Díganme si han observado el interminable elenco en el diseño de los relojes. Hay relojes de arena, digitales o saetas. Hay relojes de pared, carrillones vetustos que se alzan cual columna egipcia, o relojes de muñeca sin cuyo tacto avergüenza su antebrazo desnudo, y cuyo repaso suprimo pues ni en doscientos párrafos alcanzo meta.

Culpables señalan los irresponsables a dichos artefactos de su tardanza, dado se excusan en que su reloj se ha retrasado, o se ha estropeado, y fíjese mi querido lector y lectora, que en esta burda justificación se aprecia cuán vital son los relojes en nuestra vida presente. Vivimos pendientes de cuya hora marcan, preciso, exacto, ignorantes de que el tiempo no está en nuestro poder, pues confiese si no se arrepiente de aquél tiempo que dejó marchar, o si no desearía alguna vez dar marcha atrás para rectificar cual error ya es demasiado tarde para solventar. No somos dueños o dueñas de nuestras horas, aunque muy bien nos engaña en decirnos cuánto tiempo resta por terminar el día, pero muy callado tiene aquel tiempo que es rubrica punto y final de cada destino.

Yo no olvido de cual tiempo dispongo, ahora seguro y mañana quién sabe que depara el futuro. Incógnita es para mí, y no disimule que lo es también para usted. Opta la gente inmunda por negar e ignorar, pero yo estoy disconforme y en nada de acuerdo, ya que de este modo los segundos se esfuman, con los sueños arrojados al saco sin fondo de otra historia inacabada sobre la cual nadie escribirá ni un epitafio miserable.

Pierdan el tiempo si es su deseo, que yo lo tengo en cuenta desde el mismo despertar. Cierto es me desperezo tardía, que maldito invento fue el madrugar, y seguro arde en curiosidad de saber en cuál dígito emerjo de las sábanas.

Dicho esfuerzo queda registrado en la cifra de las diez de la mañana, y en punto marco mi rutina, que es distinto el levantarse del despertarse. Tal tedio fue, aquel martes de la segunda semana de agosto, vestirme y rauda a mear, que durante la noche dormida se llenan los tanques de la vejiga a reventar. Terminé con un suspiro de alivio, jolgorio alocado de mis ojos adormecidos, y de allí a la cocina, que el apetito apremia si con energía se prefiere arrancar.

Previo a salir en carrera, tomé llaves, teléfono y enseres absurdos que no entiendo por qué demonios llevo conmigo si no voy a usar, y me predispuse a partir por cumplir objetivos de ese día, siempre con el pálpito de las horas pisando mis talones, dado bien sabrán que sólo el fin odiado logra detener el amado y preciado tiempo.

"Comenzó el día sin indicio alguno de mayor aventura que la rutina"

La primera hora omito en detallar, pues convencida estoy que mis estimadas lectoras y lectores no quieren perder segundos en leer acerca cuán es insignificante. Siguió el transcurrir de aquella mañana sin sobresaltos, salvo por un nudo en la boca del estómago al contemplar a través del cristal trasero de mi coche cómo un ciclista despistado impactaba contra mi faro izquierdo, detenida ante el cumplimiento de un semáforo en rojo. Cayó el muy atolondrado al suelo en su gesto de esquivarme, y en preocuparme salí rápida de mi asiento de conductora. Quiso mi dios destino no hubiera mayor daño que la anécdota del incidente, pues el ciclista no sufrió rasguño en su caída, y el vehículo no tuvo ni marca en su pintura. Se disculpó, y tras disculpas aceptadas marchamos cada uno por su ruta prevista.

Superado el mediodía, regresé a mi cálido hogar. Comí cuanto tengo por dieta anotado, que soy chica delgada de fina figura cual me gusta cuidar, atractiva si me guío por las miradas de ajenos y muy guapa si atiendo los embates de jóvenes varones dispuestos a seducirme ante cualquier oportunidad. Regalo la humildad a perdedores y cobardes, y no tengo reparo en saberme belleza espectacular, simple y llano y sin aceptar a discutir.

Mi largo cabello rubio hasta cubrir los omóplatos luce con esmero peinado, y de mis ojos verdes emana una dulzura que atraen como el canto de las sirenas, en confesión reproduzco de mis mejores amigas. De este perfección es don natural, que si no tuviera dé por seguro me esforzaría en entrenar.

Puesta a continuar mi descripción, diré de altura estoy muy satisfecha, dado supero en centímetros a un buen número de gentío, igualo en partes iguales con la mayoría de la especie, y no son abrumadora mayoría las personas a quienes debo de mirar por encima de mis cejas.

Mis manos finas y serenas son cómplices de mis secretos cerrados en cuyo baúl de recuerdos no desvelo. Mi torso se yergue estilizado, pechos firmes y tersos en proporción de no ser voluptuosos, nalgas cuya curva discreta agradezco, y pies cuál dijo hace años un fotógrafo serían la devoción de todos esos fetichistas que en pies fantasean las cosquillas o lamerlos o besarlos. No figura dicho fetiche ésta en mi lista de favoritos, pero tampoco cierro puertas, mas pongo de condición, si surgiera esta petición, estén bien limpios, pues no es necesario describir hongos o roña que asuman ustedes bien real han lucido y padecido.

Harté mi hambre, sacié mi sed, y tomé toalla, crema solar, bocadillo de merienda y agua, y partí apresurada por el tiempo. Miré bien las saetas de su reloj, que si usted opta por emular verá en su avance cómo corta los segundos con su sierra impecable. Derrumba cuyo presente ya es pasado, y en caso de no creerme tan sólo piense que cuando empezó a este relato, en su letra inicial de la novicia palabra de la primera línea en el párrafo arrancado, ya es historia.

Dos minutos se derrumbaron hasta subir de nuevo al coche, y la carretera fluida minimizó el serrín minutero de cuya fábula le estoy narrando. A pesar de mi esfuerzo, invertí otros treinta minutos hasta entrar en cuya explanada de tierra detuve mi vehículo, pues aquí no hay parking, que dista la población más próxima cinco kilómetros dirección al sur. Se atisba alguna casa, mal oculta entre pinos de los montes cercanos, pero sus senderos maltrechos sin asfalto no son de correr, y puesto hablamos del tiempo sería de necios arrojarnos a su curso con tal desprecio imperdonable, por el mero hecho de aparcar.

"Llegué a cuyo tramo de playa nudista suelo tomar el sol desnuda"

Mi destino fue la playa, pero no se excite todavía, que antes debo declarar no me gustan aquellas playas atiborradas de gentío, con la arena atravesada a miles por las lanzas de las ridículas sombrillas, padres e hijos jugando con cuyas pelotas de los cojones siempre terminan en un golpe y una hipócrita disculpa, músicas de mierda a cada cual peor hortera subidas a todo volumen como en una discoteca, y así un largo etcétera que en dar rienda suelta a mi lengua no cesaría en despotricar.

Quizá, si esta mentalidad mundana y adoctrinada hubiese arraizado en mi mente, hoy no tendríamos que contar esta historia, pero tal vez fue voluntad del destino darme otra manera de pensar. El resultado de su suma me condujo a descubrir una playa nudista muy arrinconada, ancha y espaciosa, estratégica en un vacío del mapa geográfico que arquitectos e imbéciles no vieron, u olvidaron en sus planes masacrar. Quedó entonces su orilla sosegada con barrancos a su envés, al frente el mar, y su arena protegida por un tiempo peregrino que cada estío abre un ápice sus puertas nudistas a muy pocos afortunadas y afortunados. Agrado yo de este privilegio, y oportunidad no dejo escapar, que el arrepentirse es una cicatriz del alma para toda la eternidad.

No se escandalice nadie y no tengan vergüenza religiosa, que sólo es una playa y cuerpos desnudos, y no es territorio único de varones. Las mujeres también gustamos, y tenemos el pleno derecho a disfrutar su uso, mas no niego deambulan por estos parajes el típico subnormal sin cerebro que nos convierte en objeto de mirada vulgares, obscenas y soeces. Se puede optar por ser indiferentes, aunque comprendo no resulta sencillo, que muchos de estos mirones son cuyos borrachos de bar e hijos de puta machistas no merecen ser queridos ni echados en falta.

La incómoda desdicha de sufrir estos enfermos no ocurre en esta playa, pero a pesar de tal certeza, adquirida con la práctica de llevar seis años viniendo a este paraje, siempre observo a la llegada al resto de usuarios, no vaya a infiltrarse cualquiera de estos desequilibrados. Ausencia de estos sujetos, percato son usuarios en torno a los cuarenta años de edad el grupo numeroso si me ciño a la apariencia física, predominando los hombres pero notable igualdad en el número de mujeres, cuya aumento es triunfo cada nueva temporada.

Mi edad descuidé comentar, que tan claro tengo el tiempo como huidiza mi natalidad. Tal inamovible efeméride parece que fue ayer, y sin embargo sacrificio de veinticinco años ha requerido el reto de llegar a este bienestar. Corregido queda mi descuido, y miré por donde he aprendido que el incansable e impaciente reloj me arrastra las letras de nuevo escribir.

Sigo encantada en dar fe de recorrer un centenar de metros por su costa hacia el norte, donde la playa ofrece rincones muy solitarios y en lejanía no se reconocen los rostros de la gente. Me detuve alcanzado mi espacio preferido, con las huellas camufladas en la arena y la esperanza de tener el mar de compañía, la brisa en sonido y nadie más. Adoro la soledad, que no tiemblo ni temo gozar, y de quien rubrico tajante no es cierto sea su inmensidad menos intensa, dado no hay pasión mayor acerada que cual brota de nuestros propios sueños, y cuyas raíces no imponen condición de compartir. Huyo, sí, de la gente, mezquina, monótona y traidora, pueril y analfabeta, estúpida y grosera, y cuyo grupo en cuanto doy oportunidad de hablarme adorna pintorescas sus palabras, con argucias simplonas tal si yo fuera ingenua o muy tonta.

En su cobijo allí sola, tendí mi toalla, me despojé de toda prenda, reemplacé la tela por esparcir la crema solar sobre mi piel, y me tendí boca arriba sin ocultar ni un píxel de mis carnes. Qué alegría, esa unión desnuda de carne y tierra, pilares de la evolución que aún duela a incrédulos no es fruto del azar sino del entusiasmo férvido por ganar. Augusto es el sosegado murmuro del mar, y melancólica suena la brisa marina que enfría los encendidos rayos del astro fuego. Quedaban mis senos quietos, los pezones a ratos erectos, y en dar vuelta el risueño soplo de aire cosquilleaba mis nalgas que palpitaban a su roce, pues al tacto no son inmunes.

"Lejos se escuchaba el motor de una barca pesquera"

En ese magno concierto se sumó de instrumento el motor de una pequeña barca pesquera que, muy al contrario de enturbiar, enriqueció ese magia que el arte cinéfilo o la dulce poesía buscan rendir homenaje, mas cualquier buena intención no puede igualar tal sublime realidad. Alcé de reojo la mirada, con la cabeza torcida ángulo a la izquierda, y vi caídas las toscas murallas del oleaje espumoso, que sin enemigos a la vista bajaban las cancelas de su guarida, quedando en llana alfombra el mar imperial, sin el furor bravo que los ávidos del surf ansían. Inundaba todo el paisaje, y en su estepa cristalina divisé un cuenco insignificante de madera.

Calculé a ojo nos distanciaban centenares de metros de distancia. Dicen de estas barcas pesqueras, diminutas como hormigas, que duermen sobre las dunas del desierto, que sestean en ese jardín, que se mecen adormecidas en su cuna, y cuyos sinónimos refieren al mar. Ignoro si están en lo cierto o exageran, pero supongo deben de ser los pescadores gente sabia y astuta, pues sobre aguas agitadas no son escudo sus maderas, y sus artes de pesca no son armas de luchar, mas si fueran estúpidos en cualquier embate estarían los abismos llenos de su osadía.

Tal meditación emanó en mí fruto de su huidizo y huraño motor, que cual golpe de remo surcando millas dejé de escuchar. Se desvaneció muy al norte, en recodo que no preciso dar coordenadas, dado no es sencillo ubicar tendida desde la arena. Coronó su fuga esa paz, y prosiguió el inexorable ritmo de la tarde, con aquel bello elixir perfumando de su esencia mientras yo, confieso entre sonrisas y sin rubor, viví mi tiempo dándome vuelta y vuelta como tortilla en su sartén.

Yacía boca abajo a pronto de alcanzar el atardecer, palmas abiertas apoyadas sobre los granos de la arena, codos en ángulo recto, piernas separadas lo sumo un palmo, relajada y adormecida, cuando ocurrió un hecho que no supe anticipar.

Un voluminoso peso de músculo cayó sobre mi espalda. Sus cuádriceps abiertos en pirámide se anclaron por los márgenes externos de mis dorsales. Sus rodillas se aferraron donde adormecidos descansaban mis tríceps, y sobresaltada quise mover los brazos, pero si ustedes han ido a la playa, y suponiendo han estado largo tiempo tumbados boca abajo, sabrán muy bien que ambos brazos en esa postura quedan vagos y anestesiados.

Quedé aprisionada, sin poder ni tan siquiera voltearme ni revolverme, y calculé por su volumen y su fuerza que aquel sujeto superaba los cien kilos de peso. Sabida de no poder librarme, opté por gritar. Proclamó un vocablo cual no memoricé antes de reprimir raudo mis socorros desesperados prensando con su mano mis labios inquietos.

- "Cállate y obedece" - espetó aquel desconocido conciso y claro.

Sucedieron mis gestos de querer levantarme, de querer girarme, de llevar mis brazos a cualquier otra postura salvo aquella indefensa, pero todo fue en vano, y en el intentar de nuevo gritar sólo exclamé leves murmuros estériles y apagados.

Por encima de mi ceja arqueada, al lado opuesto donde el sol partía a otros mundos, vi aparecer una bola de rojo pasión, tamaño cual pelota de golf o de ping pong, y no había cruzado todavía dicho artilugio la frontera de mis pestañas que me ordenó abrir la boca, con un acento grave y rudo que aniquiló toda respuesta.

En conclusión que es muy fácil afirmar ahora, a toro pasado, supo mi inconsciente que aquel malvado no pretendía dar robo, pues en tal caso le bastaba con tomar el bolso y correr. No crean pensé en ese instante. Mis nervios, al máximo tirantes, me tenían paralizada. Huir no pude, sublevarme lo intenté desesperada, y en mi auxilio no tuve nadie. El precioso mar fue inmutable al espectáculo, y en aquella adorada soledad, tornada despiadada, no tenté fortunas, y opté por colaborar.

Acaté su mandato, y aquella gruesa bola entró toda dentro de mi cavidad bucal, al fondo, amagada tras los dientes. Sus correas voltearon mis pómulos para cerrarse sus hebillas recias tras mi nuca, hundidas con saña en mis mejillas, y el duelo entre chillar y amordazar quedó perdido en mi bando.

"Quedé amordazada y sin posibilidad de gritar"

Vencida, amordazada, le suplantó un silencio en el que sólo se escuchó un vaivén de las olas, mas sólo perduró hasta el siguiente oleaje ir y venir, ya que aquel varón tenía prisa en su fechoría. Tomó mis muñecas con sus dedos vigorosos cerrados como esposas, y empujó de las dos al unísono hasta encontrarse juntas tras mi espalda. No bajaron a la cintura, sino reposaron donde la espalda forma un valle entre ambos omóplatos, muy cercano al cuello y bastante lejanas de la cintura.

Sentí una cuerda serpentear rodeando juntas las muñecas, y forcejeé dentro de mis posibilidades. Opuse toda la resistencia de la que fui capaz, pero dicha cuerda ya se había enredado en una de mis muñecas. No fue ésta la causa de no lograr zafarme, sino las buenas artes de aquel traidor, que mantuvo mis brazos reos dentro de aquel perímetro, acercados de nuevo tras su huida fallida, el tiempo justo de enroscar la soga en mis muñecas, rodearlas sin piedad, voltear por dentro y asir los nudos imposibles a mi alcance.

Aborté con inusitada calma todo signo de resistencia. Dejé de gimotear, que mis gemidos amordazada nadie escuchaba, y él, en silencio, con una frialdad inhumana, tomó otra cuerda que enredó por mi cuerpo cual si envolviera un objeto de regalo, salvo no hizo lazos sino nudos que no sirvo de testigo porque ojos en el cogote no dispongo, pero sepan quedaron mis brazos sin escape en un trabajo magistral. Hágase una idea, si digo que los dedos de mis manos señalaban al cielo, con las palmas en plegaria, estáticas, fijas, pegadas a mi piel, sin desplazarse ni un centímetro a izquierda o derecha, sin poder recorrer ni mínima distancia arriba o abajo, pero sepan también que para tal genialidad hube de ponerme de rodillas, para de este modo transitar las cuerdas entre carnes y entre sí, al frente por encima y por debajo de los pechos, al costado por dentro de las axilas, cual espeleólogo repta por sus cavidades, volteando y prensadas las cuerdas, y detrás ciñendo las muñecas a su celda, en cuya tensión oprimían severas mis ataduras.

- "Levántate" - me ordenó con premura mientras él se apropiaba de mi toalla y mi bolso.

Estimé muy errónea que aquella era mi oportunidad de oro, y tal pronto me ice emprendí zancos deprisa, dos pasos, tres pasos, y en cuanto me disponía dar el cuarto perdí toda ventaja. No tuvo dificultad ni mérito en atraparme, que fue él mucho más veloz y despierto, pero estuve orgullosa pues tuve la suficiente dignidad de haberlo intentado. Asumí mi derrota, arrojé mi rebeldía, y cautiva tomé dócil rumbo desconocido.

Qué extraña sensación fue andar desnuda y atada por aquella orilla bajo la inquisitiva mirada de mi captor, pensando sobre lo que ese fornido caballero de mediana edad tramaba maquiavélico. Levanté los ojos en busca de alguna pista, pero no vi hogar, ni alma vagando por aquel desierto, ni vehículo cualquier de horrible secuestro, y tan sólo aprecié muy al fondo de aquel paraje bucólico una pintoresca barca de pesca anclada donde las olas dan marcha atrás y regresan a su océano.

Con el corazón a doscientos, tuve el presentimiento que aquel sujeto era el pescador. Sus manos tenían el grosor vigoroso de quien disputa jornada contra peces, sus prendas lucían húmedas y salpicadas, y caí en la reflexión de que en tierra cambió el sedal por sogas y los peces por ser yo su trofeo de pesca.

"Andé atada y desnuda por la playa hasta alcanzar su barca pesquera"

Mi certeza fue detenernos llegada la barrera de la barca, y miré si tuve la gracia de dejar algún señuelo en mis huellas al andar, pero el mar fue cómplice del pescador, y borró hasta la última silueta de un cohibido meñique.

Subí al pesquero por la amura estribor, di tres pasos cortos hasta el costado estribor, y me senté sobre una tabla de madera donde la crujía parte en dos el barco, de frente a la proa. Aposentadas mis nalgas en tal incómodo aposento, encendió el motor, y le supliqué con mis ojos rendidos me dejara en tierra, pero supongo vivía aquel personaje una satisfacción muy antónima a cuyo pánico me invadía, e inició salida cual aventurero navega a los confines.

Descartado cualquier desembarco de la barcaza, el hecho de tenerme atada fue un pavor mucho menor ante la creciente paranoia de que aquel trasto de madera, de unos doce pies de eslora y de manga seis pies siendo generosa en su máxima, allí donde coincide con la cuaderna maestra, no fuera a hundirse, o volcar por una ola, o surgiera un tiburón o un pulpo gigante que nos atrapara con sus fauces, o perdernos en aquella inmensidad y terminar náufragos en alguna isla aún sin explorar.

Pude atesorar todos estos temores en mis recuerdos eternos durante la experiencia de ver alejarnos de la orilla, frustrada sin mayor opción que el guion escrito por del destino. Qué espanto, pero aquel hombre se mostraba tranquilo y confiado, y por efecto contagio me relajé, porque aunque parezca asombroso llegó incluso ese lobo de mar a ponerse de pie en cubierta, que válgame sorpresa cómo pudo mantener el equilibrio sobre aquel balanceo de todo borracho, e inaudito me resultó verle soltar el timón de popa y aquella mísera embarcación continuar en línea recta, inalterable y regia. Hubiera preguntado si aquel navío tiene botón automático, pero callada estuve, bien amordazada.

Navegamos metros mar adentro, y vaya usted sumando en su mente hasta cuya cantidad dé por resultado la milla. No tengo ni idea de distancia, pero la costa se atisbaba diminuta, allí, lejos, muy lejos, lejísimo, donde la anchura de tierra firme era tan sólo una ínfima línea esbozada por los bigotes de un pincel.

Alcanzado un punto que yo deduzco fue fruto del azar, pues nada le diferencia de sus cuadrículas gemelas, en medio de un océano imperioso, se acercó a mí sin terciar vocablo y me puso de rodillas sobre el costado babor, con mi rostro que sobresalía del través y mi pecho apoyado sobre la pulida tabla de borda. Vi mi rostro reflejado en el mar, a un metro del francobordo en mi cálculo inexperto y similar medida en la obra muerta, con los ojos abiertos y pasmados por cuya severa mordaza de rojo vivo bien guardiana de mis chillidos respetaba mi belleza. Luchaba su rúbeo destellante por imponer su resplandor contra el rojo antiadherente de la carena mientras escuchaba el sonido de las mansas olas golpear contra la barca, como quien caldea o aplaude una fiesta. Vi un fino hilo de baba que caía por la comisura de mis labios, y capté mezclado en aquel silencio el rudo estruendo al librarse de sus botas. Siguió el inconfundible eco metalizado al desabrocharse los pantalones, y quedé a expensas de cuyos sucesos no tardaron en demasía.

"Atada y amordazada en la soledad del mar adentro comenzamos a follar"

Separó muy levemente mis piernas, y en acertado vaticinio que no exige de dotes celestiales acertó su polla en la diana de mi vagina. De este momento me avergüenza confesar que entró a la primera, sin resistencia ni complicación, pues no he revelado hasta este instante que yo estaba excitada. Mis paredes vaginales llevaban inundadas dentro del primer tacto con las cuerdas, que sí, me gustan, me encantan, y que la evidencia de la realidad decían ya no podía amagar.

Muy al contrario, gemí a los cuatros vientos con la clásica entonación de estar amordazada. Ruborizada, reconozco que lo ansiaba, y no voy a analizar inútilmente lo sucedido, dando vueltas y vueltas que la hipocresía, los tabúes y los prejuicios piden justificar. Me dejé llevar por el ímpetu de la pasión compartida. En ningún momento intenté zafarme de su aprisionamiento, y no tengo que dar explicación ninguna a nadie. Disfruté, sí, y presumí de mi protagonismo.

- "Mmmfffpphhhiiiii fffffiimmpppfffhi" - fueron mis gemidos de partida animando a taladrarme.

Resbaló su polla hasta lo más hondo de mi vagina, y creo que tanta disposición asustó a ese marinero, que presto dio un súbito paso hacia atrás. Llegó a salir toda su polla por disgustó mío, pero agité las nalgas como si fueran un par de maracas, y gracias a tal gesto duró muy poco su angustiosa retirada.

Esta vez sí entró para quedarse. Aquello fue desatar su furia. Mi largo cabello se revoloteó, y mis ojos eclipsados anclaron la vista en los oscuros abisales. Alzó volumen sus jadeos, y mi respiración entrecortada en cada embate tocaba las notas en comparsa. Mis pezones estaban erectos, y alcé mi pecho pues no fueran a atravesar la carena de su barca y crear una inoportuna entrada de agua, pero volví al apoyo de la tabla, cual por increíble que suene su pulida curva con esmero evitaba heridas en mi piel al roce por la zozobra.

- "mmpphhffff mmmpppphhfffffiiii mmmpppfffii" - murmuré rezando no se detuviera.

Aquella barca no se mecía como una cuna, sino calcaba el vaivén de un columpio al azote de un huracán. A fecha de hoy todavía no entiendo cómo no volcamos, pero aún sumergidos hubiéramos seguido follando.

Sus salvajes acometidas iban más allá de cuánto el lenguaje coloquial define por follar. Aquello era excavar en mis profundidades, viajar a la lava del planeta. Mis rodillas temblaban. Mis muslos habían perdido toda energía, invadida de contracciones, de hormigueos y movimientos compulsivos clamando a gritos la venida de mi orgasmo. Las nalgas se comprimieron, y la inmensa mayoría de mi ser se hizo fuerte dentro de esa barca, diciendo a viva voz que sí gozaba de ese éxtasis, mientras la parte restante, minoría insignificante, quiso quedar en el anonimato de cualquier espectador.

- "¿Te gusta?" - llegué a escuchar detrás que mi nuca.

Por supuesto que sí. Innegable. E inimaginable fue la excitación de verme reflejada en el espejo de la superficie marítima. Ver mis ojos entrecerrados y mi boca ahogada en la mordaza en aquella imagen cual sirena se asoma abajo el agua me transmitió un placer y un escalofrío novicio en mis deseos.

Quizá la postura también ayudó, pues empujaba todo su pene hasta lo más hondo mientras yo aferraba mi lumbar hacia atrás, no fuese a quedar ni un recodo sin usar. ¡Qué maravilla! ¡Delicioso! ¡Sublime! ¡Colosal! Su rabo se movía suave turnando el ritmo lento por otro baile rápido, más rápido, muy rápido, para de nuevo perder aceleración y volver a ralentizarse.

¡Qué crueldad exquisita! Se divertía en jugar conmigo, despacio, y aunque supongo aquella mordaza tuvo por misión acallar mis gemidos no lo consiguió. Bien es cierto no podía recitar poesía, ni hablar del día de ayer o divagar en debates, pero en cada estocada yo jadeaba fuerte, muy fuerte.

- "mmmpppfhhfiii mmppffhiiiii" - repetía yo sin cesar a todo volumen.

Desconozco si fue un sueño o una invención de mi mente, pero hubiese jurado que en sus internadas violentas noté los testículos golpearse contra mi culo. De todos modos, carece de mi importancia si este hecho sucedió o fue fantasía. Perdonen mi mal hablar, pero me importó puta mierda. Yo estaba a punto de correrme, y en aquel instante aquello era mi única preocupación.

- "ffffiiiii mmpfffiii mmffiii" - le hizo saber incapaz de articular la clásica frase de me corro.

Marcó el ritmo aquel semental, patrón al timón de aquella follada, y yo elevé cuanto pude mi pelvis. Mis gemidos estoy seguro se escuchaban desde los corales, y ballenas y delfines debieron de pensar qué escandalosa la doncella. Dicen las estupideces mundanas que los hombres se corren siempre primero.

Dicen voces necias que las mujeres no tenemos orgasmos vaginales. Se dicen y dicen y dicen muchas idioteces. ¡Ni puto caso! ¡Qué orgasmo! ¡Celestial!

- "mmmpppfpffffiiiiiiiii" - estallé en un interminable jadeo emulando la nota musical más larga jamás entonada.

"Tuve el mayor orgasmo que recordaba en muchos años"

Sepan que aquel varón seguía con su polla erecta, y había tomado la decisión irrevocable de continuar con ese movimiento gradual, rítmico, constante, que me tenía hipnotizada y de cuyo bucle no se atisbaba final. Cada clavada era aún mejor a la anterior, y en su travesura a despistar tomaba un ritmo desenfrenado como un caballo desbocado que anegó hasta las cámaras por descubrir dentro de mi gruta vaginal.

Ninguno de los dos dimos signos de estar exhaustos, y en aquel estado superior me quedo corta si me limito a relatar que yo estaba mojada. Ya no era empapada. Aquel nivel eran cascadas, Aquello era inundaciones. ¡Desbordamientos! Descontrolada y la lucidez en fuga, agité mis caderas al compás de aquel orgasmo que no se marchitaba, o muy probable encadené una segunda corrida que culpa de estar poseída no supe diferenciar.

Puse en el asador todas mis artes en cabalgar, sin noción del tiempo ni contar uno a uno el avance de las saetas del reloj. Me olvidé de todo minuto transcurrido o por vivir, y en caso de haberlos contado mejor indicador hubiese sido los litros de fluido vaginal. Se escuchaba el chapotear de su glande en mi piscina, y no exagero. Literalmente buceaba todo su grosor bajo mis jugos blanquecinos, y por la endiablada velocidad supe que iba a explotar.

-"fffiiieeeee mmppffffhhiiieee fffffiiiiiii" - gemí cómplice y entregada.

Su corrida fue esa revolución que yo lidere orgullosa y satisfecha. Sus alaridos resonaron como redoblar de tambores, largo y continúo durante toda la erupción de su volcán, a cuyo estruendo ensordeció mis involuntarios gemidos a su compás, y aunque fue semen ardía el río a la incandescencia de la lava.

Culminó aquel tramo del festín en dejarse caer sobre mi espalda, mesar mi cabello y plasmar un beso tierno en mi cuello, justo a la falda de mi lóbulo zurdo. Después, me ayudó a alzarme y sentarme justo en el centro de la crujía.

Un chorro de baba se precipitaba cual estalactitas desde mi labio inferior, por debajo de la mordaza, y se derramaba en cubierta, intento erróneo de escalar estalagmita. Vio él detenidamente que este placentero castigo sufrido no me era incómodo, y creyó acertado por mi alegría prolongar la estancia de la mordaza, a pesar de mi babeo, semilla de tanto jadear. Debió de percatarse en el calco de mi rostro, sin disimular el gozo de esta contrariedad, pues respiraba perfecta y reposaban agraciadas mis mandíbulas, y tras darme una caricia en mi cabello marchó destino a popa. Abrió una caja junta su portacañas en su aleta estribor, y con la cabeza ladeada pude verle portar un grueso enredo de cuerdas, del tamaño de dos balones de baloncesto.

Tomó una cuerda de este ovillo de tigre. Desprendía su cáñamo un sensual perfume a encierro, demasiados meses supongo allí olvidadas, y comenzó a enredar mis tobillos que, previa iniciativa mía había unido hasta tocarse. Facilité su tarea en levantar los talones en cada vuelta, que así no daba circunferencia sino atajaba camino por debajo de mis plantas, y en hacer el nudo concluyó la primera fase de las piernas atadas.

Repitió misma cantidad de vueltas, también en cuerda doble trazando ocho líneas paralelas, por debajo de mis rodillas, y de nuevo invirtió los últimos treinta centímetros en circular por el interior de mis extremidades, de tal forma que aquella atadura permanecía sólida, firme, invencible y sin ser mi piel una pista de patinaje.

No terminó moldear su escultura bondage en finiquitar su nudo, pues este gesto descrito volvió a suceder en idéntico número y tensión otras dos ocasiones, siendo la primera de ambas por encima de mis rodillas y la siguiente donde mis muslos son la estación anterior a mi sexo.

Perfectamente atada, se colocó detrás de mí, y ante mi mayor perplejidad, aquel pescador tomó su caña, puso cebo y escuché el silbido del sedal, o quizá fue el rodillo, arrojar gusano o mosca o carnaza al mar.

Mis ansias por sentir su lengua besando mi cuello, mis deseos de notar las caricias de sus manos en mis pechos, o mi ardor de sus dedos reptando por mi clítoris en erupción, hubieron de quedar perezosos, pues no tenía yo turno de tirada. Quedé a la espera, observando con destreza la serenidad en la caída de la noche. Fíjese que nunca había vivido semejante experiencia, ni las cuerdas severas ni la pesca ni ver el anochecer mar adentro, pero me sorprendió ver la costa cada vez más difuminada, borrosa, apagada. Mis ojos debieron de convertirse en prismáticos para vislumbrarla, pero cayó el telón de su teatro mientras aquel desconocido seguía distraído y relajado, caña en mano y pendiente que su sedal tuviera tensión calco de mis ataduras.

"Vi caer la noche desde la inmovilidad de mis ataduras bondage"

Me asombró la caída de la noche rodeados de la inmensidad oceánica. Es una mezcla de emoción mágica y terrorífica. Es preciosa su vestimenta oscura, pero al mismo tiempo da toda la impresión de estar perdidos en medio de un vacío gigantesco sin saber a dónde ir, pues no se ve absolutamente nada. No encendió el pescador ni un miserable fanal, totalmente ocultos en esa maleza negra impenetrable, ceñida como si en su perversión me tuviera con los ojos muy bien vendados. Daba miedo, pues al girarme no veía ni la silueta de mi captor, distanciados a lo sumo un par de metros de distancia, pero debía de estar muy acostumbrado aquel individuo, ya que no hubo ningún indicio de inmutarse.

Fue curioso, porque en el transcurso del devenir me sentí confortable, cómoda, sintiendo el tacto de las cuerdas como un sueño, y adormecida por la solemne oscuridad, aunque no llegué a dormirme, quizá por estar sentada, o amordazada, o porque me sobresaltó un ejemplar morder el anzuelo. Hubo de ser de gran tamaño, pues el pescador dedicó largo esfuerzo hasta poder subirlo a bordo.

Ya caído en cubierta, confirmé su gran peso por los violentos coletazos contra la madera, y confieso en aquel momento recé por romperse la cola el pez de una maldita vez, no fuera a hundir la barca en medio de ese universo negro y yo atada.

Bien es cierto que en cielo habitaba un espectáculo antónimo e incomparable. Aquel tejado proyectaba una magistral función de miles y miles de estrellas, de todos los tamaños, cuyos nombres no sé ni necesito conocer para embelesar plena mis emociones en el cóncavo cristal azabache. Ninguna estaba arremolinada, y fruto de nuestra imperfecta visión humana diría que algunas estrellas tenían un ciclo destellante, parpadeante, y pregunten a un astrónomo si mi percepción fue real o simple imaginación, que tal afirmación no es condición de mi sabiduría.

Copaban toda la llanura, y se perdían en el infinito cósmico, donde los espejos mágicos no nos dejan ver qué ocultan detrás. Tuve la tentación de estirar una mano para comprobar si ardían como mi alma en ese instante, pero fue muy fácil reprimir tal ímpetu con el férreo abrazo de cuyas cuerdas me protegían de la fresca brisa nocturna. Descubrí que las duras ataduras abrigan el cuerpo del frío, y pensé en cuántas lecciones restaban aún por aprender.

Acumulé otro saber, y es que sobre aquella quilla descalza yo estaba desorientada. No me pidan señalará norte o sur, este u oeste, que deduzco la barca estaba sujeta con la proa en lanza a la costa, mas yo tomar sendero hubiera sido andar por las piedras del fracaso, y vaya usted a saber si hubiéramos terminado en el Pacífico o el Índico o en una isla de nombre a bautizar.

Pensar en aquel paraíso, justo ahora que escribo estas líneas sinceras, me copa de melancolía y añoranza. Recuerdo peregrinar mis sentidos en un viaje por ese mundo al acecho, alternando mi ser prisionera con la libertad de las emociones, y aunque parezca contradictorio sepa no se libraría nadie de esta dualidad si fuese actor o actriz protagonista. Del pescador, ¡ni acordarme! No tenía prisa. Pinté al detalle todo ese cuadro en el recuerdo de mis momentos felices, y hubiera esbozado incluso un gran mural al relieve, pero el sonido de varios pasos cuidadosos me despertó. Acto seguido, sentí las correas de mis mejillas liberarse, y la mordaza besada durante horas salió del interior de su hogar.

"Me liberó de la mordaza por suplantarla con el grosor de su polla"

- "No digas ni una palabra" - susurró dominante y en voz baja vecino a mi oído, supongo para no enturbiar aquel mayúsculo silencio de la madre naturaleza.

Quedé callada. Tampoco me atrevía a confesar mi excitación ni mi alegría, que en todo relato se ve a la pobre víctima aterrada, suplicando y forcejeando por desprenderse de las ataduras. Yo no estaba tomando acción de cuánto ordenan los tópicos, y de haber sabido desde el principio esta magia quizá hubiera agitado los brazos al vuelo desde la orilla cuando el pesquero, todavía distante, navegaba impasible y anónimo. Con esta afirmación no pretendo crear engaño, y no crean mis estimados lectores y lectoras me estuviera enamorando de aquel caballero, o quisiera quedarme con él rea, pues la gente me seguía pareciendo imbécil, cuya estupidez marca un trágico sello en cada nueva generación, pero bien se agradece una experiencia intensa donde la persona es un útil a complacer.

Por primera vez en mi vida, tomando como línea de salida el tener uso de la razón, no puse precio al sagrado tiempo. Avanzaba la madrugada, que la estancia de la noche tiene su caducidad, pero me sentía totalmente incapaz de afirmar si las horas marcaban las dos o las tres en punto, o minutos o decenas o cuartos, y en mis muñecas no había saetas sino cuerdas desde cuando no insista en preguntarme, que he dicho antes no tuve interés en sumar ni conocer.

Percibía únicamente los sonidos, que de nuevo atronaron sus pasos en aquel templo. A zancos cortos lo oí recorrer todo el estribor, empezar en la aleta, deambular por el costado, y en cruzar la frontera de la amura tomar la recta de la crujía hasta estar, según los audios al vuelo, muy cerca de mí.

- "Abre la boca" - me espetó tajante sin explicación ni justificación.

Complací, pensando en saborear las mieles de la mordaza, pero cuanto quiso entrar fue su polla, o eso intentó, pues en tal impenetrable oscuridad erró el lanzamiento de su dardo, e impactó con mi mejilla a babor. Pensé estuve afortunada, pues tres centímetros a la izquierda me hubiera metido la polla en la oreja, o peor hubiera sido encaminar más alta, que por la cuenca del ojo no es lugar donde debe entrar su almendrado frenillo.

"Le iba a recompensar con la mejor mamada de toda su vida"

Contenida mi risa, fui a buscarlo devota, y pese no tener sonar como delfines y otros mamíferos la localicé al vuelo. Atrapé su glande con sumo cuidado, giré leve la cabeza para estar en buena dirección, y comencé a lamer aquel trofeo golosa cual helado de chocolate.

- "Sigue, sigue, lo haces genial" - exclamó con un soberano acento de sorpresa.

Asió mi cabello con los cinco tentáculos de sus ambas manos y empujó mi cabeza hacia su pelvis. Su gesto provocó que dentro de mi cabeza tuviera todo su glande a reventar y muy buena parte del tronco que lo hincha de sangre.

Llegué a exclamar un gemido amordazado de tono grave típica de una gran mordaza, y es que su polla, aún no verla, debía de ser gigantesca, pues abrí las mandíbulas casi al máximo para albergar toda su anchura sin morderla. Se escuchaba mi cavidad bucal convertida en una batidora, y me esforcé para correrse pronto, que resultó dura tortura, mas gozaba él de mi sufrir y retiraba en algún instante su polla, toda la aire libre. Provocaba en tal bellaca acción que todo el babeo contenido en mi boca se precipitara al vacío, resbalando desbordado por el mentón y habiendo yo de impulsar cuyas estalactitas incrustadas bajo mi barbilla pendían cual columpio, mas duraba poco la pausa, segundos quizá, y volvía el bellaco a la carga, metiendo otra vez su polla bien adentro de mi boca, a ratos toda y a intervalos cuanto se dice popular un cacho, y siempre como mínimo la puntita.

- "Mpphhhhhfffpm mmmmpppffffhhhhh" - gimoteé a profeso para dar fe que me encantaba.

En uno de estos gimoteos retiró otra vez su verga, y me ordenó sacar la lengua.

- "Toda la lengua" - detalló claro y conciso.

Aterrizó el suelo de su glande por encima de mi paladar, sin cruzar las compuertas de mis labios, y relamí su cabeza de puertas afuera, lengua arriba por el frenillo, envolviendo la curvatura de un costado en ascenso y la opuesta en descenso, turnando el orden o calcando los mismos lametones imprimidos sobre los sorbetes de verano.

Palpitaba su polla. Notaba sus vibraciones. Temblaba. Jadeaba el pescador totalmente poseído por el placer, y no dejaba de repetirme que siguiera, pero no era necesario su insistencia, que en ningún momento hice pausa ni ralentí.

Me hubiera lanzado un palmo adelante, para meterme toda su verga dentro de mí, como quien apetitoso devora una bandeja de salchichas, pero mi entrega resultó incontenible para el sujeto, y noté un pegote espeso de su semen estrellarse contra mi nariz, mis pómulos, salpicar mis párpados y el resto por mi barbilla y mis labios. Las últimas gotas debieron de caer en cubierta o derramarse por su mano, que en tal reina oscuridad no pude ver ni el tamaño de su miembro.

Hubo unos segundos marcados por el predominio de sus jadeos cada vez más lentos y agotados, y al concluir de exprimirse su órgano me mandó abrir la boca. Creí yo iba a obligarme relamer su nabo y dejarlo reluciente, y en esa ilusión cumplí sin fisura, pero cuanto invadió el espacio entre ambas mandíbulas fue repetir la mordaza. Presionó a ciegas las dos correas, y cerró la hebilla cuando ya no daba más de sí su presión detrás de mi nuca. Estoy seguro que, de haber luz diurna y poder verme, mis mofletes estarían inflados por la dura tensión de las correas hundidas en mis carnes.

Se alejó, y de esta forma, tal cual narro o mejor dicho relato, avanzó la guardia matinal sin mayor acción hasta anunciar, minutos después, horas tal vez, que la noche estar a punto de terminar. Su oscuridad comenzaba a disiparse, allí donde desde la orilla se divisa en la lontananza y que, desde la barca, daba toda la impresión de estar al alcance de la mano. Aquel opaco azabache que inundaba el océano celeste comenzaba a difuminarse, sustituido por cuyo azul tenue y débil se afianzaba lento e inexorable en el cielo tejado de nuestro planeta.

Recibí con tristeza el fin de tal apasionante aventura, pues hubiese querido que aquella noche no hubiera terminado jamás, pero vi la barca emprender su regreso. Llegamos a tocar de la costa cuando los tonos azulados ya inundaban el paisaje por encima de nuestras cabezas. El amanecer despuntaba con las orquestas de las aves madrugadoras, libres todas salvo yo, sin poder escapar de aquellas majestuosas ataduras firmes hasta el alba.

"El alba me vio desnuda liberarme de las cuerdas atadas"

Sepan que las cuerdas fueron para mí sogas abrazadas, y habrán deducido, si han leído atentos mis palabras, que viví la noche con total libertad. En nada envidié a las aves de aquel paisaje. Contemplé el regreso abandonada al silencio, y el leve gemido amordazada cuando sentí liberarme de la correa fue una simple nota musical que quise para mi grato recuerdo.

Detuvo la barca y me liberó de las estimadas cuerdas, cómplices de nuestro trío, a condición de no mostrar motín ni rebelión. ¡Ni lo había pensado! Yo no soy grumete descontenta, e hice saber que dichas opciones no figuraban en mi lista de tareas.

Desatada y desnuda, desembarcamos en la orilla, clavado el punto exacto donde subí prisionera en el viaje de ida, y quise esbozar una sonrisa de gratitud en la despedida, pero tenía los labios adormecidos, de tantas horas sellados o en ardua labor. Diría me salió una mueca sin traducción, pero no tuve espejo donde verme y confirmar mi sospecha.

Me entregó mi mochila, donde dentro albergaba todas las prendas y valor, y me ordenó alejarme enmudecida, sin beso, sin abrazo y sin mirar atrás. Cumplí a rajatabla. Anduve hasta justo alcanzar mi rincón, donde apacible tomaba el sol desnuda cuando me tomó cautiva, y cuya playa pícara todavía me esperaba con mi figura calcada sobre la arena. Me senté, y por primera vez ojeé el mar.

Desde la orilla, vi los diamantes del sol flotar sobre el agua mientras la luz del astro febo se alzaba raudo a aposentarse en su trono. Una leve brisa acaricia mi piel, erizada por su fresca ternura, y al respirar hondo percibí un olor que hasta ese día me había pasado desapercibido, pero era un aroma dulce, embriagador, puro y limpio, que jamás había sentido. Quién sabe si aquel prodigio fue gracias al pescador.

Resoplé, desnuda, sin vestirme y sin prisa, buscando con mi vista divisar cuya barca pesquera formaba el puzzle de mis gratas memorias. Minúscula e inapreciable, llegué a vislumbrarla muy lejana. Sonreí, afectuosa, agradecida, y para terminar rubrico que pienso seguir volviendo a esta playa, a este rincón nudista, y quién sabe si ojalá el futuro prevé otra cita con aquel pesquero. De así ocurrir, no tengo ninguna duda que otra historia voy a escribir.

 

Todo el contenido es de mi propiedad y autoría, todos los derechos están protegidos y reservados, y yo soy el único autor de todos estos relatos eróticos.

Está ESTRICTAMENTE PROHIBIDO su reproducción, comercialización, copia, publicación, y cualquier otro uso no autorizado previamente por escrito. Cualquier interés que tengas, sea cual sea y seas quien seas, es obligatorio mi autorización previa por escrito.

En caso de estar interesado/a en este relato,indistintamente cuál sea la razón,, escríbeme con el asunto "Interesado/a en relato", especificando el relato de tu interés, el por qué estás interesado/a, y para qué uso solicitas mi autorización, facilitando toda la información completa, lugar, fecha y horario exacto de publicación, reproducción y/o lectura, entre otros.

Por supuesto es imprescindible y obligatorio firmar la solicitud con tu nombre y apellidos, ciudad de residencia, email y teléfono propio y personal, para contacto directo. Todos los datos han de ser reales.

Estas solicitudes se han de enviar a mi correo electrónico info@exoticbondage.com

SIEMPRE respondo a todos los correos en un plazo máximo de siete días. Si en siete días no te he contestado, puede haberse perdido el envío en la carpeta Spam o puede haber algún otro error. Vuelve a escribirme, o llámame por teléfono para notificarme el envío de tu petición, y así extremaré yo la atención en su recepción.

Se emprenderán inmediatamente todas las acciones legales que se estimen oportunas, incluido las DENUNCIAS POR VÍA PENAL, contra cualquier persona, portal, foro blog, web, perfiles, periodistas, medios de comunicación, grupos, empresas, e incluso Administración u Organismo, sea oficial o no oficial, del ámbito público o privado, que vulnere mis derechos, y haga uso prohibido y/o no autorizado.

Periodistas, y medios de comunicación, indistintamente sea freelance, radio, televisión, prensa escrita o digital, deben de contactar a través de la sección "Press", en la barra inferior a pie de esta página.

 

© ExoticBondage.com