Muy me pese, he de asumir no soy el mayor pervertido del planeta, diploma cual ojalá ostentara altivo en trono mío querido, pero ahí afuera hay mentes cuya depravada magnificencia no se conoce ni una brizna, y explico tal desgarrada advertencia porque cuanto vos leerá en los minutos siguientes, a este párrafo desconocido todavía, es todo mentira, con personajes que no son quienes dicen ser y ciencia de otro uso muy distinto al mencionado.

Aguardo de mi público fe en ser inteligente, que para desgraciados cuyo nacimiento fue funesta efeméride para la humanidad no escribo, y en tal margen de confianza ya no gasto demás párrafos, y entramos en la grande historia que yo frente teclado y visitante ante pantalla nos reúne en esta sala.

Protagonista una joven veinteañera, preciosa mediterránea criada bajo el caliente sol de esas tierras, pero tenga mucho cuidado con su corrosivo mal carácter, que atraviesa armaduras de soldados y cualquier otra, mas en caso de no creerme, escuche muy atentamente su griterío, calla ya narrador que no vale más tu voz a mi dicción, y de aquí en adelante habla una sola lengua, la mía y tú al tintero.

Encaminaba bien sus letras el cronista en cuanto a mi cronología, entrada en un par la segunda década desde aquel parto al alba, y por no dejar a medias quien sea está leyendo, sepa soy chica sin un céntimo, carácter indomable, jerga gárrula se escandalizan damas de alta alcurnia, discurso sincero y salvaje que es graznido aberrante para fariseos y moralistas, audaz y valiente, pero supongo interesa a espectadoras y concurrentes mi carne desnuda.

No se preocupe, no voy a ir fugitiva, desvergonzada y espontánea, contenta de mis pechos firmes, tersos, que seguro granuja arde por lamer. Mis labios jugosos en dejarlos al frente despistada siempre sale bellaco en intento de besarlos, pues tengo esa larga melena castaña y montesa remolina que fantasean varones en sus camas, ojos del verde prado donde retozan pasiones y alimañas, y una fina figura de cual cintura contorneada diría ha moldeado artista maestro de arcilla y cerámica.

Sabrá de mis largas piernas, y de mis nalgas encandiladas donde machotes viciosos quieren estampar azotes con sus palmas, a quienes digo yo detente, con las pupilas encendidas como faro y el índice izado en mástil, pero ahora hablo de dinero, y no me diga no importa los billetes, pues demuestre y traiga acá a mi bolsillo, para mí la fortuna y para usted la felicidad, si acaso fiel se le mantiene.

Dado no tengo duda no soltará ni un centavo, tuve yo que buscar ganancias, miserables ya me sirven, y recorrí doliente y solitaria calles que son pesares por tanta turba, pero me consuela reírme al verlos, que para esta escoria también es el asfalto su tumba. Ignoro sus estupideces cuanto mejor puedo, y con el espíritu huérfano pregunto en panaderías si requieren hornera o tahonera, o busco en camareras soportando el vacile de mentecatos por café o su tostada, o llamo de timbres de cristales opacos donde no hay cartel, domesticidad en venta si es preciso, e incluso rastreo labores que hunden gloria de las almas, y afónica abandono, rechazo uno tras otro.

Trayectorias zozobran sin rumbo fijo, ahora calle arriba, y en la próxima esquina torcer a diestra por ver qué encuentro en aquella urbe pantanosa, y en no convencer y fracasar aprieto dientes por no morder, y continuo por la acera, ni idea nombre de la avenida y una puta mierda me importa, que por muchas de las transcurridas no me volverán a ver andar jamás.

En uno de esos giros de peonza, dolorida pero no vencida y nunca rendida, llegué a la universidad, jóvenes bobalicones y mal mimados, chicos atolondrados y femeninas inmaduras, y transportada por la inercia de mis pasos entré silenciosa en sus pasillos, que de esos despojos no busco amistades, estúpida causa el mero hecho de compartir franja de longevidad.

"En el panel de la universidad vi un anuncio que despertó mi atención"

En su paseo descuidado vi, en una mísera hoja de papel, clavado en el papel de anuncio por cuya insignificante chincheta jura resistencia a muerte, una esperada propuesta, de dar comida a mi cartera.

Arranqué con saña de la tabla, no fuese envidiosa adelantarme, y ya podría haber habido tormenta en el firmamento, o aguacero en el cielo, o aquel viento huracanado que reverencian joroba de paseante, que presta tomé senda peregrina a pie, que los transportes públicos son focos de microbios.

Llegué a horario abierto, y felicíteme al menos, que sirvió éxito mi exhausto aliento, por sumar dígitos a la economía. Tampoco es necesario excesivo júbilo, pues era sólo un día y no derribaba los muros de la pobreza, pero alcanzaba por sepultar un par de meses la hambruna y otras pesadillas, muy bien pagada por distar desde un amanecer hasta parada en el atardecer tan sólo.

Impaciente le imagino, éste tranquilo y no haga pregunta, que ya mismo doy respuesta. Voluntaria me ofrecí en un estudio clínico médico, por ser preciso ensayo ginecológico, según rezaba escueto el texto. Sita en el número ocho en un barrio acomodado de la ciudad, la clínica privada presentaba un aspecto impoluto, fachada de bellos cristales, tres plantas entre verdad y fábula, que evidencia no tuve pues de recepción me derivaron a segunda planta.

Subí por escaleras, y entré con sonrisa desenvainada, donde me aguardaba una joven enfermera, rondando la treintena, uniforme de blanco radiante cual novia al fatal altar, cortada su caída donde el músculo del recto anterior, no piense en ano que ni tan siquiera se acerca o asemeja. Cinco botones, abrochado el último a cima del esternón, ocultaban la osadía de no lucir blusa o falda debajo, cabello dorado planchada, esmalte en sus dientes que tal esplendor pensé deben de ser pintados, y dócil me acompañó hasta despacho de un Doctor, apellido trabado en placa que no recuerdo.

Aquella estancia no era un simple cuartucho con su mesa de oficina y utensilios, que sí los había reconozco, pero aguarde a conocer equipos y elementos copados a cuatro esquinas, que en hojas siguientes iré desgranando, con calma coqueta y abrevada.

Por pronto, aquel cincuentón, sesentón en ser certera, saludó afable, sanitaria sentada a su vera, y para mi información expuso estar investigando el orgasmo femenino, sus contracciones vaginales y el suelo pélvico, y yo dije que acepto, que no me suelte rollos y me venda batallas, pues bien sé de charlatanes son armadores de trampas, y repetí de nuevo no fui allí por comprar el pan, o jugar a cartas con camaradas, sino dinero y adelante, que correrme no es tabú o sonrojo.

De su cajón tomó un delicioso fajo de paga en efectivo, cual guardé entusiasmada a buen recaudo, cerré bolso y pregunté cuándo ostias empezamos.

- "¡Ya mismo!" - respondió el erudito facultativo con la mirada llena de ese brillo que reluce experiencia y dominio.

Seguí la mocetona al envés de un biombo opaco, y allí me ordenó desnudarme del todo, ni braguita ni sujetador dejada, toda prenda dentro de bolsas esterilizadas, y en cumplir su mandato me condujo hasta una camilla de parto, tendida supina sobre su tapizado, setenta milímetros, transpirable espesor, vinílico y sin sacrificar comodidad, tecnología pura pues coloqué aductores y gemelos sobre dos reposapiernas que accionando un dispositivo, desconozco si eléctrico o hidráulico, el cual se abrió en direcciones opuestas, y pensé dónde vas so bestia, que las piernas genuflexionadas no dan más de sí abiertas. Plantas de pies sobre acero, elevó el respaldo apenas unos grados, el ángulo exacto de no ser llano, bastante alejado, si bien no perder visión del techo, y me impresionó maravilla de juguete, en tal botón de mando por alzar, otro por rotar, un tercero por frenar, y un cuarto por regular, ahora el apoyacabezas o las patas o cuanto antojara.

Preguntó doncella por si tuviera yo molestia, en la altura del lecho o la inclinación de la hamaca, y dije no tocar, que ni en el catre de mi alcoba se duerme mejor. Encajó bien mi broma, por a posterior abrir dos barras periféricas donde apoyé mis brazos, y extender ambos rieles motorizados abiertos a los costados, accionado con su mando a distancia hasta quedar regulado cuarenta y cinco grados exactos. Comenté no soy madre y no pienso condenar nuevas almas a este infierno de humanidad, pero en ese posado nacen alumbrados, con las féminas preñadas y los bebés disparados por un cañón roto en aguas, vaya a saber si cogidos al vuelo antes de estamparse contra paredes, o no resbalen con tanto líquido por el suelo, todos a la carrera antes de llegar graderías abajo, pero dijo la chica no es cierto y tampoco tan exagerado.

Retrocedió al callar diez pasos creí contar, tomó un hondo carro junto al ventanal cerrado, susto mío no fuera a haber bebé, y al abrir su tapa descubrió un enjambre exorbitante de cuerdas, menos espanto por mi alivio.

No pregunté su uso, que no se necesita ser sabia para intuir no hay ruta de escalada en su fachada, y tal como se presupone, unió dos cabos, filamentos lisos cepillados, que silbaron en torno a mi tobillo, atrapando tendón de Aquiles y extensor contra la férrea superficie de su reposo, y trepar en círculos por peroneo corto, seguir por el sóleo, llegar al gemelo y sin corte enredarse por cuádriceps, el vasto externo, el semitendinoso y cerrar nudo vigoroso al envolver en bíceps crural, imposible al alcance de mi vista a tierra, o del aloque cojín de mi tacto suave.

"Comenzó a atarme tumbada sobre la camilla ginecológica"

Apretó ungida caprichosa, resuelta en cuanta presión venció a todo músculo inútil de retirada, mas por si acaso hubiera algún resuello tomó otra cuerda, ésta gateando entre cada tramo de su congénere, que testigo a lontananza, bien único o fuesen plural, habría visto formó un cuadrilátero, los cuales no discuto su estética ni su dureza, inamovible cuerdas y toda mi pierna.

Atestigua mi empuje, cuyas ataduras preguntaron qué alboroto es éste, que de ahí inquisidoras puesto no abandonan, ni se desplazan, ni se arrastran, tampoco se rectifican, raíces echadas, mas yo insistí en otro forcejeo, avivando todo tesón del sartorio y femoral, ambos unidos, pero victoria estaba en las antípodas, majestuoso bondage la muy pícara.

- "Debo de asegurarme estarás quieta" - justificó perversión en mundo nada novata.

Repitió el mismo proceso en zanca par, mientras yo generosa confié sogas me encantan, de esa emoción indescriptible y cuya apasionada indefensión no me ruborizo en disfrutar, y por supuesto animé en atar bien, fuerte, muy fuerte, que no me escape ironicé.

No dispongo foto de la severa imagen, o de acta notarial que certifiqué, pero por hacerse una idea ponga genuflexión usted en cual piernas evoque, sentadas en las tablas de su silla o en el mullido sofá, y allá medrosas no mueva lo más mínimo, petrificadas, solidificadas, y aguante un minuto, no necesita cuerda ni adhesivo ni cinto o tela, y no se queje pues me aguardaban a mí horas por delante, con tal de comprender mis ligaduras.

La siguiente escena fue insólita, a la par de amada, pues trajo finas sogas, trenzados de cuatro hilos, cordeles de grosor a lo sumo, y creí adornaba la planta de mis pies, zapato artesano quién sabe, liando por encima de flexores y extensores de los dedos, abrazando al tarso, cercando metatarso, ciñendo falanges, entre sí y entre éstas. Sujetó el cáñamo oprimido contra la plataforma donde apoyaba la fascia plantar, y al concluir me percaté tener los pies fosilizados, cual si estuvieran dentro de una losa de cemento seco, pues no podía siquiera cimbrar uña al cielo, y miré pasmada a la joven, que esto es mucho arte y no se aprende en un solo día.

Posados mis brazos en sus aposento, acerté su próximo objetivo, área de partida el flexor cubital del carpo, adornando paso a paso las carnes, no tramos distanciados, que próxima parada fue flexor superficial cercano, apeadero del flexor radial y su principal siguiente, por reemprender marcha al músculo braquiorradial, tres andenes en el bíceps braquial, y alcanzar tope en el deltoides, con los nudos al envés, donde viajeros y viajeras no descubren su morada.

Estrujó entusiasmada la perversa, y en querer rizar el rizo tomó otra larga liana, sitiando amarres que en defensa me deja huérfana cuando ya alcanzaba el último giro de su maquiavélico trabajo. Me miró con un brillo en sus iris que, de haber estado solas, llamas del infierno habrían brotado en nuestras almas encendidas, pero recuerden en su pupitre permanecía el ginecólogo, absorto en sus notas y apuntes en hojas revueltas.

Ambos brazos sólidos atados, portó una extraña manopla, imagine vos guante de boxeo encogido a su mitad, y dictándome cerrara puños plegué los dedos retorcidos, abrigados dentro de ese mitón, anudado en muñeca, justo frontera con las cuerdas, y repentino vi ninguna oposición de mis tentáculos, encerrados inexorables en cuya prisión no tenía forma de soltarme.

Admití estar excitada, en tomar ventaja pues bien vería el Doctor vagina lubricada, y dijo enfermera disfruta y goza de epopeya que se acerca, buena fortuna y mayor acierto, y añadió un inciso, ánimos por desatarme o moverme me incitó, y lo intenté, por supuesto que sí, con todas mis ganas, pero perfectamente atada no desplacé ni un ápice piernas y brazos en marca de bitácora ninguna, salvo despegar torso y cinto de la camilla demostré.

- "Por poco tiempo"- respondió morbosa y pícara sonrisa la cómplice de uniforme níveo.

Tomó largas cuerdas en veinte hermosos metros cada una, solitaria la avanzada, y comenzó a enredar por donde en columna marque la quinta vértebra lumbral, dos vueltas ceñidas, apretada contra cresta ilíaca, apasionada la muy canalla, pues de quedar flojo el hilo ella hincaba sobre piel, fuerte, asegurada de ahí no despegaba ni resbalaba.

Copaba diámetro completo de mi cuerpo, y en su descenso a la quilla de esa cama no vi dónde ató, pero por el ronco ruido supe de su frote sobre superficie de hierro fijo. Percibí un tirón, repetir música a mi estribor, no muy estridente, sigilosa y suave sería apropiado en definir, justo antes de volver a erguirse, con cuerda todavía en su mano, y resto liar en aductores mayores, enérgica, afanosa, dos circunferencias por debajo glúteo y de nuevo zambullirse en casco.

De buceo emergió sin rastro de torzal sus manos, comprobó de hilván no había temblor, custodia a márgenes de cuyo quicio alberga mi alma escondida por sus túneles, y en comprobar su indeleble guardia tomó otras cuerdas, interminables hasta el extremo de dudar si estaba en clínica médica o en una cordelería.

Colocó las nuevas ristras por encima de mis pechos, y rodeo entre deltoides y trapecio para dar la vuelta al rodeo cual torero presume de fauna, y en su ego campeona apostó una segunda traslación, partió otro giro por completar tercera ovación, y la cuarta partida fue próxima a la clavícula, a rebosar los asientos anteriores.

Versátil ingeniosa la mayoral, apisonó por debajo de mis pechos, abrazadas las sogas a mi serrato mayor con aquella efusividad propia de quien no quiere despedirse o se apresura en saludarse, vueltas incansables en su baile, cuatro se ve votaba su número favorito, ahondadas por cuya estructura de camilla quedaba privado en mi ángulo de visión, con los filamentos convertidos en pitones, reptando sus líneas enroscadas por dónde me hubiera encantado conocer, pues quedaron las ataduras en mi cuerpo compactas como uña a carne.

Cual quinto giro, o quizá cuerda distinta, brotó del infierno, constrictora ésta sobre el llano del abdomen, desvelado hasta aquel momento sólo mero espectador. Bordeó un oblicuó, saltó muro de espina dorsal, y atrapó mi otro oblicuo por culminar emboscada de los cabos. Su victoria aplastante produjo no obrar con disimulo, innecesario y burro a aquellas alturas, que al fin y al cabo de ella es su profesión, y de la mía cual oportunidad disponga, y surcó el mismo rumbo por tres viajes de rodeo al planeta, recta y sin desvío.

Un pensamiento obsceno me inundó mi cerebro, el muy obsceno con un guiño perverso, mientras la pastora culminaba trabajo digno del mejor arte, mas no se emocione por ver en galerías o cultura expuestas, que siglos quedan porque esta asquerosa e inmunda marea de prejuicios y necedades arda en la hoguera.

"Estaba totalmente inmóvil y atada sin poder desatarme"

Terminó por fin, media hora sobrepasada empleó, y me retó por moverme, ya no digo desatarme, y encantada de su apuesta empujé torso, regateé a costados, y ambos intenté en vano, pues cuanto hizo la artista tuvo espléndido resultado. No pude despegar ni una pizca espalda de su almohada, y a pronto de sudar la chica me acarició un pezón, con cuyo mimo nació la mayor montaña del mundo. De haber seguido, se habría vista la cima nevada en su altitud, y estuve por pedir acaríciame un rato, pero en aquel instante de labios entreabiertos y ojos entrecerrados la amada se alejó, puesto cedió al Doctor.

Aquel varón contó, natural y espontáneo, estudiar mi aparato reproductor femenino durante los orgasmos y la eyaculación femenina. Mostró estar interesado en el comportamiento de los órganos internos, vagina, útero, trompas de Falopio y ovarios, pues de vagina sabe la ciencia comunica la vulva con el cuello del útero o cérvix, formada por diferentes glándulas vaginales que segregan una sustancia mucosa llamado flujo vaginal, cuya función es lubricar la vagina, y cómo no, recibe al pene en la penetración, recoge cual esperma de la eyaculación se desplazará hasta el cuello del útero, y es el canal por el que se expulsa al bebé en el momento del parto.

Erudito no cabía duda de aquel profesional, al tiempo de tedioso en su disertación también, mas el caballero continuó en su discurso, centrada su mirada descarada en mi vulva, impaciente por si la reacción de mis órganos podían ser mayor admirables de cuanto pensaba.

Respondí sobrenaturales no van a ser, que toda mujer tiene mismos genitales, quizá no idénticos o exactos pero en sus diferencias no hay prodigios, e indiferente a mi ironía ordenó a su enfermera, con voz rotunda y arrolladora, acercar ecógrafo y demás enseres.

Dícese del primer nombrado aquel aparato médico de diagnóstico utilizado para realizar ecografías o ultrasonidos de órganos del cuerpo, y confieso hubiera llevado portentosa tecnología a mi casa, vaya a jugar con acústica de los tendones, o en sana curiosidad explorar imágenes de mi piel, o mis dedos, o las nalgas de estar inquieta, mas aburrido el médico dijo seco no es un juguete.

Contó, serio y parco, la ecografía ginecológica es una técnica de exploración no invasiva que, mediante ultrasonidos de alta frecuencia, le permite visualizar los genitales internos de la mujer, dado su sonido es reflejado de forma diferente por los distintos tejidos, según su contenido en líquido. Expresó emocionado obtener información sobre la velocidad y desplazamientos de la sangre, la cantidad de flujo, su comportamiento, y dije gracias por tanta pesada enseñanza, mas no estoy tumbada y atada desnuda por obtener diploma, sino riqueza de dinero.

Indiferente y atento a su oficio, el ginecólogo rebuscó entre el mobiliario de aquel armatoste algún instrumento, donde en gigantes bandejas vi pinzas de tracción, par impactante de curvas y la tercera apacible recta, pinzas faure de mandíbula corta y cuyas dientes curvadas dije cuidado doctor no me vaya esa bestia a morder el coño, separadores vaginales que pregunté demasiado rígido y por qué doble si es para meter en mi única intimidad, un histerómetro recto de plástico maleable con gradaciones de centímetros para medir exacta la cavidad uterina, y rogué metiera hasta el fondo, que tengo ansia por saber si son centímetros o un metro en récord mundial, e incluso un cepillo citológico con cedras de nylon que inquirí si acaso tengo incisivos o morales en la cavidad endocervical.

Anunció señorita risas a carcajadas, victoriosas mis gracias en aquella sala orbe de esperanzas y embarazos, ¡fuera! ¡fuera! de mis sueños, salvo ser millonaria y pasar condena esclava a mi criada. Compartía pensar doncella quien portó aparato de electrocardiograma, dado el experimento quiso saber pulsaciones por minutos, y en mi burlesca expresión hubiese preferido cuentakilómetros, que en sexo se quiebran límites por ponernos a cien o a mil por hora.

"Colocó la mordaza con mucha astucia e ingenio"

Me ordenó entonces abrir la boca y cerrar ojos, que estimé debió de ser rutina en su proceso médico, mas al hacerlo cayó hasta mi blando paladar, por detrás de incisivos y caninos, una sólida bola de silicona transparente, grosor superior a los cuatro centímetros, cruzado por cuya correa marchó cada una por mejillas opuestas, a la altura de la apófisis coronoides, glándula parótida también puede servirle de guía, hasta fundirse de nuevo en el cóndilo occipital, en cuyo abrazo cerrado no dejo forma de dialogar.

- "mmmmmmppfffffhh" - fue mi fanfurriña a bote pronto.

Advirtió fémina ser de mi agrado, muy probable por mi pasividad y por el hábil cruce de miradas que, de estar soltera y sin pareja la rival, saltarían chispas fogosas entre nosotras. Se lo hubiera preguntado, pero trepé por el muro encrespado de la prudencia, donde las huellas ahuecadas borran cobardes sus propias pisadas, y pensé más tarde, al terminar, preguntarle dónde acampa, o dónde vive, o donde empaña insomnio por la noche, cama imperial hasta el ocaso, que de no tener bien sirve de remate ésta, parir sin prenda llama que no es nacimiento sino adolescencia.

En cuanto a la mordaza, no tengo pretextos para excusar mi comportamiento, chistes mansos lejos del agravio, mofas que tampoco me arrepiento y no hice mal, y si me prefieren amordazada, ahí quedó callada toda la tarde, y ya en su hastío se joderán.

Desenfadada y segura, se ausentó un tiempo breve y suficiente por añorar su compañía, cual concluyó en su regreso, portando asidos en metatarsianos y cuboides copos con electrodos periféricos, cuatro pequeñas ventosas cuyo orden escrupuloso fue colocar inicio por la muñeca derecha en tono rojo, amarillo siguió en muñeca izquierda, tobillo izquierdo electrodo de tono verde, y tobillo derecho periférico de color negro, mientras mi iris incandescente levitaba en búsqueda de un beso platónico entre ambas.

Evitó duelo la pretendida, y portando nuevo manojo de cables colocó seis electrodos precordiales, contando por el borde del esternón desfiladeros entre costillas hasta cuarta angostura, y de ahí ubicar uno en el cuarto espacio intercostal, línea paraesternal borde derecho del esternón, segundo en borde izquierdo del esternón de mismo cuarto espacio intercostal, tercero en el quinto espacio intercostal de cuya línea medio-clavicular baja perpendicularmente desde el punto medio de la clavícula, cuarteto en el punto medio calculado entre el segundo y tercer electrodo ya puestos, quinta en la línea axilar anterior del espacio intercostal izquierdo, y sexteto culminar en la línea medioaxilar.

Un roce provocado y deseado de sus yemas en mis pezones erectos sacudió virtudes de mis entrañas, y si a vos le han dicho esto es pecado sepan le han engañado, que mi alma sabia emitió un discreto gemido nasal, y ella, percatada y atenta, posó toda la soñada palma completa sobre mi pecho, alborotada como el tímido oleaje en la orilla del mar, y quedé quieta, no fueran esas ventosas a soltarse, pues la chica se empleó a fondo, dado cuerdas en mis carnes dijeron ese tramo es suyo sin cesión, atrapada y sin escape.

Un graznido tecnológico indicó activó el monitor tras su caricia, y aparato chivato desveló mis latidos en fase de excitación. Molestoso resultaba su chirriante pitido, y tuvo mi orgullosa cómplice solución, en colocar dos prensadas orejeras que cubrieron por completo desde hélix y trago hasta lobulillo. Jamás había sentido esa severa privación ensordecida, más allá de la música en conciertos cuyos altavoces prohíben serenos diálogos, pero esta sensación fue distinta, en todo propósito de escuchar atentamente y sin embargo percibir de respuesta el más absoluto silencio.

Miré a felina, y vi sus labios articular letras que no capté, y preguntó mi tímpano qué ocurre, dado conducto auditivo externo yace desierto, y caja, estribo, yunque, la caracoleada cóclea o la famosa trompa de Eustaquio, que no me refiero a varón por su nombre ni polla entre sus piernas, quedaron dormitados, puertas cerradas donde ni el viento soplaba.

Relajar y gozar respondí, que esto es para disfrutar, y fecundó mi esfuerzo, pues me invadió una calma usurpada del reino de los dioses, quienes enojados dijeron es robo de su paraíso una injuria, y en condena sufriría el mayor de los orgasmos, y clamé yo ahora era mío el edén, esquiva en devolver, negada de obedecer, y por mí podían emprender tortura ya, a qué esperan vacilé los muy bocazas, que allí estaba, desnuda, atada y encantada.

No me arrepiento ni retiro mi proclama, aunque vaya a saber si me escucharon los holgazanes desde cual palacio miran y descansan y castigan, pues justo acto seguido un instrumento médico entró muy suave y delicado en mi cavidad vaginal. Debió de ser un espéculo, y de pronto tuve una sensación insólita, como si mis paredes se ensancharan como un globo, dado separó la cañería a límites que por allí bien podría haber circulado un tren de alta velocidad.

No sentí dolor, ni molestia, ni tan siquiera frío o destemplanza, por ser poliestireno, y salvo fraude de mi traviesa fantasía supuse quedó bloqueado, pues se levantó el profesional, mas no pregunté dónde fue que no pude moverme ni hablarle ni escucharle, quieta e inmóvil por cuyas maravillosas ataduras iban a ser estrecha compañía cuanto rato no permitiré quede su fisgoneo en ascuas.

En su vuelta, emprendieron un trabajo a dúo, con la enfermera colocando entusiasmada colocando electrodos cutáneos autoadhesivos sobre mi vello púbico rasurado ya de rutina higiénica, tan próximos como fue posible a la musculatura de mi suelo pélvico, mientras el catedrático, por descripción ubicación de otros electrodos, colocó uno sobre el cuerpo perineal, apenas tres centímetros del introito, y otro aliado inmediatamente por debajo de la sínfisis púbica, donde intuyo sabía el experto provoca mayor contracción.

Quince milímetros fue su anchura mínima, teniendo siempre en cuenta la longitud de los brazos musculares, y en su cantidad no logré contar, pero en iluso pronóstico seis en total es corto de toda aquella legión de tunantes.

Una señal me indicó urgente abrir telón del espectáculo, experiencia que en siglos y milenios no olvidaré, cual aconteció al cerrar los ojos, y en querer alzar los párpados ya no vi luz encendida, pues la rufiana aprovechó lance por colocar antifaz de gruesa piel tapizado en cuero sobre mis ojos, cubriendo desde glabela al vómer, en la absoluta oscuridad.

Quedé prisionera en un mundo de sombras, mudo, impalpable, y de haber escuchado aquel monitor estoy seguro marcaba cien pulsaciones por minuto y superior, con mi corazón acelerado y la mente ansiosa de pensamientos y deseos que son propios de hombres y mujeres también, cuando de pronto, en medio de aquel vacío, resonó una voz a escasa pulgada de mi pabellón. Del susto debió de meter el cacharro diabólico quinientos mil latidos por segundo, pues podría haberme advertido la belleza que aquellos cascos estaban dotados de un auricular en cada oído, por las instrucciones del académico.

- "Veinte minutos esta primera sesión" - transmitió nítido y claro, justo antes de cerrar micrófono y volver a la total sordina.

"Activó los electrodos cuyo objetivo era los orgasmos atada y amordazada"

La imaginé sonriendo, malvada, al mismo tiempo que se terminó los enigmas, pues se activaron los electrodos de corriente bifásica asimétrica, y en mi entrepierna se exaltaron una serie repetitiva de rápidas contracciones que intenté contener, demasiado distante todavía el cruzar la barrera del minuto.

Me centré en sentir esparcirse gel de ultrasonidos, conductor entre la piel y el transductor del ecógrafo, para ver aquello oculto a ojos humanos, pero mantuve logro cuanto tiempo perdura el eco de un aplauso, porque una histeria poderosa y alocada asaltó mis neuronas, tomó el control de mis músculos, con el umbral de tolerancia sensitivo servido en delicia, perpetúa y no pares hubiera gritado, veinte minutos es poco y en alcanzar de horas un quinteto ya revisaremos prórroga.

Mazos compresores martilleaban todos los rincones de mis paredes vaginales, extrañamente dilatadas por cuya sujeción desconocida las mantenía muy abiertas, y hubiera clamado paciencia, que a ese ritmo voy a tener noventa orgasmos antes del anochecer, pero a quién rogar amordazada, mas en caso de libre mandíbula asumo habría en verdad chillado, más, más y suba más, que aquella gloriosa batalla no quiero perderla, sino hurras y vítores adelante, recia y enamorada.

Torrentes secos aumentaron su cauce sanguíneo a borde de desbordarse, tierra cuales antes se acomodó sobre piedras el aventurero, y donde ahora livianas hojas caídas de los bosques navegan a toda velocidad para topar con las compuertas de mi lujuria. Acrecentó la presión sobre los tejidos ensanchados de la vagina, y el clítoris, líder selvático de toda fiesta salvaje, dijo no penséis soy ingenuo, que de orgasmos soy maestro y en estas prácticas lidio avispado. Los labios menores percibí mayor tamaño, al extremo que por calcar beso en hocico similar hubiera escogido búfalo macho y aguerrido.

No hubo tiempo por esperar llegada de manada y escoger ejemplar. Demasiado glotona, pero no hablo de mi panza sino mi espíritu jovial, aquel malhablado, blasfemo y juguetón, que todas y todos sentimos dentro, y de quien nadie reniega o desdeña. Intenté frenar lo reconozco, tanta prontitud es privilegio o debilidad, desbordaba por un deseo natural irrefrenable. No soy manceba en estas conquistas, y en todas escaramuzas pude demorar hachazos o espadas desenfundadas, pero esta ocasión fue distinta, y el jadeo de mi ansiosa excitación reflejaba mi nula oposición.

Mis mulos pegados a la férrea roca empujaron inútilmente en todas direcciones, sin alcanzar ningún lugar. Mis nalgas temblorosas estrujaron glúteos contra el tapiz, puesto no es confidencia saber no pude despegar o desplazarme, y mi cintura desnuda sacó fuerzas por revolverse, vaivén pretendió, arquearse imploró, voltear cual peonza o pendular a los costados, esfuerzo infructuoso, que las cuerdas jueces dictaron sentencia, de ahí no te mueves.

- "mmmmmmppfffiiiiii mmpfffiii mmffpfiffiif" - debió de escucharse entonando con estrépito la venida de mi orgasmo.

Privada de capacidad sensorial, no puede captar el retumbar de mis jadeos, pero por mi propio vivir debió de ser como cornetas de asalto, o quizá me equivocó pues sería demasiado estridente su sonido, comparado con mi alboroto. Mejor resultaría tambores de combate, que el griterío victorioso debió de escucharse en recepción y en la calle, y dese cuenta estaba amordazada, con las palabras encerradas en sus celdas, pero héroes son las letras, que se filtran por mordazas y exploran el infinito desconocido de nuestras secretas fantasías.

Si tuviéramos que dar una definición genérica, ésta podría ser la de una experiencia sublime y temporal de intenso placer no sólo físico, sino también mental y emocional, que llega a alterar el estado de conciencia.

Pregunté a mi instinto qué me estaba ocurriendo, mas me respondió no molestase, a solas en su alcoba sin hablar con nadie. Llamé a mi salud mental, por confesarle sufría una intensidad sublime y envidiable, y ésta contestó no abro la puerta, ahora duermo y no estorbes. Quedó tercera cancela, mi placer emocional, por reclamar de su ayuda, pero ésta sorprendida qué problema hay, si jamás hemos saboreado tan exquisito manjar.

- "Tu músculo pubococcígeo está en perfecta forma" - volví a escuchar en nueva apertura del auricular, breve y efímera de nueva.

Deberá de referirse el especialista al dómine en contracciones, algún excelso músculo por ahí adentro quien orden dio de estrecharse la abertura de mi gruta. No se preocupe por su fechoría agazapado, que yo les cuento tras cortinas instruyó una rítmica contracción, rápida, numerosa, acelerada, cual provocó mayor fricción de las paredes vaginales, empapadas con las glándulas vestibulares lubricando a toda máquina, trabajando a destajo obreros y obreras esclavizados, martirizantes, que jocosos me obligaban a doblegarme y suplicar, mas yo respondí no me da la puta gana. No son mis gemidos plegarias, y los sonidos escandalosos tampoco son suplentes por no llorar, sino todo lo contrario, disfruto y prolongar afirmé, cabrones miserables sumé, que si no sabéis este significado tomar diccionario y consultar.

Malheridos en su ego, se emplearon con mayor ahínco en su empeño, y yo, por demostrarme fuerte y sana, luché contra esas inmortales ataduras, que ni carpintero con compás hubiera trazado con mayor perfección, y empujé de brazos, esfuerzo estúpido porque en verdad no pretendía en ningún momento soltarme, mas qué gracia tiene falsificar los sueños cuando se hacen realidad. Medí su firmeza, su dureza, su fiabilidad, y orgullosa debió de sentirse la chica, que se mantuvieron inalterables.

Guerreé con mi torso a posterior, incité a erguirse, posado sentado, sin apoyarse en el respaldo, pero las leyes elementales no dieron clemencia, y del puesto sobre el cual me apoyaba no levanté lo más mínimo, perenne y aferrado.

Bregué entonces con mis piernas, quinto intento en escabullirme, y sagradas cuerdas debieron desternillarse, miradla que no tiene bastante se rieron, e insistí cuanto pude y quise, mas desistí en dictarme la cordura qué narices estaba haciendo, que ataduras no se aflojan por alegría mía, inmóvil empotrada y enraizada a la mesa de parto.

Alterqué en un último examen con mis párpados, ciegos en cuya profunda noche nos convierte invisibles entre montes, y busqué escuchar, al doctor o poetisa satisfecha de mi tormento, e incluso mascullé por crear idioma nuevo en la mordaza, que por querer traducir aquel párrafo, fíjese ahora que me doy cuenta, venía arrastrando un segundo orgasmo, ahora mismo, ya, inmediato.

- "MMpppfffii mmmpfpfpfhffii mmmfpffiii mmmpfffii" - tuvo que resonar en un clamor que recomendó cerrar puertas y ventanas, no fuesen vecinos y transeúntes a clamar pasmados.

No tuve palabras por describir la felicidad de aquel repetir. Fue como estar en un mundo único cual usted debe de contemplar ahora mismo, vaya a saber si en la intimidad de su hogar o cualquier otro paraje, que sea donde sea es muy ajena a tierra de aquel fértil universo.

- "Maravilloso" - exclamó el doctor - "has llegado a las quince contracciones por segundo" - concluyó antes de insuflarme ánimos y elogios camino de terceros orgasmos.

"Aquel bondage me condujo al paraíso de los orgasmos"

Totalmente enajenada, sentía las contracciones involuntarias, rítmicas y sin control, de mis músculos del suelo pélvico, de mi vagina abierta de par en par, y confirme vos con experto si es verdad sentí incluso el útero palpitar, pues yo, en mi experiencia, viví por toda mi pelvis unas sacudidas cíclicas, herencia voraz de sus generaciones, sacro y cóccix afectados también de una lujuria inventada dentro de mí y pregonada en platea a los demás, arrojada de mi ser cual ira de un exorcismo, pero si aquello es el diablo no tenga prisa por marchar, invitado está a pernoctar. No obstante, no teman si sufren demencia similar, que a quien he mencionado satanás es una exageración, por decir me he convertido en el personaje siempre querido y jamás interpretado, o al menos nunca con tanta devoción.

Inconforme quise más, atrevida clamé no osáis batallones en atacar con un tercero, que en mi valentía verá al rebelde huir, pero el muy mamón dio paso al frente, y de querer ración recompensó en comer el doble, y el tercero no fue un simulacro. Subió al escenario, mítica trilogía, reencarnado cruel en aquellos campeones cuyos triunfos entregan directos al alma los trofeos que vanidosos depositan en vitrinas de cristal, mas éste no, éste dijo no doy trofeo para estante, que él prefiere clavar en la memoria, imborrable y a perpetuidad.

- "mmmfffppiiii ffmfiiim mmmffiii mmffffiii" - jadeé alzando levemente mi cabeza en su celebración.

Un hilo de baba emanó por la comisura de mis labios, cuyo surco resbaló donde localice glándula submandibular y frenada en la escotadura yugular, y de voz no me esbocé silenciada en su ilusión, pues la mordaza enmudece pero no calla. Gemía unos murmullos ininteligibles que por traducirle equivalen a reclamar un fóllame, en erótico pellizco en mis pezones tiesos, pero no me entendieron los despreciables, o no quisieron entenderme, dado no hubo tacto humano o caricia sobre mi piel.

No insistí en discurso, amarrada mi boca amordazada carente de gesto por desatarse, y bastante tarea lidiaba, con aquel orgasmo terrible que no se desvanecía, que no desfallecía, continuo y persistente hasta el extremo de confundirme, y no saber ya estaba en las réplicas del tercer orgasmo o la entrada sin descanso de un cuarto, idéntico imitador.

- "Vamos a aumentar la frecuencia en añadir otros 30Hz más para obtener contracción mayor" - me notificó por el audio interno.

Matemáticas no es mi ciencia, pero deduje haber partido de un valor próximo a cincuenta en su arrancado, cifra inventada de no sé dónde extraigo, y a éste sumado los treinta de suplemento, debía de rondar los cien narices no sé qué dijo, pero el resultado exacto aseguro yo fue un terremoto. Magnitud, ponga un seis. Rectifico, y digamos siete. Mejor pensado, en la escala de seísmos reviente el máximo histórico jamás registrado, y estoy segura el electrocardiograma marcaría un quince, a cuidado de no estallar su batería y su pantalla.

Asedió mi suelo pélvico un fuerte hormigueo que penetraba muy hondo, cual sabueso cavando agujero donde egoísta esconder su tesoro, y en mi siguiente afirmación no sientan herida su hombría o envidia de tal tecnología, que esta no es mi intención, pero no hay polla humana que pueda disparar hasta ese nivel mi círculo vicioso. Perdí el sentido común, derrumbé cualquier atisbo de oposición, desgajé toda cordura, y entregué mi cuerpo a ese éxtasis, en cuyo sofocante estado imposible fue pensar, ni decidir ni divagar, y por saber mi opinión en carecer temporal de virtudes yo les confirmo me importó una mierda, ofrenda rendida en cuyo trono ya les gustaría a faraones y zares y soberanos ser sacrificio afortunados.

La escena debió de ser digna de un espantoso exorcismo, conmigo atada y desnuda en esa cama de parto, violentas convulsiones en mi carne impúdica, las cuerdas hostiles a sueldo frenando todo embate de mis músculos en ira, la voz endemoniada cuyo griterío libertino desbordaba sacrilegio por toda orilla, y que encomiable hallazgo fue aquel éxtasis.

- "mmmfffii mmffffi mmmffffii mmfpfpffiiiiii" - estaba convencida en el hallazgo verbal de mi júbilo.

Díganme si lo sabe cuál peldaño hay por encima del orgasmo. Cuénteme qué es mayor a un sueño. Explíqueme cuánto arde en rebasar fundición de la lava, y no tarde en escribirme, que prefiero la reflexión a la ignorancia. No digo tampoco vaya a creerle, que saben muy bien mis pensamientos acerca la gente, pero no cierro a escuchar teorías, pues es imposible definir aquellos espasmos como un orgasmo. Sin renuncia a éste ni cometer traición, revelo por vivida una energía colosal, que ni nuestra depredadora inconsciencia humana logra sospechar.

Por una parte, hubiera dicho basta, pues como testigo declaro fue agrupar múltiples orgasmos en un mismo lugar y al mismo tiempo, incontrolables, como si a cada avance de saeta en reloj tuviera un nuevo despertar temprano de una corrida inagotable, pero por otro bando rogaba no se apague, no se agote de su faena, que yo no he dicho sea suficiente.

En realidad, apremiaba el cosquilleo, no quiero receso, y de ahí no se desmonta nada, salvo yo dar permiso expreso, que fechas para nostalgia habrá en el futuro vacío, mas estamos en presente, en el hoy pleno, en el aquí colapsado, en el ya fastuoso, y de la sequía al devenir tendremos meses por entretenernos, no tenga ninguna duda.

- "Dos minutos en estimulación alta aguda y terminamos" - indicó el profesional advirtiendo de azotar la musculatura de mi suelo pélvico a una intensidad de elevada corriente.

"A máxima potencia los orgasmos fueron la furia de dioses"

La emoción es tal vivir un volcán en erupción desde dentro del cráter, atrapada en esa red de cuerdas que no mienten al decir no piensan soltarme, con la piel sofocada y sus poros vertiendo vapores por los ríos de magma que fluyen bajo la dermis. Falso es insoportable tanto placer, pero cierto es que aquella protagonista no se asemeja a mí ni en el rostro, que en verme ahora serena y calmada, plantada en mi escritorio, no asusto ni a las moscas, y sin embargo en aquel trance juro de haberme visto hubiera llamado a sacerdote, usted en huida calles abajo, tantas esquinas hasta barrios y pueblos que desconozco.

Mi habla, de escucharla en este instante, suena fina y melodiosa, muy opuesto al haber estado en aquella escena, donde hubiera cerrado puerta con llave, candado y tapiado, no soltéis que nos asesina, diría de haberle preguntado.

Retumbaba toda mi vagina, cruzaban los redobles de timbales mi cuello uterino, tronaba la estentórea percusión en la estancia del miometrio, nítido y claro bramaba en útero, e incluso al fondo del pasadizo, endometrio acostumbrado a calma, se asombró de tal festival, el primero de toda su historia, mas no se quejó, esparcir adentro incitó, que aún hay más detrás de mí. Dicho y hecho, rugían a toda pastilla sus vibraciones por las trompas, y los ovarios mugían como maracas en carnaval.

- "mmmmmfffffffffiiiiiii" - explosionaba yo despedazada de un clímax cual pedí en vano compasión.

Fiero y salvaje, fue como esas rachas sostenidas de viento huracanado contra las cuales no se le ocurra luchar, lea bien mi recomendación, aunque la temeridad humana por la simple recompensa de mostrar su idiotez soy consciente es ruina de la inteligencia.

Maravilloso. Celestial. Insuperable, y no me pregunte cómo se alcanza aquel paraíso, que la brújula errónea no indica norte y no confíe en mapas de nadie, pues todos dicen conocer la ruta y ellos guiarles, por terminar perdidos y cada uno en su bota salvavidas, a remo agotarse hasta en costa segura recalar.

Al mismo tiempo, no niego estar reventada, a ratos sentir desvanecerme, con el aliento embravecido y la razón extinguida, preludios de la perversa llegada de otro apogeo, pero el de por qué el gozo tirano nos conquista es un imbécil debate inexplicable, pues somos química y pasión, y pobre de aquel que estos ingredientes y parientes no le azuzan, muerto o muerta es en vida.

No tome mis ardidas palabras de protesta, que yo puse todo arrojo por no perder ni un mísero detalle, y fíjese a qué extremo llegó mi implicación, que cuando milicias frenaron su avance me invadió la tristeza. Escapó todo el temblor, mas agotada y amordazada no pude gritar, no os vayáis las muy cobardes, que mis muros de defensa no se han deshecho. Bien es cierto resoplé, tomé oxígeno, relajé los músculos y escuché al doctor felicitarme, justo antes de despedirse y augurarme quedaba en manos de la enfermera, desprenderme de todo chisme y cable, vestirme y marcharme.

No tenía yo tan claro estuviera la muchacha presta en tal labor, pero durante los dos minutos siguientes no ocurrió nada, supongo por el saludo y cortesía de entre compañeros de oficio al zarpar.

Aquel rato, sin margen fugitiva, recuperé brío robusto, que en mi juventud plenaria soy activa de sobras, y aguardé en aquel imperio silencioso un tacto o una voz, ésta segunda opción escogió.

- "No hemos terminado todavía" - susurró erótica advertida de no tenía prisa por soltarme - "y lo sabes, y lo deseas" - apelotonó en un timbre excitada y contagioso.

"Por fin la chica besó mi cuello mientras estaba atada y a solas"

Unos labios melosos besaron mi cuello, y a la sombra de su crepúsculo abrió escotilla por pisar piel con su lengua. Palpó donde el esternocleidomastoideo, travesura de la ciencia en este mote, surcó todas las hectáreas del hueso hioides, trepó por su ligamento, y sembró por áreas cuyo subterráneo alberga atlas y apófisis estiloides un sentimiento degenerado culpable del estruendo mudo en mi boca amordazada. Su mano prolífica aterrizó en mis pezones, y concebí el bruto placer de sus mimosos pellizcos, práctica demostró la pervertida, y no malinterprete el adjetivo, virtud considero, que defecto es ser un aburrido y patético estercolero de prejuicios.

Provoqué su pasión, por imprimir mayor morbo si cabía, y ladeé la cabeza de un lado a otro, por darle algo de trabajo, pero en tal severo bondage el margen de maniobra fue irrisorio, y al cuarto vaivén paré entregada, que de sus relamidas no había escapatoria. Derretida de ardor, resoplaba yo cual toro embravecido por las fosas nasales, cuando un dedo tierno, apuesto todas las fichas al anular, entró abrasador e inmoral en mi vagina anegada.

Tocó sólo entrar en cueva por donde el tejado, no muy adentro, buscando algún borde que la forastera bien debería de haber explorado, y encontró una arista que yo no sé cómo se dice, pero memoricé por no olvidar, pues fue como si un chispazo encendiera calderas a fuego vivo, con mis gemidos que no teman, no fueron queja, sólo dulzura descarriada, toda indecencia ojalá eterna.

Nublada toda razón, añoré su compañía cuando se separó de mis carnes, no te vayas expresó mi boca forzada acallada, pero me alivio escuchar rauda su voz encantadora.

- "Vamos a subirlo a estimulación máxima aguda" - me comunicó dominante - "a ver cuánto aguantas la tortura" - finiquitó con acento cruel por cerrar auricular.

Aquellos electrodos arrancaron a cuya sexual temperatura hierve hasta el hierro, sin preliminares ni caricias. Los reflejos espinales se dispararon, todos en fila disciplinada y al frente el cabecilla, que en hilera atrás marcha también los nervios hipogástricos, ausentes siempre y hoy presentes, ahí siguen y van donde quiera vaya la caravana numerosa, cual súmese absorbidos el reflejo bulbocavernoso, que la comba no se detenga gritaban, y de entre la multitud se escuchó humilde dónde vamos preguntaron, al más poderoso de todos los orgasmos en el reino animal contestaron.

Ametrallada por un sinfín de contracciones en toda la musculatura de mi suelo pélvico, nervios allende y órganos cazados, volvió su dedo al ataque, sus besos a mi yugular, conmigo sucumbida a tal empacho torrentoso de placer y gozo.

- "mmmmpppfff mmpffffafaffafm" proclamaba sin pautas de imposible traducir.

Jamás había visto aquel mundo arrastrada por un suplicio que firmo ya sea continuo y sin final, pues no hay mal ni dolor ni pena en ninguna de sus fases, tan sólo un cansancio que arreciaba y vacilante me opuse, lárgate que no te quiero ni ver.

Su dedo se deleitaba entretenida en rincón prócer que pregunté a anatómico si es el bajo pubis, justo entrar caverna en el borde superior, explorando apenas una huella adentro, pues quiero saber qué ahí allí, que me retorcía de gusto. Su lengua húmeda relamía mi cuello, poderosa y bribona desde el pescuezo al cogote, todo terreno suyo a su antojo, maliciosa al pisar las sendas sensibles, entretenida en círculos cuyo aviso eran mis subidas de gemidos. Sus palmas luminosas exploraban montes gemelos de mis pechos sacudidos por cada ascenso y descenso, quién sabe si buscaba arroyo de agua pura o fuente innecesaria, pues abajo entre piernas tenía un viscoso océano abundante, con crecidas de mareas y oleaje espumoso, aunque tal vez no escrutaba laderas, sólo jugar con mi desnudez.

En aquella oscuridad impertérrita, me estrechó un inmenso orgasmo que borró de mi mente todo recuerdo pasado, adherido con una violencia descomunal cual logró restar futuro, que no ser por cuerdas atadas habría salido catapultada, rumbo a la Luna o no extrañe Marte, por potencia factible.

- "Mppppppppfffffffffffiiiiii mpmppfpfii mmffpfpfpfii mmffpffpfii" - aullé desesperada por una emoción desconocida.

Mis paredes vaginales se convulsionaban como si estuvieran invadidas de tentáculos trepadores llenos de espinas, manojo zarzales cual inútil fue pedir piedad, porque la calentura se incrementó, alcanzó cotas cuya altura es la bóveda del planeta, y un bombardeo de espasmos dio toda apariencia de pretender aniquilarme.

Mi resistencia estaba por los suelos, resoplando cada vez más rápida, más veloz, fuerzas almacenadas todas agotadas, los músculos estériles y adormecidos, incapaces de ninguna lucha, con todos mis sentidos encaminados a querer desvanecerse, y hasta ese punto estaba decidida a continuar, de no ser por la enfermera, que retiró caricias y detuvo el chisme martirizante.

Sonidos de ventosas y cables capté tras liberarme de los cascos. Siguió mi mordaza, y en la libertad no piensen ni por error insulté, que de odio o desprecio no había semilla, todo amor y devoción, pero no articulé palabra, exasperante porque me hubiera encantado alabarla, incapaz extasiada tras tanta tortura. A continuación tocó turno del antifaz, y antes de vislumbrar paisaje parpadeé incesante, por graduar luminosidad.

El desatar de las cuerdas tercas es magia, con esos surcos sobre la carne que, como las estrellas en el manto azabache, perduran permiso temporal. Atenuaba su tensión a cada desenredo, que a su roce no chirrían poros pero vigile al frotar no vaya a quemar, envueltas las dos en cuyo cómplice silencio nos cruzamos una grácil sonrisa, mientras procedía a quitar vueltas y vueltas, aún fuesen veinte ninguna estúpida y todas agraciadas.

Desprendidas marañas de mi cuerpo, se siente la melancólica pérdida de una amada al partir, mas no hay tiempo para añoranzas o pupilas empapadas en lágrimas, y en sucesivo correspondió a brazos dormitados en reposo de donde no se movieron, a pesar de ser libres y poder doblar.

Agazapada en paz, acudió a rescate de mis piernas, esquina diestra la primera, rodilla afortunadas y quedar desierto de cáñamo al arrancar bajo las ingles, repetir proceso en siamesa, y de haber andado desenfrenada habría visto en mis torpes zancos pasos de pingüino por el hielo, o de pato tercien en putrefacto asfalto, mas no tuve prisa, y quedé tendida, alegre y confiada.

Mi alma flotaba cual ángel en el cielo paraíso, y vagamente estiré una mano, por reclamar asir su melliza. Con olor a sexo impregnado en toda la atmósfera, supliqué por repetir, fija obsesión de aquietar ansia devoradora, a cuya propuesta ella invitó domingo al mediodía encontrarnos en su casa, tomar sol en jardín desnudas, saciar apetito que panza hambrienta es gente malhumorada, y tras digestión tener horas por diversión, que armarios albergan telaraña de cuerdas que horas se anudan y hasta anochecer no se desploman, y sellé compromiso con un beso en los labios, cita ineludible cuente conmigo, mas de aquella aventura cuento en otra historia, pues ahora déjeme ser feliz en mi nostalgia, invadida de morriña y añoranza.

 

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