Estoy acostumbrada a ver la gente escandalizada, o espantada, o enojarse herida en su alma, por mis ideas y mis palabras. Estoy inmunizada contra sus miradas rencorosas, sus críticas a traición, y sus rencores perennes que ni el devenir del tiempo marchita, mas quizá usted sentirá curiosidad por cuyas voces mías son la semilla de tanto odio.

Todavía está a tiempo de cambiar su ansia exploradora, y en sabia elección prefiera acertado cambiar de relato, que por fantasear aventuras tiene otros textos literatos mitos del erotismo dentro de mis obras, pero si a pesar de mi advertencia desea continuar con su lectura, recuerde proteger de armadura su frágil sensibilidad, y asuma toda responsabilidad.

No se crea tampoco va a descubrir nuevas tierras. Simplemente, aborrezco la hipocresía, y digo a viva voz, por ejemplo, cuán imbécil es la gente. Debe de haber algún fallo genético, alguna anomalía en la evolución que nos devuelve a las cavernas, o es el resultado de un error en la ciencia, quien atribuye a nuestra especie el ser sapiens, y vaya a saber si fue a la inversa, que los neandertales exterminaron a bastonazos todo rival, pues no hay lógica racional en la imbecilidad y estupidez infinita de la humanidad.

De pruebas las tiene usted escritas, gráficas, visuales y en persona, en la calle, en su vecino, en su finca, y por qué no, tal vez usted mismo o misma, que bien le he advertido, en mis mejores intenciones, del riesgo de mis opiniones. Por tal abrumadora e ingente cantidad, comprenderá no voy a enumerar, pues del listado es muy fácil de empezar e imposible de terminar.

Intento vivir lejos de tanto primate, en una población rural cuyas casas distan entre sí el espacio de extensas praderas y sembrados. Son moradas antiguas, herencias históricas de otro ritmo de vida en siglos pasados, apenas veinte y todas de cuyas paredes de recias piedras alcanza el medio metro de grosor, dotadas de una magia y un encanto insuperable. En dimensiones, bien podrían ser un palacio, pues sepan en aquellas épocas no había carreteras, y estas fincas gozan de sus establos, sus corrales, sus despensas y sus sótanos, con las tierras circundantes donde se siembra maíz, hortalizas o cereales, y en el límite de los campos se yerguen hileras de almendros, olivares, higueras y nogales, no mezclados pero sí en vecindario.

"Recuerde me odia la gente por mis ideas y mi sinceridad"

Describir mi precioso hogar conlleva una ardua tarea de hojas y párrafos que no pienso esforzarme, aunque tampoco quiero ser grosera con todo aquel temerario y temeraria que ha osado continuar leyendo estos vocablos, y diré es un templo cual multitudes de hordas miserables ya les gustaría habitar los muy desgraciados. Pueden dar gracias estas tropas malnacidas con verla a distancia desde cuyos caminos de tierra conducen a huertos y a ciudades, pues es paraje solitario, bucólico de pasear y contemplar.

Cruzar conversación ni pensar la ocurrencia, que valga a saber mayúscula estupidez dirán de política, cuyos personajes sólo son la primitiva copia de sus predecesores dictadores y sanguinarios, salvo en fechas presentes han perfeccionado su lenguaje y su discurso para contentar a masas con lo que éstas quieren escuchar. En su origen usaban lanzas para atravesar rebeldes y herejes, y ahora televisión y periodismo son sus armas letales para evitar en tal destreza su rebelión, y a la historia reciente de hechos acontecidos me remito, si desean documentar una sociedad idiota, sumisa y obediente.

No diga adjetivo de víctima la gente, dado no son de tal condición, pues éstos les dicen aplaudir y se comportan como focas amaestradas en un patético espectáculo torturador y criminal. Les ordenan vestir o cubrirse rostro o faz con un estúpido artilugio, y cumplen de tal rigor que ¡ahí los pobres que no cumplan!, pues el gentío domesticado los señalan o los persiguen, con peor saña que la cuerpos policiales de represión y de sanción.

A pesar de todos estos síntomas espantosos, créanme mis queridos y queridas lectores y lectoras del mañana, si digo la multitud es feliz, muy feliz, en la ruina, en la tragedia, en la destrucción, el hambre, la miseria, la pobreza, en la masacre, en el exterminio, en el genocidio, y el futuro devastado. Créanme, pues les escucho reír, o mejor dicho, partirse el culo de risa, celebrar fiestas, disfrutar de tomar el sol, cervezas en terrazas, compras en manos abrasadas por su gel estéril, y despreocupados de su fútil destino conducidos cual rebaño.

La cultura es otro bien empobrecido, fracasado, mas no se crean se vive en congoja, sino todo al contrario, pues la sociedad se pavonea de ser analfabeta, y no satisfechas todavía deben de participar en programas televisivos donde toda la nación se ríe con esos mentecatos y mentecatas, ignorantes de no saber si una ciudad escribe su inicial con b o con v, o erran cuya respuesta es sólo el color negro, y no conocen escritores, ni historia, ni la más mínima enseñanza básica. Llévese escándalo a sus almas, tremendo cuando sepa no se avergüenzan, que las multas en espacio público son por ir desnuda, y no por ser estúpida.

De las fiestas populares en nuestro país es otro saco, en cuyas tradiciones salvajes, irracionales o prehistóricas, no entiendo cómo la gente encuentra diversión. Variopinto es este inaudito museo, con lugares donde atraviesan y punzan a toros con lanzas, o les prenden fuegos en los cuernos, o corren borrachos y dormidos delante toros, o se arrojan tomates en toda la jeta, o se aplastan entre lágrimas y gritos a tocar una estatua, o estalla la alocada algarabía de millones de petardos cuya mecha prenden trogloditas, y no digamos del invierno, donde un gordo barbudo vuela con renos por la noche, y si esto no le resulta deleznable compite en mayor irrisorio tres camellos entre rascacielos y selvas urbanas por repartir regalos mundanos. Digo yo que ya puestos, por qué no en tortuga o en pingüino, mas no quiero dar ideas, que estas hechos de la primitiva genética humana son sólo un ejemplo, y de criticarlos ni se le ocurra, que en su defensa están políticos, sus serviles periodistas y millones de un pueblo cuya reliquia de saber leer y escribir no está en las habilidades de todos ellos y ellas.

Del caótico físico también debería de hacer mención. Cuido nuestro templo con mimo y esmero, sin ninguna duda vista soy chica cuya figura atractiva. Tengo báscula en la cocina por pesar mi comida, y en mi saber nutricionista sumo calorías, a cuyas cifras límites digo basta de comer. Prefiero los productos de mi tierra, de mis establos, de mis frutales, pues éstos no están infectados con químicos, edulcorantes, aromatizantes, sulfitos, conservantes y mil venenos de la ciencia.

El resultado es mi belleza, que alcanzado el joven cuarto de siglo estoy espléndida, preciosa, exuberante. Dirá usted no soy muy humilde a la vista de esta frase, y responderé yo que la humildad se la regalo a fracasados, cobardes y perdedores. Luzco mi largo cabello rubio a cuya longitud, rebasada descendente sus puntas la mitad de mi espalda, acentúa mi bello rostro. Duermo plácida todas las noches pues no quiero rajas de ojeras sitiando mis bonitos ojos azules de mirada cándida, y cada día, al amanecer, desnuda en verano y con la mínima ropa en invierno, me peso sólo alzarme del mullido colchón, por comprobar alegre estoy en cifra sana o preocuparme si los dígitos suman gramos en cuantía.

Gracias a este rigor, soy predilecta para miles de varones, y por supuesto de doncellas también, unas por envidia y otras en seducción. Dispongo de conquistas cuanto me antoja, en sexo si me apetece y echo de puertas afuera ya servida, y por confesar tal conducta deducirá muy sabiamente viva sola y orgullosa, pues no quiero compartir alcoba cada noche con un inútil a quien explicar cuáles palabras empiezan por hache, o quién fue el mayor genio de la música clásica, y mucho menos si exclamara la burrada del siglo a viva voz en un restaurante, o entre amigos, o en una conferencia o entre plebe arremolinada en la playa, que de vergüenza ajena presto marcho por decir no conozco a semejante atrasado.

Tragedia debe de ser compartir con cuya pareja se ceba de manjares, de aquel príncipe encantador transformado en un cerdo devorador, que por vago ha calcado ya la curva de su culo en mullidos cojines de butacas, y no se trata de apatía o duración, válgame patética tontería, sino de tener menos cerebro que un mosquito, que el muy maldito dice ya estoy casado y tengo novia, mas de dónde ha sacado aquel pretencioso subnormal, poder ser distinto a quien fue. Se acepta si es el devenir de la existencia, pero refiero en mi edad a varón que puede gozar de músculos, fuerte, rápido, astuto y ágil, educado, listo, ambicioso y soñador, todo inservible bajo kilos de pereza y grasa.

Tal descripción me recuerda a mi vecino, y por vecindad no significa a cuanto dista entre fachadas de las inmundas ciudades. La efigie de su hogar se erige donde terminan hectáreas de cereales, donde el sol no se alza jamás al alba, y tampoco se acuesta ni en las tórridas noches de verano ni en los helados azabaches del invierno. Queda ligeramente elevada con respecto a mi tejado, pues justo echa cimientos cuando su camino de tierra, independiente de mi guía senda, toma pendiente por seguir montañas arriba hasta perderse entre bosques del que sale un torrente, hondo diez metros decían los ancianos, tres metros de ancho, y revestido de zarzales y matorrales espinosos que la naturaleza ha edificado infranqueable.

Sin puente ni forma de cruzar, es una barrera estupenda entre ambas fincas para ignorar visitas de aquel horrendo mamut. Sepan de aquel personaje exhibe tal descomunal peso que en subirse a básculas de camiones las debe de aplastar, y si este símil no les complace, sustituyo siguiente es una oronda bola de demolición. No entiendo cómo no ha derrumbado todavía las vigas de su vetusta casa, quizá reforzadas de acero o titanio o alguna aleación superior que ruego disculpen no precise, ya que en su casa no entro y en minerales no soy experta.

Mantener esa ingente cantidad de grasa debe de costar horas de engullir como patos, zampar con la boca abierta como ballenas, y ser holgazán de sofá con su mando a distancia frente cuyo televisor lo vuelve cada día más voluminoso y deforme, salvo aquellas horas nocturnas tras el marco de su ventana.

"Aquel mamut bola de sebo me espiaba desnuda desde su ventana"

No se extrañe de tal comentario, pues muy bien sé lo que me digo, ya que tal desgraciado, amparado por la fornida oscuridad de las lóbregas noches, se asoma camuflado para enfocar a mi íntima alcoba con la ayuda de sus binoculares. Confieso yo no cierro cortinas, cristales abiertos en estíos, y en la rutina y cotidianidad de todos los hogares, suya muy probable también, ando desnuda de mi bañera a mi armario, o duermo plácida sobre mi nido sin cubrir pechos o nalgas con sábana o prenda ninguna.

Una noche de luna llena soplaba un viento fresco, hincando su helor bajo mis costillas, y justo al erguirme por tomar camiseta aprecié una extraña silueta muy lejana, calcada en el intenso negro de la ventana vecinal. Aprenda usted, si acaso su vida urbana le esconde tal lección, que nuestro satélite es un espléndido fanal mientras el astro febo arrecia sus rayos contra el desierto de sus cráteres. No alumbra por vislumbrar cejas, pero sí ilumina por lograr ver siluetas o figuras, y allí lo vi, de pie, con un insólito artilugio en sus manos alzadas ante sus ojos y que por deducción señalé son prismáticos.

Pasé la mirada rápida, fugaz, un segundo, dos segundos, y en mi extrañeza clavé mis pupilas atentas, fijas, durante dos largos minutos en los cuales no se amedrentó ni disimuló. Desconozco si el muy seboso sintió el miedo de ser descubierto, pero se mantuvo inmóvil, insistente, travieso, y yo, en despejar duda, alcé el puño diestro, emergí el dedo anular, saqué la lengua burlesca, y en mi gesto despectivo cerré luz y bisagras.

Quedó grabado en mi memoria aquel atroz recuerdo, y durante las dos semanas siguientes no abrí cortina ni portillo. Se respiraba en mi habitación una atmósfera tropical e irascible por conciliar el sueño, acostada a derecha e izquierda y vuelta otra vez como si fuese tortilla en una sartén, impactada todavía al saber que aquel ser amorfo me espiaba en su cómplice oscuridad mientras paseaba desnuda o en bragas o con mis conquistas invitadas a casa.

Decidí afrontar el acontecimiento tomando al toro por los cuernos, y me dije a mí misma que si aquel saco de sebo quiere espiar, ¡que se masturbe muy a gusto el maldito hijo de puta! Al fin y al cabo, cuyo torrente marca el perímetro de los dos municipios no lo rebasa, salvo rodando y huesos destrozados, trayecto al hospital. Su camino de salida no confluye con mi vivienda, partiendo él siempre rumbo al norte y mis senderos hacia el este, y retomé con coraje mi rutina, dormir desnuda, ventanal abierto y cortinas corridas, que es mi lar y visto o me desvisto como quiero y cuando quiero.

Fíjese que, desde aquel entonces, el rígido y silencioso halo nocturno pareció adaptarse a esa frialdad en mi espíritu, y mis ojos, antes de acostarse, desviaban el reojo atraídos por el misterio de saber si cada noche, a la misma hora, aquel monstruo que debía engullirse las focas a pares, observaba desde su paisaje. Sin luna llena, la oscuridad se hacía impenetrable desde mi bando, aunque yo estaba segura que tras esa sombra imperturbable del planeta me miraba a través de la lente el muy cabrón. Desconozco si tal tecnología daba por alcanzar mi rostro, pero varias días obsequié con una mofa de sacar la lengua burlesca, e incluso con osadía provocadora hubo un anochecer donde exhibí mis pechos desnudos saliendo del alféizar, sobados por cuyo céfiro fresco erizó mis pezones desvergonzados. Sonreí, y con una sonrisa pícara me acosté sobre la cama, acelerada por cuya subida de adrenalina no me permitió dormir hasta rebasar las saetas las tres de la madrugada.

En la luna llena siguiente, avanzado los horóscopos en su próximo atardecer, me atreví a mirar de frente a su lumbrera, y efectivamente, encuadrado en el fondo negro de su ventana se apreciaba la figura de una grasienta morsa. Su volumen no debía de permitirle asomarse, o a lo sumo el gaznate, pues no fuera a quedar varado como cetáceo en la orilla. Frente sus ojos se apreciaban sujetar unos prismáticos, y ahora sí tuvo la certeza de saberse descubierto. Lo confirmo tajante pues, juguetona y malvada, me liberé de mi camiseta por encima de la cabeza, confesando a su espionaje mi sexy lencería de tono púrpura y encaje. Señalé con la yema del dedo índice bajo mi párpado, estuviera atento aquel sujeto y no perder detalle, que no hubo pausa en desabrochar los corchetes de mi sujetador, y con una elegancia que es festín de todo caballero arrojé indumentaria al suelo.

Encaré mis firmes pechos desnudos anverso a su ventana mientras con ambas manos desabroché el botón de mis cortos shorts, los cuales por su propio peso y cumpliendo con la ley de la gravedad cayeron hasta la línea de mis tobillos. Fue levantar la planta de los pies levemente para desprenderme de toda pieza, y el mismo recorrido sin demora efectúo mi tanga a conjunto.

Cual maniquí expuesto en escaparate, permití al muy guarro poder disfrutar de otro paraje, tan bello como el que nos rodea, y a fin de facilitar su tarea levanté mis brazos muy arriba, apoyadas las palmas abiertas a cada extremo del superior travesaño.

- "Disfruta, gordo asqueroso" - mascullé en mi íntimo ambiente.

No alcé la voz suficiente por hacerme oír, pero quizá enfocaba mi faz y pudo leer mis labios, aunque a decir verdad me importaba una mierda si me escuchó o no, pues no fue mi desnudez un hecho provocativo, sino burla a su obesidad y su descaro.

Con mis manos comencé a esbozar un baile sensual, dando el papel principal a mis pechos exultantes, en coro mi cintura esculpida, danza tribal de mis nalgas y mi pelvis al unísono, al tiempo que mi coreografía manual pintaba una deformidad oronda, obesa, grasienta, sebosa, señalando al saco patatas con el dedo índice de mi diestra.

Disfruté en cada gesto. Saboreé las mieles de la victoria. En tal apabullante derrota, aquel ogro no quedaría con mayor ánimo que sentirse una miserable foca desgraciada. Sin embargo, absorta en tal jolgorio, no me percaté que una figura encapuchada había entrado en mi casa, camuflado con su vestimenta negra de pies a cabeza. Subió sigiloso los escalones, cedió el pomo de la puerta, y desde mi espalda contempló anonadado el ardiente espectáculo de la cual yo era su única protagonista.

"Me sobresaltó la presencia de un extraño en medio de mi provocación"

Supe de su presencia cuando de repente una voz desconocida me sobresaltó.

- "¿Qué coño estás haciendo?" - escuché enfurecido tras mi dorso.

Asustada, interrumpí la función y cubrí mis pechos desnudos con el abrigo de mis palmas bien abiertas. Se había posicionado a escasos dos pasos de distancia, y en su físico oculto pude descartar fuese mi vecino, pues su porte era atlético, con los músculos dibujados bajo la tela de su camiseta elástica.

- "Mi vecino me está mirando" - respondí rápida pues, sabedor de testigos, daría veloz fuga el malhechor.

Amagaba su rostro bajo una perturbadora capucha la cual sólo me permitía ver una penetrante mirada de preciosos ojos turquesas. Jamás había visto ojos tan bonitos, y dado conozco a todos los aldeanos descarté de éstos sospechosos de la lista. Se erigía a pronto de alcanzar los dos metros de altura, y de su pantalón sólo recuerdo un loable bulto en su entrepierna, a la zurda desde su punto de vista, lo cual hacia denotar sus evidentes emociones al verme ahí desnuda.

Los nervios, el terror, o el asombro de la situación, me confunden incluso ahora los recuerdos para poder dar mejor descripción. Es como tener una laguna mental, y en la siguiente escena lo veo frente a mí, blandiendo un afilado machete en su puño alzado.

- "¿Tu vecino? ¿Dónde está tu vecino?" - preguntó extrañado avistando sólo la oscuridad de la morada a cuatro vientos.

Señalé a la casa lejana, vislumbrada a duras penas gracias al foco de nuestra luna plena, y confesé que allí, en aquel recuadro, estaba un vecino gordo y baboso espiándome cada noche, mas el foráneo dijo de qué coño de casa hablaba, pues distaba un kilómetro según sus cálculos, y por mucho esfuerzo que dedicó no vio batiente ni pilastra, tampoco silueta de gordo, o fantasma de sábanas blancas se tercie.

Insistí que sí, que sí, allí, un manatí descomunal relleno de grasa me miraba cada noche, y muy probable en aquel instante, visto el intruso, estaría llamando a la policía, presto y raudo en auxilio de mí, pobre e indefensa doncella.

- "¿Me estás tomando el pelo?" - replicó incrédulo, y aún a riesgo de parecer mentirosa o paranoica, recalqué todo el tiempo concedido en la precisa verdad.

Preguntó, si tan gordo y asqueroso era, por qué me contorneaba erótica y sensual por encima de la peana, exhibida ante ajenos y terceros, y dije opté por esta estrategia, para dar lección y no volver a mirar, nunca jamás.

- "Pues vamos a darle la lección juntos" - y justo terminó su frase me asió por el cabello para colocarme bien exacta en el centro de todo el cerco, cuerpo al frente y brazos llevados a la espada.

En homenaje al código morse, articulé los labios mudos de tal modo que incluso el campeón de analfabetos hubiera leído mi socorro, y lo repetí en tres ocasiones mientras aquel extraño abrió la enorme mochila portada encima de sus hombros.

No tardé en notar el tacto de unas cuerdas alrededor de mis muñecas juntas, y enrollarse apresando ambas unidas en un contacto del cual, tras giro y previo nudo estrecho fuera de mi alcance, ya no podría liberarme. Tardó un par de minutos, pues labró con una soga de notable longitud, y tras comprobar la fiabilidad de mis manos atadas agarró otra segunda cuerda, la cual enredó por encima de mis codos. Apretó con saña, y en ejercer mayor presión atrajo ambos codos a tocarse uno contra otro. Completó la circunferencia entera cuatro veces, y el último tramo intuyo deslizó las cuerdas por la pirámide interior formada entre sendos tríceps, con el nudo en la cima e imposible de escapar.

"Me encontré con las manos atadas y a pronto de ser amordazada"

- "Vamos a enseñárselo a tu querido vecino" - proclamó con inequívoca befa a mi historia, al mismo tiempo que con ira y poderío me giraba ciento ochenta grados al completo.

Debió de haber malinterpretado mi léxico aquel idiota, porque yo no había dicho en ningún momento fuese mi querido vecino, y ustedes pueden dar fe si releen cuanto he escrito, que de aquella morsa cebada no he soltado aprobación. Ese elefante marino no merece consuelo o adjetivo piadoso, que aquella panza engulle hasta brujas y vacas con pezuñas, y quise aclarar su error, pues me era ofensivo pensara agradaba de mi parte.

- "No, no, esa escoria no he dicho que mmppfhfee fuufuuugggaa" - concluí trabada e interrumpida por una extraño globo de látex cuyo diámetro calcaba el mismo contorno de una pelota de golf.

Intenté esquivar su conato ladeando la cabeza, pero la velocidad, la energía y la sorpresa con que actuó me hizo fracasar desde el primer intento. Quise quitármelo empujando de la mandíbula cual si fuera un parto, mas el propósito fue estéril, debido a que aquel objeto terrorífico llevaba sendas correas que, cada una por su costado opuesto de las mejillas, se cruzaron tras mi nuca, donde quedaron selladas por el firme cierre de una hebilla.

Pendía, desde el centro de mis fauces carnosas hasta alcanzar mis clavículas, un fino tubo, y en su apéndice final vi abrumada una simple pera de goma. Tomada en los tentáculos de sus fornidos dedos, bombeó una vez, dos veces, tres veces, y al alcanzar la cuarta cerró la válvula, quedando toda mi boca copada con una bola del tamaño de una pelota de tenis, enmudecida, amordazada, incapaz de articular ni una palabra, imposibilitada de mover ni un diente.

- "Que te vea el vecino que tú dices" - exclamó tomando mis excusas por una fábula fantasiosa y volviéndome a colocar con la faz al exterior.

Aterrorizada, acongojada por el temor que tal vez no se hubiera percatado de mi espantoso asalto, no disimulé, y balanceé la cabeza en claras señas de necesitar su ayuda. Murmullé a cuyo volumen deseé resonar como la voz de una soprano en su templo de ópera, pero creo que aquella efectiva mordaza silenció toda suplica al límite de nuestra alcoba.

No evitó el malhechor mis gestos, e incluso diría le resultó gracioso, tomándome por loca o por una ninfómana pervertida, pues abandonó su puesto por tomar mayor castigos de su malvada mochila. Fue en aquel instante, desprevenido este sujeto, que tuve un halo de esperanza al ver mi vecino encender una linterna.

Aquel detalle me alivió, protegida y salvada en cuestión de tiempo, pero pronto caducaron mis ilusiones, pues el muy desgraciado giró la luz hacia él, iluminando su puño con total nitidez, cerrado todo él salvo un dedo, el anular, eco de mi gesto predecesor. Sustituyó acto seguido dicho mástil por su hermano índice, balanceó de izquierda a derecha y viceversa en claro lenguaje de negación, y cerró la linterna tan pronto mi captor volvió con un grueso ovillo de cuerdas.

- "MMpphffooooooo mmmpfffooooo mmfffoooo mnnfhhffoo ffffoooo" - gemí amordazada y vencida, al borde del espanto, rogando cambiara su decisión.

"Esa morsa grasienta me ignoró atada en ese duro bondage"

Sabida sola y sin ayuda, intenté huir corriendo del lugar, pero apenas me desplacé una baldosa, siendo generosa en la medición de mi distancia. Detenida, intenté gritar, pero aquella severa mordaza justo aproximaba mis gemidos a mi interlocutor más cercano, y sin otra propuesta me di por rendida.

Justo en ese instante caí en la reflexión de que las historias en la ventana están escritas desde los ojos del espectador, pero nadie se preocupa por la versión del protagonista, y de cómo se ve subida en el escenario. Desde su ajena morada, estoy convencida que mi vecino hubiera elogiado su sorprendente ataque, y muy probable se estaría masturbando el cachalote, pero aquí soy yo la narradora, y sepa no había dónde refugiarme, ni ruta por desbandada y ni una mísera opción de desatarme. Cualquier intento, fuese cual fuese mi empresa, habría resultado infructuoso.

Comprenderán benévolos y benévolas que no forcejeé los siguientes diez minutos en sortear la suma interminable de cuerdas que serpentearon por mi cuerpo. Hágase una idea si, de forma resumida y sin cuyos detalles a mi detrás no alcanzaba ver, recito puso cuerdas por encima y por debajo de mis pechos, otras fronterizas de mi ombligo, cuatro adyacentes de tejado, mellizo monto en su zócalo, y todas voltearon por mi envés y por no sé dónde se enredaron en mis brazos, en perpendicular y paralelo, consiguiendo mis brazos inertes y totalmente inmóviles a mi espalda, pegados codos a omóplatos y las muñecas al lumbar, sin resquicio donde soplar aire y sin permiso de separarse.

Dio un paso al concluir, y he de confesar que en mi mente surgieron dudas inauditas, cómo cuántas veces habrá atado para conseguir semejante maestría, o cuánto rato pensaba tenerme secuestrada, o si acaso me eligió de víctima por conocerme o por azar, o quién sabe, cómplice de mi vecino.

Mi cerebro se tornó una batería de preguntas sabiendo no se molestase en esperar respuestas, o en todo caso descubrí debía darlas yo.

- "¿Te gusta?" - susurró muy cerca de mi oído mientras se despojaba de cuya camiseta escondía los esculpidos surcos de sus abdominales.

Respondí con un leve mmppffiiii brotado de mi alma sin pensarlo, y no me equivoqué en la percepción de su lengua a punto de besarme. Percibí esta diablura en mi cuello, y al instante me estremecí. Una excitación invadió mi entrepierna, y aproximé mi testa a su faz, entregada a sus propuestas. No lo dudó aquel hombre, y el deseo se me disparó cuando su lengua cruel comenzó a relamer todo el lateral de mi pescuezo, desde mi hombro hasta detrás de mis lóbulos, acercándose al gaznate, subiendo a la barbilla o retornando a cuyo punto descubrió me retorcía de placer y sin control.

Hubiera suplicado que parara, que estaba enloqueciendo, que me derretía ante esa encendida pasión, pero no sé si no pude por la mordaza, o simplemente no quise. Me decanto por la segunda opción, pues cuando imprimió pausa le hubiera rogado reactivara de nuevo sus besos, pero quedé a la espera, dispuesta a llegar tan lejos como él quisiera.

- "¿Estás excitada?" - volvió a susurrarme con la pícara intención de hacerme confesar lo innegable.

No le respondí, que no estaba dispuesta a darle tal honor, dado sólo necesitaba mirar mis ojos entrecerrados, incapaces de alzar pestañas. Aun así, demostró estar al mando de esa escena erótica, y un nuevo lamido en mi cuello, con la misma furia que el mordisco de un vampiro, debilitó mi fortaleza.

- "MMMpppfhffiii mmmppfpffiiii" - gemí afirmativa hasta en dos ocasiones al ordenarme tajante responder.

Como si se tratara de un capítulo de las épicas novelas de amor, sus tiernas caricias me hicieron sucumbir a unas alucinaciones de mayor intensidad, hasta el extremo de enojarme cuando, por desdicha mía, detuvo su maratón de sorbetes y lengüetazos.

Es caprichoso el devenir de los hechos, y cuyo rumbo puede ser tan inesperado que me sorprendió incluso a mí misma. No quiso contacto ni roce al principio, y ahora ansiaba acercarme por no dejar de tocarme, estremecida al sentir su aliento junto mi piel y sus besos en la curva de cuyo pedestal sostiene mi belleza. Sin embargo, cautiva de aquellas cuerdas no estaba en disposición de jugar mis cartas, o tal vez sí, disfrutando del abrazo de aquellas firmes ataduras. Dentro de mí, sentía un ímpetu abrasador por, dicha explícita y sin embudos, ser follada, e intuyó me delató alzar mis glúteos endurecidos, pues puso sus manos sobre mis pechos, deslizó la yema por encima de mis pezones erectos, y cerrando los ojos escuché de su propia voz ser toda suya.

Giré la cabeza en busca de su boca, que de no ser por estar amordazada y muy atada me hubiera abalanzado para fundirnos en un fogoso morreo de crepitantes llamas que ríase usted de las películas, mas con su pulgar detuvo mi movimiento casi alcanzados los noventa grados, y en escueta letra mandó mirada al frente y muy quieta.

Regresó a posar la palma en el nido de mis pechos, y cuando comenzó a pellizcarlos, suave y cuidadoso, gimoteé de placer inclinando barbilla al torso. Duró poco, pues partió en recorrido por mi vientre hasta llegar a la cumbre de mi clítoris. Un dedo, ni puta idea cuál fue ni crean que me interesó, rastreó su pico al milímetro, frotando como quien pide un deseo al genio de la lámpara mágica. Coincidencia de ambos fue mi orgasmo, y el inquilino del tesoro pregonó dos palabras, deseo concedido éstas pronunció.

- "mmmppfffiii mmmmpfpffffiiiiii" - estallé casi por sorpresa y sin previo aviso.

"Tuve el orgasmo mientras masturbaba mi clítoris atada"

Creí que aquel genio iba a demorar el premio tres minutos, o cinco a lo sumo, pero por lo visto tuvo prisa, que no aguardó ni a terminar la cuenta de los segundos. Aferré mis hombros contra su fornido pecho, poseída por una atracción innegable, echada mi cabeza atrás, y de tanta cercanía noté en mis nalgas su pene hinchado a reventar bajo sus pantalones.

Abrí las piernas esbozando el dibujo de una pirámide, cúspide en mi vagina y base en la planta de los pies, invitándole a descubrir los misterios escondidos en su túnel, y sin demora entró un dedo con crueldad intermitente, y en decir intermitencia refiero al ritmo de ahora sí, ahora no, ahora sí, ahora no, acompasado a mi respirar, acelerado, pausado, acelerado, pausado, y también de mis gemidos, excitados, calmados, excitados, calmados.

Mis ojos brillantes ojearon al horizonte, no fuera el vecino a cometer la inmensa estupidez de llamar en mi auxilio, ¡no, no, ahora no!, pues rabiaba por seguir la aventura. Creí verlo en su puesto de vigía, fijo, perenne, pero mi razón nublada me impidió centrar suficiente la atención, porque su dedo juguetón seguía, ahora salgo, ahora entro, ahora salgo, ahora entro, y si quiero rodeo el escenario, antes de repetir en bucle malvado su ahora salgo, ahora entro, incansable y torturador.

Cerré las piernas por acto reflejo, y dijo él merecía ser castigada por haberme movido sin permiso. Desabrochó su cinto, y un temblor impaciente me invadió al saber su polla al descubierto. No iba a entrar en discusión estúpida, mas cuanto él dijo por castigo resultó para mí una excelsa recompensa.

Inclinó mi cuerpo hacia delante, mirada gacha cual toro apunta cornamenta al embiste, y sin demora su polla atravesó todo el umbral, resbaló hasta lo más hondo, y ya en la primera embestida provocó que mi testa se asomara bien afuera del botaguas.

- "fffffiiii fffppfffiiifi mmmppfffii" - gimoteé viendo el impenetrable azabache de la noche en la lona de mi jardín.

Ser la actriz de cuyo guion escrito no podía controlar delató mis fantasías ocultas en las que nunca me detuve a pensar. Ojalá lo hubiera hecho, pero no es mal camino descubrirse al andar. Muy al contrario, descubrir ese éxtasis en cada paso me llenaba de gozo y felicidad, y presumida de ser protagonista alcé mi vista arqueando las cejas, por si el muy cabrón del vecino observaba afortunado, pero la excitación me vencía, apoderada de todos mis sentidos, y decaí la mirada incontrolada con los párpados clausurados.

Aquel miembro tieso como el mástil de un velero se apoderó de todo el habitáculo vacío entre mis piernas. Entró arrastrando todo el reguero de fluido encontrado a su paso, e impregnado de su balsa de aceite embistió de nuevo, incesante, a buen ritmo, cual taladro perfora el sólido cemento, y yo, premiada y agraciada, empujé las nalgas atrás, procurando no saliera ni un ápice de su robusto tronco.

- "fffpppphiiii mmmppfffiii mmmpppffiiii" - gemía en un concierto descompuesto cuyas notas iban cada una a su libre albedrío.

"Me encantó el festival follando atada frente la ventana"

El incremento de sus embates desordenó ya todo pensamiento, con sus manos en mi cintura como jinete asido a las riendas de su caballo, y a pesar de estar amordazada, mis gemidos se convirtieron en un sonido común, altivo e incontrolable. Mi cuerpo se balanceaba con cada penetración adelante, con la suficiente oscilación de retornar mis ojos a enfocar el marco por su espinazo en cada retroceso, pero tampoco me pidan descripción, de si hay astillas o clavo mal puesto o pintura desteñida, pues como toro salvaje, como semental de yeguas, volvían sus acometidas, lanza en ristre al enemigo, o que digo yo de opositor o rival o estupideces, si en aquel combate éramos ambos aliados.

Mi pelo alborotado cayó por mi rostro, en cuya apariencia si me hubiera visto usted habría dicho se trataba de un exorcismo, con la cabeza girada ciento grados, pero no se alarmé, que fue tan sólo despeinada. Bien es cierto que tanto manojo de cabello en cascada por mi cara produjo el efecto de tener los ojos vendados, pues no veía nada, y apartarlos no logré por nuestro balanceo pendular, con mi melena oscilante y su polla dominante, en bucle dentro y retroceso.

Sin querer exagerar, sentía su verga rebotar contra mis paredes vaginales. No sé qué diablos ocurría, pero cada movimiento fue como golpear redobles de tambor dentro de mí. Hubiera jurado tener mineros taladrando los muy bestias cada recodo de mi vagina, y mi equilibrio hágase la idea si digo se asemejaba a bailar ebria sobre charcos de agua tras la lluvia. De no ser por su vigorosa musculatura, no tengo dudas de haber claudicado de rodillas, incapaz de mantenerme en pie.

- "fffiiifgggeee mmmppffieeeee" - insistí no cesara obrero del amor.

Mis pechos parecieron buscar trayectoria fuera de órbita, pues el hecho de ser firmes y tersos no evitó estuvieran rebotando cuando pisaba acelerador, y aunque el obcecado varón tomó mayor velocidad en ningún momento dio muestras de estar a punto de correrse. No percibí en él sentimiento alterado, ni desbocado, ni visceral. Se mostraba tranquilo, seguro, confiado, mientras yo profundizaba en un estado emocional salvaje y enloquecido, hasta el punto de asumir pudo jugarme una mala pasada mi imaginación, y creer haber sentido sus testículos contra mis nalgas al acoplarse unidos nuestros cuerpos. Hubiera prometido ocurrió con certeza, y a fecha de hoy sigo convencida.

El espectáculo fue digno de marcar un hito. Sobre el ring, aquello era el combate del año, o perdón, que mejor decir el combate del siglo. Nos convertimos en dos gladiadores luchando en aquel cuadrilátero que, mire que ironía, era de cuerdas también. Asombrosa y perpleja de la contienda, supe íbamos por el sexto asalto todavía. Tras de mí, el púgil seguía follando sin vacilación, pletórico, y por agotarlo destiné un recurso de fuerzas en mi poder a levantar mis nalgas duras como piedras. Arqueé la espalda, y en este posado su polla rebotaba como un dado en su cubículo antes de ser arrojado sobre el tablero de juego.

El sonido de mi flujo chapotear alcanzaba ya a oídos de los dos, y siempre dicen que los hombres son los primeros en correrse. Las habladurías narran historias de machos alcanzar el clímax, martirizan su fémina participe con hambre a dos velas, y pueden tener razón, pero también pueden equivocarse tal cual fue mi caso, pues de repente sentí mi vagina arder por la lava de un volcán. Noté un hormigueo incapaz de reprimirlo, y fue como si de las murallas de mi fuerte los centinelas tocaran trompetas de bienvenidas. Mis nalgas endurecidas hubieran resquebrajado las baldosas de haberme sentado, mi ojos se cerraron por buscar en la profundidad de mi alma ese inmensa alegría que me sobrevenía, y en mi total incredulidad comprobé que sí, en efecto, sí, estallaba mi orgasmo.

- "mmmpppphhiiiiiiffffiiii mmmmppppffffffhhhiii" - delaté en gemidos interminables.

Incrementó la velocidad de las embestidas mi captor, sin dar señales de correrse, y casi estaba por convertirse en un trauma el pensar cuánto tiempo podía durar aquel excelente follador. Un escalofrío me recorrió de arriba abajo mientras sentía mis piernas doblarse y flaquear, y ante cual desafío he de admitir no sabía si sentarme o apoyarme o dejarme desvanecer. Fueron sus manos fornidas quienes me mantuvieron de pie, curvada y abierta, aunque tuvo ayuda de su polla, que seguía clavada como estaca bien enterrada, sin desfallecer, sin aminorar, y yo no entendía cómo en aquel palizón la punta de su nabo continuaba sellada, cerrada, sin abrir compuertas ni dar pista de terminar el cronómetro la cuenta atrás.

Me encantaba escuchar su respiración agitada al acorde de mis jadeos. Reconozco estaba agotada, pero son de aquellas carreras donde la diversión y la pasión te empuja hasta el final. Las líneas de metas están para alcanzarlas. Los récords están para superarse. Las victorias están para conseguirse, y yo no pensaba rendirme. Decidida a aguantar estoica, forcejeé con las ataduras de mis brazos adormecidos por si un gesto mío de rebeldía le conducía al júbilo del clímax, y al dar muestra de tal arrebato escuché sus gemidos a mayor intensidad.

Acompañó sus embestidas de tres empujones, con su pelvis impactando de lleno contra mis nalgas expuestas, y volví a repetir mi traviesa conducta, buscando con los dedos adormecidos los nudos a mi alcance imposibles, y aquel polvo ya calcó el frenesí desenfrenado de dos conejos en celo.

- "fffmmppiifififi mmmpppffii affifiif aaaffffiii" - grité asomada al jardín, testa, cuello y pechos también.

Entramos en delirio los dos. Nos retorcíamos de gloria, y una parte de mí no quisiera terminar jamás ese momento, olvidada de que la condición humana no permite ese lujo.

De todos modos, a esas alturas ya no había freno. Intuí que ambos estábamos próximos al orgasmo, él por fin de una maldita vez y yo con mi segundo asedio celestial. Supe del mío por el palpitar de mi corazón, por las contracciones de mi vagina, y por mis gemidos que estallaron como tormenta en el cielo, uno tras de otro, anunciando mi corrida.

En cuanto a él, se despegó cual relámpago, y a gritos como en las antiguas matanzas de cerdos ametralló mi trasero con su semen. Salpicaron salvas de su cañón en mis manos atadas, alguna otra gota de semen imperceptible en las cuerdas, y las posteriores reventando en mis posaderas.

Reincorporé el porte recto, que tras aquel deporte contorsionista nada cómodo y muy placentero casi estuve por crujir los huesos, y ya garbosa no pude reprimir la tentación de mirar cuya polla se mantuvo reina incansable. Vi su cabeza sonrosada, despejada y descubierta, con su frenillo sonriente babeando la mezcla de mi flujo y su leche, y a pesar de haber culminado, y de estar en su periodo refractario, gozaba todavía de buen tamaño el muy privilegiado.

Tras vestirse, conmigo perdida toda lucidez, aquel extraño no concluyó su faena, y tomando una larga cuerda me ordenó cerrar mis piernas juntas. Traicionada por mi cordura, recibí con mucho agrado ver mis piernas atadas. El eco de mis jadeos me impedían pensar de forma clara, mientras transeúntes cuerdas llegaron en caravana, siguientes atadas por debajo de mis rodillas, próximas atadas bajo las faldas del cuádriceps, y la gemela tardanza atada donde los muslos son balaustres de mi pelvis.

- "Siéntate aquí" - me espetó señalando tarima donde en muchas lares reposan tiestos de plantas y flores.

"Su indudable paso iba a ser una emocionante suspensión bondage"

Deben de saber que estas casas antiguas tenían un férreo anclaje por encima de un dintel en la planta superior, y cuya función asignada buscaba subir fardos, cajas y víveres, dado es de básica cultura saber que en siglos pasados no había ascensores. Se ubicaban muy cerca del aposento, pues los habitantes debían de poder asir su carga alargando el brazo simplemente, y de estas sólidas vigas suspendía una polea fijada en un aro con forma de media luna, indivisible e inseparable de tal artilugio, en cuyo hierro macizo se izaban kilos por decenas y decenas, que antes se partía el músculo humano que su robustez.

Estupefacta, comprobé cómo deslizó ágil y veloz una cuerda por el círculo interno de su arco, dado la polea se esfumó siendo yo muy imberbe. Anudó un extremo de la soga en su barra, y asegurado de su resistencia tomó el otro extremo que volteó apasionado por vaya a saber usted dónde de las ataduras a mi espalda.

Me hubiera encantado verlo y aprenderlo, pero viví el rol opuesto, y su excelencia quedó en su privado secreto. Desde mi bando, sí puedo confesar que noté estremecerse todo mi ser cuando anudó vigoroso otra cuerda en la misma barra, en idéntico vacío, y dando de longitud un metro distanciado vino a buscar las ataduras de mis tobillos.

Desvié mi mirada hacia mi captor, sorprendida de su vil fechoría e incapaz de dar crédito, y en el cruce de miradas fugaz recibí por respuesta una pérfida sonrisa. Observé incrédula la cuerda tensarse, regresar a su punto de partida, venir de nuevo en mi búsqueda, y al estirar se alzaron mis pies al cielo. Mis ojos quedaron mirando la altura desde la torre al verde aterrizaje. Mis nalgas dejaron de estar sentadas, y ni una sola parte de mi cuerpo quedó en apoyo contra llano ninguno. Con aires triunfales, enredó y anudó cuanto quiso y por dónde se le antojó, mientras yo quedaba fuera de la fachada, alejada medio metro de su marco por la parte exterior, levitando en el vacío de la atmósfera frente la ventana, y paralela al suelo.

- "pppffooooo ffffafmmoor mmmpppfffhoooooo" - supliqué aterrada de darme la ostia padre contra el suelo.

Ignoró por completo mi ruego, y me invadió una extraña emoción que jamás había sentido. Por una parte, estaba tremendamente asustada de caerme, pues quedé suspendida a cuya caída recorría toda una primera planta de altura, pero al mismo tiempo estaba increíblemente cómoda y excitada, y pensé que quizá estaba loca y extasiada, pero al mismo tiempo celebré vivir desinhibida, desnuda de tabúes y prejuicios, y asumí la escena como una etapa inevitable en el ardiente evento que mi destino estaba escribiendo. Solté lastres de miedo en recepción, y me centré en saborear ese tacto incomparable cuyos adjetivos no acierto en describir. Tampoco dedico mucho esfuerzo en buscarlos, pues muy probable ustedes me comprenderán, sin mayor explicación.

En cuanto al individuo, quiso memorizar mi imagen me confesó, y durante un largo período de tiempo se quedó mirando, absorto, contemplativo. Se vistió, y acercándose a mi puesto alargó su brazo, acercó mi cabeza a la morada, abrió la válvula de la goma, y la gruesa mordaza comenzó a deshincharse mientras él, espontáneo y natural, hizo ceder la opresora hebilla clave en estar amordazada.

- "Dime qué sientes" - me ordenó a condición previa de ser liberada.

Tanto tiempo en tal severa mordaza no me dejó responder con celeridad, pues tenía la mandíbula torpe y adormecida, pero a pronto despertarse confesé haber gozado en la mejor experiencia sexual de toda mi vida. No amagué haber sufrido espanto cuando su presencia me turbó, y tampoco escondí la excitación al ser atada, la emoción de sentirme indefensa, la congoja de ni tan siquiera suplicar o rogar por la severidad estricta de estar amordazada, el éxtasis en cada orgasmo, la briosa pasión al follar, y la mayúscula sorpresa de encontrarme cómoda allí atada, suspendida y desnuda, frente cuya ventana es objeto de espionaje, sin control y sin escape.

Callé, y aguardé inquieta si mi sincera confesión fue triunfo en sus expectativas. Pude ver con mi reojo su porte pensativo, y tras acariciarse el cogote desveló desenlace escrito.

- "Te doy dos opciones" - me susurró en acento morboso.

Planteó como primera opción quedar allí sola, atada, desnuda, colgando inmóvil de aquel artilugio pasado, clamando a gritos el socorro de algún vecino, tal vez el baboso obelisco de enfrente, con él raudo a la fuga y sin regreso jamás.

Quise conocer la restante, pues no me apetecía el rescate de aquel monstruo, ni tampoco ser descubierta en cuya fiesta no estaba arrepentida, y me entristecía al mismo tiempo no saber más de él.

Dijo entonces el muy pícaro tener hambre, y marcharía un rato a mi despensa, quedada yo allí prisionera y atada, una hora rebasada muy probable, pues el esfuerzo físico bien merece manjar e hidratar. Saciado de apetito, limpiadas huellas sin prisas y rastros de pisadas, retornará por desatarme, a compromiso de aguardarle desnuda cada viernes por la tarde, cancela abierta y los ojos bien vendados, paciente y quieta, minutos y horas si se demora, amante secreto y fiel.

No hubo rival, y convencida dije marchara a colmar su hambruna en calma, que este pacto suyo cumplí y acepté.

Por supuesto, mi último párrafo querrá usted saber de mi vecino. Resumiré en torcer mi cabeza a la diestra, ya sin compañía, y la luz de su linterna volvió a encenderse en el horizonte. Vi su puño cerrado, del cual sólo sobresalía erguido su pulgar, interesado en saber si estaba bien, y contesté afirmativa y sonriente con la cabeza en vaivén arriba y abajo. Enfocó entonces su pene, flácido, diminuto, agotado, rechoncho, espantoso, satisfecho el muy maldito, amagado bajo el pliegue caído de su barriga celulítica, estriada y grasienta, y saqué la lengua, desprecio y burlesca, como respuesta. Retornó la luz direccional arriba, y pude ver su palma abierta agitarse en despedida. Escupí con asco tan lejos pude, y aunque aspiré por arrojar con mayor ahínco a su diana no llegó, y él, cerdo gigante, cerró luz y marchó, quedada ahora sí yo en la completa soledad.

 

Todo el contenido es de mi propiedad y autoría, todos los derechos están protegidos y reservados, y yo soy el único autor de todos estos relatos eróticos.

Está ESTRICTAMENTE PROHIBIDO su reproducción, comercialización, copia, publicación, y cualquier otro uso no autorizado previamente por escrito. Cualquier interés que tengas, sea cual sea y seas quien seas, es obligatorio mi autorización previa por escrito.

En caso de estar interesado/a en este relato,indistintamente cuál sea la razón,, escríbeme con el asunto "Interesado/a en relato", especificando el relato de tu interés, el por qué estás interesado/a, y para qué uso solicitas mi autorización, facilitando toda la información completa, lugar, fecha y horario exacto de publicación, reproducción y/o lectura, entre otros.

Por supuesto es imprescindible y obligatorio firmar la solicitud con tu nombre y apellidos, ciudad de residencia, email y teléfono propio y personal, para contacto directo. Todos los datos han de ser reales.

Estas solicitudes se han de enviar a mi correo electrónico info@exoticbondage.com

SIEMPRE respondo a todos los correos en un plazo máximo de siete días. Si en siete días no te he contestado, puede haberse perdido el envío en la carpeta Spam o puede haber algún otro error. Vuelve a escribirme, o llámame por teléfono para notificarme el envío de tu petición, y así extremaré yo la atención en su recepción.

Se emprenderán inmediatamente todas las acciones legales que se estimen oportunas, incluido las DENUNCIAS POR VÍA PENAL, contra cualquier persona, portal, foro blog, web, perfiles, periodistas, medios de comunicación, grupos, empresas, e incluso Administración u Organismo, sea oficial o no oficial, del ámbito público o privado, que vulnere mis derechos, y haga uso prohibido y/o no autorizado.

Periodistas, y medios de comunicación, indistintamente sea freelance, radio, televisión, prensa escrita o digital, deben de contactar a través de la sección "Press", en la barra inferior a pie de esta página.

 

© ExoticBondage.com