Rey de quien voy a hablar es inútil le sorprenda, dado vos advierto lo conoce muy bien, ¡quién es!, aquel que condecora con el adjetivo confuso de mito o leyenda. Susodicho emperador vuela con usted en el avión, le acompaña a las tiendas, e incluso tiene su altar privado donde deposita su oro y sus ofrendas. Es su cómplice en bacanales y restaurantes, es aquella motivación en su trabajo por la cual se despelleja sus manos sin guantes, y si le hiere u ofende un atracador o estafador o el dependiente de golosinas es capaz de entablar pelea, ¡dense de ostias!, que desde la platea me destornillo con esas batallas donde el púgil rival le apabulla y vapulea.

De quién hablo se estará preguntando, y en cual época es notorio el descalabro intelectual y racional es factible que le sea imposible de discernir el protagonista. Pensará que mi vacile es aquella loca paranoia que con el mero menosprecio ya se aparca, mas le satisfago al delatar mote de su amigo monarca, ¡dícese de don dinero!, a quien canta desde el tirano subnormal hasta el lacayo jornalero.

Afortunados hay que lo tienen por sublime regalo en su herencia, y he de confesar que los tildo por hijos de puta, pero es probable que alguno de estos mimados me lea, y por si en mí quiere repartir una porción de su pastel prefiero omitir cualquier adjetivo de disputa. Son la excepción, pues la muchedumbre general se encadena a su empleo, esclavos para un rico y ruin empresario que les trata peor que a perros, blasfema ahíto entre lujos y caprichos el muy cabrito, mientras la plebe tienen apenas ese pan y leche con el que se alimenta a los becerros.

Caso mío es singular, ¡qué difícil es explicar!, pues en mi hucha hay un inmenso vacío que, en caso de dar un alarido, suena su cacofonía como el eco de lóbregas catacumbas. Nóminas jamás tuve, dólares se esfuman de los sobres, y sestercios hallará el doble en las chaquetas mugrientas de los pobres. De oficios me despiden, gerifaltes me odian en un asco mutuo, y morada mía es una sórdida alcoba en un céntrico hostal, sito en cuyo suburbio abundan los turistas por sus callejones antiguos y las tabernas de postal. Cuchitril es gratuito, y a cambio presto mi servicio de lunes a jueves, sirvo en el salón a comensales, atiendo en mostrador a huéspedes bienvenidos, y en fogones caliento el arroz y pollo frito. Tengo mantel y plato por rellenar mi panza en aquella fortaleza, cuido la dieta dado me agrada el molde de mi flaca silueta, y debido a la frágil estabilidad tengo ganas de escapar, marchar a otro hemisferio a lomos de una grulla, o enrolada de grumete en una corbeta.

Arcas de mi patrimonio prosperan a base de cuya labor desempeño con dignidad, y que al cotillear algún chafardero ligón les espeto esa respuesta antaña desde la antigüedad, ¡ejerzo de prostituta!, tengo por clientes a jueces y casados y al cuartel militar, sea coronel o teniente o el novato recluta. Pagan por placer, y a troglodita que se escandaliza tenga por nota que se equivoca en la diana, pues en mi gremio hallará hasta la monja y la pagana. Alivio sus fantasías y sus delirios, y sepa que de solicitudes hay muy extrañas, pues al sargento le gustan azotes en el culo, y Magistrado se pirra por verter en su pepino los pegotes calientes de los cirios.

Si acaso le da morbo estas perversiones, hay presentador que le fascina insultar, y durante el acoplo romántico es como un loro malicioso que se deleita en ultrajar. Recuerdo el estreno de su rosario, me llamo zorra y casi lo traslado del catre al ataúd funerario, pero matizó el besugo que duplica mi salario si le autorizo usar su registro literario, y tan sólo finiquitar la sílaba afirmativa comenzó un repertorio que es antónimo a su discurso en el noticiario. Furcia fue la modosa de sus calumnias, dado en su romería prosiguió con asquerosa y cochina y tantos escarnios que, para ser sincera, me hace inmune el monto por recompensa, mas si tal juego le es inusual deme un momento, y verá que las rarezas van en aumento.

Doctor de aquellos hospitales que asesinan ancianos y rebeldes vino un miércoles lluvioso, y dándome jengibre y un bombón me rogó lo introdujera en su ano goloso. Del escozor hubiera yo saltado como una rana tarada, pero estático se quedó el piojoso, con las nalgas izadas cual replica de un cerdo sarnoso y la faz teñida de ese rojo incandescente que es buena decisión si se decide apartar, dado a esa temperatura la caldera va a estallar.

Supongo son traumas de los sicarios en medicina, pues a su reemplazo en el almanaque vino un colega suyo, y en pleno ajetreo del ávido sexo me pidió apretara su gaznate el capullo. Indecisa y temerosa puse mis tenazas en su cuello, y entiendo que del cirujano a la enfermera es su costumbre el matar, ven a sus pacientes ilusos ir de la hamaca a la mortaja, pero de mi camilla salen ilesos el sumiso del látigo o el obrero que se alegra por una simple paja. Apreté a su antojo, y hubo unos instantes donde respiraba con tanta angustia que juro desecó mi higo, mas había a mi favor que del crimen no habría testigo. Suceso trágico se evitó por mi cordura, y sobrevivió el chalado porque mi instinto bondadoso aflojo, aunque fue tan horrible la experiencia que tan pronto se fue trabé la puerta con llave y cerrojo.

"Busqué un prestamista para emigrar a otro lugar"

Harta de cencerros, decidí emprender mudanza a otra nación y cultura, aunque tengo la mochila tan flaca que cualquier plan me censura. Pensé en asaltar algún colmado, pero desistí al admitir que sus beneficios me dan para ir de mi casa al aeropuerto, y con el vil espionaje de cámaras me atrapa hasta el sabueso despistado y tuerto. Fraudes son lentos y dejan rastro, y comentando otras posibilidades con una ama sádica me explicó historia con la cual sufragó estudios su padrastro. Método fue solicitar financiación, indagó a quién debía de acudir, y en las pesquisas acudió a veteranos de tal tarea, que hay plebeyos encadenados con mucha experiencia en remar contra viento y marea.

En las chácharas que se reprodujeron de horarios matutinos a vespertinos repudié las entidades bancarias, pues tras sus trajes impolutos se disfrazan delincuentes sin escrúpulos, usted trabaja a destajo en jornadas intempestivas, mientras estos chorizos retozan en banquetes opulentos del alba a los crepúsculos. Sepan les timan sus ducados con las pestilentes cartulinas de plástico, que pone vos la cuatrera en cacharros magnéticos y de inmediato los programas informáticos ya lo tienen fichado, ¡mírelo!, receptor sabe ubicación del esbirro, importe que abona y producto cuál consume, sea un flotador o un balón el objeto por cual me pirro.

Sucesor en la cola fueron aquellas plataformas que gestionan préstamos entre particulares, ¡pedazo de tabarra!, su monólogo es como parlotear con un astrólogo, y un basurero torpe que se inmiscuyó en la conversación me recomendó el supermercado, ¡óigame!, que mi batida es ajena a plátanos o manzanas o el barniz del helado.

Por exclusión de embusteros quedó la opción de un prestamista privado, florecen como setas en otoño, pero tienen por fama que avasallan con tasas y cargas desde el dinosaurio al retoño. Prestigio merecido que les corona provoca mi cautela, y al ojear su cuantía de profesionales descubro páginas a miles, ¡qué espanto!, es tan abrumador el dígito que en escrudiñar uno a uno me achanto. Reduzco la búsqueda a mi localidad, y al ser todavía el ejército excesivo marco las casillas por barrio e incorporo suma ingente que exijo de millones, ¡exagero!, sólo quiero emigrar lejos de mi putrefacto vertedero.

Al azar pruebo con un sujeto, y he de confesar que la reunión duró aquel lapso donde comensal apenas dio un sorbo a su taza de café, pues los intereses y el plazo que me otorga es inviable para mi cartera, tan enjuta que me rebasa en riqueza la humilde panadera. Segundo intento es otro fiasco, que malandrín me rechaza por mi enclenque liquidez, y a tal argumento de riesgo se acoge el siguiente y su suplente, mas continuo en la cruzada, voy por la veintena y quien me atiende en este turno es un pringado que de mí se burla el bellaco, ¡desgraciado!, rebosa grasa cual ballena y tiene la risa borrega de un jaco.

Experimento es un clamoroso fracaso, y ya desesperada acudí a cuyo local, en la periferia de la ciudad, carece de rótulo y opera en clandestinidad. Llamé al timbre junto al portal de cristal opaco, y quien abrió fue un caballero que me sorprendió, pues aguardaba ser recibida por una sabandija despeinada y mal vestida, con su camisa desabrochada, ese aroma nauseabundo del fumador drogadicto adicto al tabaco, y un estercolero caótico del que huye hasta el verraco.

Sin embargo, me saludó afable un gentil hidalgo, altura loable que coloca mi tapa craneal a raya de su clavícula, atuendo informal pero galán, y una voz con la cual engatusa el maestro seductor a su hechizada discípula. Sus iris destilan un zarco cristalino que pintor ilustre plasmó en el celaje de su magnífica obra de arte, y su cabello, cuyo corte bosquejó arquitecto peluquero, deslumbra con un espléndido dorado que ansía la carabela por estandarte. Panorama de su despacho es antónimo a cual representan las películas con sus guiones detectivescos, dado lucen los folios correctamente apilados, baldosas tienen aquel destello que le otorga el paso de la escoba y la fregona, y sillas exhiben ese respaldo mullido que codicia el dominguero en su tumbona.

Teniendo por barrera entre ambos su mesa de nogal, preguntó cordial mi necesidad, y en un resumen desmoralizada de tanto rechazo expuse mi solicitud, ¡quiero huir de este país!, viajar del continente oceánico al clima atlántico, cruzar su frontera, ir del índico al pacífico, y en el paraje que me asiente tendré mi negocio y mi casa, mas falla el sólido cojín por soportar las penurias que acompañan la aventura, y un cofre ruego que me cubra los embistes de la miseria y la amargura.

Signo esperanzador es que procede a meditar, ¡milagro!, y en su respuesta me someto estoica al interrogatorio del que ya me han advertido. Requisito cual exige de inicio es la mayoría de edad, solventado sin dificultad dado rebaso en una decena la cifra que establece tal legalidad. Documento de identidad en vigor fue expedido la tercera semana del mes pasado, pero la placidez en el sorteo de los obstáculos se tuerce en la valla por demostrar solvencia, ¡he aquí donde ruego, como reo al verdugo, su misericordia y clemencia! Problema se debe a la falta de contrato laboral, carezco de ingreso fijo, y los ahorros son un escuálido fajo de billetes que soto la cama tienen su escondrijo.

Garantía en devolución de la deuda tiene mi palabra, soy persona de honor cuya honestidad es intachable, y en el trajín de puta nunca me falta feligrés a cuya misa se venera la secuoya y el ciprés. Hecho es de una certeza irrefutable, mas al requerir por bienes que respondan confirmo dispongo de bicicleta, ¡oiga, no se ría!, dispone de los frenos con pastillas en buenas condiciones, pedales a babor y estribor, y dos ruedas cuyo neumático aguerrido me evita de caídas y lesiones. Por aval presento las hormigas, ¡fíjese!, almacenan migas de pan y semillas que, en algún despiste, puedo ser rauda y saquear, dado si actúo perezosa toda la marabunta contra mí se va a abalanzar.

Declaraciones burocráticas donde las sórdidas Administraciones te expolian los bienes que has recaudado están a cero, jamás he consumado ese trámite en cual esquilan a la oveja y al cordero. Justificantes económicos son nulos, que carezco de cuyas cartillas y tarjetas me ofrecen ladrones con falacias y sus bulos. Ventaja tengo por esta maniobra, pues excluye mi nombre en las listas de morosos, y me descarta en deudas con impagos por créditos, pero la mueca retorcida del prestamista indica que mi garantía es parca en méritos.

De todos modos, en gesto de buena fe pretende encontrar una solución, ¡vamos a ver!, matizó sereno, que habrá alguna fórmula para ir del paraíso idílico al desierto del sarraceno. Con tal objetivo el diálogo profundizó en mis gastos cotidianos, ¡enumero!, ausente estoy de pagos en seguro de vehículo o del hogar, tampoco hay cuota mensual ni apuro mercantil que me pueda ahogar, y en cuanto a facturas de luz y gas hago una argucia ingeniosa que ni tan siquiera me pueden multar.

Sello positivo aún es insuficiente, y en la pesquisa de amuletos por amortizar el préstamo anduvo a vueltas con la familia. Madre nórdica vive en el inhóspito ártico, y padre trigueño habita en una isla del oasis antártico, ¡menudo disparate!, se dirá vos extrañado, pero resultó que ambos homínidos se cruzaron en una noche veraniega del estío ibérico, y nací yo de aquel retozo colérico. Juntos estuvieron hasta el bisoño invierno que me alumbró, y al umbral de la primavera se marchó cada cual a su madriguera. Me crie como fardo que se transporta desde las nieves que cubren la crin del caballo hasta esas cremas para tostados bronceados, y ya en mi adolescencia dije a la hembra y al semental que se fueran a tomar por el culo, ¡y he aquí ahora donde resido!, hostigada solitaria por rúas cuyas fachadas son los muros de un patíbulo.

Hermanos que yo sepa no hay ninguno, y los amigos que componen mi cuadrilla son una panda de vagos e irresponsables, ¡querrá saber por qué!, es su quehacer biográfico flipar por escalones y tarimas con su monopatín, otro surfea cual si fuese un delfín, aquel holgazán salta sobre la cinta elástica en cuyo parque usa de jardín, y el resto sestea apáticos por sofás y terrazas o cualquier balancín. Llamo por teléfono y no responden, se comunican por mensajes, y emociones tras emoticones se esconden. Propiedades suyas que me pudieran respaldar son a lo máximo el ordenador o el frigorífico, y por proyecto nadie tiene intención de ser ingeniero o científico.

Titubeó el individuo un largo minuto al concluir mi exposición, y toque de campana que aniquiló el desesperante silencio fue mostrar ese típico contrato que se firma con cláusulas y condiciones para esta elevada financiación. Describe en sus renglones el período de la redención, intereses que, inculta yo en álgebras y logaritmos, concluiré de pagar por la era de mi vejez, dado las comisiones perpetran un robo, y su cuota mensual por abonar deprime hasta al valiente lobo. Rúbrica es aprobado de la concesión, aunque todavía hay algunos flecos que impiden el tachón de la estilográfica, y tras una réplica en su meditar me ofreció una solución.

"Sacó una mordaza de su cajón para tenerme amordazada"

Tan seductor como bribón abrió un cajón de su escritorio, y cual detective husmea la basura removió sus trastos y juguetes. Halló artilugio sin mayor dificultad en sus tinieblas, y con escasa demora emergió un artefacto que yo a gusto se lo describo. Bola esférica tiene aquel diámetro que copa la cavidad bucal, y sin terciar vocablo de pregón vi al vigía alzarse de su cofa, rodear el mueble de barricada por el flanco de la luna menguante, y lugar en cual se erige es tras mi envés con un paso arrogante. Susurro sensual al oído me indica abrir la quijada, y tan pronto obedezco penetra el bozal hasta soto de mi duro paladar, rebasada las almenas de caninos e incisivos, conduce sus correas por mejillas a oriente y poniente hasta el beso de la hebilla en el occipital, y al apretar consigue aquel abrazo que para el libre lenguaje es letal.

Conseguido su propósito, observa cual gladiador victorioso en la arena del coliseo las cinchas prietas que se hunden en mis pómulos, y al proclamar oír de mí una frase consigue un murmuro de escasas consonantes, predominan las emes y efes y alguna ge con una tilde errónea que los convierte en mutantes. Vocales que se unen a la danza emiten ese sonido de la cigüeña que surca la cúpula azulina sin plumas, pero la bandada se restringe a cuantas aes y oes al gorgotear rezumas, y con su semblante gozoso excusa su perversidad en el riesgo de impago, ¡ay, malandrín!, es un burdo truco para el chantaje que perfumas.

Trazada mi firma en el pergamino, evalúa el bandido una serie de criterios, y teniendo en cuenta factores de peligro en su inversión decide tomar aquella fianza como curas en las mazmorras de los monasterios. Alzada del trono me condujo a la pared, zarpas puestas en cuya altura de sus ladrillos rebasa el parietal, zancas en abertura que la geometría define por piramidal, y mirada frontal a su frío yeso por si deambula araña o germina vegetal. Pulpo rastreó por las costillas y las rodillas, palpó nalgas y las pantorrillas, y al toque meloso por el vientre raso produjo en mí un suspiro que, aún liviano y disimulado, resonó como coros en las pérfidas capillas.

Sobó mimoso en aquel área que pertenece a la gorguera, y en el ascenso a mis senos se percató, por el erizo de mis pezones, que mi ser enmudecido ardía en tocar los tambores de guerra. Sin tristeza perdí fulminante todas las prendas que cubren de coraza mi busto, y atuendo de la zona baja secundó la evasión vertiginosa, hasta mostrar esa integral desnudez que me colapsa el pensamiento. Harapos depositó dentro de una mochila deportiva, y con ese zumbido de la cremallera que obstruye su abertura amagó mi vestimenta en cuyo armario, bloqueado con ganzúa y candado, requiere por recuperar el asalto de un corsario.

Quieta es la concisa directriz que me supo decir, e inmóvil cual estatua se planta por adornar rotondas o plazas me quedé anclada sin virar ni rectificar, casi inmersos actor y actriz en un duelo, varón con su papeleo y yo como modelo. Distinguí con claridad, gracias a mi tímpano, ese abanico de las páginas que se suceden, la estampa de un membrete, y las grapas que saben aplicar el crío y el zoquete. Discerní el taconeo de sus zapatos de sur a norte, asir una maleta para su transporte, y al garabatear con absoluta parsimonia me invadió una rara inquietud que causó un cimbreo ruboroso en mi cintura, ¡para!, que el temblor con el follar tiene similitud.

Cesó el espasmo con cierta acritud, mas ya delató mi apetito por ese éxtasis añejo, lo vivió el cavernícola de joven y de viejo, y contagiado de mi exultante alegría vino el mozo cual pavo en su cortejo. Un tacto sobre el hombro fue el preludio de la acción, y al empujar mis brazos atrás moldeó un adorno en mis muñecas, son cuerdas que atan como al súbdito las hipotecas. Aspa del amarre procedió en un rincón singular, tan elevado que lindaba el trapezoide con la primera vértebra dorsal, y el laberinto que tejió también tuvo su rasgo peculiar. Me refiero a cuya circunferencia rodeó el perímetro exterior de toda mi figura, serpenteó las sogas por encima y por debajo de mi pecho, al húmero inmovilizó de su saya al techo, y en la alcantarilla de las axilas introdujo los cabos por la ínfima ranura. Cruzó de proa a popa, regresó cual modista cose un botón, y al reverso donde me es imposible atisbar su talento culminó el enredo con aquellos nudos que dominan el pescador y su patrón.

Faz que me identifica calcó esa angustia que estimuló el instinto lascivo del villano, y en tertulia contra la cual mordaza vedó mi réplica me avisó del tormento que me espera. Nadie vendrá al refugio, repertorio incluye danzas que del pavor aplacan sus párpados las víctimas, ¡y he ahí radica la gracia!, me contó, pues sólo hay un prismático en sus fechorías íntimas. Algunas mártires prefieren observar como forastera en las gradas de un circo, y dado ese privilegio le enfurece a nivel de la peor traición optó por un método, ¡cuál es!, máscara de cuero que cubre por completo mi testa, aprieta los cordones que ocupan de la sutura sagital hasta la nuca, oculta sea greña o peluca, y a mi visión releva una oscuridad imperturbable que en su negror se acurruca.

Tentáculos me palpan con misterio y cariño, y ya cautiva me desplazó por el recinto, ¡diría que vamos a la selva amazónica!, pero el giro es por jugar al despiste o el atolondrado se entrena una exploración arqueológica. Zancos que doy superan el centenar, volteo cual peonza por su picardía de quererme desorientar, y aunque logra en parte su objetivo tengo la consciencia suficiente por reconocer que me ubica en otra estancia. Hazaña logro por los poros de mi piel, dado se percibe otro ambiente, extravagante su aura cálida, y en la falta de regateos y tropiezo intuyo de adorno escuálida. Conclusión deriva en que me hallo en el centro de un habitáculo, parcela conoce con precisión pues de la choza es el pajarraco vernáculo, y tras el freno que me impone percibo que aplica cuya atadura son jarcias por mi garganta, justo en la cima del cartílago tiroides, de sombrero la mandíbula, y estrujón da aquel que ni resbala ni atraganta. Afianzó su extremo en un insólito pescante, curvo cual arco labrado con las ramas del avellanero, sólido como el aro forjado por el herrero, y estiró hasta conseguir esa tensión bestial que me irguió toda recta, cabeza altiva que se diferencia de la soberbia en el detalle de ser incapaz de agachar, y menisco tampoco puedo flexionar, que el mínimo descenso de mi efigie me va a asfixiar.

Nos separa aquel trecho que patadas no le impactan, mas presiento que me esquiva y me evita, y frustrada ceso en dar las coces débiles donde sólo el aire levita. Fue en mi huelga que volvió al ataque, atrapó mi tobillo, elevó hasta tocar el talón con la cúspide del femoral, y con otra cuerda realizó unas trenzas del maléolo al vasto intermedio, tres vueltas conté de su hilado, serpenteó en cuyo desfiladero formó la cavidad entre el grácil y el soleo, y con su zurcido magistral consiguió un temible sacrilegio, ¡sepa vos!, que es inútil el querer aterrizar mi pierna doblada como anca de rana en el suelo regio.

Sostenida cual flamencos me originó al inicio un incómodo desequilibrio, dado lazo en el gaznate me castigaba severo la imprudencia del balanceo, ¡hazlo!, me retaba, y el tajo en el flujo de oxígeno me dejara sin balbuceo. Bien es cierto que logré temperar su vaivén sin mucha dificultad, mas cuando ya me aclimaté al hábito sentí trepar el sartorio a la estratosfera, ¡qué diantres ocurre!, propulsó con alguna maroma a tal potencia que cuádriceps ubicó en paralelo al templado mosaico, ¡arria la vela!, protesté amordazada, que dudo si mi raptor es un ogro gruñón o un psicópata prosaico.

"Empezó con su juego sexual conmigo atada y amordazada"

Juez corrupto cuya toga oculta su color político desestima la demanda, y viendo que mi sufrir se dispara por el fluctuar del esqueleto decide introducir un dedo en cuya gruta abierta está desprovista de guardia en su cancela. Cuela la falange distal y su séquito con insolente descaro, y al rozar desvergonzado los húmedos tabiques estalló de mi tráquea un suspiro espeluznante. Rota cual satélites en sus planetas, y el aullido se acentúa al allanar mi caverna la cola del metacarpiano, audaz ha sido el anular, mas le sigue en caravana el índice y el pulgar, y en el hueco que las alimañas piratean hundió hasta el meñique, ¡qué haces, pequeñajo!, que para tal menester eres demasiado renacuajo. Se movían como el músico que toca el arpa o la guitarra, y el pozo que apenas tenía rocío se inundó en tal aluvión que la orquesta subió el compás por su travesura bizarra.

Volaban por la atmósfera una ristra de trinos que por abrumadora cuantía son incontables, se oyen de la tierra a la bóveda celeste, de baldosas que son el gélido prado hasta esa lámpara que simboliza el pico agreste. Retumba un soliloquio en público, o mejor aún, sermón de una pírrica í latina que se suma y se multiplica a sus sobrinas y sus primas y quien la imita, de timbre fino, volumen escandaloso, grado contralto, a ratos soprano, y cuando acentúo en los terremotos que sacuden por el área de los cresta ilíaca emulo esas míticas arias de solista, ¡menudo lío!, pues gimo como la histérica que se amarga, en aquel aullido que encoge el corazón, y de repente, casi tal cual se tratase de una falacia, elevo la felicidad de mi cantata a esos decibelios que se oyen por todo el globo terráqueo, arden los esquimales, y pigmeos brincan por ojear sobre la cripta de matorrales.

Un hilo de baba brota por la diestra comisura cual manantial entre las aristas de rocas, cauce fluye por el mentón, y al cerro de la barbilla se acumula y se empeñe, a cada cual peor burro que se despeñe, mas el cuero que tapiza mi semblante impide su clásica estalactita, y atajo que toman van por sendos flancos de mi cuello que tirita. Anegan la incisura yugular, y lago que se desborda abre su brecha por la falla del manubrio, prosigue en las hendiduras entre senos, alcanza la fosa epigástrica, y la gota de cabecera, en su meta del ombligo, me produce un cosquilleo que lleva mi sentido común a la sordera. Apenas me oigo, y una leve cordura recupero cuando yemas que me embrujan se retiran de cuya torre aloja mi lasciva bandera.

Pausa se ameniza con mi concierto de suspiros despojados de aquella demencia que, fruto del éxtasis y la locura, ciega las neuronas. Párpados arrastro bajo esa inquebrantable lona impertérrita, obeso grosor, tacto suave, y un poderío sin compasión que para su erotismo es clave. Aspiro indagar todos los puntos cardinales, pero al errar resoplo impaciente, cadencia que imprimo es inferior a cuanto el primate aplaude por la ventana, y meneo que engendro anula cualquier estela de piedad cristiana.

Esfuerzos hago por ser menos descarada, mas cuando estoy en aquel linde de lograr mi épica ocurre un hecho que, por ansiado, no deja de ser también inesperado. Tratase de una longaniza la culpable, dureza en tal vigor que de golpearle le abre la ceja, miembro viril que dilata mi elástico embudo hasta el límite que revienta la coneja, y longitud que hubiese jurado alcanza del zócalo a la teja. Enterró a casi palpar el orificio uterino, y apropiado del terreno comenzó con esas embestidas que no se olvidan, taladra que avanza y retrocede, se apropia de la fosa y repentino su conquista devuelve, y otra vez se quiere pero se rechaza cuando duele. Mareo en el cerebro confundido repercute en las saetas del reloj, se refunfuña si es efímero y se odia si es acosador, y por guinda se debate si se prefiere la ternura o se opta por el dolor.

Acometidas creaban un ardor infernal, hervía cuyo aire jadeaba el búfalo por las fosas nasales, y ese supremo vapor que la ciencia inepta asume sólo en volcanes se depositaba sobre mis hombros cándidos, mas debió de ser por mi pigmento pálido, o quizá por el cóncavo que divide mis hemisferios carnales, que ni el rocío ni una lágrima se conservó por cuya llanura es el estilóbato de mis gruñidos guturales. Es posible que en desecarse participó la brisa pulmonar que se tornó huracán, de rachas tan veloces que pescador acudió al río, caña en porte militar, prudente en la orilla por la furia de cual torrente se arroja por el acantilado, y en el lapso de clavar mosca al anzuelo vio con espanto la sequedad, ¡a qué viene este revuelo!, se preguntó indignado, ¡es por la ramera y su voraz celo!

Escena tenía aquella ironía que es difícil de narrar, pues de tanto leño al fuego se tiene frío donde no alumbran las llamas, y los graznidos que se interpretan en el escenario tienen poco de humano, ¡a qué se parecen!, al ciervo y sus bramas. Tigres y leones, de haber sido invitados, voto que los devoran por la envidia, ¡dejadlos!, que lo habitual en estos mamíferos vertebrados es la apatía y la desidia. Prodigio es la excepción, mas los santos se exclaman pasmados, la guarra que va de virgen se disgusta por el vicio, obispos degenerados lo tachan de pecado en sus timos y servicio, y la frígida que simula ser la casta beata empaña los cristales con el ladrón fugitivo o el farsante mayordomo del pontificio.

Ruego yo por un descanso, que en el apoyo de una simple pata se me carga el gemelo, y plegaria que ofrendo es por suplicar que aminore la marcha, pues me enamora y me atormenta, y en mi interpretar voy de la pasión al daño que se transforma en afrenta. Balada suena cual si fuese un jeroglífico del antiguo egipcio, es dialecto del arameo o del sumerio, y bisonte que no me entiende sube un peldaño, arremete con una fuerza obscura, agrede extraño, taladra áspero, y por un momento me asola el miedo de haber caído en un grave engaño. Forcejeo entonces sin que hiena se percate con los nudos que me encarcelan, persigo el circuito que me tiene cautiva, palpo con las huellas dactilares y rasco con las uñas, aprieto obstinada por reventar su jaula, mas es en vano hasta el dar coces con las pezuñas.

Refunfuño con aquel débil quejido del moribundo al borde de su desfallecer, ¡para!, pronuncié yo ininteligible, pero orangután ataca que desoye mi sentimiento, ¡al contrario!, que a macarra con mi calvario se le ve contento. Desisto pues en zafarme de su red, y cada vez mayor endeble me esfuerzo por soportar acto que ya es un castigo. Mientras, repaso en mi mente si he olvidado alguna artimaña, reviso el proceder de los amantes si por ventura o por suerte descubro fuga de su patraña, y remedio cual caigo es aquel rezo de cuya gacela teme por la muerte.

Estrategia es un fracaso desde la mayúsculo inicial, y me atrevo a afirmar que tuvo su efecto antónimo, dado ahora ya taladra con esa rabia que es la perdición, aunque una parte de mí anhela la tierna esperanza de ser la salvación. Se justifica en el estallido de su orgasmo, ¡ahí viene!, ya que enfermo presenta todos los síntomas del pacientes, pelvis pegadas, zarpas en el trasero, berridos fieros del semental que ni se rinde ni se cansa, lamidos que saborean tras la oreja y el trapecio, latidos que se disparan, serenidad que se disipa, mar embravecido cuyas olas gigantescas embisten aquel faro que tozudo se mantiene erecto, y allí, justo con la tempestad revuelta, en ese frenesí que se atribuye al enfado de los dioses, descargó el jugo en su tanque predilecto. Vació hasta la última migaja, y en la clemente bonanza es donde mi libertad se baraja.

Cruda fue la realidad, pues aquel insecto deambuló por el mosaico como beduino por el desierto. Rumbo suyo es incierto, taconeo induce al mal agüero, y el pérfido silencio que me asola no da consuelo, dado el payaso está demasiado callado, y por inercia o desespero yo me rebelo. Blandeo la inquietud de ataduras que mantienen su cerco estrecho, y la parca rotación que esbozo denota por mi esclavitud un notorio despecho. Gimo palabras amordazadas que huyen de mi laringe por el temor que me fustiga, y con la pierna que levita por tanta cuerda realizo un par de latigazos, son como de los gatos sus zarpazos, pero es todo inútil. Tan sólo consigo la vecindad del criminal, y en un deje lúgubre me susurra que es un legendario animal.

"A patadas derribó aquel diablo el suelo"

Risa que desprende es seca, gruñido suena con aquel timbre del verdugo que sustenta haya cuyo filo es puro oxido, y la tremebunda mudez que le escolta es cómplice de su pérfida mueca. Patalea el macaco cual mazo arrea irascible contra el pavimento, danza obscena, tan atroz su violencia que sismógrafo registra un seísmo, ¡es poca su magnitud!, aunque de continuar con su tontería lo va a derribar cual funesto talud.

El eco que produce emite un inhóspito cascabeleo, y entre medio se oye el crujido de losas que se hieren por el vapuleo. Zapato tendrá de acero, y apuñala con tal brío que la nave nodriza presenta una grieta en su quilla, se abolla y se joroba, se tuerce y maltrecha se deforma, y livianas piedras anticipan el derroque de la plataforma. Sensación es similar al campesino que teme caer del pajar al granero, mas a diferencia del ganadero me falta el colchón de la cosecha, que aumenta la brecha, y si se desmorona voy a salir despedida cual arco despide su flecha.

Ladrillos se desploman, arcilla se descompone, vigas abren aquellos pozos al vacío que caminante esquiva, y en un instante mi planta descalza pierde el apoyo que me mantiene viva. Caída es inapelable, mas ataja brusca la cuerda en mi cuello. Se estriñe con esa maldad que ilustra la guadaña, y con un desespero que es imposible de narrar balanceo el muslo y el talón buscando aterrada un lugar donde reposar. Insisto mientras suelto un gorgoteo amordazado que captan los sordos, y juramentos que hago es de vender mi alma al demonio si me salvo de ahogarme en el fiordo.

Zozobro estéril en busca de esa isla que nadie divisa, mas es insólito, que debo llevar un minuto cual péndulo flotando en el espacio, y sigo en la angustia donde el morir no tiene prisa. Un vapor tórrido sube de las profundidades, efluvio surge del horno candente, fétido hálito, y un orfeón de chillidos se vislumbra huraño, ¡quién grita con ese espanto!, aquellos reos que se chamuscan en las parrillas del satán ermitaño.

Nombre que me dio fue mentira, es todo falso y ni es quien dice ser, ¡mas ahora qué puedo hacer! Aquí se extingue ese rincón donde se alberga la ilusión de conocer algún ángel, y estoy en esa trágica suspensión que sólo un poder divino me concede el privilegio del oír y mi vivir. Aguardo el devenir, espero el saludo de alguna madrastra, o el sacerdote con su sacrílega bendición, o la buena samaritana que me arroba o me desata, o el carcelero que me traiga botella de agua, arroz para el comensal y que adoba con patata, pero la crónica es escabrosa, pues no tengo ni comida ni brebaje ni ayudas piadosas. No obstante, estoy en un estado de hibernación, pues no tengo hambre ni gula, sed no me exige apaciguar, ansias de dormir me regatean, y segundos o minutos u horas o días ya ni se calcula. Brazos extasiados han cesado su ímpetu por discutir, vista se suprime por cuya capucha de lázaro me ordena del espiar dimitir, y capeo como puedo la modorra que sólo interrumpe los castigos y violaciones que mi raptor de otro mundo se dedica a infligir.

Marzo caducó, abril debió de estallar la florida primavera con su sol plácido, prados de margaritas brillantes, amapolas de cárdenos deslumbrantes, mayo de lluvias, junio tacaño en las cortas madrugadas, julio y agosto donde el gentío se cuece en su sartén abrasadora, septiembre que el soltero adora, y justo en la tercera semana de octubre percibo un alboroto por mi panza, hay carreras y puntapiés, son una turba de recién nacidos que emprenden su mudanza.

Voy de parto, ¡y esperen!, sale el primero, ¡decirme si es de pelo rubio o tiene cuernos!, y en el segundo inquiero, ¡contarme si lloriquea inocente o tiene la sonrisa macabra de cuyo padre azuza el brasero!, y al tercero repito, ¡explicarme si es blanco o negro o de ese rojo aterrador que odia el monje bendito!, y al cuarto ruego venga el consorte, ¡dime si tiene sus palmas desnudas o agarra tridente que es infausto pasaporte!, y en el quinto y el sexto y el séptimo comienza a estar harta, ¡voy a parir hasta la tortuga y la lagarta!

Docena fue el postrero, y ejército que el cacique hereda trepó por el tronco de mi cuerpo, ¡dónde vais!, sois una multitud y por pezones hay un par, pero objetivo de los mocosos es muy dispar. Mordisco que me propina el cabecilla se produce en el lumbar, y el secuaz que le secunda actúa sobre el dedo anular. Mi espasmo da lugar al pistoletazo de salida, y dentelladas y bocados se reproducen en tal voracidad canibal que arrancan pedazos de mi fortaleza, hienden con saña, y presiento que mi sepulcro será la panza de toda esa musaraña. Sangre a borbotones se derrama por donde las venas se destrozan, y en los tramos del jamón hincan sus colmillos tal cual devora el arácnido a su rehén en la telaraña.

Arrancan cachos de lomo y chuleta y pechuga, alas si se emplea el vocablo por metáfora, y despedazan mi torso como el caracol devora su mortífera lechuga. Roen como ratas, mastican como caimanes, tragan como patos, y es tal su furor que, por inexperiencia o por idiotez, se zampan cuya soga me estanca a esa altitud que nadie llega a socorrerme ni a quererme, olvidada de todos salvo por ese bárbaro de apodo que, tan sólo pronunciar, pone el vello de punta. Filamentos se deshilachan, y la quiebra de la costura provoca mi caída al abismo. Jergón que me aguarda es la inmensa laguna del volcán, gases que me emana son aquellos perfumes de mofeta que contaminan mi nariz, y al zambullirme en esa masa viscosa y espesa temo va a borrar de mí hasta la vetusta cicatriz.

Lava destruye cualquier rastro de las cuerdas, casco que me detuvo la orientación y el cronómetro se desintegra, y yo, por alguna razón que soy incapaz de explicar, sigo consciente, malherida y vapuleada, pero con aquella sensación de que, pidiendo por anticipado perdón a mis lectores por la frivolidad, me pringo en un frasco de mermelada, dado su ascua apenas me provoca un liviana escozor, y la mera posibilidad de salir a flote me hace estar ojo avizor. Aun así, es tarea de titanes, ingenuidad de mi juventud, que el ascenso hasta superficie dista tanto como dos pabellones de baloncesto, y creyéndolo todo perdido me dejo ir, me hundo a lo hondo de la fosa hirviente, sin nado ni braceo, peso inerte, y que sea el destino quien decida si el triunfo o derrota acierte.

"Lava del infierno destruyó las cuerdas que me ataban"

He aquí que intervino, pues debo de haber fallecido, o es el recurso infantil de la pesadilla en el pirado que algún extraterrestre lo ha abducido, pues sin previo aviso tengo frío, me congelo, vaho que se cierne tétrico florece del hielo, y mi silueta desnuda tiembla cual osadía sea el chapuzón de la piscina en pleno enero. A duras penas intento avanzar como en la selva amazónica pretende el viajero, y cual si fuese la perversión de un truco de magia aparece frente a mí el rastro diamantino del astro febo. Sigo obsesiva toda su línea recta, ¡me da igual donde vaya!, que nada es peor de donde vengo, corro porque me niego a perderlo, lo piso y hasta lo intento atrapar con mis puños cerrados, mas el método correcto es persistir adelante y olvidarse de atrás y los lados.

Cortina que me enturbia el paisaje abre sus compuertas, y allí, al horizonte, donde señalo con júbilo y alegría, se yergue el pueblo que al prestamista le pedí conquistar, sus casas de piedra, tejados con sus tejas de arcilla azafrán, pastos donde rumia en paz un corzo precioso, hectáreas de avena y trigo y cebada, un río majestuoso cuyos bosques de ribera amagan un fabuloso estanque, y en la calma que la abruma no se distingue el calvario de patinetes o coches o ciclistas o el tarugo que saca a relucir su tanque.

Traba es el pantano fangoso que impone su aduana, mide cuanto son tres esquinas de su población, imita a la miel pegajosa o la cera tupida su densidad, pero exhausta y con las heridas abiertas descarto recorrer kilómetros en busca de algún puente o tablón donde cruzar. Salto decidida con las piernas por delante, y altura del embalse me cubre entre el pecho y el gaznate. Arrojo daré hasta el perecedero aliento, ¡esto es lo consigo o sucumbo en el intento!, y aunque son centímetros empeño adelante con toda la ira del centurión que lucha en el combate. Propulso la rótula y el crural y mi efigie al unísono, progreso es cruel y lento, pero vuelvo a la carga, tengo la gallardía del marino a merced de la tormenta, y de vez en cuando doy un chillido de aquella prisionera que en las mazmorras el dolor lamenta. Berreo y rujo y me increpo a mí misma, y con una bravura que es digna de elogiar reanudo la marcha, si acaso el atasco se le llama reposar. Quejas y lamentos y lloriqueos me olvido, y el tramo que recorro es formidable, ¡ya queda menos!, me digo por ánimos que me insuflo. Tiro y derramo sudor que el siguiente arroyo ya sumará el litro, insulto y blasfemo y maldigo que peregrino se tapan los oídos ante tal barbaridad, y al alzar mi globo ocular diviso próxima la meta, ¡queda poco!, tan sólo a mi coraje le he de mantener fidelidad.

Fatigada bregó con ese fuelle de cual magnífico escritor quijotesco exigió su extremaunción, pero supongo que este es el honor que se atribuye a los héroes. Por agotamiento deliro, modelo el barro y esbozo pelotas que lanzo lejos de la ruta prevista, ¡vaya con cuidado pianista!, que absorto en el teclado sentirá el trompazo, ¡quién ha sido!, ¡allá, allá!, la morena con raqueta y vanidad de tenista. Hago varillas enjutas y fuertes como el acero, o formas abstractas que el marchante de arte se emociona por el gorila, ¡qué coño dices!, es un monstruo con la chepa por mochila.

Incomprendida por esos jetas del blanqueo de capitales, esgrimo mis dotes de maravillosas atleta que, en usted o en mí o en cualquiera, se heredan inmortales, y continuo por un tramo que el fango ha fermentado, es de un negro fúlgido que quita el apetito, líquido que tiñe desde los albinos a los lobos de verdusca mirada y vestuario de leucismo, azabache que refulge y al disecarse se torna ébano, mas con sus costras adheridas por el pisiforme y escafoides y la glabela empeño como buey que tira de la arada en los cultivos de arroz, músculo hirsuto y sacrificio feroz.

Córneas y pupilas mías se iluminan cual candelas en la sombría taberna al percibir la recompensa, ¡ya llego!, pendiente es ascendente, y el océano de lodo que me cubre descubre los aledaños de mis tetas, mengua por cuya barriga mía es una plana meseta, y usando aquella reserva que me protege de la extinción imprimo un galope que es indescriptible, un rayo describió el poeta, un halcón matizó el juglar, ¡ninguno es cierto!, que yazgo sobre las hierbas mullidas sin ya casi poder respirar.

Enjuago el ungüento que es la alfombra de la ciénaga, y ante mi pasmo e incredulidad veo que de tajos y cortes he sanado, rasguño ninguno presento por la copa o las raíces o la corteza, y en júbilo exultante celebro mis regreso y libertad en toda una pieza.

Hasta aquí la historia, mas quisiera añadir una apreciación, dado pasadas cuatro hojas del calendario tuve la impresión de haber visto mi primogénito y benjamines, y si vos por curiosidad los quiere conocer, aunque sea en tan sólo una zafia pantalla, ponga la caja boba, verá periodistas que se traban con el abecedario, políticos genocidas que se ceban con los niños y el octogenario, y secuaces policías que sin pudor disparan contra aquellos vagabundos con un desprecio lapidario. Indicios los hay, certeza la tengo, de pruebas dispongo, y si alguien les dice lo contrario tenga por precaución el charlatán, es un asno o quizá mucho peor, un bastardo mercenario.

 

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