Sin ánimo de ofender, ¿han pensado ustedes en cuanta falta de respeto acometen sobre sí mismos? ¡Piénsenlo! Me refiero a si el hecho de estar aquí presentes, en estas justas fechas, les da permiso a ser mero espectador; me refiero, por si aún no me entienden, a vivir para morir sin llegar a existir. Si no me creen, ¡miren! ¡miren a su alrededor! Pues quienes ve reír a mandíbula batiente, cuales gozan de sus carnes o engalanan sus efigies con las joyas robadas al vientre de la santa tierra, ¡todos!, ¡absolutamente todos!, son sólo un paso banal en la rica historia, una fugaz agonía en el regazo de los siglos, que contemplan impasibles cómo el tiempo surca el cauce de la vida sin remontar jamás el curso de su corriente.

Díganme, hombres, mujeres, vasallos y plebeyos, pues yo no lo comprendo, con qué derecho perdemos las horas frente al insepulto televisor, o qué placer conduce a las infames gentes zaherir su ser de cuantas maneras posibles ni los horneros del infierno fueron capaces de idear; díganme, si acaso es respeto menospreciar segundo a segundo el don de vivir.

Deseo entiendan mis palabras, mas por si aún tal objetivo no he logrado, de un imbécil sujeto les voy a hablar, cual verán cuán de despreciable les va a resultar.

"De este vanidoso no pierda detalle de su merecido destino"

Jamás fue éste ejemplo de sacrificio o voluntad, que ni tuvo la dudosa decencia de rendirse al intento de soñar, y cuyo terrible encuentro con la muerte todavía no les voy a desvelar.

Vivía en un mundano piso de tres habitaciones, de paredes cubiertas por capas de blanquecina cal salvo en los azulejos y cenefas del aseo, con la cocina inmersa día y noche bajo un atroz desorden, y el rectangular salón batido en duelo a la zaga de tal inmundo mérito. Gozaba por su balcón de privilegiadas vistas a un lozano parque atiborrado de fresnos, sauces y castaños, que resaltaban como espigas cetrinas en la jungla petrolera de la ciudad, y en cuanto a su cuarto, ¡qué decirles de tal fidedigna ornamentación a su ser!

Tenía los cuatro tabiques cuales circundaban su lecho decorados con algunas fotografías suyas posando en un narciso aire erótico y el resto, la gran mayoría de los marcos, exhibiendo chicas jóvenes desprovistas de prenda textil cualquiera, quienes decía él, en un íntimo diario guardado en el tercer cajón de la mesita de noche, era las sobras más dóciles de sus conquistas.

Sospecho piensan ustedes que, de cuantas miles de formas sabemos perder la noble vida, es sobradamente la de mayor placer, mas ¡lean! ¡lean!, pues los sucesos jamás desvelan su devenir, y ya me dirán si fue fortuna su existir.

En cada hoja impar de tal cofre blanco de confesiones había trazado tres líneas verticales, formando así número idéntico de columnas, figurando en la primera de todas ellas la fecha de su acto sexual, el nombre de la afortunada en la siguiente, y cuanto él tildaba de datos técnicos en la última de las nombradas.

Según la página inicial de su diario, correspondían las abreviaciones detalladas en dicho departamento del siguiente modo:

Respecto al color de los ojos, A se refería a los azules, T asociado a turquesa, E a los ojos esmeralda, y M a cuyos iris eran de tonalidad oscura. El siguiente punto cual reseñaba, separado previamente de su código predecesor por unas barras cursivas, era su cabello, LM refiriéndose a larga melena, C a corto, y divididos sus tonos en R por rubio, C a castaño, P como pelirroja, A en cuanto a azabache o escribiendo el rasgo completo a cuyos aspectos, por razones que desconozco, había omitido abreviar.

Por el resto de los detalles físicos anotados, se acentuaba una notable predilección por las mozas de mediana altura, fina figura y avispada cintura, cuales a la práctica del sexo accedían sin tapujos, y citadas tales experiencias en su libro íntimo como X al sexo en misionero, XA en referencia al sexo anal, XO dicho por sexo oral, y XD acerca de fantasías diversas sin describir.

Un dígito, comprendido entre el cero y el diez ambos inclusive, evaluaba la complacencia por parte de las muchachas conquistadas en sus exitosas cacerías.

Conforme a la escritura, ésta no era demasiado perfecta en su ejecución, desordenada, algo condensada entre líneas pero espaciada entre palabras y letras. Los márgenes en general eran todos inferiores a la norma clásica, denotando una ostensible falta de aireación entre los níveos vacíos, aunque llamaba la atención la precisa alineación de los escritos tanto al flanco zurdo como al diestro.

Había letras de muchos tipos, angulosas, sobreelevadas, de crestas bajas, mayúsculas caligráficas y complejas, los óvalos sencillos, presentando algunas torsiones, unidas entre sí en su mayoría, con enlaces peculiares por su altura y cuyo conjunto le daba una huraña apariencia de ser pequeña e irregular. Predominaban los ángulos y la presión firme junto a la presencia de puntas, sobre todo arriba y abajo, cual delataba su agresividad, y confirmada ésta de las barras de "t" en maza.

Acerca de las líneas, todas eran ascendentes excepto la línea base, esbozada en un renglón perfectamente recto, siendo la velocidad de principio a fin rápida y agitada, y con reinado de la aceleración mientras más cercanas se hallaban las sayas del papel.

"Escribió el muy presuntuoso un mal tildado sabio mandatario del sexo"

De este modo cual les acabo de explicar, escribió entre las páginas intermedias de su diario una especie de párrafos inconexos cuales los tituló El saber del Sexo y donde, con un acento bravucón, quiso establecer los mandamientos básicos a cumplir por los súbditos feligreses de su erótica evangelización.

- "¡Escuchadme!" - empezó a modo de banal presentación - "pues si deseáis en verdad ser tan orgullo masculino como yo, debéis de seguir estas reglas de oro cuales mi experta experiencia os enseña:

1. Durante el sexo, haced con vuestro portentoso órgano viril formas geométricas para volverlas locas de placer, tales como remolinos en círculo, triángulos, y cómo no, la aspiración máxima de todo hombre, el dodecaedro, cual sólo increíbles privilegiados de la madre naturaleza, como es mi caso, somos capaces de llevar a cabo.

2. Ostentad siempre un trofeo del triunfo, como puede ser una fotografía de ella desnuda, considerada ésta prueba irrefutable, pues tened en cuenta que la envidia jamás cree a la fortuna.

3. Si vuestra presa no fuera lo suficientemente agraciada como para ser merecedora de recibir vuestro don, y puesto que todo varón cual se tercie no debe perder jamás oportunidad ninguna de mostrar su hombría, pensad en otra mujer.

4. Decidles frases hermosas, a pesar de que los adjetivos no correspondan a la verdad, pues toda mentira piadosa a las féminas en celo os libran de pecado, y aún a disgusto besarlas, pues yo os prometo que por vuestra gratitud el dios Nünning, héroe del sexo, con nuevas presas os sabrá recompensar.

5. Desdeñad mujeres de altura inferior o superior a treinta centímetros respecto a la vuestra, pues es su castigo divino no estar hechas a vuestra apropiada medida de acoplamiento.

6. Asimismo, con cuantas ofrendas se rindan a vuestros dotes varoniles, no os acostéis en camas de longitud inferior a los dos metros o cuya anchura no alcance los ciento treinta y cinco centímetros, pues así como no se ofrecen espectáculos sin condiciones adientes a su desarrollo, tampoco se brinda la magia amorosa del hombre en lechos vulgares y pudientes.

7. Además, aquellos quienes aprobéis el grado seis en mi escala de sexo Hot Ten - para formulario contactad conmigo - exigid las camas provistas, por lo menos, de un cabezal superior con barrotes tallados de madera o de hierro forjado.

8. Preocuparos por vuestro orgasmo, cual debe de ser lo más tardío posible para así poder demostrar a la hembra exhausta vuestra indiscutible e incansable virilidad, mas en caso de ella reclamar mutua correspondencia no temáis, pues todas las mujeres se saben a ciegas la cima de la autocomplacencia".

No les desvelaré el resto de las citas porque, entre otras razones a exponer, aduzco, y con perdón por la mala expresión cual prometo no volveré a repetir jamás, cierta frase elocuente que, miren por donde, ya no me apetece revelar.

"Jamás ningún pavo alcanzó mayor cota repudiada que este sujeto"

A su término, dos hojas más allá, descubrí un relato fechado en el último día del mes de agosto.

- "¡Qué verano!" - iniciaba él su primera frase con elocuente soberbia - "¡cuántas mujeres no olvidarán jamás todo el lascivo placer cual me he dignado a ofrecerles!".

Según escribía, alcanzado el espléndido mediodía los rayos del sol caían a plomo sobre la atiborrada playa como losas tonelescas, donde apenas se atisbaba un ápice de incandescente tierra pues había desplegados sobre ellas un mar de gentes que navegaban petrificados sobre sus barcas de lona.

- "¡Y qué gentes!" - añadía con desprecio.

Muchos, decía, yacían con la oreja apegada a los meznudos granos de arena intentando oír en el eco del subsuelo el galopar de las bellas doncellas, mientras el resto, de sexo estéril o esclavos de su cónyuges, se torturaban el frágil tono pálido de la piel, con el rostro apaciguado y sus mejillas enrojecidas sobre las carnes candentes.

A tocar de la arena, donde linda su reino con el paseo de baldosas, estaba él, sentado en uno de esos bancos pedregosos sin respaldo, observando entre tal oronda escoria física a las chicas más hermosas, jóvenes y delgadas, cuales lucían escuetos tangas por biquini y sus firmes pechos al descubierto.

- "¡Gracias por cuántos pechos juntos hay entre estos barriles de grasa!" - llegó a escribir insolente y maravillado como espectador a primera fila.

Frente a él, el mar, ebrio de sal, irisado de matices amatistas y esmeraldas, embatía sus roncos gemidos erguidos contra la costa tajada, calcando nívea espuma con el cantil su acróstico, de lágrimas saladas que resbalaban por mejillas sin llanto dejando su huella de rabia en la ribera cuando la marea marchaba, y más allá al norte, donde surgían los rocosos acantilados huesos fosilizados del esqueleto del planeta, empujaba contra el bastión de escollos con más fuerzas si cabía sus elásticas olas cuales achicaba muy de lejos.

¡Que suerte tenía el muy maldito, de gozar de la vista al mar cual añoro! Cuan de privilegio es contemplar gaviotas y albatros sobrevolar ansiosos por copar su buche todo lo ancho del ponto, arrojándose en picado hundiendo todo su ancho cuello y más en el agua, y alzando raudos el vuelo con la presa entre su pico o engulléndola allí mismo, bogando como góndola en un lago si el oleaje se lo permitía.

Sé cuanto les digo pues impresiona contemplar en directo tal magna representación de la vida, pero no es necesario ser genio para afirmar que ni la más mínima atención le debió de prestar él, sino tan sólo pechos... pechos... y más pechos.

Por fin, de entre la manada, descubrió una chica, sola, muy hermosa, con su largo cabello teñido de caoba reptar suave hasta tocar los omóplatos, luciendo su oscuro bronceado y un ínfimo tanga de blanco destellante como único atuendo de su figura delgada, tendida supina sobre su ancha toalla.

Sin tiempo a perder, se encaminó hacia ella, y al sentarse junto su vera pudo contemplar el hermoso turquesa de sus ojos al levantar sus párpados cerrados.

Por cuanto confesa en su diario, tal doncella elegida por la caprichosa fortuna no fue capaz de contenerse a sus encantos masculinos, con la fóvea encandilada de su majestuosa forma varonil e hincando en él una adorable mirada cual en tórridas fantasías anticipó sus ansiados besos.

"Tuvo buen gusto al fijarse en aquella preciosa chica"

- "¡Supe!" - grabó con tinta bruna - "¡tan sólo vernos, que aquella noche ella sería mi musa del amor!".

Arbolando su tronco superior, la chica se acicaló el cabello usando a modo de púas los dedos de su mano diestra, mesándolo con grácil aire de presumida, y arqueó sus jugosos labios de intenso escarlata para esbozar una sonrisa zalamera, halagada de su suerte.

- "¡Qué incapaz era la chica de disimular su admiración por mí!" - escribió a continuación esa misma tarde de conocerla -. "Sus ojos relumbrantes de áurea blanca como cisnes bajo las cejas coquetas me relamían, de arriba abajo, sin obviar ni un ápice de mi esculpido cuerpo, galopando desbocados por su mente los deseos empachados de besarme, no un beso por segundo sino un interminable morreo fundido en minutos, fantaseando en tornarse géiseres de frenesí".

Aquella muchacha, de aspecto dócil e inocente, parecía arder en deseos de abalanzarse a él sin más espera, revolcándose en el cuadrilátero de la arena, unidos los dos en un solo color, el carnal, besando sin pausa su boca bermeja, besos inmensos cuales de gozo debían de derretirse al exhalar la brasa súbita del sexo que en soplo cupido llega, hecha la orilla lecho de juncos, y sentir los labios en sus senos, regodeados en su santa aureola de ocre, sin pedir paz a los brazos que los cuerpos apresaban mientras los púdicos vellos de las pelvis perversas frente a frente se susurraban sus secretos.

¡Cuan anhelaba la pobre la hora de tal hechizo presente!

Pero, ya bien entrada la tarde, seguía sin nada suceder, escuchándole endiosarse de sus lascivos méritos, mas ella, triste y apenada pues aún él no le había ofrecido gozar de su erótica maestría, contemplaba al fondo el curvado abanico del firmamento mientras en la orilla trazaba con la yema del dedo índice su nombre, cual las olas se encargaron de borrar de un solo golpe sin dar tiempo a leer.

- "La veía desesperada por hacer el amor conmigo" - desveló a medio relato - "pero me excitaba ver su rostro sufrir ante mi interminable demora".

Fue al caer la noche, viendo la joven víctima lo hermoso de la plateada estera de la luna desenrollada sobre el lúcido oleaje del mar arrastrándose hasta la costa, cuando llegó su oportunidad, cual no hace falta decir que la chica accedió al instante, demostrando su larga impaciencia.

Sin sujetador, con su cuco peinado liso reflejando la luz de las farolas, y vestida con un transparente vestido blanco de muy corta falda y finos tirantes cruzados en su espalda abierta, se infiltraron entre las hordas de turistas que avanzaban a muy corto paso por el longo paseo marítimo, engalanado de palmeras y un sinfín continuo de tiendas, souvenirs y locales de ocio atestados de gentes y más gentes.

- "¡Por Dios!" - escribió con notable indignación - "¡cómo aplastaba la envidiosa plebe su sudor contra mi bella figura! ¡Ah! Rostros abstractos de larga barba, sus orondas señoras en biquinis de traumática escasez, los seniles arcanos reverberando su juventud, un desfile de prendas de muy jocosa elección, y más con cuanto no estoy dispuesto a ensuciar estas hojas de pasión".

Su hotel, Dorina Park, ostentaba orgulloso sus galones de cinco estrellas y la olímpica piscina de agua cristalina, rodeada por su corto vello en tono oliva y custodiada tras la mampara de un muro de hormigón cuya indecorosa envergadura la exhibía a ojos de viandantes.

La habitación, enumerada cuatrocientos catorce, caía en la cuarta planta, hasta cual subieron por las escaleras pues el perfecto amante padecía claustrofobia a los espacios cerrados tales como ascensores, mas qué importaba, pues se trataba de hacer inolvidable aquella noche del treinta y uno de agosto que reinaba candente, clásica, con sus estrellas filtradas entre la corteza de polvo alabastro y la brisa arrastrando en su soplo leves ristras con sabor a miel.

- "¡Ven!" - se enorgullecía de haberle ordenado en un tono seco.

La muchacha, quien justo acababa de salir del aseo donde había reubicado frente al espejo algún mechón rebelde, se acercó sin vacilar, como embrujada por los hechizos de tal magno amante.

Sin demora, aquel valentino tomó su vestido, cuyas tiras hizo resbalar por sus hombros para hacer caer con suavidad la prenda dicha a las losas del suelo, continuó por su fina lencería, y en las mejillas de ella se encendió una pincelada de celeste topacio al adularla.

- "¡Princesa de oro!" - pronunció con entrenado tono mientras acariciaba dulce el envés de sus brazos nerviosos - "¡te prometo gozarás como ningún hombre ha logrado jamás!" - y los ojos de la chica fueron un derroche de pasión reflejado en cada uno de sus sutiles óvalos esmeralda.

Mientras él se desnudó con arte de ensayo, ella esbozaba en sus fantasías los cuerpos poseídos por pócimas mágicas a punto de danzar en ritos ancestrales, y cuyas ofrendas votivas estaban las carnes predispuestas a donar encajando sus muslos de par en par.

¡Oh, señores, que suerte la de la moza, por cual visión vanagloriosa tuvo de su verga en primer plano!

- "¡Gírate!" - le espetó ese caudal de varonil amor y, obediente, ella cumplió.

Reposó sus palmas abiertas sobre los cantos respectivos del tocador con espejo que daba de frente a la cama, arqueó la espalda, alzó muy ligeramente la barbilla y separó tanto como un metro sus tobillos uno del otro, manteniendo ambas piernas muy rectas.

"Toda su polla tiesa entró hasta el fondo de su empapada vagina"

Decidido, tardó máximo tres segundos en colocar el formidable cabezal de su robusto falo justo a la entrada de su orificio anal, presionó levemente, y de golpe introdujo tal lascivo elemento por el conducto de sus antojos.

- "¡Oh! ¡Sí!" - exclamó ella en sus primeros gemidos.

Si ustedes hubieran gozado del privilegio de conocerla, de ver en su faz el cándido gesto de la dócil inocencia, de oír el bello timbre de su voz, habrían jurado, por los temblores y ese inconfundible tono sensual, que aguardaba impaciente tal desvirgo.

- "¡Sigue! ¡Sigue!" - jadeaba lejos de tumultos y chillidos.

Las sombras sin ojeras de sus ardientes siluetas se dibujaban casi estratificadas sobre la llana cerámica, calcando sin error las embestidas del macho experto, adelante, atrás, con sus manos apoyadas en la cintura y la pelvis bien erguida.

- "¡Maravilloso!" - dejó escapar de entre su sonrisa jugosa y cuyo vocablo hinchó de orgullo al honroso varonil.

Amagados tras el páramo de su frente, brotaban el candor de los deseos que aquel maestro del sexo le descubría por primera vez.

- "¡No pares! ¡No pares!" - confesó, y la música elitista de su garganta, cual gemía monosílabos sin cerrarse, comenzó a derrumbarse por el inmenso placer que la acosaba, y manaron la retaguardia de los suspiros, entrecortados, rápidos, fugaces y sin descanso.

- "¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!" - estalló alocada a gritos bajo el vértigo de su sexo siempre pábulo.

Ojalá hubiese podido la virgen princesa darse la vuelta, pues anhelaba fundir sus besos endulzados en la forma cordial de ambas bocas, como si fuesen dos cobres sometidos al fuego del infierno, aferrando en danza tribal sus labios coralinos testa de nevados dientes con su clásico zumbido al picarse con dulzura, los pómulos al rojo vivo y las tórridas lenguas en dual tango a su esbelta pareja.

Mas tal hazaña le resultaba imposible.

Con la vista nublada de exquisito gozo, sentía las enristradas de la fornida verga por detrás, delatando su pasión en el humor acuoso de las córneas por cuantas salvajes embestidas la sometía aquel inigualable engendro masculino, que con violencia la empujaban a casi golpearse contra la recta pared.

En cuanto al tiempo, había perdido toda noción de él por culpa de la excitación... Quizá fueron diez minutos... Tal vez veinte... Pero por fin sintió la chispa súbita del orgasmo cual le sobrevino imparable, como lanzada por el arco cupido de la lujuria.

- "¡Me corro!" - clamó ella, y tal afirmación le contagió pues él, que hasta aquel instante se limitó a jadeos controlados, respondió con idénticas palabras.

"Llegó el orgasmo de los dos en aquel concierto de jadeos"

¡Ah! ¡El éxtasis! Las carnes conspiradas evaporaban su ardor a pares, perdida ya por completo su firme compostura, sucumbidos al acto heroico y con la penumbra de sus ojos envueltos en un halo inocente y clemente.

Pero de pronto la letra, como escrita por el puño de otra persona, se tornaba totalmente distinta. Se trataba de una escritura de otro nivel, por decirlo de un modo creíble, extraña en su conjunto aunque a la vez hecha con naturalidad, de trazo rápido, decantado a ser filiforme, la inclinación ligeramente invertida, crestas irregulares, y una sorprendente delicadeza en la presión.

Respecto a los renglones, son todos horizontales, como guiados por una cuartilla, sin puntos y aparte y los acentos colocados con increíble precisión.

Mas en el diario testigo quedó mudo su estilo acerca de cuanto inaudito ocurrió.

Una especie de moco viscoso recubría el contorno de su pene, aferrado por la tenia omental y una sucesión de sáculos que se compactaban como sedosas telas de araña, y cuyo origen procedía de los más hondos confines anales de la dócil chica, cual había empezado a emitir unas burlescas carcajadas, muy suaves aún, casi inapreciables.

- "¿Qué... qué es esto?" - masculló asustado el muchacho.

"El flujo vicoso de su chica enamorada no resultó ser orgasmo cual él creyó"

Una capa de dos centímetros de grosor, formado por miles y miles de bacterias intestinales, descomponían la materia orgánica de su miembro viril, generando unos efluvios gases que impregnaban el aire de un hedor insoportable.

Demasiado tarde ya para arrepentirse de sus viles pérdidas de tiempo.

Frente a sus ojos, aquella masa espesa cual los médicos entendidos sabrán nombrar por colon sigmoide, seguía avanzando, inexorable y hambrienta, transformado ahora en un trazo fino rico de sangre que secretaba péptido intestinal y revestía sus carnes cuales poco a poco se desecaban, putrefactas, devoradas por cuya chica fácil había reventado a risas alocadas.

Un minuto más tarde, una multitud de vellosidades de un milímetro de longitud recubrían gran parte de su cuerpo. Eran de un aspecto áspero, quebrado, y a la vez formando bordes similares a un cepillo, de un vivo pigmento rúbeo, siempre idéntico a pesar de los metros y metros que salieron por entre los esfínteres de la chica, mientras sus gritos de pánico atronaban por toda la habitación aunque sin huir más allá de sus emparedados dominios, pues nadie acudió en su auxilio.

Su muerte ya le asediaba.

Chorros de bilis y jugo pancreático consumían sin piedad la escoria de su efigie, convirtiéndola aún con vida en livianas gotas fáciles de digerir.

¡Oh! Cuan tremendo debió de ser verse devorar vivo, mientras la chica reía desencajada de alegría.

- "¡Que delicioso estás, cariño mío!" - le espetó con un tono diabólico, jactándose de su masculina fortuna.

Tres horas después, del hombre sólo quedaba una espesa bola de quimo en la panza de la doncella.

Pero, por favor, no les parezca tal hecho un trágico destino, pues al fin y al cabo él obra y gracia de sus actos se lo labró. Limítense a usar cuya facultad en fechas presentes ha caído en desgracia, ésta es la de pensar, y díganme con qué derecho las hordas de necios fantasmas osan perder el tiempo otorgado por el don divino en el sagrado rito del alumbramiento; díganme, si acaso ustedes tienen la respuesta, de cómo se puede ser tan inconsciente como para uno mismo faltarse el respeto por vivir.

 

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