En mi juventud, descubrí la obra de Edgar Allan Poe, me gustó mucho sus historias, y en el año 2000 hice mis primeras prácticas literarias eróticas escribiendo ocho relatos eróticos bondage, a modo de homenaje, basados en relatos ilustres de este escritor.

Este relato está basado en "EL RETRATO OVAL" de Edgar Allan Poe.

Si no deseas leer estos ocho relatos, y quieres leer únicamente relatos de mi invención y fantasía, clickea aquí

 

Señoras y señores, mayores o no tan mayores que ahora estáis leyendo estas líneas, yo os pregunto por qué debéis de temer a lo desconocido.

Ustedes, gentes a quienes yo, deseo sea sin error, les considero de fe, háganme el favor de saber que la historia más veraz es tan sólo una burda sarta de mentiras, y la más increíble puede suceder cualquier día sin previo aviso.

Porque, cual hecho les voy a contar a continuación, ocurrió iniciado el agosto del año pasado.

En la ciudad, tan seductora a foráneos que absortos contemplan todos los rincones de sus dos mil años de historias y tan aberrante para el resto, reinaba una modorra insólita cual parecía extraída de la más remota ficción. Sin embargo, ni en esa placida calma, quizá producto de la antipatía mutua que ambos nos profesamos, dejé de sentirme extraña en cuyo amparo nací, rodeada de gentes ni quienes conocía ni me conocen, y bajo la odiosa mirada de los amplios ventanales amantes de la vorágine urbana, cuales sé a ciencia cierta deseaban no verme regresar jamás de mi ya marcha instantánea.

¡Ah! ¡Con que alegría la perdí de mi vista!

Martes día tres fue la fecha exacta, y triste resultó la larga espera en la estación internacional antes de partir. Las gentes, aquí o allá, en pie o a pie, se miraban con sus pupilas encandecidas, detestando su sinónima presencia animal, o iba o venía un desfile de rostros de héroes y villanos grabadas en su faz las cicatrices de las lides, de sus horas tensas frente los paredones de ejecución en sus puestos de trabajo, y en los crédulos de edad veía pintado con estelas cinceladas en candentes sueños su holgada bobería, mientras brindando su mal gusto la urbe mezclaba el embobo de recién llegados con esos otros, hastiados y avezados, de obreros y hogareños que cada día, a la misma hora, por las mismas escaleras, se encaminan bajo amenazas a su ya cognado destino.

De entre toda esta turba, resaltaba esa triste realidad que afeaba el panorama, borrachos apresados bajo tragos hipnóticos de alcohol, con su única embriagadora amante de curvas cristalinas y besos traidores rezumantes de alucinógeno elixir, dando igual si la zozobra de su iris trazaba tintes de zarco o esmeralda, si los cabellos fuesen cortos o largos, de castaño o alabastro o platinos en tiznado descuido, sin edades ni onomásticas y aún menos distinción de pieles y razas.

"Sigue la gente con esos rasgos tan propios y humanos de siglos pasados"

Tan sólo eran trasgos tras atuendos de ropa sucia, que vagaban errantes por encima de las bruñidas baldosas de la estación y con su lacerada pupila despreciando el don de vivir.

Mas si aún no resultaba bien de sobras patética la obra, dos zancos se sumaron huyendo sin causa aparente, veloces, súbitos, y era como la pradera de losas enceradas volverse en llamas, y a cada nueva gambada provocaban la algarabía, el revuelo de un gentío cobarde, y miré, como hacen todos con sus ojos imantados, y vi en sus manos un bien prestado sin permiso, dicho robado dicho hurtado, hasta perderlo de mi visión al rebasar el perímetro de cuyas paredes constituían la presente ubicación.

Por suerte, una hora más tarde, alcanzado el cenit de la vía férrea, se mostró ante mí, firme y orgullosa, la majestuosa forma del Aldors Airport.

Mi destino, Hilo, una ciudad tropical en la Gran Isla de Hawai, hermosa y pintoresca, con sus antiguos edificios trasladando los sentidos del visitante a épocas remotas, despertando de su letargo la inquietud artística al enseñarle las marquesinas de madera cuales cuelgan encima de las aceras para proteger a las viandantes de la lluvia, o los aros de hierro empotrados en los bordillos donde se ataban años antaño a los caballos y que todavía podían verse en algunas de sus avenidas.

Jamás había podido palpar la insólita combinación de cual gozan tantos rincones en el mundo, el de fundir en un solo marco la historia y la modernidad, y ciertamente la experiencia me fascinó.

¡Cuantos gratos momentos evoco ahora al escribir!

Embargada por la emoción al revivir en desordenadas imágenes que se suceden impacientes mis vivencias, he olvidado decir que mi hotel quedaba enfrente mismo de la bahía Hilo, en Banyan Drive, una rúa en forma de media luna bordeada por árboles banianos, y donde a su torcer sureño se erigían unos maravillosos jardines de estilo japonés que invitaban a la meditación y la sabiduría, sublimando simples objetos de la naturaleza en composiciones impresionantes. Rocas de gran tamaño simbolizaban las montañas, y las galerías de arena trazaban itinerarios cuales discurrían entre la armonía de las flores, los árboles y los frutos vistosos, como cauces de ríos desbocados, y los puentes de piedra trasladaban las almas de quienes los cruzaban a un mundo inalcanzable de reflexión.

A veces, se tenía la impresión de poder abarcar de golpe todo su arte en una fija mirada, y comprobar que efectivamente ni una sola hoja estaba dejada a su mal azar.

Precisamente fue en este fantástico lugar cual describo donde, cumplido mi tercer día de vacaciones, lo vi a él por primera vez, de pie, junto a una efigie de león que en silencio nos recuerda quienes somos, con su piel de tono bronceado delatando su aire nativo, el cabello de brillante alabastro, esa camiseta oscura de tirantes mostrando el desparpajo de sus esculpidos músculos, y unos ojos de radiante azul cuales sólo verme se anclaron petrificados en mi modesta belleza, y aunque me cuesta confesarlo, pues son inusuales en mí esos bruscos ataques de timidez, por mi rubor apenas alcancé a dedicarle una miserable sonrisa de simpatía.

"La hermosura en su rostro brillaba como diamantes en medio de un barrizal"

- "¡Demasiado guapo!" - usé como vil argumento para justificar mi actitud.

Las dos horas siguientes no dejé de pensar en él, obsesa, enrabiada, mientras sentada frente a la engalanada fachada de mi hotel miraba ensimismada al horizonte, donde se divisaba elevarse majestuoso el Mauna Kea, el más antiguo volcán de la Gran Isla, cuyo nombre lo debe a la nieve que lo cubre en invierno, fantaseando en su cumbre, los dos solos, desnudos en el halo de su solitud salvaje.

¡Lástima de no poder mostrarles con qué erótica perversión me miró!

Respecto al comentario anterior de soledad, permítanme corrija mi error, cual descubrí al visitarlo aprovechando una excursión organizada por una agencia turística local.

Como setas brotaban telescopios enormes en lo alto de su cono, pues según información de la guía, no existe ningún otro lugar en el hemisferio norte tal alto, claro y libre de luz como la cima del Mauna Kea.

Así, pues, comprenderán borré de mi mente las lascivas ideas antes descritas, y me limité a disfrutar del marco incomparable, de sus vientos puros, vigorosos, de los destellos de su lago, o de la gigantesca cantera de donde extraían antaño un tipo de basalto denso y grano fino cual utilizaban para hacer azuelas.

Mediada la tarde, los pies ya me ardían, agotada de habernos recorrido la montaña completa, y alejándome un trecho del numeroso grupo me senté a reposar sobre los aposentos pedregosos antes de emprender el viaje de retorno.

Acomodada como mejor logré, por encima de las oscuras selvas cuales a más baja latitud circundan la montaña con la verde caña de azúcar sembrada a sus pies, y prisionera bajo la cúpula azulina del planeta, me enfrasqué en debates filosóficos acerca de las más alucinantes conclusiones que en obras venideras ya les desvelaré, mas fíjense si en tal estado absorta estaba, que apenas me percaté de una presencia ajena tomar puesto a mi costado diestro.

- "¡Aloha!" - oí decir de pronto - "¡bienvenida a la Gran Isla de Hawai!" - añadió tras una breve pausa en un logrado dominio del idioma español.

Menuda sorpresa tuve, al virar mi cuello noventa grados y verlo de nuevo a él, el hermoso chico de los jardines.

Mi reacción, un tanto exaltada, le provocó un conjunto de risas donde lucir sus blancos dientes capaces de encandilar a los ojos más ciegos. Me miraba directo y penetrante, sin tapujos ni falsos disimulos, envueltos en un vergonzoso silencio cual me permitía intentar ordenar mis ideas divagando acerca de si aquel reencuentro obedecía a una razón específica o era sólo fruto de la casualidad, aunque para ser sincera, poco me importaba la causa, pues una profunda alegría me invadía por verle a mi vera.

En cuanto a mis novicias palabras, fueron un saco de letras tartamudas, rebuscadas, referente a las piedras, al aire, y a otras sandeces cuales no les voy a dar opción a burlarse, que minuto a minuto se tornaron seguras y calmadas hasta por fin hablar con una confianza cual jamás había usado ante un desconocido, yo hablando de mí como un cisne cual encarna su cuello con el ágata rosa del pico lustrando sus alas de liso albo en el plumaje, narcisa, y él me correspondía perorando acerca de la isla y su afición por la pintura.

No me pregunten cómo pues ni yo misma lo sé, pero restándonos una esquina para alcanzar mi hotel, andábamos él con su brazo sobre mi hombro y yo rodeándole con el mío por la cintura, dejando escapar por los rojos labios de los dos palabras y más palabras en un paraje cual parecía una decana fantasía de siglos pretéritos.

"Su caricia en mi cabello me estremeció por la ternura con que aconteció"

La suave caricia en mi cabello, que extendió por el pómulo y detuvo alcanzada mi latente clavícula, estremeció lo más hondo de mi ser, en parte defraudada pues la aguardaba donde mis pechos alzan de las carnes llanas sus laderas sensuales, pero me consoló los besos, primero en mi cuello, resbalando la cima húmeda de su lengua de un lado a otro, para terminar en la tórrida rúbrica de su primogénito amoroso dentro de las bocas.

Por desgracia, debió de marchar urgente a cumplir no sé qué asuntos burocráticos, mas yo, a pesar de tener miles de razones suficientes para acostarlo conmigo en la única cama de mi cuarto, sólo pude acatar dicho infortunio.

Aquella noche me costó una barbaridad conciliar el sueño, y cuantas horas aguardaban aún para cumplirse las once de la mañana de su día siguiente me resultaron interminables, pero por fin llegó y allí estaba él, puntual, a puertas de su vehículo estacionado junto al bordillo.

Sólo tenerme frente a él, alargó su brazo para tocar mi cabello, las crespas brillando como bozos de oro que se agitaron al acariciarlos con los dedos, y las voces, primero la mía y después la suya, se cernieron deseos que en breve ustedes descubrirán, mientras el borde de los labios aterrizó a posar su celado beso de pasión.

El primer impacto ya sonó a brindis de actos venideros.

Un sonido, el del motor encenderse, le reemplazó, dispuesto a emprender camino de su pueblo, Honomu, a través de una sinuosa carretera cual discurría en unos marcos que hacen al viajero revivir paraísos sólo soñados en la esclavitud de la metrópolis. En los tramos maltrechos, abandonados incluso, escuchaba la aria entonada por el cauce del indómito río al hinchar orgulloso su torso gracias al deshielo de las nieves, y veía cómo retozaban las aguas, o se zarandeaban por los sedimentos de su curso, rivales, las mismas aguas que a bloque se lanzaban en picado por cascadas destelleantes y abruptas vertientes hasta unirse al aglomerado jolgorio del océano esmeralda.

Luego, muchas millas más allá, alejados de su amena compañía y rodando por ramales de esmerado asfaltado, vive el extranjero no habituado un momento inolvidable cuando el aire retumba al cruzar los seniles puentes de madera de un único carril cubiertos por flores exóticas que eclipsan cualquier concepto de belleza futuro hasta llegar a la susodicha localidad, en la costa de Hamakua.

Su casa, de dos plantas, tejado llano, hecha de madera y con la clásica marquesina recubriendo el ándito, quedaba justo en la periferia de la población, donde los hogares se difuminan pues ya no es su propiedad sino reino de la madre selva.

Al entrar, me impactó el sonido seco e inconfundible de mis pasos al repiquetear sobre esas baldosas de arcilla con adornos de flores bitadas que daban una cálida bienvenida a los visitantes. La luz del día apenas penetraba por sus pequeñas umbrales cubiertos de persianas con láminas leñosas, dejando ensombrecidos todos los recodos de la estancia adornada por muebles prístinos heredados de colonias rústicas.

A mi derecha había una puerta cerrada por cuyas minúsculas rendijas emanaba el olor de sus obras a pincel.

Quizá fuese la más oscura de todas las habitaciones, pues no tenía ventanas, ubicada en un minúsculo esconce de su morada, que la convertía en una de esas extrañas mezclas de inquietante lobreguez y austera magnificencia que durante toda la historia de la humanidad ha sido el sueño loco de un pintor, sea cual sea su rincón del mundo. Estaba amueblada muy vagamente, entre cuales enseres llamaba mi atención su escritorio, pues su estampa tenía una gran semejanza a mi escribanía de nogal donde apilaba día y noche un ciclópeo risco de papel en nítido albo.

Tapices y un número elevadamente inusual de vivos cuadros modernos, con marcos ricamente dorados y tallados en arabesco, adornaban las siniestras penumbras de las paredes, pero si me permiten una confesión, no crean que dichos ornamentos fueron de mi agrado, pues siento atroz fobia por los cuadros y las muñecas, mas no me atrevía a decírselo por no herir su notable entusiasmo.

Aquellas obras en nada diferían a cuantas pinturas detesto, con sus fijas miradas que no desfallecen ni parpadean, penetrantes, contundentes, cuales temo mirar con reto pues quizá vayan a sonreírme si les agrado, o a lo mejor, molestas de mi persistencia, saltarán de su lienzo para hincar sus fauces con saña en mis carnes.

Auténtico pánico me produce sólo esbozar tal secuencia.

En cuanto a las muñecas, ya que imprudente he hecho mención, les desvelaré una breve historia, no en más de dos párrafos pues no es mi intención apesadumbrar su lectura, ocurrida en plena celebración de mi tercer aniversario.

De regalo, una muñeca preciosa, de dos palmos de alto, cabello tan dorado como los hilos del áureo febo, vestida de un lino teñido en azul turquí, mas entonces, al tomar citado engendro entre mis manos, cómplice de mi ilusión, me guiñó macabra su ojo diestro, y aunque el suceso es fácil de explicar, pues se despegó la cola de su párpado y el balanceo de su movimiento provocó una vibración que hizo oscilar su pérfido gesto, es fácil de suponer cual irreparable pavor me provocó tal horrenda escena.

Dicha anécdota ya confesa llegué a rememorarla en secreto mientras él encendía los pábilos del alto candelabro que se encontraba junto al cabecero de la cama, quedando el cuarto iluminado por una tétrica que temblaba de su propio reflejo.

Acto seguido, no dio más de cuatro zancadas en línea recta hasta abrir de par en par las cortinas de raso negro rematadas con galones que rodeaban el lecho de matrimonio cual presidía el flanco norte.

- "¿Quieres ser mi modelo?" - me preguntó titubeante con sus cuencas oculares decaídas.

Por mi velocidad al responderle afirmativa, denoté que esperaba impaciente esa indecente proposición.

Disimulando sin mucho éxito una coaccionada erección, el muchacho se encaminó a la entrada, cerró sigiloso la puerta, deslizó la cilíndrica barra del pestillo ubicada tras la cancela, colocó la ganzúa en su cerradura, la volteó dos veces toda una circunferencia completa en el sentido contrario a las agujas del reloj, dejó la llave a bien resguardo de un roñoso cajón a tocar de él, y siguiendo sus indicaciones, me desprendí de todas las prendas que cubrían tramo cualquiera de mi cuerpo hasta quedar totalmente desnuda.

"Acepté convencida de ser su modelo desnuda para su próxima pintura"

El pobre, traicionado por la vida propia de su órgano viril, cruzó ligeramente las piernas, mas siendo consciente que la dureza ganaba la descompensada partida optó por sentarse, mientras yo me tendía sobre el mullido somier, de costado, con las piernas estiradas y el brazo flexionado apoyando mi pómulo zurdo en la palma abierta.

Costosa tarea le fue rebajar su tensión, pues a pesar de estar embargado por la ansia de pintar, el chico se demoró en tomar el candelabro y situarlo de manera que la luz de sus numerosas velas incidiera más plenamente sobre mi carne libre de telas.

Acontecido esto relatado, no tardó, en esa atmósfera cerrada, cobrar el aire mayor envergadura de un acentuado perfume a pintura, cual florecía de su espátula e invadía hasta el más huraño rincón. Fue instantes antes de que su mano formara el primer trazo, y sonreí tratando de ayudarle en busca de conseguir un ambiente relajado, sin dar importancia a mi aspecto naturista, pues parecía algo nervioso en su oficio, y pensé que una conversación siempre apacigua los ánimos caldeados.

Respecto a las chicas, jamás había pintado ninguna desnuda, por lo cual pude comprender la inquietante excitación que mi imagen le producía a su lóbulo occipital. Acerca de relaciones amorosas, tan sólo hablaba devotamente de Edith, bailarina erótica de hula que le cautivó en plena danza, con su cimbreante cadera, sus finos brazos y las piernas ondeando sus falda de paja sobre misterios ocultos.

Agregaré, aunque no sea conveniente hacerlo, el reconocer un discreto arrebato de celos o envidia al escucharle hablar de ella con tanta pasión, pero fue breve pues me tranquilizaba saberme yo ahora la afortunada.

Con un cariño privilegiado, plasmaba los delgados trazos de mi figura natural sobre su lienzo, y tíldenme cuantas veces les plazca de exagerada, pero eran tan elegantes sus pinceladas que incluso las sentía rozar en verdad sobre mi piel. Sus ojos me miraban ebrios de emoción, fijados en mi piel como quien atento observa desde la orilla el despertar de los coruscantes tonos del alba, y esbozaba tímidas figuras de sonrisas mientras se aliñaba sus mechones enredados.

Por mi parte, tendida sobre las inmaculadas sábanas blancas cubriendo en tapiz la amplia cama de matrimonio, enseñando sin tapujos de frente mi corto vello púbico cual la noche anterior había rasurado casi por completo expresamente para esa ocasión, fantaseaba en tenerlo tendido junto a mí, abriendo los brazos en abanico, estudiando indiscretos la geometría de los cuerpos desnudos, sus manos reptando ofidias por mi torso, donde albergo la lascivia de los pechos, con las palmas abiertas boca abajo, unir los hálitos, y los cabellos reclinados, hasta entonces tan bien peinados, alborotarse al llenar de gozo las entrañas.

Ajeno a mis deseos pornográficos, él turnaba su vista en el lienzo, sentado en un espigado taburete de madera de roble y la planta de sus pies, enfundada en los mismos zapatos de ayer, apoyada sobre una barra horizontal que cruzaba toda recta de una pata a su vecina colindante. Sujetaba en la mano diestra su pincel con aplomo y fervor, enfrascado en la construcción de su obra, trazo a trazo, minuto a minuto, hora tras hora, que retomó tras un firmado descanso, ya al nacer la tarde y toda ella hasta al caer el anochecer.

Sin ánimo de ser rebundante... ¡escuchad, mis jóvenes amigas, cuan de bello era!... Pues no, no es de aquellos clásicos artistas seniles, ya bien alcanzados los sesenta años de edad, con su frente rugosa, su barba canosa de hebrillas sin brillo que a modo de rosario no dejan de agitar entre las yemas de los dedos, su tupido bigote ocultando tras su envés las heridas del tiempo, y sus ojos vetustos y arrogantes que a duras penas disciernen más allá de su mundo, aún ayudados por gruesas gafas de montura metálica.

Si hubiera sido tal espécimen, mis queridas amigas, yo os digno que ni me digno a posar.

No, queridas mías, pues él no tenía su tono bravucón, sino una pícara sonrisa esbozada en su rostro que derretía los dulces sentidos, afable, cordial, luciendo aquellas blancas camisetas sin mangas cuales resaltan majestuosa la forma esculpida de sus músculos, manchada eróticamente de pintura, y sus pantalones de azul turquí destripados poco más por encima de las rodillas.

Como artista, por si es de vuestro interés saberlo, era de puño rápido, pues con la misma noche ya despuntada, a pronto de marcar la saeta mayor en su reloj de pulsera las diez en punto, ya casi lo había culminado, restándole tan sólo al cuadro unos matices en los pómulos y los labios, y cuya tarea terminó en escasos minutos.

Daba la impresión, por su férrea seguridad, que llevaba el muchacho siglos y siglos pintando.

Yo me levanté de la cama, cual había sido durante todo ese tiempo como mi mudo diván, y recorrí con celeridad la distancia que nos alejaba para poder contemplar su trabajo. Ciertamente, no me hagan decirles si se trataba de vignete, impresionismo o cualquier otro estilo, pues debido al pánico por este arte no soy culta en tales lides, aunque, si les sirve de su saber experto, les puedo afirmar con rotundidad que la amazona desnuda del lienzo era yo fidedigna.

- "¡Que maravilla de cuadro!" - expresé felicitándole, sucumbida a la evidencia de su perfección.

A continuación, le tomé las manos para atraerlo lo más cerca de mí, sin dejar ni la más mínima ranura entre ambos, ensuciando mi piel de los salvajes pigmentos impregnados en sus ropas, y soldé mis labios a los suyos, haciendo de las lenguas un tórrido beso, mientras mis dedos versátiles desabrochaban el botón de su cinto para dejar caer sus pantalones al suelo.

"Me arrojé a besarnos en sus labios terminada su genialidad"

Os lo diré, amigas mías, sin palabras rebuscadas, pues sólo alcanzo a exclamarlo con mayúscula sorpresa, que... ¡qué polla! En vertical, bien podría ser el grosor de su glande el pilar del Empire State.

Andando de espaldas, cogidos de la mano, regresamos al lecho cual por su fortuna o por la mía iba a ser testigo de otro arte, ardiente, lascivo, mórbido.

Tendidos sobre su marea, yo boca arriba y él encima de mí, vi como su enorme órgano de ensueño se dirigía presto a la hambrienta cavidad cual pernoctaba entre mis piernas, bien abiertas, estiradas, justo donde terminaba la cúspide de su triángulo, ¡y cómo entró!

Casi con furia, el cabezal de su rabo se abrió paso en lo más abismal de mi gruta vaginal, penetrando entre la maleza tan honda que muy pocos son capaces de alcanzar, ¡y qué placer!

- "¡Sí! ¡Sí!" - gemía yo totalmente ida.

Me aferré en un fuerte abrazo por su espalda, como si tuviera miedo a caer, flexioné las rodillas, con las plantas de los pies tan alzadas que a ratos ni rozaban las telas de la cama, superando con el talón sus nalgas, recostándolos casi en su dorso, y balanceaba mi pelvis a modo de bocanadas, adelante, atrás, muy veloz, prensándome contra su escroto, ¡y cómo me retorcía de pasión!

Mis jadeos se escuchaban atronar a modo de ecos de catatumbas, pues ¡cuan de posesa estaba yo por un júbilo indescriptible!

- "¡Sigue! ¡Sigue!" - gritaba en unos gemidos muy eróticos.

Por si no fuera bastante, el chico me besaba, lamiendo con su lengua mi cuello, de izquierda a derecha y viceversa, saboreando con exquisita maestría los lóbulos de mis orejas, sus manos que acariciaban con cariño mis ardientes pechos, y creo, mi leal lector, que de todos mis orgasmos acontecidos hasta hoy es quien ostenta el récord de en más breve tiempo avecinarse.

Pero él aún soportaba, taladrándome con su reina lanza jineta cual de corta no tenía nada y cuyo grosor no había aminorado ni una décima de milímetro, al tiempo que formando con sus manos unos aros me asió por ambas muñecas, empujó mis brazos arriba, casi a tocar de donde el somier se precipita en cascada, ¡y cómo gemí al notarme presa de sus robusta hombría!

"Follaba de maravilla"

Apenas podía dar crédito a tal fantástica vivencia.

Pretendía abrazarle, tocarle, mesar su cabello, acariciar su pulidos dorsales, mas me fue imposible pues él me sujetaba con mucha fuerza... ¡y cuanto me excitó su dominio!

Con los ojos cerrados y la boca entreabierta, experimentaba unas sensaciones hasta entonces jamás sentidas. Mis ideas se ofuscaron por completo, ciegas, sin pensar, ni en el tiempo ni el lugar, vencida por un profundo placer que había multiplicado por mil toda mi loca fantasía.

Desconozco cuanto duró... Sólo sé que un enjambre de perversas cosquillas me recorrió desde mis paredes vaginales hasta el último centímetro de mi cuerpo cuando noté verterse todo su esperma, y un segundo orgasmo, hecho cual jamás había conseguido, hizo sentirme desfallecer, ofuscando toda noción mía de ser y estar. Respiraba entrecortada, fruto del cansancio, envueltos en la morbosa penumbra del cuarto, abrazados o acariciando con las manos las carnes hirvientes del estimado oponente.

¡Encantadores recuerdos conservo de aquel día inolvidable!

Al domingo siguiente, ya alcanzado el ecuador de mis vacaciones, crucé toda la isla hasta la parte de sotavento, en el oeste más árido, con sus costas secas y soleadas, donde se encuentra Kohala.

Allí, en una de sus amplias avenidas cuyo afluente de vano tránsito azotaba con saña los chuzos del astro sol, a casi tocar de la esquina, había un museo cuyo pórtico de acceso lo adornaba cuatro recias columnas de granito, y entre las cuales sendos letreros, erguidos sobre soportes verticales, anunciaban una formidable exposición de pintura hawaiana.

"Entré en aquel museo de pintura sin sospechar cuya historia albergaba"

Las albergaba una gigantesca sala, vacía a esas horas de público y que empecé a recorrer despacio desde la esquina aledaña al umbral, contemplando cual arte me aterroriza y que aún hoy no entiendo qué demonios me impulsó a visitar tal singular evento, pero de pronto, de entre las obras expuestas, una reclamó mi máxima atención pues lucía una cándida muchacha en mi mismo escenario e idéntica postura, cuyo rostro joven empezaba a madurar en mujer, y tanto los brazos, los pechos, e incluso las puntas de sus radiantes cabellos, se fundían imperceptiblemente con la vaga y profunda sombra que constituía el fondo del cuadro.

Como obra de arte, el retrato era absolutamente insuperable, mas me impresionó el hecho de ser gemela a mí salvo en su faz, exactamente con los mismos tonos, medidas, calcada en la postura desnuda, y durante quizá una hora permanecí con mi vista clavada en él, deambulando en mi cerebro tribulaciones artísticas cuales carecían de valor por todas las razones reveladas a la enésima y que me niego tajante a repetir.

Quedaba casi al centro de la longa pared cual sustentaba la hilera horizontal de cuadros, dejando un vacío de apenas medio metro entre éste y sus adyacentes, enmarcado en una aureola de madera oval, ricamente dorado en sus cantos y afiligranado al estilo mudéjar.

- "Parece que le gusta esta obra" - me comentó a mis espaldas quien se presentó como la comisaria de la exposición.

- "La pintó Hintoo Kanaakoe" - me comentó - "un gran artista que vivió hace ya dos siglos".

Yo, sin saber muy bien por qué, miraba hechizada la efigie de la joven mientras ella, muy amable, me comenzó a contar la terrible historia cual forma parte inquebrantable de la obra.

Por lo visto, la modelo era para el pintor una doncella de la más rara aunque cautivadora belleza, pero fue para ella aciaga la hora en la vio, amó y casó con el artista.

Mal sujeto era éste, apasionado tanto como para perder la razón, austero con deméritos, ogro a sus semejantes, quien pavoneaba de tener por novia a su Arte, y fue, para esta dama, cruel al oírle hablar del deseo de retratar desnuda a su joven desconocida.

Mas esta moza, de nombre Edith, cual describía humilde y obediente, vista por la concubina como intrusa, posó dócilmente para su pintor, quien narciso se vanagloriaba de su trabajo que se prolongaba hora tras hora, día tras día, y así durante muchas semanas en el oscuro y elevado aposento del torreón donde la luz, que procedía sólo desde lo alto, resbalaba sobre el pálido lienzo.

Yo, con los brazos cruzados por encima de mi torso, escuchaba atenta todas sus explicaciones.

Decía que aquel hombre, de gran renombre como pintor, además de sus enfermizos defectos mencionados, era violento, egoísta y temperamental, que se perdía en sus propias ensoñaciones, incapaz de ver que la luz cual caía tan lúgubremente por ese solitario torreón estaba marchitando la salud y los ánimos de su novia, quien languidecía a la vista de todos salvo a la suya.

Aún así, ella mantuvo la sonrisa en los labios sin quejarse, pues veía que aquel personaje ponía en su obra un placer fervoroso, atormentándose día y noche por lograr retratarla. En verdad lo conseguía, pues quienes pudieron contemplar el cuadro hablaban de su semejanza como un gran prodigio.

Pero ella estaba cada día más desanimada y débil, y cuando ya casi estaba acabando su labor, el paso al torreón se vetó a todos, pues el pintor se había vuelto más violento debido al ardor que ponía en su trabajo, y rara vez apartaba los ojos del lienzo, ni tan siquiera para observar el pobre aspecto de su esposa.

Tras muchas semanas, muy poco le restaba por hacer, salvo una pincelada sobre la boca y un matiz en el ojo. Con tal tarea por delante, el espíritu de la señora moribunda se avivó de nuevo, como la llama en el tubo de la lámpara, y se aplicó la pincelada, se dio el tono adecuado, y durante un momento el pintor permaneció arrobado delante de la obra que había realizado.

- "Pero al instante siguiente" - me desveló la narradora - "se volvió a su amada, quizá para felicitarla por su paciencia, o tal vez para enorgullecerse de su obra, mas se puso trémulo y pálido, pues ella había muerto".

- "Le enseñaré" - me hizo saber a la vez que, de un anuario artístico cual ojeaba veloz, buscaba una página en concreto - "quien fue el creador de la obra".

Tardó casi diez segundos en hallarla, y un grito, de gesto amordazado por el congojo de mi alma, exclamé al ver su fotografía, pues ¡él! ¡Era él! Su mismo peinado… El inconfundible brillo de su iris… Sus músculos labrados…

Sin esperar despuntar la próxima alba marché rauda a Honomu. Llegué cuando el ocaso dibujaba la fatiga en el tejado de abisal zarco, con esas pinceladas de trazos púrpuras plasmadas en cuyas nubes anunciaban el festín de sus pompas venideras, y el viento arrastrando los ecos perlados de su furia atronadora, mas la peor de las sospechas se cumplió.

Donde la casa se sustentaba, ahora había una aureola de flora silvestre bordeando los márgenes de la selva, y en cuanto a él, ni un solo vecino vio jamás tal sujeto, y su obra... ¡es un misterio su paradero!

 

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