Cuyo relato voy a narrar existe la posibilidad de que, por los sucesos descritos o la actitud típica de proscritos, lectora o afín sensible y moralista se pueda escandalizar. Textos de tal calibre ilustran la humana maldad, pero son las semillas de cual odio hacia mí es ya una costumbre, mas a pesar de la advertencia siguen habiendo público en la platea que lee por la mera curiosidad. En vos aún es posible cambiar su ansia exploradora, dado el baúl de mi literatura contiene míticos relatos de aventura erótica, ¡búsquese otro!, aunque si terco continúa con la lectura recuerde el valor de mis palabras, jamás prevengo por farisea retórica.

De proseguir, ¡he ahí que usted asume sus consecuencias!, ha de saber teoría cual barajo, parte el preludio de aquellos conceptos donde se tiene al vecino o forastero por mentiroso espantajo. Reconozco dudas he tenido al adjetivo, pues quisiera sumar el de traidor y cobarde y asesino y una ristra sinfín por calificativo. Por agilidad es lógico he de resumir, y omitiendo capítulos que desgloso apasionado en mis diálogos personales voy directo a la conclusión de la tesis, debe de haber en la hipócrita especie actual algún fallo genético, quizá una anomalía evolutiva que nos devuelve a las cavernas, o es el resultado de un error en las ciencias modernas, pues nos atribuye la escala de sapiens, y vaya a saber si fue a la inversa, digo yo que los neandertales exterminaron a bastonazos todo rival, dado del político tirano que gobierna al borracho en la taberna de barrio percibo una notoria conducta irracional.

Es tal la ingente cantidad que comprenderá no voy a enumerar, y puesto carezco de los utensilios necesarios para exterminar tal marabunta de escarabajos, vivo ermitaña alejado de primates y grajos. Población rural su nombre omito, y a mi morada nadie invito. Timbre he desconectado, sendero de tierra he maltrecho de surcos con el arado, y casas distan entre sí aquellas hectáreas por la que se extienden sembrados de los huertos, ¡se jactan los ancianos de tumbas profundas!, era práctica en su siglo pasado enterrar en su tierra los ganados muertos.

Hogares añejos son el fósil de otro estilo de vida, aquella cultura en décadas futuras estará extinguida. Diferencias con las cabañas putrefactas de cuya arquitectura corrupta dirige actual las normas son múltiples, ¡fíjese por ejemplo en las paredes!, su recio grosor abarca la anchura de su caja torácica, y tejado se ubica en aquella altitud que polillas es imposible aplastar ni con la escoba mágica. Dos plantas tiene, en la superior los dormitorios, se hallan a ambas alas de cuya sala puede disputarse un partido de fútbol, y a mitad del estadio hay un aseo de épocas pretéritas, se tira de la cisterna con un alambre que pende en lo alto, yo de pequeña alcanzaba dando un salto.

En inferior se sitúa el establo, había antaño cuatro vacas que abastecía de leche la familia, mas hoy es un cobertizo donde se almacenan enseres de todo tipo, hierros y sacos y hasta ciclomotor de casero prototipo. Frente su umbral, al otro lado del opulento vestíbulo, se halla el garaje, todavía se guarda por reliquia un vetusto tractor, aunque en estas fechas tiene prioridad el carruaje. A esquina contraria hay una bodega, su tina gigantesca proveía de vino al progenitor, y es un misterio cómo entró, pues su tamaño ciclópeo rebasa las medidas de la puerta. Debió de ser antes el huevo que la gallina tuerta, pues al ser el suelo arenoso está ligeramente torcida, y enderezarla es inviable, su base se ha soterrado por el inexorable devenir y de moverla se romperá, que su dúctil madera está podrida.

Falta un chaflán, es la cocina con un diámetro espectacular, sepa en mi infancia cabíamos catorce personas en la mesa, dos neveras y los armarios empotrados en las rocas, abría por asir la sartén o la olla y me salía del escondrijo una inmunda rata, ¡ya te tengo!, aliada mía es una espléndida gata. Chimenea es de tal magnitud que puede incinerar un fiambre tendido, y todavía queda el recodo para los troncos y la mecha del encendido. Al comedor se accede por la cancela que no cierra, y en este singular rincón creo que por todo el palacio le he guiado. Es factible que el trastero de los cubos o el cuartucho de los colchones he olvidado, pero si quiere estos detalles ya es muy exigente, pues con lo dicho, al comercial pesado de las estafas inmobiliarias, he pulverizado.

Finca goza de sus establos, hay un par de caballos cuyo nobleza y belleza es inalcanzable para príncipes y vasallos. En corrales dispongo de aves domésticas y sus gallos, me despiertan con su alboroto que aún es de noche, ¡qué coño pías!, les grito, si en la bóveda del planeta perdura intacto el azabache subscrito. Consorte me surte de aquellas cáscaras con yema y clara, y al tenor madrugador lo degüello crecido para devorar su carne si no presenta tara. En campos circundantes se siembra maíz, o cereales según plazca, y hortalizas o verduras junto la mansión echan raíz. Allende me pertenecen los almendros que se yerguen, olivares de cual mito equivocado dice no envejecen, higueras portentosas y nogales cuyas joyas pregona, la sabiduría popular, que enriquecen el cerebro, son válidas si su pigmento es un secado enebro.

Paraje bucólico es solitario, adentrarse caída la oscuridad se ha de ser temerario, pues su impenetrable cortinaje opaco lo convierte en el reino de jabalíes y animales salvajes, y si insiste en pasear o deambular por su reino hágalo con linternas potentes para evitar perderse en sus paisajes. En jornadas diurnas de vez en cuando se percibe algún visitante, se recela dado en un primer instante ninguna señal me confirma venga en son de paz o sea un maleante, pero caminos que trepan a este cima son sinuosos y de difícil acceso, se carga el eje de los autos urbanos o los carros con mucho peso.

Pensará en tal descripción que es lugar triste y aburrido, ¡ni pensarlo!, mayúscula estupidez jamás he oído. Su soledad es un parque donde cada día hay una aventura, lunes me decanto por la escritura, puede ser en mi idílica cabaña o en el refugio de cuyos bosques forman su arboleda y maleza un sólido escudo con su maraña. Martes emprendo caminatas, y desde la cumbre de aquella montaña que, por causas obvias, usted no aprecia mi señal, vislumbro a centenares de millas cigüenas y fragatas. Miércoles salgo de excursión con los corceles, jueves me distraigo con la siembra, y el resto de semana dispongo de tanta diversión y libertad que el machito de turno envidioso se refiere a mí con el mote de hembra.

En junio me desplazo a una aldea adyacente, desperdician sus habitantes las canicas sabrosas de pruneros, ¡tranquilos!, que yo recorro de una punta a otro sus derroteros, lleno el cesto y en la comida o la cena queda sólo los piñones con los que juego a baloncesto. Julio despunta el albaricoque, a finales de agosto ya tengo el bautizos de los higos, y justo a continuación, dependiendo de las vicisitudes del clima, invade el catálogo todo el repertorio de los frutos secos. Por otoño y en primavera veo, al confín en la cordillera, avecinarse tormentas que el sentido común dicta ponerse a cubierto, y en el invierno se divisa nítida las cúspides nevadas por el frío despierto. A plena canícula, con el tórrido calor abrasando a cuarenta grados todo el escenario, hay de golondrinas y chicharras un concierto, ¡dígame!, si en este exhaustivo inventario ve vos aquel supuesto tedio con el que difama mi adversario.

Felicidad irradio por todos costados, mas me he percatado que, debido a mi personalidad impulsiva o producto de la emoción, al auditorio no me he presentado. Descuido soluciono ya mismo, se cumple de mi nacimiento la veintena, por ser exacta rebaso la efeméride cinco meses, ocho horas y la docena de minutos, tanta precisión es peor que los cálculos en los impuestos y los tributos. Luzco un precioso cabello rubio a cuya longitud tajo las púas a zócalo del ancho dorsal, iris presumo de cual turquesa fúlgido oran los feligreses ligones todos los versículos de su empalagoso santoral, y cintura ostento que entre la abeja y el zángano es causa de disputa matrimonial, dado la obrera muestra celos, que ha visto flirtear al fugitivo desde el panal. Mido que por la silueta me compara el humor andaluz con un estirado espárrago, y allí donde desfilo, albañiles pordioseros o corbatines banqueros, provoco en su baba un estrago.

Secreto le confiaré, cuido el físico con esmero, pero en el mimo no interviene ningún gimnasio, a esos circos sólo asiste el narcisista y el cordero. Sistema mío parte de alimento sano y la báscula, renuncio a las barbacoas donde monstruos, con dentadura de caimán, devoran lonchas y chuletas que carbonizan en su parrilla y con la espátula. En balanza equilibrio los gramos del arroz y la avena y el filete, y al siguiente alba despuntar, sin faltar a ninguna cita, controlo el dígito que acredita. Grasas nocivas elimino minuciosa del manjar con el filo del cuchillo, estudio las calorías ingeridas de la liebre al grillo, y los ingredientes reviso carentes de venenos químicos, ¡cuáles son!, la etiqueta rubrica con el alias de edulcorantes, o sulfitos o aromatizantes o conservantes, y mil apelativos que son la codicia de científicos.

Fiestas me apunto por doquier, soy divertida a unos niveles que le va a sorprender, pero haré un inciso, estoy ausente de aquellos patéticos festejos que son la vergüenza de nuestro país prehistórico, rango de subnormales es indiscutible y categórico. Por la meseta castellana hay tribus del pleistoceno que punzan a toros con cuyas lanzas les envían a sus infiernos, o les prenden fuego en los cuernos, o corren delante búfalos para anotar la deleznable gilipollez en sus cuadernos. Al este, hay una estirpe de pringados que se arrojan tomates en toda la jeta, y en el despilfarro se lo pasa bomba desde el panadero a la suegra alcahueta.

En repaso vayamos al sur, devotos para los cuales pide un exorcismo el sacerdote, pues se aplastan inmersos en lágrimas por tocar una virgen inerte en madera tallada, y al bullicio se apunta hasta el turista pasmarote. Veintitrés de junio la algarabía mezquina es en todo el territorio nacional, en verbena se celebra el breve solsticio, y el mendrugo y la turulata y el simio que no sabe ni plantar una patata toman pólvora enrollada en petardos, prenden la mecha del infante al dinosaurio, ¡y enfermos o agotados que se jodan!, ni el cacique ni el doctor conceden armisticio.

Añado otra efeméride repugnante, tipejo se disfraza con el atuendo de un barbudo impostor que viaja con renos tirando de un trineo mutante. Con sus alforjas deposita regalos al albergue de un calcetín, ¡óyeme, embaucador quien seas!, vuelve a dejar un rácano jersey y al siguiente éxodo te juro organizo un motín. Marcha sin rechistar por sentirse atrapado, y aun soto los efectos del cabreo por su fraude vienen otros tres pavos del remoto oriente cabalgando en un camello, ¡venga ya!, con ese maltrato llegaría el ungulado sin resuello. Han de pensar soy tonta por creerme semejante patraña, y aún menos me convence si los jinetes trepan las fachadas como si fuese una araña. Obsequios dan al colarse en las viviendas, ¡avisen a la policía!, que hay intrusos en cabaña, y curioso es que juguetes legados los he señalado en tiendas, ¡aquí huele a chamusquina!, pensé yo de cría, pues sábado vi en el bazar idéntica mercancía.

"Vecino en morada lejana me espiaba desde su ventana"

Engalanan plebeyos con cintas su barandilla, y al balcón se ve la inquilina con guirnalda en la coronilla. Lucernas hay de color burdeos o caqui o magenta o mostaza o cobalto, son la arcada que ha edificado la alcaldía por encima del asfalto, y una estrella de cartón es la guindilla. Espectáculo es abominable, mas al deambular desconectada siempre me sale un borrego detestable, y al interceptar mi paso pregunto ¡qué quiere! al señor. Me saluda con la hipócrita felicidad navideña un mentecato al que no conozco de nada, ¡anda y que le parta un rayo!, del susto casi me provoca un desmayo.

A estos prototipos pertenece el residente de cuya mansión ostenta el privilegiado título de ser cercano a mi madriguera, mas en estas campiñas el término aledaño adquiere un significado distinto, pues entre ambos hay esos sembrados que se miden por cuarteras, ¡cuántas, dirá!, pregúntele a cual pintor inmortalizo su esplendor, puso la mía a zurda del marco y la suya a las antípodas en el infinito. Plasmó artista con pincel certero, dado se apreciaba su castillo elevado con respecto a mi tejado, pues justo echa cimientos cuando su vereda toma terraplén abrupto hasta topar con un torrente, y en la planicie decidió erigir la progenie su alcázar protegido por un muro prudente.

Relieve arquitectónico trazado por la maravillosa naturaleza es una frontera perfecta para impedir la indeseable visita de aquel mamut, de tropezar y rodar por las pendientes va a ser el detonante de un alud. Se eleva erguido de la alfombra un trecho irrisorio, y si vos quiere hablar con él lo encontrará siempre por el patio o sus parcelas, que cuyo sebo nauseabundo arrastra consigo le prohíbe recorrer esa mísera legua hasta coronar el promontorio. De no hallarse en tal lugar, habrá tomado su tartana privada de trayecto al bar, es una tasca cual ya pertenece a otra población, y si su entrevista se produce a horario noctámbulo se esconde entonces tras su ventana el mamón.

Convencida me hallo, ya que tal desgraciado, amparado por la fornida penumbra nacida ya la madrugada, se aposta camuflado para enfocar con sus binoculares la intimidad de la alcoba. Demencia suya con tal perfidia adoba, supongo fantasea en ver cual prendas de ropa porto o si me acuesto desnuda, es un célibe frustrado que, carente de sexo, en sus perversiones mentales se escuda. Se coloca en la víspera, en aquel tramo del reloj donde yo todavía me enfrasco en mis asuntos, y al culminar las tareas, ejecutadas dos circunferencias al ruedo las saetas, sigue impertérrito en su atalaya con el catalejo presto, está obsesionado en verme las tetas.

Descubrí su asquerosa argucia al azar, fue en cuya vigilia de luna llena soplaba un fresco céfiro que hincaba aristas de helor por los poros de mi piel, ¡he de vestirme!, me dije, camiseta mundana me es útil que me cubre como rebanada untada de miel. Me acerqué al armario, y justo arrancado el procedimiento habitual, que es bien sabido, aprecié una extraña esfinge al firmamento, encajada entre los frisos de la cornisa huraña, ¡qué es!, ha de ser el cachalote o una musaraña. Aproveche también la oportunidad de este párrafo y aprenda usted valiosa lección, que nuestro satélite es un fabuloso fanal que refleja el candor del astro febo con aquella intensidad que se distinguen sombras y monigotes, sean mochuelos o zopencos del bote.

En mi extrañeza clavé mis pupilas fijas, marioneta no se amedrenta ni disimula, sigue en su gesta tozudo como una mula. Escudriñé el panorama, tinte negro cotidiano tenía un barniz de argento, nada destaca salvo ese posado de sargento, emula el cine en las trincheras, y al delinear el contorno con una precisión inmaculada vi, sin ninguna duda, ese obelisco panzudo, el pliegue de sus capas mantecosas recreando cuyo oleaje bravo alerta de la furiosa tempestad, y su prismático que me apuntaba con total impunidad. Al instante alcé el puño diestro, emergí el dedo anular, saqué la lengua burlesca, y rauda cerré el ventanal tras la merecida befa grotesca.

Quedó grabado en mi memoria aquel traumático momento con el pardillo, y todo mayo tuve sellado a rajatabla el pestillo. Por tal prolongada clausura, se respiraba en mi habitación una atmósfera tropical que dificultaba conciliar el sueño, el sofoco en todo el recinto se había hecho dueño, y yo acostada en la cama me comportaba como grumete en pesquero al azote de un ciclón, voy a derecha e izquierda y viceversa, ¡he de acabar con este asedio persa!

Apoderada por un ímpetu valiente, abrí las compuertas de la escotilla un ocaso estival, y por inauguración tuve otear desde la cofa al horizonte, ¡en efecto!, vi en el rectángulo al mastodonte. Enemigo se afronta con coraje, y por quebrar las rejas que me coaccionan tuve una estrategia audaz, ¡cuál fue!, desprenderme ante sus binóculos del traje. Arroyo que marca el perímetro de ambos feudos es imposible lo rebase la ballena, y si en un impulso hormonal emprende la foca tal temeridad, ¡búsquelo en el abismo del barranco!, urge llevarlo al hospital en ambulancia poniendo a todo trapo su sirena.

Valor he de reconocer fue a intervalos esporádicos, ayer corrí la celosía y anterior afronté con un vigor de dioses volcánicos, pero la epopeya infausta ocurrió avanzado el horóscopo, en cuya travesura que planeó va a quedar aturdido el topo. Estratagema he aquí le desvelo los componentes de la receta, estatua mía exhibida con ostentosa obscenidad, y novela poética saboreo sentada en cuya losa es el pedestal de la maceta. Argumento soy incapaz en desglosar, pues mi sonrisa pícara delata estoy abstraída en mi provocación, insomnio va a ser el arancel del fisgón.

Procuré apreciara el perfil de mis senos en ángulo perpendicular a mi alféizar, y tuviera el pezón con ese fino erizo que la estación glacial o el deseo sexual logran izar. Decoración es loable, soldados se han emplazado disciplinados en la zanja, ¡mira bien, so morsa!, es cuanto los besugos tildáis de exprimir la naranja. Carcajada espontánea me brota por tal burdo comentario que redunda en tugurios, si observa desde la acera los verá plagados de gaznates parroquianos que liban elixires de malos augurios, y cual si fuese la bombilla de un faro me quedé quieta, soy como el maniquí que posa para fotógrafo pornográfico en el escaparate de la victoriana glorieta.

A medida que transcurría mi reto intrépido, me fue invadiendo una relajación donde asimilé natural la desnudez, y en cuya calma, que yo misma me confieso perpleja, puse mis sentidos en leer las hojas con absoluta fluidez. Fábula versa de un extranjero, arribó cuando un impresionante diluvio arreciaba en el apeadero, y al dirigirse por beber en la fuente ufana vio en el charco la profecía de un romance entre la princesa y un humilde zapatero. Rimas que describen son elegantes, en estrofas reparte equitativo el arrojo de los participantes, dado majestad detesta al yerno, pertenece a la plebe el subalterno, y rival artesano que ha aludido se muestra orgulloso de cuales combates, contra cueros y espuelas, se mantiene invicto, es su majestad el ladrón que debería ser convicto.

Versos son de tal apabullante maestría que elefante y su espionaje pierde relevancia, pues cuanto pretendía ser un efímero paripé ha desembocado en un ocio de ánimo desbocado. Maullidos felinos por los matorrales pululan, ¡ya se apañan solos!, que al regazo de las lóbregas tinieblas siempre cazan algún roedor, o con las tigresas en celo copulan. Búhos y lechuzas hay por estos lindes, cuando se aparean montan un jolgorio cuyos decibelios son, al unísono, las tubas y las trompetas y los tambores de todo el conversatorio. Aldaba de la entrada dio un golpetazo, sonó como si carpintero diese con el mazo, mas su crujir es pura rutina, ocurre tan frecuente que ni tan siquiera desvío una pizca la retina.

Un gozne ha chirriado, ¡cuidado!, pero centinelas de mi intelecto se deleitan con la homilía del trovador, y menosprecian el riesgo de haberse colado un atracador. Séptimo escalón tiene un parche de roble debido a un socavón, y en su rechinar sí que presté un mínimo de atención, ¡habrá sido un minino!, especulé yo, pues ha sonado con ese endeble rumor de cuando juegan con la cucaracha o la cascara de un langostino. Me faltó la astucia suspicaz, ¡vigila!, se ha internado en tu chabola un peligroso rapaz, ¡míralo!, que al ceder pomo de mi celda ya soy testigo de su olfato voraz.

Susto morrocotudo me propinó, ¡lárgate!, grité sobresaltada, o colono de aquella villa llamará a sabuesos en manada, pero aviso no le disuade, se muestra incrédulo dado donde yo señalo no se vislumbra pagano o frade. Invisible se debe a que se amaga, chafardero merodea en aquel punto que es opaco, y yo por fastidiarle he decidido mis enigmas mostrar desde este palco. De historia se ríe, la diversión le parece fabulosa, y dado insinúa el bandolero que me agrada la farsa me ordena seguir en el escenario, le gusta el desafío del pez en el acuario.

Malhechor tiene una presencia atlética que intimidaba, músculos estratificados soto la tundra de su atavío elástico empujaban con un ímpetu que consternaba. En trozo de cuanto rebasa la escápula del occipital me sobrepasaba la jirafa, y rostro es inviable describir, con una perturbadora capucha ocultaba sus rasgos esa inmunda piltrafa. Timbre de su voz agresiva me es desconocido, descarto aldeanos o peregrino esporádico que haya aparecido, y dado denota su nula pretensión por largarse vuelvo a insistir en mi versión, ¡mira!, en ese círculo cual se intuye a duras penas hay un orondo tejón, de mí se ha enamorado o soy la fantasía platónica del cerdo cebado, pero foráneo exclamó, ¡no veo fantasma ni nave espacial!, mas tampoco le importa, me concede la venia de mi propuesta por fenomenal.

Mameluco me ha malentendido, pues yo no he formulado proyecto, sino he notificado que allí, donde un impenetrable halo, teñido de hollín, impide contemplar, hay un manatí que me codicia botín, relleno de grasa me miraba cada noche, y muy probable, en aquel instante, el colega correrá presto al auxilio de una angelical doncella, pero rufián disiente de mi opinión, vaticina sarcástico que seguirá sobre el travesaño gozando del espectáculo con una botella.

"Comenzó a atarme situada en el hueco de la ventana"

Asida con ira por mis greñas, me colocó en el hueco que germina entre la jamba y el telar, dintel tengo por boina. Mochila enorme que porta cual excursionista va de acampada aterriza brusca sobre la cerámica, objeto frágil ha de ser lo sumo una pluma estilográfica, pues del trompazo se hubiera descuartizado desde el mármol a la corteza del árbol. Cremallera desliza, artilugio que no osé cotillear extrajo, y llevando mis brazos al envés noté una soga enredarse a sombrero del carpo, circundó mis muñecas en equis a todos los puntos cardinales, de ártico al atlántico, de las pampas patagónicas a las estepas siberianas, de poniente a oriente, y al culminar el severo rodeo afianzó el nudo en aquella área que es inaccesible para disolver con las falanges distales o masticar con el diente.

Secunda la vileza cuerda de notable longitud, labra su semilla por columna teniendo al olecranon por estereóbato según el orden jónico, contornea los perímetros por el epicóndilo lateral hasta juntar los codos en un morreo icónico, aprieta con saña y transcurre a continuación en caída libre por la garganta del medial, voltea tres veces y al concluir consolida su atadura descomunal. Pensé ya acabó el malandrín, ¡apenas queda un sitio disponible!, pero añadió otro hilo a la colección, ¡dónde lo vas a meter!, fue a montera del tríceps braquial, anuló bíceps que es absurdo, pues tengo escuálidos el de babor y el de estribor, mas el cordaje tuvo la presentación de ser cual a continuación les confiero el anclaje.

Mesó mi pelo con esa suavidad que me produjo un desconcierto, en pirado ha brotado su vena de peluquero y su asalto se deberá a querer peinar un moño o los rizos horrendos que popularizó un estrambótico portero, ¡no me jodas!, tanto pánico por la paranoia de un soltero. Realizó una coleta, ¡qué diantres hace!, quizá acota los rastrojos porque chiflado es un cazador de piojos, pero al verle liar un cordel en el base de la crin me asusta, rebanar mi preciosa mata me disgusta. Antónima es su meta, ¡espera!, por mayor cantidad de cordón que añadas es imposible vuele como una cometa, pero estilista no da pista, continua enroscando como el dependiente traba el lazo en paquete, fulmina las florituras en un periquete, y al propulsar descendente, con aquel menosprecio de cuando se tira de la cadena en la aseo, irguió a mi testa en su paseo. Barbilla elevó con ese plagio de la faz henchida, vista recta al frente, y al pretender agachar el mentón me percato que mi testa permanece altiva y petrificada, ¡suéltame!, supliqué, que ya es bastante tenerme atada.

Cetáceo del pleistoceno me transmite un miedo suspicaz, de no acudir en mi socorro el puerco es capaz. Deducción se debe a la carencia de un chillido, ahuyentaría la hiena cualquier tipo de humano sonido, me sirve un silbido o un pitido, pero la demora en mi ayuda aumenta y ni un eco se ha producido. Es probable sospese es simulado y el varón tomase por ligue conquistado, y por disipar cualquier duda o malinterpretación emití fulgurante un alarido, ¡llama al gendarme!, mas en cuanto lapso dura un aplauso procedió con la mordaza a mi desarme.

Bola en la cavidad bucal quiere introducir, me niego rotundo y esquivo su conato en la zozobra de mi calabaza, zarandeo como aquel guerrero heroico que, de regreso a la aldea, le deleita con elogios un galán poeta, da testimonio de inocentes mancebos enroscarse a sus perneras, pero a la rima neófita ya varía el rapsoda, se decanta a favor del fauno, ¡por qué tal viraje!, poderío del rey es superior al de un triste paje. Llamarme con tal desaire es un ultraje, pero al convocar juez las partes enfrentadas emite un veredicto sin recurso, sentencia ganador al gladiador, dado globo de látex cuyo diámetro es análogo al balón de golf ha metido en el cuenco de la cavidad bucal, ubica atrás de aquellas almenas en la muralla de incisivos y caninos, cinchas traslada por los pómulos contrarios, y hebilla constriñe donde me hincha los ovarios, ¡digo por supuesto metafórico!, el abrochar tras la nuca es un acto retórico.

Del artífice villano me quise desprender, empujé con ese énfasis soberano que rememora el brío del antológico secutor, alenté la mandíbula con aquellas contracciones de la coneja en el parto, mas arrojos inocuos por la ventura de mi éxito fueron estériles, triunfo le corresponde al delincuente, y a mí tan sólo me quedar apelar su bondad clemente. En murmullos que emití modulé con un aire de sollozo, dado el chisme me prohíbe emplear la riqueza del abecedario, me limita a las emes y las efes y alguna ges, haches qué pintan si son mudas, del fabuloso vocabulario. Por vocales me acreditas las aes y las oes, la í latina es un pase especial para momentos reservados, y con este elenco el coro se ha conformado.

Pendía, de cual cachivache censuraba mi jerga, un fino tubo que se extendía desde el cogollo en mis fauces hasta la incisura yugular, y que en su apéndice final estaba provisto de un cacharro en forma de pera, sirve para tal martirio que a la mártir desespera. Consiste en bombear por insuflar fuelle, y el chirimbolo que me amordaza se dilata al extremo de copar todo el muelle. Goletas y polacras y corbetas se quejan, a su atraque en boya no dejan, y mediante un berrido donde articulo mayoría de consonantes en rosario caótico ruego me libere del tormento, pues temo sea un psicópata asesino, y yo por mi juventud aún no he redactado testamento.

De mi capricho se desentiende, y su respuesta es un edicto lacónico, ¡obedece!, ley es quedarme quieta en la peana sin tramar tonterías, mientras ruin por la madriguera se desenvuelve. Cajones del tocador dilapida mis pertenencias, es sólo ropa y al cobijo fútil de los calcetines haya unas joyas, abalorios falsificados de la misma índole hay en las alacenas y algunas ollas. Tras la enciclopedia descubre la hucha, son los ahorros para cuyas vacaciones tramaba en oasis caribeño, mas en su saqueo habré de sustituir por un recreo en el parque y la ducha. Vestidos del armario derriba por las baldosas en un desorden que su reparo será un esfuerzo titánico, y al revisar la maleta que mantengo a buen recaudo entro un pánico, ¡deja eso!, sólo son instrumentos que a la priora vuelve ramera y al clérigo le delata su donaire lunático.

Sonriente me pregunta el macaco por su tenencia, se refiere a cual vibrador sostiene con absoluta indecencia, pero a la cuestión de su interrogatorio decliné responder, que a ese orangután cualquier rebate le puede ofender. Fundió entonces su pectoral al valle de mis romboides, aproximó sus labios a mi trapecio, y un gemido exclamé cuando el ápice de su lengua relamió región de mi pescuezo, partió del espigón de mis lóbulos y tomo rumbo a cuyo océano bautizó, un científico con demasiado humor, con el apodo de esternocleidomastoideo, ¡válgame qué injuria!, debería condenarlo a la hoguera la médica curia. Simplifique usted, mi estimada seguidora y adorado, dícese cató por el cuello, pasó por el tiroides y el músculo escaleno, se arriesgó por la comarca de la arteria escapular, y en el distrito del triángulo de la carótida encontró en mí una debilidad, me retorcía de placer y con el jeroglífico amordazada le suplicaba piedad.

"Empezó a follarme atada empotrada en el espacio de la ventana"

Aquel suburbio mordisqueó y chupeteó, y absorbía con mayor ahínco a medida que se incrementaban la rabia excitada de mis jadeos, son tan grandes los escalofríos que percibo un insólito mareo. Agárrame fuerte, que de tropezar al precipicio puedo encontrar a ras la muerte, y debió de ser por siamesa intuición que posó sus garras en mis pechos desnudos, yemas me pellizcan los pezones con unos retortijones algo rudos, ¡suaviza, machote!, que tus dactilares son como las pinzas de un novato con su incipiente bigote, pero los lamidos se reproducían con tanta celeridad que soy incapaz de aseverar si aflojó o retorció, dado mis bramidos estallaron a cuyo volumen es exclusivo de la mejor soprano, diferencias entre ellas y yo es que divas se rigen por la partitura del compositor ilustre, y sierva que soy me circunscribo a la diablura del marrano.

Paréntesis dura el efímero descenso del índice y anular y su séquito, traspasan el ombligo y en el prado rasurado del pubis buscan obtener su mérito, ¡salir de inmediato!, es un lago reservado para el cisne, váyase a otro municipio si ansia ciénaga el pato. Ánade arguye viene por devoción religiosa, le han hablado en el convento de una lámpara milagrosa, si se saca brillo a su vértice puntiagudo surge un genio, ¡lo sé!, asentí, habita en su cripta desde el nacimiento, sea décadas o un milenio, pero camarada si se aburre vaya a pelarse el ciprés, que aquí hay un letrero con epitafio explícito, se lee tanto al envés como al revés.

Burro quiere imitar la proeza del semental, y rechazo le sienta fatal, pero decidido en perpetrar su hazaña acomete que el sabio da un consejo a la prisionera, ¡hazlo feliz!, es la única posibilidad de sobrevivir al desliz. Imité abertura que es mínima, le permito ojear el tesoro desde el césped, posada fuera de servicio no atiende dentro ningún huésped. Frotó con ese fervor masculino de cuyo rucio encera su coche, acicaló que es un derroche, mas tengo por agobio que mi simulacro va directo a ser un fiasco, pues notó robustez en las nalgas, los latidos nobles garabatean en el sismógrafo que viene un terremoto celestial, cuádriceps fosiliza su fibra, pulmones exhalan bufidos como búfalos adultos, y la porción de la guindilla se embriaga de un licor que destapa los demonios ocultos.

Pazguato se aferra en tal unión que no encuentro el modo de relajación, y por escapatoria acudo a los indultos. Árbitro ruego detenga el duelo, me tiene atrapada en el cuadrilátero contra las cuerdas, ¡fíjese!, he extraído frase que sería parábola en el diccionario de las lerdas. Su aliento es como un vapor dulce que me hipnotiza, sus sílabas soeces son la fusta que me atiza, síntomas tengo de la paliza, y en un vocablo mi angustia lo actualiza. Voquible es venerado, hallará en el olimpo de la alegría y el gozo, se produce con la gloria del retozo, ¡orgasmo es!, para el decano y el mozo.

Canción que se alaba es famosa, benévola admitiré fue un clímax real, fracasé a cual fingimiento quise mantenerme leal. Estallido fue mayúsculo, y un hilo de baba comenzó a resbalar por la comisura labial en las réplicas postreras. Habría desecado la riada supongo si, con ese júbilo, se hubiese marchado, pero para su certeza me sobra el arranque de la línea con el condicional, y la causa de suprimir el acento afirmativo es que gorila se despojó de su armadura, desde las botas a la coraza, apuntó rábano a cuyo pico compone la geometría piramidal entre la cresta ilíaca y talón que se distancia huraño de su hermano, ¡por qué tanta abertura!, exponen que lo ha dictado el casquivano.

Prisionera inclina, y la estalactita espumosa es ya una masa homogénea que se alarga desde el apéndice xifoides a la colina. Mísil apremia, y cual si fuera su cueva un estadio de patinaje resbala hasta el abismo. Toque al fondo produce un cataclismo, y el escepticismo inicial por si se iba a dar la ostia padre se ha traducido en un inaudito magnetismo. Bailan la pareja que apabullan en el concurso, arremete con el garrote cuanto le otorga su curso, ¡óigame!, alcanza aquellas cotas de la mina que se mantenían en el mayor de los enigmas, hallar rubíes y zafiros en sus vetas son los primordiales paradigmas.

Acordes de la inauguración son explosivos, matraca con ese empeño que centrifuga a la cortesana como si fuese un tiovivo, va a todos costados y adelante y atrás, y para evitar su vaivén ha de sujetar el embalaje por la compleja maraña, tal cual si fuese un fardo, y estabilizados sus bandazos prosigue en darle caña. Variación es un ritmo tenue, ya ha calentado el horno al crear un hervidero de llamas, y temperatura que registra alcanza la jerarquía de cual bronce se funde en las damas. De leñador es un objetivo, y al fogón derrama leños y piñas y viruta, en su calumnia vulgar comenta su deseo de volverme muy puta, ¡grosero!, protesté en un fuerte murmullo, pero el perfume amoroso que desprendo le enloquece, y tras el insulto da un azote en mi pandero.

Cabellera mía que pende cual pilastra se revuelve el tramo ridículo que me otorga el lumbar, que tan apretados sólo dispongo de la tosca torsión para una borrosa revisión, mas apoderada por el embrujo de una excitación que me sorprende vuelvo a otear la llanura, hay duendes y náyades que libidinosos se chivan del ardor en mis tersos senos, ¡mirar!, grita la hada lasciva, ¡se sonrojan sus mejillas! con ese rubor que ya acontecía en las trogloditas primitivas. Dríada chismorrea de mis caderas sensuales, ¡guarra tiene curvas atractivas!, mas digo yo que ya es suficiente de tanta palabrota, ¡decirme piropos!, que el arte del escarnio sólo lo apruebo en la gaditana chirigota.

Circunstancias que son azar o prospera por la empatía, varía el flagelo por mis glúteos a un tierno masaje, sus palmas calientes soban donde mi serrato mayor, palpan por omóplatos, y alzando el vuelo cual mariposa migratoria se estancan en los aeropuertos del ilion, hinca sus zarpas y con su rígido salchichón crea el oasis dorado, sonata que se oye soy yo quien la tararea con el altavoz amordazado. Acomete esbelto en cuya cadencia mantiene inflexible el control, son constantes sus embates, y cuando le incito para su descarga procede con unos ingeniosos regates, ¡muchacho!, de tanto deporte estoy sudando, y tu desagüe sigo esperando.

Réplica suyo es un meneo que me desquicia, y frialdad con la que se comporta me pronostica va para largo, pues sigue su pepino clavado en la grieta, hay momentos donde aprieta con aquella energía que mañana me salto la dieta, pues con tanto brincos es como recorrer sesenta kilómetros por el tartán del atletismo, y las treguas que aparecen son un engaño maléfico de su sadismo, dado en ese margen que parece compasivo también me retuerzo que ya no lo aguanto, desfallecer sería un espanto.

Aullidos míos denotan el frenesí, y en un espejismo de lucidez oteé la niebla tétrica por si percibía en su velo al paquidermo, escoria repugnante ha de regocijarse con el teatro, pero mi cordura nublada pronto decayó las pestañas, cerré las persianas con gemela congoja de quien repudia por su fobia a las arañas. Causa sé, mas me impresiona la dificultad en saber describir, pues forma parte de aquel itinerario que nos conduce a cuyo éxtasis, hombres y mujeres, sabemos parir.

Prefacio es este acto, añadiré puntillosa que su pértiga tiesa machacaba todo el habitáculo como si aporreara el ajo con el mortero, ¡jurado está pasmado!, nunca han visto tanta pasión en un cocinero. Dígamelo a mí, perfora que ya le gustaría broca de tal calibre a rico tejano por hallar petróleo, y pregunta magnate si nos puede contratar, ¡ni lo piense!, confórmese con aquel artista que le pinta su obra al óleo. Sima es sólo nuestra, mas ¡espere un instante!, ¡qué coño digo!, si el zoquete es un anónimo que me ha asaltado a su libre albedrío, y con sus liosas ligaduras ha conseguido sea su cautiva, pero ¡aquí estoy!, en un recital cuyo tarareo es aquel monótono con tildes exageradas, apóstrofos parcos y alguna diéresis, ¡de dónde salen repentinas!, la cercanía de otro orgasmo es mi hipótesis.

La ráfaga inquisitoria de sus embates desordenó ya todo pensamiento, ¡habría de huir o implorar!, a quien riendas lleva es culpable de que yo no me ponga atributo, ni me incluya en ningún grupo. No obstante, persisto en reorganizar, ¡haz una pausa!, clamé en mi dialecto, ¡he de presentar mi alegato!, pero al interceder ese preciso comentario hostigó con la enajenación de un león o el fanatismo de un jabato. Odas son casi un llanto, que noto en la sima aquellos pinchazos que da el vaquero con sus espuelas, y por una inusitada mezcla de miedo y tensión apretujo las muelas. Silencio pide la puritana, alerta que vienen forajidos que quieren mancillar su moralidad samaritana, ¡y una mierda!, hasta la monja y la recatada han follado en la charca como el sapo y la rana.

Córnea se halla fuera de órbita, apunto trayectoria a los cerros por si distingo espectro del becerro, y sólo veo cascabel del cencerro, se cayó ayer cuando a morlaco le di zanahoria y puerro. Lágrimas me brotan, ¡qué me ocurre!, que el culo se torna pétreo, zancas tiemblan, calambres me asolan por todo mi condado carnal, y al rendirme demuestro soy un ente terrenal. Destrozo del capitular es un trastorno que me atrapa moribunda, y al querer escapar me veo eclipsada por un vicio pecaminoso que me inunda, que me encanta y me satisface, todo un hito que es contradictorio, clamo un aura extasiada y una balada pletórica, ¡cuál de las dos escojo!, me quedo tanto con el castaño como el pelirrojo.

Faltaba la traca apoteósica, aquel bombardeo en que me olvido de cual chiste quería contar, pues el guion exige otra pauta, algún fenómeno ocurre en la flauta, dado su calabacín late que va a reventar. General ordena evacuar el hangar, proyectiles van a llover en tal tromba que el pantanal va a anegar. Se fugan en estampida, y unos pegotes espesos de una gelatina lechosa eyacula a trompicones, ¡pedazo de idiotas!, se lanzan en parapente sin alas y contra el mosaico se estampan los berzotas. Cadáveres de renacuajos hay a millones, alguno por la propulsión esperpéntica ha llegado al junquillo, para bazofia en la cremona ha debido de ejecutar temeraria cabriola el chiquillo, y aquellos regazados que pisotean perezosos cuanto les resta por salir del silo ¡escúrrelos tú mismo!, y disécalos en el bolsillo.

Peripecia ataja al volverme a colocar enhiesta, y de no ser por la mordaza habría derretido una risa al pensar en el hipopótamo que apesta. Debe de haber observado con mucho detenimiento, se habrá divertido sin ningún tipo de arrepentimiento, y durante el cronómetro sucesivo permanezco absorta en si puedo al menos intuir su paradero, sé que sigue gorrino en el matadero. Reviso exhaustiva cada pulgada, pero interrumpe el cacheo una cuerda por casco del calcáneo, enrolla que incrusta ambos tobillos, y ata por su periferia con la misma ilusión que en el orfeón de la iglesia ponen los monaguillos.

Bramido mío es de hartazgo, me ha violado y robado, pero el vándalo hace alarde de sus dotes de liderazgo, y me ordena callar con modales bruscos que debió ensayar ya en el parvulario, rebelde va a ser mucho peor el calvario. Bravata expresa con esa violencia que acojona, y puesta firme en el escaparate mantengo estoica la postura, mientras macarra elabora por mis patas una sofisticada sutura. Sastre zurce con silgas independientes que constriñe en maléolos, reitera al centro del peroné, ciñe por el sóleo y a sayas de la rótula, ¡dime, truhan!, si en la escuela del ejército o comisarías te instruyes, y a rehén para vuestra bacanal colocas en el diván, pues su desenvoltura no es la de un bisoño patán.

Amarres continúa a ras del femoral, enreda por el ámbito del grácil, escala a la buhardilla del vasto y el crural, y al lacrar el lazo a falda de la sínfisis púbica noto que las zancas de entre sí ni una migaja puedo despegar. Evaluación le doy un diez, pero el concepto era imposible de entender, ¡treta ya ha consumado!, yo debería lograr mi rescate con alguna artimaña y zoquete tendría que haberse fugado. Retraso en el desenlace me confunde, pero justo en la búsqueda de una plausible explicación realiza un movimiento que demuestra ser un verdugo tarado, ya que el panolis toma maroma que tensa como marinero aplica en el obenque o la driza del foque en el velero, ¡desde dónde, dirá vos!, de la tibia a cuya saliente del cemento, por la zona de la talavera, vigila la llegada matutina del cartero.

"Me suspendió atada boca abajo para tortura de cosquillas"

De cual mecanismo hablo ha de saber que, en estas casas antiguas, había un férreo soporte, sito donde las catedrales vanidosas ostentan su óculo, y cuya función asignada trataba de subir víveres y catres y muebles pesados, he dicho de ejemplo por abreviar la multitud de bártulos alzados. Vigor es majestuoso ante el envite de quilates o tonelada, y en tal estructura en caída libre pretende el chimpancé tenerme enarbolada. Rehusé convencida, ¡agradezco invitación al anfitrión!, pero de engullir semejante banquete se me va a cortar la digestión.

Capullo refuta por ser el capitán, y al pretenderme ponerme en su regazo a brazos, tal cual prometido entra a la novia en el cuarto por colofón de su boda, declaré una guerra en defensa propia con aquella brutalidad que me da absolutamente igual un corte o fractura o moratón, pero rea de los cordajes sólo puedo gimotear el pavor por la barbarie que quiere cometer el matón. Supera obstáculo de los flancos, apunta mi coronilla al magma del cráter, e inmersos de un coro de graznidos estrafalarios cuyo idioma rememora al sumerio muerto o sánscrito, quedé colgada como un péndulo por el antojo degenerado de ese ogro paleolítico.

Estupefacta, me invadió una tremebunda impresión que colapsó todas mis emociones, pues a cuya altura estaba situada correspondería, ¡hágase vos una idea!, a la copa de un pino, ¡corre!, por si me estampo contra el pavimento pídele un cojín al rinoceronte o al campesino.

Energúmeno se divierte, a nadie le va a pedir almohada o algodón, que ya dispone en su petate de las queridas herramientas, ¡qué mal suena!, urge que alguien me diga cómo a este gusano se ahuyenta. Si por consejo precisan de mayor información, les indico roza erótico, con no sé qué trasto, por el cuboides y el metatarsiano, ¡ay, su madre!, son aquellas cosquillas tormentosas que sólo resisten los luchadores espartanos. Su fastidio me recorre las entrañas, y me convulsiono en una romería de espasmos atroces que alegran miserables y tramposos de tal calaña. Apariencia mía es cual anguila pescada cuelga de su anzuelo, me agito como el ciervo electrocutado para quien no hay cura ni consuelo, pero cretino continúa por el cuneiforme y el navicular, friega los lumbricales y los huesos sesamoideos, ¡dichosos científicos!, ¡apellido poned a los fideos!

Friccionó por toda la superficie plantar, de la aponeurosis a la fascia medial, por las ramas cutáneas, las vainas fibrosas y en los recovecos donde se acumulan, tras arduas caminatas, esos pasteles de mugres escabrosas, ¡qué asco!, mas ahora su cosquilleo me ametralla con tal lujuria que en el conocimiento me atasco. Carcajadas suenan terriblemente a los lamentos de esclavos encerrados en los mausoleos de sus amos, y de mi fuerza son exiguos los gramos. Por tan enclenque siento he perdido el timón de toda mi musculatura, las ganas de mear casi no puedo contener, y notario que certifica el desfallecer ya tiene bolígrafo para dibujar su signatura.

Extenuada y agotada, entro en un limbo del que sólo soy consciente en existencia por cuyas vibraciones capta mi tímpano, emiten la laringe del fulano. Mordaza me quita, ¡qué ha pasado!, levitaba como una morcilla y de repente estoy sentada en una silla. Butaca reconozco, es a proa de mi escritorio, mas este lapso amnésico es la señal que me he desvanecido, presagio había percibido. Ataduras se mantienen intactas, ¡ojalá sean bomberos!, salvamento suyo es el único agradable, pero quien se yergue a mi proa es el palurdo intratable.

Pacto me ofrece, me deja libre si soy obediente, y al confirmar entrego mi alma si es preciso me comunica la factura penitente. Aligero que ya termino, en cuadras me desató, pero en jaula del tocino me enclaustró. De candado tengo la ganzúa, salvo la trampa es haber situado dentro de cuyo minúsculo sarcófago habré de romper con mis tacaños recursos, hacerlo aprisa y bien puntúa. Marchó, y sin demora me lie a tortazos con el cajón, arreé con ladrillos y un adobe que, al astillarse, hizo arista de punzón. Logré al cabo de múltiples intentos, ¡disculpe sea imprecisa!, pero en establos no hay carrillón.

Por supuesto, mi último parágrafo querrá usted saber del ballenato, vi cuando el astro febo despuntó su bostezo entrañable y grato. Ovación escenificó con aquel rito de adoración, ¡jódete!, susurré en voz dócil, mas quiero en la despedida que mi leyente entiende el significado del agravio, orco se pudre en su perpetua soledad, y yo, ¡quién sabe!, dispongo en mi biografía de cuya épica quizá explique con aquellos cariñosos sinónimos que no se entiende, ¡no se preocupe!, tampoco voy a dedicar garabatos en explicar, que de ningún homínido espero caridad.

 

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