde dormía tendido su ordenador portátil. Tomó asiento el chico, cual rey en su trono, y me preguntó si podía hacerle un striptease.

Su propuesta me pareció morbosa, y acepté encantada, que no me daba vergüenza, pues tengo figura para triunfar y lencería para matar. Puso música el varón, propia de tal escena, a volumen discreto, que no fueron los vecinos a estropear el show con sus quejas. Me sumergí en mi papel, sin necesitar de gritos y aplausos del público, que me sobraba con aquel chico, y tan pronto sentí las primeras notas me puse al baile instintiva, contorneando mis calderas a cuyo ritmo hubiera enloquecido a los antiguos faraones.

Miraba el chico absorto cuando tomé mi camiseta, que subí lenta y pausada. Descubrí mi cintura estrecha, le siguió mi ombligo, asomó mi sujetador sexy de tono liso y púrpura, y arrojé la camiseta lejos del escenario tras superar la barrera de mis hombros.

Desinhibida y lanzada, bailé algunos segundos, erótica y muy sensual, que en tal destreza tengo mucho arte. Ladeé mi figura, a un costado y al otro, en ambos perfiles preciosa, y al terminar una vuelta completa de 360 grados vi que el chico se había desabrochado el pantalón, y asomaba su polla dura por el espacio libre de la tela.

Mis manos buscaron la cremallera de mi corta minifalda, al tiempo que mis ojos se insinuaban con descaro. La yema de los dedos, índice y pulgar de la zurda, tomaron el cursor que en desplazarse hacia abajo abrieron los dientes, y tal vestimenta cayó al suelo para delatar que lucía una sexy braguita a conjunto.

Me acaricié a mí misma, con la mirada viciosa mientras continúe contorneándome a ese ritmo sensual frenético y acelerado. Subí mis manos, abracé mis pechos firmes por encima del sujetador, y llevé los brazos a la espalda, buscando el corchete que los retiene.

- "Langsam, bitte, langsam" - pronunció el chico, que traducido al español significa lento, por favor.

No enseñé mis pechos todavía, y seguí mi baile erótico frente a él, mientras vi como el chico posaba sus dedos en el glande, y comenzaba a masturbarse. Su polla reaccionó mayor tamaño, que por lo visto todavía tenía margen, y erecta y dura emergió al máximo de la superficie de sus pantalones. Me pareció un buen preliminar, pero me asoló una duda, no fuese el cabrón a correrse antes de follar, pues comenzó a deslizar los dedos de su mano arriba y abajo, con mayor celeridad.

Debía de darme prisa en mi arte. ¡Ni langsam ni ostias! ¡Schnell, schnell, que significa rápido, me dije a mí misma! A toda mierda, desabroché los cierres del sujetador a mi espalda antes de darle tiempo a reaccionar con otro langsam de los cojones, tomé ambas tiras de mis hombros, y con suma elegancia exhibí mis pechos desnudos. Mis dedos, antes culpables de soltar la cremallera, pellizcaron con delicia mis pezones tiesos, mientras el chico agitaba su mano rítmica arriba y abajo por su polla.

Aceleré, que el maldito estaba a mil de cachondo, pero yo cumplí mi parte, mantuve el baile, y no perdí su cadencia ni cuando empujé la braguita hacia los tobillos y más abajo, quedando completamente desnuda. Sus ojos azules estaban anclados en mí, su boca se entreabrió, gimió, respiró hondo y profundo, y me hubiera abalanzado para quitarle la mano de la polla y pararlo, pero tampoco quise ser tan malvada.

Opté por acercarme rápido a él y llevarlo a la cama, pero no llegué a tiempo, y un chorro de semen empapó la palma de su mano, se derramó por su pantalón y por encima de su pelvis, al tiempo que jadeaba el puto cabrón como un cerdo. ¿Y yo? ¡No me jodas! ¡El desgraciado se había corrido!

Aguardé unos segundos, exprimiendo el chico las últimas sacudidas de su polla, con apenas un par de gotas por salir, y recobrando el ritmo pausado de la respiración apagó la música, y me aplaudió. ¡Sí! ¡Un aplauso! ¿A qué le parto la cara? Brotó en mí un instinto por aplastarle la polla con el portátil.

Al día siguiente, se percibía a kilómetros de distancia mi rostro malhumorado. Estaba tan cabreada que incluso el reflejo del espejo rehusaba mirarme recta a los ojos.

"Tres aventuras de sexo, y ni uno en la labor por follar"

¡Tres veces de sexo sin follar! Esto ya sonaba a burla.

Llegó una cuarta oportunidad al cabo de pocas semanas. ¡Adivinen su cabello! ¡Sí, rubio! ¡Qué raro! ¡Otro rubio en Alemania! Y los ojos, ¡adivinen sus ojos! En efecto, azules. ¡Ojos azules en Alemania! Reconozco lo miré con mucho recelo al acercarse, pues no es que no quisiera sexo, sino me temía que vaya usted a saber sus gustos, si lamer los pies durante horas o darle una ducha de lluvia dorada, dado a este ritmo toda historia era posible.

El encuentro fue casual en un paseo céntrico de la ciudad. En torno a las cuatro de la tarde, disfrutábamos una amiga y yo con un sabroso helado de chocolate en copa, sentadas en aquella terraza de un bar, cuando intercambié algunas miradas con un chico no más lejano de cuatro sillas. Pidió permiso para sentarse junto a mí, y yo acepté encantada. El infortunio no puede ser eterno, me conjuré a mí misma los días anteriores.

Una hora más tarde, no quedaba ni rastro de mi amiga o del grupo de amistades de aquel chico, todos habiéndose marchado y nosotros allí anclados en la apetecible tertulia. Cabe decir que omito detalles de la conversación por ser típica de nuestra edad, hablando de música y artistas y confesando costumbres de nuestros respectivos países. Gocé agradable de su compañía, y en la devoción por practicar un idioma alemán mucho más fluido continué con él en su paseo, cruzando barrios y por calles que nunca había andado, hasta llegar al umbral de su hogar.

Me invitó a subir, con la banal excusa de preparar unos exquisitos zumos de frutas naturales, y acepté, preguntando previo entrar si tenía condones. Se quedó perplejo por mi cuestión. Dilató sus ojos cual dos esferas de la luna llena, y esbozó una tímida y ruborizada sonrisa. Fui directa, pues discúlpeme pero servidora está hasta los huevos de no follar, y su respuesta afirmativa fue un buen inicio.

El comienzo fue espectacular. Olvidados del burdo pretexto de los zumos, nos abrazamos dentro de la habitación en una fusión de cuerpos que no fue sentimiento sino pasión. Los besos se plasmaban con el calco de quien arde de lujuria, mientras él me despojaba de mis prendas, y yo de toda ropa suya. Mis pezones eran como dos cimas clavadas en su pecho masculino, y nuestras bocas jadeaban en los preliminares que anuncian jolgorio. Sus manos me acariciaban degustando cada tramo de mi carne desnuda, mientras yo encaminaba nuestra ruta a tendernos sobre la cama.

Caímos casi sentados, los dos perdiendo el equilibrio encendidos y en un mar de risas. Aprovechando esa interrupción, abrió el chico un cajón de su mesita de noche, y del superior sacó una insignificante cinta de tela, quizá medio metro de largo por cinco centímetros de ancho. Me entregó tal complemento, y en un leve susurro al oído me pidió lo enrollara a su cuello. Supe entonces que a mi nueva conquista le gustaba la asfixia, que para mí no la permito pues es muy peligroso y no le veo excitación, pero al ser para él no le di mayor importancia, que los motores del sexo se habían puesto en marcha.

"Derrochaba el cuarto novicio galán un instinto suicida y subnormal"

Se tumbó sobre la cama, y me pidió apretara. Acepté, pues al menos tenía la certeza de que no iba a correrse, y por un preliminar no iba a estropear la fiesta. No apreté mucho, que la asfixia no es lo mío, salvo lo justo de hacerle notar la cinta en su cuello, pero el chico insistió en que no pasaba nada, que estaba bien y que él controlaba. Presumía de experiencia y práctica, y me dio guía de cómo presionar. Acaté sus órdenes, y al apretar vi su polla más dura. Su boca se entreabrió bastante, sus ojos se cerraron, tomó un semblante extraño, y a los cinco segundos solté el cinto, que aquello me estaba cortando el rollo.

Me miró enfadado, molesto por ser precavida y tener sentido común, y volvió a insistir, en apretar y aguantar hasta su nueva orden. Con mucho reparo obedecí, que él juraba saber lo que hacía, y volví a apretar. Decía el chico más, y más, y más. Sus ojos volvieron a cerrarse, entreabrió la boca como un pez fuera del agua, mientras jadeaba excitado. Su piel tomó un tono rosáceo. Subió a un color más enrojecido, y yo dije de parar, mas con su dedo índice dijo que no. Colaboró en apretar, oprimiendo mayor fuerza con sus propias manos, y enrojeció la piel a tonos más morados. Jadeaba. Suspiraba fuerte. Tomaba bocanadas de aire con dificultad. ¡Joder! ¡Puto enfermo! Sus ojos se abrieron desorbitados, casi a punto de estallar, salidos de órbita. Miraba huidizo, con el blanco reluciente como la gélida nieve, al tiempo que parecía dejar de respirar. ¡Que se muere el subnormal! ¡Y paré!

¡Qué susto! ¡A punto estuve de hacerle el boca a boca, en lugar de besarle! Diré, aun sonando mi expresión siguiente sonará malsonante y ser muy desagradable mi lenguaje, que aquel tarado me había secado el coño. ¡Y además se molestó! ¡Le salvé la vida y se enfadó! ¡Anda y que le den por el culo! ¡No follo con tarados de este nivel!

"Vaya desastres de flirteos a estas alturas"

Preguntándome mi amiga por cómo fue la experiencia sexual, dije que preguntar ni en broma, pues le arrancaba los pelos de la cabeza de uno en uno. ¡Qué mala suerte la mía! Le expliqué las cuatro historias en dos meses, y ni un puto polvo en todo ese tiempo, y pedí una explicación, si acaso son todos los chicos rubios con estas perversiones, o yo tengo la mayor mala fortuna del mundo. Se descojonaba mi amiga de la risa, y quizá fue mejor opción tomarlo con buen humor.

Prometió ayudarme en mi empresa, y no rechacé su oferta, que tal vez me convenía. Me habló del último fin de semana de aquel mes, fecha en la cual celebraban una gran fiesta en una finca privada, propiedad de un amigo suyo. Se reunirían chicos y chicas en una desenfrenada noche con total libertad sexual, cada uno en su fantasía. Disponía la finca de una casa gigantesca con seis habitaciones, pero cualquier rincón es válido para el sexo, lesbianas o heteros o gays o simple curiosidad por probar, y en juegos todo valía, orgías, folladas o torturas, que sus secretos quedan escondidos en la finca.

No ocurrió nada destacado en los escasos quince días sucesivos a su propuesta, y llegó la fecha señalada. Allí estuve, puntual, tan puntual que incluso llegué con una hora de antelación. Poco a poco fueron llegando el resto de invitados e invitadas, y me sorprendió que en número mayor de presencia vencía las mujeres, doce en féminas y nueve en varones, dado en mi país natal el reparto hubiera sido muy distinto, quizá quinientos hombres y una decena de mi sexo. Agradecí estar en otro país, donde la libertad sexual y la cultura sexual están muy avanzados, y muestras hay por doquier, tal cual una es ésta que estoy contando.

De entre ellas, allí estaba mi amiga, y me presentó un chico joven rondando mi edad, bien parecido, de cabello no tan rubio al que estaba acostumbrada, ojos claros por quinta vez, sobrepasando mi altura apenas diez centímetros, espontáneo y hablador con el cual fue muy fácil conectar. Nos besamos en las mejillas previo paso de confesar los nombres, y antes de dar los primeros pasos me miró encantado de arriba abajo. Recuerdo fijarse en mis zapatos de tacón de siete centímetros, que decidí lucirlos aunque no tengo suma práctica en malabares sobre tal vértigo, y también observé su mirada encendida al darse cuenta que bajo la transparencia de mi ajustada blusa no llevaba sujetador. No se escandalice nadie, que tampoco estuve en una conferencia de mecánica cuántica, y no cometía él pecado alguno ni debía excusa ninguna, pues son las hormonas de su edad alteradas ante mi look guerrero, que no olviden aquello se trataba de una fiesta privada con libertad sexual.

Nos sonreímos, entablamos diálogo, y a los treinta minutos tomé yo la iniciativa para romper distancia dando un sensual beso en su cuello. Me encantó llevar al mando de la seducción, y fue grato darlo en público, antes todos y todas los presentes, y con el guiño cómplice de mi amiga en su ojo.

No crean fui la primera. Se escuchaban proceder de una de las habitaciones un concierto de jadeos y gemidos, bien follando los dos en un polvo que debía ser espectacular, y me sorprendió la reacción de la gente, indiferentes e inalterables con su fiesta. Quise yo tener esa fortuna, que a tal menester había venido, y le propuse acostarnos, que ya había entre nosotros notable complicidad.

En la planta sótano había una habitación cuyas paredes ofuscaban la música y los gritos de multitudes en el salón y sus camas, y tal rincón fue mi elección. Quedaba junto al vestíbulo de la casa, bajando siete escalones, torciendo un pasillo a la diestra de cinco metros de longitud, y el cual terminaba en una puerta de madera, de acceso a la íntima estancia.

"Me encantó esa quinta erótica fantasía de estar atada a la cama"

Ya dentro, las manos escaparon de nuestro control. Los deseos estaban en plena ebullición, y en menos de un minuto ambos estábamos desnudos. Dijo el chico de follarme toda la noche, que por mí encantada y genial, y supe verdad de sus intenciones en ver su polla dura y enorme. Me tumbé sobre la cama boca arriba, y adoptando el chico un rol dominante me susurró no poder escapar de sus fauces. Para ello tomó dos cuerdas, de apenas dos metros toda extendida a lo largo, y aprovechando esa cama juguetona con cabezal de barrotes ató mis muñecas a las barras extremas de cada lateral, como quien ofrece un abrazo con los brazos abiertos de par en par. Tomó dos cuerdas más, y con mi total permiso ató mis tobillos de igual forma, alejados lo máximo entre sí y abiertos a los extremos, formando una pirámide casi perfecta desde la planta de los pies hasta mi vagina.

Pícaro y travieso, el chico me retó a intentar desatarme, y puesta en mi personaje lo intenté con toda mi energía. Forcejeé cuanto pude con las cuerdas, luché con ahínco contra las ataduras, busqué en vano encontrar los nudos inalcanzables a mis dedos, lejos de cualquier posibilidad de aflojarlos, que además la tensión de las cuerdas me hacía tener los brazos y las piernas bien rectos y estirados.

Vista en panorama desde arriba, debía de dibujar una forma de X para que ustedes me entiendan, y sepa que desatarme no lo logré, ni lo hubiera logrado. Estaba perfectamente atada, lista para ser follada, y orgulloso de su trabajo llamó el chico al resto de la gente. Entraron en los próximos cinco minutos chicos y chicas para verme bien atada y desnuda, y descubrí en aquel momento que mi vena exhibicionista también me resultaba excitante.

Querían follarme todos, y por mí cuántos más mejor, pero las demás chicas no querían quedarse sin chicos y yo acaparando toda la masculinidad, con lo que establecieron una prueba a superar, y el vencedor se quedaba conmigo toda la noche. Conformes todos y todas, cerraron la puerta y subieron al salón, mientras yo no tenía otro remedio que quedarme atada y sola, esperando volviera el ganador.

La soledad me hizo sentir con mayor sensibilidad las ataduras que oprimían mis carnes, mas no me importaba. Mi voluntad fue cual sucedió. Mi excitación ardía al extremo de buscar juguetona la rebelión con las cuerdas, aún sola y sin testigos, dentro de un mundo encantador. Lo intenté cinco minutos, con la vagina húmeda y predispuesta, y hubiera estado horas que no habría conseguido ningún resultado, por lo que desistí y esperé.

No sabía cuánto tiempo faltaba ni cuál era la apuesta de los chicos, pues la ubicación de la habitación me impedía escuchar sus voces, pero debían de estar a punto de asomarse, dado ya llevaba diez minutos atada, desnuda y sola, en la cama de esa habitación.

Pasaron quince minutos. ¡Nadie vino! ¡Veinte minutos! ¡Nada! ¡Media hora!, calculé con la noción del tiempo perdido. ¡Nada! Grité cuánto falta, grité fuerte, y grité bastantes veces, pero supongo la música y sus vítores no dejaban escuchar mi habitación. Me asoló entonces la duda de ¡se han olvidado de mí los hijo putas!

"Los muy cabrones en su fiesta se olvidaron de mí abandonada y atada en la cama"

Ocurrió que el ganador de la prueba tuvo el derecho de ser mi guardián, pero éste se entretuvo con una chica, que de lengua ágil y boca grande le prometió mayor mamada le han hecho jamás, y el chico se entregó a su petición. Creyó él vendría otro chico, y ese otro creyó iba otro, y entre uno y otro no vino nadie. ¡La puta madre que los parió! Subió la música, el alcohol hacia estragos entre algunos avanzada la fiesta, y los demás seguían en sus habitaciones, o follando en el salón, o follando en la cocina, y yo sola y atada al grito de cabrones, que se habían olvidado de mí.

Llegado el amanecer, todos y todas satisfechas, preguntó mi amiga quién había follado conmigo, y nadie respondió. Uno dijo haber follado con tal, el otro con tal, una chica afortunada comentó haber follado con tres de los asistentes, pero nadie reconoció haber follado conmigo. Preguntaron dónde estaba yo, y nadie dijo haberme visto o haberme hablado en toda la noche. ¡Desgraciados de mierda!, pensaba yo.

Cayeron en la cuenta, y raudo bajaron a mi habitación, que sí, allí estaba yo tal cual el principio, desnuda boca arriba, atada y buscando arañas por el techo. ¡Subnormales mal nacidos! De nada me sirvió su arrepentimiento y sus disculpas, porque no había remedio a quedarme sin follar, ya que a esas alturas estaban todas las pollas agotadas.

Resignada es el mejor adjetivo que me define en los días siguientes. ¡A la mierda!, decía a mis pensamientos de sexo. Virgen no, que por fortuna superé este listón en mi adecuada, pero quién sabe, a este ritmo me veo casta y viviendo en castidad, o ya puestos me hago monja, que ni lo he pensado, ni lo pienso ni lo pensaré, pero ¡joder! ¡Cómo coño se folla en este país!

Disculpen mi desespero, pero hambre de sexo se le llama, y consecuencia de la resignación deje de buscar. Quizá me rodeaba un mal aura, o me habían echado tenía mal de ojo, o estaba sometida al hechizo de una bruja, o la conjunción de planetas la ha emprendido con mi vagina, o alguien me tiene manía, pero esto era increíble. ¡No podía dar crédito! Necesitaba serenar mi mente, sosegarme, y durante unas semanas desistí de mis ansias de sexo, centrada en estudiar.

"El sexto chico podía ser mi última oportunidad antes de volverme lesbiana"

Fue en la biblioteca, donde me centraba absorta en los libros y mis asignaturas, cuando crucé una mirada amistosa con un chico de mi clase. Sonreí, quizá él no sabía por qué, y confieso fue debido a su cabello, del primer alemán no rubio. ¡Castaño! ¡Ya era hora un cabello distinto! Me centré entonces en sus ojos, mirando fija y penetrante con tal empeño que sorprendí al propio aludido, pero bien estuvo justificada mi acción, que sus ojos eran de marrón claro. Tuve la duda de si era alemán, y directa se lo pregunté, a lo cual me contestó que no todos los alemanes son rubios y no todos tienen los ojos azules. Esto es sólo un mito, y yo simplemente he tenido esa cadena de coincidencias.

Tomamos un descanso ambos en los estudios, y acudimos al restaurante de la universidad, que tenía algo de hambre y sed. Estuvimos hablando de muchos temas de los estudios, dado también éramos compañeros en las aulas, y en un largo silencio de la conversación pregunté clara y directa si le gusta follar. No fue premeditada la cuestión. Me salió del alma, por el propio instinto enardecido.

Se quedó perplejo el muchacho, pero sincero fue al responder que a cualquier chico de su edad le gusta follar. Es la juventud. Profundicé harta ya de tanto infortunio, y pregunté si le gusta poner el culo rojo como un tomate, o si pasea a su pareja como una perrita quince kilómetros por el piso arriba y abajo, o si se masturba egoísta mientras la chica le enseña las tetas, o si era un subnormal suicida que quiere que le asfixien hasta reventar la cabeza como una sandía, o si pensaba tenerme atada a la cama y olvidarse de mí mientras folla con otra chica, porque de ser así mejor era ya olvidarse y volver a la biblioteca

. - "Veo que has tenido malas experiencias" - musitó acongojado el chico ante mi ataque agresivo.

Me sentí mal por actuar de ese modo, pero mi paciencia se había agotado, y me gustó que el chico se mostró comprensivo, usando con mucho sentido común la capacidad de deducción. Logró darse cuenta que yo venía de muy mala racha sexual, y para darme tranquilidad confesó que respeta los gustos de toda la gente, pero tales prácticas no eran lo suyo. Como todos los jóvenes universitarios le gusta el sexo, y le gusta follar.

¡Ya era hora! Aquella oportunidad no se podía escapar. Aquel chico era el inicio de una nueva era, me insuflé convencida. No vivía lejos del recinto universitario, en un piso compartido con otro chico y una chica. Cada uno disponía de su propia habitación, y era el hogar lo suficientemente grande como para no molestarse. Su convivencia era agradable, dado los tres eran personas tranquilas, educadas, ordenadas, limpias y centradas en sus estudios. Respetaban su espacio, y cumplían a rajatabla las normas de convivencia, entre las cuales había algunos puntos referentes al sexo.

Cada inquilino tenía su propio horario, y a él le correspondían las aventuras sexuales por la tarde, dado ella trabajaba de dependienta en una tienda de ropa, y su otro compañero ejercía de becario en las salas informáticas de la Facultad de Arquitectura. Disponía de tres horas para su libertad sexual, y quedamos ese mismo día, a las cuatro de la tarde.

Llegué puntual, llamé al timbre, y subí por las escaleras hasta el tercer piso de aquel edificio. Su puerta, la segunda del rellano, estaba abierta. Entré, previo saludo y dos besos, y fuimos directos a su habitación.

En toda historia romántica que se narra en literatura, os hubieran dicho que el chico preparó una rosa en la mesita de noche, sábanas blancas, y pétalos rojos en las alfombras, pero la realidad es bien distinta a esos romances de fantasía, y ocurrió que el chico me preguntó si quería un vaso de agua. Agradecí cordial el gesto, pero dije no estaba sedienta, no vaya a ser que a mitad del polvo me entren ganas de mear. Procuré mantener la libido al máximo nivel, desde la línea de salida hasta la meta, que bastantes malas experiencias llevaba ya acumuladas.

No he dado descripción de su físico, y esto se debe a que el chico era muy normal. Su cuerpo era delgado, sin trabajo de gimnasio, sin músculo labrado, sin pecho atlético, y sin bíceps a remarcar. Su nariz era del montón, su sonrisa era tímida, su cara era de cuya belleza no molesta y tampoco se elogia, y tampoco me importaba, pues ya daba el aprobado y ahora sólo faltaba demostrar, real y verdadero, sus ganas de follar, que yo protagonista ya iba desconfiada y precavida.

Se cumplía los renglones escritos. Nuestros cuerpos se fundieron, y nos despojamos de la ropa, él de la suya y yo de la mía. ¡Romanticismo a la mierda! No me importó, que aquello fue sin disimulo una cita para follar. Miré a mi alrededor, que no comenzara con ninguna tontería para repetir otra vez desgraciadas historias, y no vi nada que estropeara las ilusiones.

Me tendí sobre la cama, y el chico, desnudo y con su polla tiesa, me vaticinó esta vez sí íbamos a follar. No tenía otra arma o juguete erótico que su polla, que en cualquier otro tarde o noche o día por mí puede sacar cuerdas, mordazas y cuanto quiera, pero hoy sólo me importaba la plenitud de su pene.

Vino el chico a arrojarse sobre la cama, y dar rienda suelta a nuestro festín. Tomó la única silla del dormitorio, la cual estaba frente su mesa de estudio, y la situó a los pies de aquel catre de matrimonio sencillo y simple, sin cabezal ni barrotes ni adorno ninguno. Se subió en el asiento, para ejecutar cuanto en esa España antigua y rural, impregnada todavía de machismo, le llamaban el salto del tigre, que es venir a la cama saltando desde un mueble, aunque a mí me parece se asemeja mejor a un salto de trampolín, con el mullido colchón en su rol de piscina.

Se lanzó adelante, ¡y su puta madre que ostia se metió el tío! Cedieron las patas atrás de aquella silla, y el chico ni tan siquiera alcanzó el lindar de la cama. Se estrelló contra el suelo, que yo tumbada no pude ver su aterrizaje, pero sí escuchó un sonido similar al estallido de un petardo.

"En su salto se partió el brazo, mitad mirando a Alaska y mitad mirando a Rusia"

Se me escapó la risa, pero palidecí cuando lo vi incorporarse entre gritos. El tramo de su brazo zurdo por encima de la epitróclea miraba hacia Alaska, y de la tuberosidad bicipital en inferior enfocaba hacia Rusia. Salía astillas punzantes por toda diáfisis, con el periostio disfrazado de puerco espín, radio y cúbito descuartizados resumo por ahorrar mal trago a su digestión, destrozados como quien corta el pollo a salvajes hachazos antes de cocinarlo. ¡Qué imagen! ¡Traumática! No me recupero del trauma en toda la vida.

Por supuesto, de follar olvidarse, que con los alaridos estaban los vecinos abriendo las puertas de sus cancelas, y a domicilio se personó una ambulancia tras nuestra llamada de socorro. Llegaron los profesionales que ya estábamos vestidos, y yo, si hubiera reemplazado mi cordura por enajenada, me hubiera follado al enfermero o al Doctor, pero quién sabe si me hubieran dado antes por jugar a médicos, que con esa racha todo era posible, y me contuve porque muy seguro tampoco iba a follar.

Dos días después encontré por fin la solución, que de seguir así iba a tener telarañas en la vagina, y mis apreciados y apreciadas lectores y lectoras estoy seguro arden de ganas por conocer de cuál se trata, pues de mi desdicha deben de estar partiéndose el culo de risa. Estaba mi remedio en una estrecha calle de un barrio sin atractivo turístico, sin monumentos ni arterias de tránsito vitales que señalar en el mapa, escondido tras una persiana que alzó su párpado a las ocho de la mañana.

Se trataba de un sexshop, y allí compré cuatro vibradores bajo la mirada indiscreta de la dependienta, que debió de pensar iba yo muy desesperada. ¡Pues sí! ¡A tomar por el culo! ¡Sí! ¡Voy desesperada! ¡Y qué! ¡Ella folla! ¡Pues que disfrute la muy zorra! ¡He dicho!

Descrito cada uno, elegí primero un vibrador de gran tamaño, no algo exagerado para no llegar al extremo de dudar si adentrarlo todo entero. Del segundo, tomé otro vibrador, éste de tamaño más real, cuya cifra en mayoría oscila en torno a dieciocho centímetros, un par abajo y no tan par arriba, no. Varié en el tercero, que fue un vibrador estimulador de clítoris, para tener esa consecutiva de orgasmos que ya de antaño no alcanza mi memoria. Respecto al último, fue también un vibrador de clítoris, que si se estropea el anterior o se acaba la batería tenga suplente de reemplazo. ¡Y la dependienta que mire como quiera, que pienso usarlos todos!

No descarto también me vuelva lesbiana, que a falta de polla sí tienen dedos, con perdón a lesbianas que no es mi intención ofender, pero digo que gozo mejor con dedos extraños que los míos, porque malditas aventuras he tenido con los hombres, y tal vez con ellas me salga un segundo relato mejor, dado por querer plasmar mis vivencias reales en este relato erótico sólo he conseguido mostrar fracasos y un puto desastre. Comencé amorosa y ardiente, y terminé histérica e irritada este párrafo de concluir, mas estén atentos y atentas, que la segunda parte escribo a partir de hoy.

 

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