Cada primer despuntar, tras el naufragio de la noche y rescate de la aurora al céfiro azul, levanto mis ojos por la grata ilusión de un nuevo día. Desde mi amplio ventanal completo absorta el alba, el encendido de la candela dorada en el amanecer, y los imberbes rayos de sol de otra aventura, mía, loca o rutina ignoro, que el devenir no germina pista de codiciado misterio.

En la sombra de mi alcoba, íntima e irisada, visto la desnudez de mi cuerpo del azabache tropical, cubro con prendas color de grana o níveo u oscuro mis favoritos, almuerzo cuando la fulgente escarlata aclar

a la bóveda de nuestro maltratado planeta, y tomo llaves cuando la alfombra azulada ya se esparce por todo el cándido manto a volar. Las arpas de las aves ya resuenan frente parajes de mi hogar, que no crean se trata de valles interminables, sino arboleda y jardín resplandeciente por los vívidos destellos de la lumbre celestial. Quedan mis sueños desperezados en la cama, pesadillas adormecidas también, pues ambos se acuestan en el olvido y se ase la realidad, no siempre dura y cruda, en las voces del gentío carente de optimismo y vitalidad.

Enciendo motor, voz en tierra por cuyos caminos de asfalto y tierra transitan ecos de sus ruedas, mas no se crean percibo su ruido con alegría, pero peor apatía resultaría estar cada arranque matinal pendiente de supermercados y colmados, y disculpe si usted es quienes a continuación menciono, pero no entiendo cómo coño la gente va a comprar lunes y martes y miércoles y jueves y sigue y suma y otra vez. ¡Desesperante! Destaque además que este estúpido ritmo sin sentido es para satisfacerse con una lata de cerveza, o una bolsa patatas, o papel de cagar o un manojo de ajos o espárragos, y válgame escándalo, que me indigna airada semejante desprecio por cuyo tiempo, el descanso o el gozo, queda en piezas añicos.

Plegado a buen recaudo aquel reverenciado antónimo de ocaso, llegó el mediodía danzado, pues atiborro mis cestas una sola vez por cada treinta enarbolados despertares. Pierdo horas mudas que en mi desespero vivo sin fin ni meta, pero despido aquel instante cual solsticio, mientras asumo comer y beber es esencial en nuestra especie. Es tortuoso e indigente, y sin embargo recompensa con el mejor bienestar. Así, pues, acato mandato indiscutible que nos impone la naturaleza, cumplo y sólo digo que aborrezco multitudes y tiendas, necios y desesperantes cada cual mayor horror.

"Cada mes ocupó las horas de esa primera mañana en compras y nada más"

Copé el vehículo con el maletero a reventar, y por no caber mayor bulto en su panza deposité seis paquetes restantes en los asientos traseros. Treinta minutos por carretera de dos carriles en sendas direcciones distan de mi morada. Alcanzada mi querida fortaleza, tengo dos obstáculos, siendo el primero de éstos la puerta del jardín, cuya apertura manual me obliga a apearme por insertar llave en cerradura, y el segundo la puerta elevadiza del garaje, ésta de mando automático y apenas cruzada cinco metros sin barreras con su anterior.

Frenado y aparcado mi coche dentro de mi garaje, cierro la puerta del jardín, no vaya a entrar zorro de dos patas, aunque vivo en urbanización muy tranquila, de buenos vecinos, silenciosos, hogareños, de ventanas cerradas y en nada cotillas, alejadas las casas por amplios jardines, altos muros y árboles que protegen de miradas indiscretas en los pisos superiores.

De todos modos, soy precavida, que foráneos no son de esperada visita. Asegurado el cierre, abro cuyo umbral me permite ir por dentro del garaje a mi casa, sin necesidad de pisar el verde de mi césped rasurado. Es breve el camino del maletero a la cocina, pero largo resulta el kilometraje, ya que viajes de ida y vuelta necesito quince como mínimo, según peso de la cesta, dado vivo sola desde haber conseguido mi independencia económica y laboral a los pocos meses de haber rebasado los treinta años de edad. Hasta aquella fecha, reconozco me sentía atrapada al no haber conseguido ahorrar el suficiente dinero para librarme de la incómoda convivencia con mis padres, pues no se goza igual de la vida en soledad o en compañía paternal.

De aquella efeméride han transcurrido cuatro años, y es curioso que en el devenir del tiempo se han forjado bastantes cambios. Dejé crecer mi cabello, y ahora luzco una media melena de cabello liso y tono rojo cobrizo que calcina el rúbeo crepitante de la lava en erupción. Mesada al vuelo, imprime destellos que testigos confunden con estrellas floridas en el azabache de los trópicos.

Mi piel luce un bronceado que viste de seda la carne tintada de la arena del desierto, en cual tono caduco perdura un mayor número de meses, pues dispongo de un íntimo jardín, paraíso de verde asomado, ajeno a miradas ajenas por un alto muro empedrado, donde calco inquieta y delicada todo su pigmento desde la plácida primavera hasta los tórridos veranos, y otoño si se tercia.

Mi linda nariz rima cual exquisito poeta traza letra en su fina estilográfica. Ancla monumento surcada entre miradas y elevada temprana sobre valle rumbo de esos labios confesados en donde emerge fresco aliento. No destaca y no desatina, y antaño en adular mi público me ruborizaba, mas crecida cierro modestia, que es bien mía la belleza presumida.

Las esferas azuladas de mis ojos hechizan en cada mirada, amanecidos en cada despertar bajo el glorioso cepo de cuyos párpados sagrados dan custodia al dormitar. Al alzarse, dirían las sirenas que brillan perlados en el océano salvaje de mi hermosura, y marineros o marineras, y piratas también, viran rumbos prendados en cuya rúbrica es su cortejo. Me emociona dulce y orgullosa cada adulo, que aun siendo miles en cuenta perdida no me hartan ni me cansan, pues descubrí muy joven el júbilo de la conquista.

Mis pícaros labios encienden cuyas pasiones vibrantes atraen como imanes el fulgor encandecido por besarme, y cuyas víctimas reprimen su osadía, no vaya a estallar sonora bofetada en la mejilla. Lucen un rojo carnoso trenzado en las comisuras, desatado en cuyas encías se cobijan a su sombra, de una apariencia galán cual celaje viste los pétalos de las rosas, o permítame añadir asemeja quizá al rojo hipnótico de los corales, o tal mejor recuerda las delineadas amapolas. Sea cual sea, es encanto irresistible para los hombres, y por qué no, de mujeres también.

En cuanto a mi trabajo, éste me ocupa de lunes a jueves, en cuyo horario veo el alba despuntar los meses de marzo, y contemplo el anochecer acostarse finiquitado el mes de octubre. De esta rutina poco hay que destacar. Estaciono en la zona privada de nuestras oficinas. Cruzo la puerta, bien vestida y elegante, saludo un "buenos días" al llegar y un "hasta mañana" al personal de vigilancia, complaciente acompañada de una gentil sonrisa, subo por cual primer ascensor de sus trillizos me ofrece paso a su morada, y en la quinta planta, tercera puerta del ala norte, entro en mi despacho.

Las horas transcurren ataviadas frente la pantalla de un ordenador, miradas callejeras a través de los amplios ventanales, escribir, llamar, responder, consultar, redactar y continuar en un bucle cual dura la semana, y el mes, y el año entero, salvo en anheladas vacaciones.

Deducirá quizá, mi amado y amada lector y lectora, que debo de ser mujer independiente sin compromiso sentimental, y de haberlo hecho goza usted de buenas dotes detectivescas. No se debe mi soledad a fracaso, cuyo contador está a cero, y tampoco a traiciones o engaños, cual casillero coincide en no ser estrenado. No estoy desencantada con ningún amorío, pero soy feliz en esta libertad sexual y emocional.

Dichos detalles de mi privacidad comparto con usted, no vaya a pensar soy una maleducada por no darme a presentar. Muy al contrario son mis intenciones, y en querer darme a conocer mejor diré soy omnívora. Revelo, caballeros, señoras, chicas y chicos, que rebosa mi nevera de carne, leche y algún pescado, mis estantes de cereales, avena y estevia encontrará, y frutos secos también, almendras y avellanas por doquier, piñones un capricho exquisito, y no olvidé pan y arroz, y de frutas voy turnando según época, de caquis o manzanos o aguacates. En bebidas no hay tal complejidad, pues soy abstemia y tampoco sacio mi sed con bebidas edulcoradas tenidas de cuyo mierda vaya a saber cuál es, y de ello no tendría duda si viese ingente cantidad de garrafas y botellas de agua acumuladas a vera pared de un cuarto sin inquilino.

Descargar tal abrumadora mercancía conlleva su tiempo, mas procedo con calma y, lamentablemente aquel día, demasiado descuidada, pues en ningún momento sospeché que en un rincón de mi hogar, sigiloso cual felino acecha su presa, había un varón cuyo rostro, escondido tras un pasamontañas, sólo permitía apreciar el azul celeste de sus ojos y sus labios fornidos.

Permaneció quieto, inmóvil, quizá ansioso por verme de nuevo marchar y dar rienda suelta a desvalijar mis pertenencias, mas fue culpa mía tentarlo en apresarme, pues muy lejos de sus deseos cerré la puerta del garaje, conmigo dentro y el vehículo estacionado. Subí los dos peldaños que salvan el desnivel hasta cuya puerta cerré con llave tras cruzarla. Activé los cuatro dígitos de la alarma, precavida de malhechores, y a partir de aquel instante de aquellas paredes no entraba o salía nadie.

Anduve cuatro pasos, y torcí a mi diestra, acceso a la cocina donde había amontonado bolsas de compra, lindantes a nevera y despensas, que en tal orden evitaba millas sobre las mismas baldosas en bucle cansino.

Terminé, en orden exquisito y cómodo, dado díganme por qué la gente arroja su comida en cualquier lugar, si después se pasan horas removiendo puertas y estantes y neveras, buscando alocados ese helado o esos ajos desaparecidos por ser un despistado.

Aseguré grifos sin goteo, puertas bien cerradas, y al querer cerrar la luz me invadió un sobresalto como jamás había percibido. Es muy difícil describir la sensación de aquel encuentro de frente, en la soledad de mi casa, distanciados apenas dos metros, con un invasor corpulento, hombros anchos de gladiador, efigie a casi erguirse los dos metros de altura, brazos musculosos esculpidos en piedra de rey mitológico cuya tela elástica de su camiseta negra simulaba estar a pronto de resquebrajarse, dos piernas erigidas como columnas de los templos en la antigua Grecia, encapuchado cual asalto escenifica tantas veces el cine, y empuñando en su robusta mano diestra una arma aterradora.

"Me invadió el terror al encontrarme frente a frente con aquel ladrón"

Levanté los brazos, consciente de que aquello no era el guion de una película.

- "No dispares, por favor, no dispares" - supliqué con voz muy temblorosa.

Dio su palabra de honor de no hacer uso de su pistola, salvo que en mi estupidez tuviera la necia ocurrencia de ponerle su robo difícil, a lo cual prometí colaborar en todo sin la menor resistencia. Repetí inocente no me hiciera daño al borde de romper en llanto, y quedé callada después, con la mirada gacha y cabizbaja, pues no me atrevía a mirar tan horrenda situación. Jamás lo hubiera imaginado ser víctima de un asalto, y créanme cuando los digo que en nada se asemeja a las típicas escenas vistas por televisión. Aquellas secuencias son interpretadas por actores y actrices, ensayadas y repetidas, estudiadas y premeditadas, y cuyos requisitos ustedes adivinaran no cumplía ninguno aquel acto matinal.

Sus prohibiciones fueron muy claras y tajantes. No gritar, no correr, no intentar huir, no mirarle a los ojos, no mentir, no tocar el teléfono, y no ser una imbécil. Por supuesto, acepté todas las normas de su listado, y de haber sido mayor extenso también hubiera aceptado, pues ¡maldita sea! ¡Era un infame ladrón! ¡Y estaba armado!

Sumidos en esa tensa atmósfera, el hombre caminó hasta mi bolso, dejado sobre la encimera dado había entrado en la cocina por ordenar las compras, abrió la cremallera, y rebuscó fortuna amagada, cual yo les cifro en billetes sumaba la cantidad justa de llenar el depósito de mi vehículo.

- "¿Sólo llevas esto?" - masculló de mal humor por su escaso botín.

Abrió un cajón, del que tomó para mi terrible espanto un largo cuchillo de hoja afilada para cortar carne, y me miró enojado al tiempo que bordeaba mi cintura hasta perderle de vista a mi envés.

- "Por favor, por favor, por favor" - supliqué repetitiva implorando no me hiciera daño.

Prometí darle mayor cantidad, que en el armario de mi alcoba tenía ahorros amagados, y juré darle hasta el último céntimo, pero rogué con mucho miedo no me provocara herida.

- "Pon las manos detrás de la nuca, y calladita" - escuché por respuesta.

Poco recorrido fue de las palmas en alto a posar ambas manos tras la nuca. Cumplí rauda y estricta, y unas lágrimas brotaron de mis ojos. Mis labios melosos rebotaban cual terremoto sacude el frágil cemento de los edificios, y sentí como si una descarga eléctrica recorrería mi ser cuando destripó mi camiseta en cuantos cortes consiguió simular un puzle despedazado. Quedaron mis pechos al descubierto, pues fíjese fortuna la mía aquel día, que justo decidí no lucir sujetador, mas aquel varón no se inmutó, sino mayor atención le despertó el tatuaje de mi espalda, figura de una mujer joven, sexy, desnuda y atada con cuerdas de arte bondage.

- "Me gusta tu tatuaje" - me vaciló al oído en cuyo tono sensual quiso infundir máximo terror.

No subió los decibelios de mi pavor, pues no cabía dentro de mí mayor susto. Mi cuerpo entero estaba poseído de un temblor descontrolado. Mis piernas a duras penas lograban mantener el equilibrio, mas no palpó mis senos ni puso beso o caricia en mi tatuaje.

- "Vamos a buscar el dinero" - se limitó en su siguiente jugada.

Esfuerzo me costó andar en línea recta por el interminable pasillo destino a la habitación. Aún hoy tengo grabada, como si fuera este mismo instante, mi imagen reflejada en el espejo de la pared, la desnudez de mis firmes pechos, mis brazos inmóviles con las manos selladas tras la nuca, codos abiertos como alas al vuelo, mis bellos ojos enrojecidos por las lágrimas, los labios entreabiertos incapaces de cerrar compuertas, y el arma asida fuerte y atenta en su mano.

Aquel pasillo, de recorrido diario y constante, se tornó interminable cual desfiladero flagelado por el calor abrasador, andado de oriente a occidente, despreciando cuyo refugios de otras alcobas, aseos o trasteros, hubieran sido refugio en otras horas, recto, en rumbo fijo hasta la vasta llanura del comedor, y tras él mi habitación.

La puerta abierta me invalidó excusa de poder mover los brazos, mas sólo adentrarnos un su intimidad el villano me ordenó colocarme de cara a la pared, sin ningún atisbo de voltearme o desobedecer.

- "¿Dónde está el dinero?" - preguntó mientras yo cumplí escrupulosa su mandato.

Indiqué de voz, inmóvil cual estatua en su pedestal, el peldaño inferior de mi armario ropero. Dentro albergaba dos pares de zapatillas, pues el deporte me ayuda en conservar mi espléndida figura, otro par de zapatos por días laborales, y cinco pares de zapatos de tacón de aguja muy alto y fino, enamorada y apasionada en mis fiestas de estos complementos. Camuflada entre esta multitud, hice saber de una simple caja de cartón cuyo contenido en billetes sumaba la cantidad de mi soñadas vacaciones en hotel de lujo y playa paradisíaca, palmeras en la ribera, arena fina y un mar de agua cristalina y transparente.

Tan pronto la tomó certero con sus dedos vigorosos, quedó de tal viaje mi ilusión marchitada, mas tuve la ventaja de ser de cantidad de su agrado, y calmó la ira de aquel desvergonzado.

- "¿Tienes más dinero?" - requirió avaricioso.

Confieso, aquí en confianza y a toro pasado, que bajo una losa sellada, en una oquedad insonora, inexpugnable y estanca, escondía una caja fuerte, con tal codiciado fajo de billetes que hubiera supuesto de mi bando la ruina y de su asalto la mayor recompensa, pero su maestranza inutilizaba cualquier método por ser descubierta, y callé su recodo.

Dije aquella cantidad fue todo el efectivo en mi casa, quizá con alguna moneda suelta por la mesa del comedor que, por nervios y terror, no lograba recordar. Enmudeció el coloso tras mi respuesta, y ese pérfido delincuente comenzó a revolver mis cajones, tiró prendas al suelo sin importar cual fuera, levantó el colchón, se subió por la silla y miró en los minúsculos recodos donde entre armario y tejado sólo penetra el polvo, mas no encontró absolutamente nada.

Ojeó a su alrededor, y observó atento tras la cancela una maleta rectangular, de grosor próximo a dos palmos y longitud hasta alcanzar el metro y superarlo.

- "¿Qué hay en esa maleta?" - quiso saber curioso, y recordé palabras pronunciadas meses antes, ante la sospecha de si algún disgusto me podría ocasionar.

Reconocí no ser mía aquella maleta, sino de un amigo artista, un chico joven y muy alocado, que estuvo dos meses por gozar de verano y diversión, y que al marchar dejó en mi custodia su maleta de juegos, pues quedó previsto su regreso para el estío siguiente.

Mayúscula sorpresa se llevó el gigante al abrirla, pues bien sabía yo que la maleta estaba repleta de cuerdas, apiladas y prensadas entre sí por tal cuantía exagerada, e insistí en no ser yo la propietaria de aquel pícaro material. Repetí de nuevo ser de amigo forastero, mas allí no había dinero, objeto éste de su deseo.

"De la maleta sacó el ballgag que prestó usó para dejarme amordazada"

Rebuscó incrédulo y desconfiado entre el embrollo de mil metros de cuerdas como mínimo, y extrajo algún extraño artilugio que reclamó su atención. Se aproximó hasta romper toda distancia conmigo, y con su única mano libre de arma acercó al perímetro de mi reojo una mordaza de gruesa bola roja.

- "Abre la boca" - musitó esbozando una perversa sonrisa.

Prometí cumplir por no resultar herida, y no tuve dudas en tomar la mayor apertura posible entre mis ambos labios. La cavidad otorgó sobrado hueco para entrar al albergue de mi duro paladar toda aquella bola cuyo grosor superaba los cuatro centímetros. Justo aterrizó, que las correas reptaron por debajo de mi cabello, cada una por la mejilla en los bandos opuestos de mi rostro, arrastrándose por la nuca donde mis manos no fueron impedimento, y al encontrarse en la hebilla ambas se fundieron en un cierre sin escape. Apretó con firmeza, e hice el gesto de intentar escupirla con el empuje de mi mandíbula, pero el esfuerzo fue inútil. Quedó fija, ineludible, sin fisura, culpable de que ningún vocablo audible pronunciara mi voz, salvo como único recurso esos leves murmullos cuyo volumen no rebasaba la frontera de los tabiques.

Mi corazón palpitaba acelerado. Mi cabeza lanzaba miles de razones en un caótico atasco donde me resultaba imposible discernir idea o conciencia alguna. Entré en un pánico controlado, y seguí inmóvil en cuya posición puse petrificada hasta nueva orden, mientras dedicaba mis esfuerzos a calmarme, y tal vez, sosegada, lograra encontrar la fórmula de librarme de esa situación.

Anulé de entre las opciones el combate, que aquel afortunado gozaba de músculos gloriosos. Gritar no me lo planteé jamás, pues al segundo alarido podría haber ocurrido un desenlace indeseable, y ahora, severa amordazada, no convenía dedicar ni un esfuerzo a esta dilema. Fuga resultaba temeridad, que puerta y ventanal cerrado necesitaban de espera para abrir, y opté por la táctica de agradar, que satisfecho de dinero y saciado de travesura aquel ladrón podría ser benévolo y piadoso.

Le escuché tomar un enredo de cuerdas, y en practicar mis maestras artes seductoras dejé caer mis brazos agarrotados a la espalda, tan pronto sentí el roce de sus yemas en mis muñecas. Intuirá en leer estas líneas recién nacidas que no me revolví, que no opuse ni la más mínima resistencia, sino todo lo contrario, facilité su labor, implicada en cuanto el ladrón maquinaba en muy secreto.

Un suspiro nasal, emanado en mi respiración, delato mi excitación, y aunque fue premeditado sepa no resultó mentira ni fingido.

Anudó sobre mi piel, cerrado todo ajeno al alcance de mis dedos, en tal perversión que ni pulpo con sus tentáculos hubiera conseguido desatar. Aquella emoción, expuesta, indefensa, entregada a su mente morbosa, me gustaba sin saber muy bien la razón, o muy probable asumo tampoco me importaba. Fue un frenesí sentir esa prisión de algodón sobre cada uno de mis poros, prensada la soga con tanta saña que créanme si desvelo por allí no emanaba ni una gota perdida de sudor.

- "¿Te gusta?" - inquirió a mi oído el muy canalla, y mi gemido amordazado, escueto y positivo, suplantó las palabras que no podían ser gastadas.

"Aquel ladrón tenía estilo y práctica con el bondage"

De su excelencia no había crítica, que en intentar abrir las alas de mis brazos vi tal tarea imposible, y no crean busqué en tal gesto huir, que sentirme expuesta e indefensa a las perversiones de aquel extraño me acertó un vivo morbo con el cual reconozco me evocó fantasía marchitas. Resucitaba en aquel momento sus flores aromadas, y me concentré en sentir la suma de las cuerdas liándose por atraerse los codos entre sí. Llegaron a besarse, fuego de la pasión prendida, y de pronto sentí que aquel miedo espantoso, aquel pavor bombeado en mi cocina, lo estaba perdiendo.

El temblor primitivo se desvaneció justo cuando la presión de las ataduras subió de tono y dejé de ser libre. Encerró los nudos en paraje cual debió de ser en medio de la nada, pues no estaban al alcance de mi vista ni de mi tacto, y deduje que ese desconocido era ducho en la materia. Quizá su estimada mujer se ofrecía a sus juegos, o amado vaya usted a saber, pero no es de novicios tomar el poder con las riendas de las cuerdas en tan magna perfección. ¡Maravilloso! ¡Sensual! ¡Excitante!

Cual marioneta viva en su control, volteó las cuerdas por mi cintura, aventurero partiendo por dar la vuelta al mundo, con la quilla hundida en mi carne, de tal forma que media cuerda queda sumergida en mi figura. Hizo conmigo cuanto quiso, y recostó un segundo giro, y al tercer rodeo conformó con sus trazos un cinto que apegó las manos atadas sobre el nudo de mi lumbar. Rellenó por dentro las grutas esbozadas entre mi espalda y mis brazos, anudó con la ira de un tormento, y consolidó la tregua por tomar otra larga cuerda.

Esta pariente se posó por encima y por debajo de mis pechos, y rudo empujó encerrando bíceps y tríceps por detrás. Fue tal derroche de energía que desequilibró mis pies, al extremo de haber de dar un paso atrás y ladear el hombro zurdo, por no irme al traste contra el suelo. Tomé rauda mi porte vertical, cerré los ojos, y percibí mis brazos dormitados, oprimidos contra su vecino dorsal, acostados los codos donde bucea el omóplato, mientras su enredo de cuerda tomaba mayor e infranqueable volumen.

Endulzó mi cautiva ternura con otro nudo, que bien guardó en donde no sentí contacto con la piel, y me observó muy bien atada, enteramente suya, rea y prisionera, sin desate y sin escape.

Un lamido cariñoso al dorso de mi cuello me provocó un gemido de placer incontestable. Sus yemas palparon la cima de mis pezones erectos, acariciaron en descenso mi fina y delgada panza, alcanzaron el único botón de mi ceñido short corto, y al desabrocharlo la tela tomó prisa por caer. De los cómodos zapatos me liberé yo misma, pisando un talón e idéntico gesto con su par, y en levantar las plantas cayó la prenda al puzle de azulejos.

Veloz en busca de su compañía acudió mi braguita de encaje y tono morado, y quedé desnuda, adicta, con mis latidos acelerados y ofrecida en espera de otro beso renacido, de ser cubierta con otra cuerda, y explorar los deseos que aquel ladrón despertó por sorpresa en mí.

- "Tú vas a ser mi mejor robo" - masculló mientras mis ojos borraban todo rostro de lágrimas, suplantadas por el florecer de sueños encarnecidos.

El regreso al comedor resultó muy distinto de la ida. No pude verme en el reflejo del espejo, que a tal linde no llegamos, pero tenía la certera sospecha de sentirme afortunada, de ser la protagonista de cuya obra la platea también la vive, la sienten al unísono, tatareando la emoción a dúo, protegida sin distancia, y entusiasmado de mí.

"Andé desnuda y atada por ese rincón de mi casa"

Llegados al salón, sabia elección fue la mecedora en un rincón, mas por si acaso no sabe de qué mueble hablo, diré de este asiento, con respaldo y apoyabrazos, se conocen también por balancín, dos láminas curvadas que unen la base de las patas delanteras a sus traseras, y cuyo antiguo diseño artesano imprime obras de increíble belleza.

Data tal robusto ejemplar de una fecha en el siglo XIX que no hay modo de precisar. Tallada en madera maciza, acabado maestro, tablillas coloniales y elegancia señorial, sentarse en su aposento es revivir la calidez de otras épocas.

Dispuse de ella agraciada por algún cerebro enfermo de cual analfabeto desconocido no merece dar mención, y que en portentosa ostentación de desconcierto dijo de tal tesoro no querer semejante trasto viejo. Desde entonces, dispongo de su abrazo para la lectura, para ver la infecta televisión, conciliar el sueño o flotar relajada en cuyo balanceo íntimo y cómplice me embriaga los sentidos.

- "Siéntate" - me espetó en tono grácil.

Abrí mis piernas ya sentada, cada uno a su extremo opuesto, alejadas cuanto máximo puede tenerlas, y agradezco a las cuerdas que con firmeza en su puesto se quedaron. Ató fuerte, muy fuerte, y redundo en este adjetivo porque no me surgen los sinónimos, con mi razón entrada en órbita perdida.

Causa fue de mi desvarío la excitación, dulce en concluir los tobillos atados, coqueto en atar las rodillas, contempladas con la soga en doble trazo por debajo y por encima de su cápsula, a ser perfecta la atadura. Empujé de babor en mi primer intento por cerrar una pierna, y contraje de su gemela a estribor en un segundo esfuerzo, y en contemplar que no logré aproximar su piel ni un mísero centímetro me inundó un profundo deseo de ser acariciada, tocada, follada.

Bien debía saber el forajido que a esas alturas no me hubiera resistido, pero desconozco si era idiota o tenía otro plan, que polla no entra en ese bondage, y no crean tuvo suficiente con esos trazos, pues llenó de cuerdas mis piernas con tanta intensidad que describir sus giros y sus nudos requiere paciencia de varias horas.

No se espante, que abrevio y continuo, pues mi captor procedió con mayor cuantía de cuerdas, previa ausencia juguetona un rato en misteriosa soledad. Durante esta demora estuvo en mi habitación, revolviendo la maleta de torturas a un ritmo frenético e inquietante. Pensé qué demonios estaría buscando aquel diablo, que nunca regiré en esos juguetes escondidos, y ahora, hecha prisionera, con la voluntad entregada y el alma sedienta de placer, pensé por qué no abrí todos los meses en que pude.

Al regresar, debería de haber escrito una lista de cuanto portaba por disfrutar. Cuerdas afortunadas volvería a notar, y sume varios vibradores que borraban toda duda incierta. Desvelado otro secreto, vi algún que otro objeto y una máscara misteriosa, cerrada, cual cubrió por completo mi cabeza, desde mi cuello hasta la cima de mi testa, salvo un mínimo orificio por donde asomaba mi fosa nasal. Algún sistema, quizá de cremallera o cordel, debía de llevar, pues constrictiva como serpiente se cosió a mis pómulos, mi frente, mi mentón y mi cabello. Quedé cegada, cual ojos vendados en su brutal severidad, enmudecida, silenciada, y de pronto ensordecida.

Dos cámaras de aire, exactas y delineadas sobre mis orejas, se hincharon vaya a saber usted cómo, que esta ciencia no se adentra en mi saber. Tras haberse inflado, una correa ciñó la máscara todo el círculo del gaznate, y saboreé la dura esencia de la privación sensorial extrema, sin ver, sin oír, sin hablar.

"Nunca había sentido ese intensa sensación de estar atada en privación sensorial"

Confieso me asusté, que jamás había experimentado bendita perversión, incliné mi cuerpo al frente, e imploré sonidos amordazada que soy incapaz de afirmar si aquel malvado logró escuchar, rea del completo silencio. Sentí entonces sus manos en mis hombros, y apretándome contra el respaldo volví a ser consciente que podía disfrutar de mí cuanto quisiera.

En aquel silencio percibí que mi vagina se había humedecido, y de no ser por las ataduras hubiera metido un dedo, muy seguro resbalado todo adentro, empapada mi caverna. Restregué mis nalgas por el asiento, buscando caricia en mi trasero, leve gesto gracias al contorneo de mi cintura, pero poco duró este gozo, ya que aquel señor no dudó en añadir una cuerda en los aledaños de mi ombligo. Volteó muy probable por el respaldo, o casualidad quiso que atrapara las cuerdas en los apoyabrazos, o fijó tensión en las tablillas, que aunque no pude ver sí puedo afirmar lo hizo todo bien. ¡Muy bien! ¡Imposible de zafarme!

Ahí afuera, cruzada la frontera de la mecedora, yacía un mundo sobre el cual no tenía ningún tipo de control, socavado desde su asalto y del que sólo podría liberarme la bondad del asaltante. Sin embargo, coincidía en mis gustos, casi magia mística entre nosotros, convertidos por el destino en un solo latir, una sola fantasía, dado no creo en la banal excusa del azar.

Me desprendí de todo prejuicio clásico, de cualquier tabú universal, de miedo infundado, y me entregué de lleno, quién sabe si con él enfrente, o a mi lado o a mi envés, o marchado tal vez, con el corazón en latidos disparados, sin sentirme propia, sólo toda suya, irresistible, perdida, vencida, entregada, desnuda y deliciosa.

A pesar de mis limitaciones, descifré que edificaba rascacielos de cuerdas, pues locamente excitada quise inclinarme hacia adelante, magnífico intento en vano. Quedó tejida mis hombros a la mecedora, con la incomodidad de los brazos entre ambos, en línea recta, inertes sujetados por cuyo enredo ojalá fuese cotidiano.

Fíjese que ironía, dado deambulé del pánico desmesurado a un amor enfebrecido durante aquel lapso de tiempo transcurrido del empuñar el arma al coser con cuerdas.

Anidando esperanza de gozar, quedé plantada aguardando el comienzo de alguna historia, puro fuego, candor soñado, lujuria desbordada, y en aquel basto infinito oscuro me torné impaciente por querer sentir tacto ya de alguna maldita vez, un beso en mi clítoris, una caricia en mis pechos, o un masaje en mis pies descalzos. Rebusqué modo de cómo explicar que no cabía de mayor esperar, e intuyo se percató de mi ansia, pues cruel dio una peculiar tardanza, muy difícil de superar.

Por fin caducó mi condena, e inició el sufrir mis queridas consecuencias de estar atada. Un objeto, indudable un vibrador, penetró sin ninguna dificultad dentro de mi vagina. Creí tal apuesta no era posible, pero me equivoqué de pleno, pues el rayo certero atravesó la entrada de la cueva por explorar su vacío bien al fondo. Descubrí mi concepto erróneo, y me sorprendí que aquel juguete debió echar raíces en el aposento, dado no tengo modo de explicar se arrullara cual si fuese su cuna, y de su lecho no saliera.

Empujé con mis músculos vaginales, invasor a expulsar, pero afortunada de mí quedó perpetuo. Conquistada, sentí apegarse una extraña ventosa a mi clítoris, y ambas sinfonías al unísono comenzaron a vibrar.

Toda la incertidumbre se esfumó en un segundo.

- "fffmmmppffhfiiiiiii" - fue mi gemido a cuyo soprano volumen pretendí hacerme escuchar, pero sólo la fantasía de mi mente logró recrear.

En aquel punto de partida, el villano palpó mis pechos con su lengua, trepó a mis pezones por turno, pues quedaba celoso el diestro del zurdo y viceversa, absorbió su cima erecta, bordeó aureolas y me estremecí incluso cuando besó la base junta mis costillas.

Me hubiera revuelto todos los minutos de aquel deleite, pero bien sabrá en este tramo que aquellas cuerdas severas me habían petrificada atada a cuya mecedora empezó a balancearse, rápido, muy rápido, desvergonzada y traviesa.

- "Fmmppfiiii mmmpffffii mmmhpppfhfiiii" - grité intentando transmitir con toda mi energía.

Mi clítoris preparaba la fiesta del orgasmo. Mi vagina hervía entre cosquilleos y roces y toques y restriegues en sus paredes impregnadas de espeso flujo, y mis pechos, acorralados por cuyos besos rondaban sin descanso, tocados con el dulce sabor de quienes ambos amantes se desean, sobados con total permiso, despertaron del letargo antaño, mientras me mente se vanagloriaba de haber saltado a aquel abismo. ¡Sublime!

- ""ffiigguuueee ffmmfiiiguuueee" - pronuncié dándome absolutamente igual el no escucharme ni poder clamar nítida y perceptible.

"Fue de esos orgasmos que cada día quisiera repetir"

La siguiente escena fue un hormigueo en el interior de mis muslos, una tensión creciente en mis nalgas, un inútil esfuerzo de querer levantar la cadera, la mecedora agitarse como olas empujadas por una enfurecida brisa marina, un terremoto en mi vulva, y estallar en un clamoroso orgasmo como jamás había experimentado.

- "fffffffmmmppffhiiiii mmmpppfhhhf mmmppphffff mmpfffffiiiiiii" - transcribo más o menos según debió de resonar.

Juro que de haber sabido que aquella maleta contenía todos esos artilugios la hubiera escondido en el desván, y a mi invitado echarlo muros afuera a patadas. O tal vez no, y presta en calores adolescentes tomaría prestados, sólo un rato, esperanzada hasta la gloria encumbrada de cuyo triunfo es el orgasmo. En realidad, no lo sé. Cómo explicar aquel sentir, sin poder huir, sin querer escapar. Cómo explicar que, atada sin haber pedido, rogaba no ser liberada. Cómo explicar que, a cual odiado malvado irrumpió al asalto, habría convidado tardes y noches por doquier. ¡Que confusión!

A dicho caos tenga vos muy presente que aquel vibrador, o par en equipo, no se detuvo. No aminoraron su marcha. No descansaron. No desfallecieron. Total indiferencia mostraron por mi satisfacción, y siguieron con su cariño. No hubo cambio, salvo que mi cortejado apartó sus morreos de mi cuerpo. Quedé sin su contacto, pero mi mente nublada no logró descifrar si marchó o quedó, si buscó otras cuerdas o avariciosas fortunas. No pude pensar, pues un vibrador se restregaba a círculos con las paredes de mi vagina, y su centinela prensaba el clítoris como quien no quita el índice de un timbre presionado.

Mi respiración acelerada era claro síntoma de que entraba en caravana de orgasmos si continuábamos por ese camino. Mi excitación no aflojaba, y esa mecedora se había disfrazado de barco pesquero al azote de las los furiosos mares del norte, en su vaivén, adelante y atrás, arriba y abajo. En su columpio, percibía el vibrador adentro y falsa retirada, y repetir una y otra vez, y yo, atrapada bajo lianas imperturbables, sucumbí a su golosa tortura.

Volví a sentir las nalgas oprimirse, veloces, apresuradas, las rodillas luchar inútilmente contra las cuerdas por cerrarse, los muslos contraerse, mi cuello desorientado sin saber dónde virar, mis brazos camuflarse tras la maraña de ataduras, mi cintura inmóvil y frenada, y yo incrédula de si me abordaba un segundo orgasmo.

No tenga duda, y tal regalo divino estalló arrasando toda mi razón.

- "Mmmppfffhiiiiiiiii mmppfiiii mmppffhii ffffiiiii" - repetí a intervalos cortos y consecutivos.

Desconozco si me oyó alguien, pues no tuve forma de comprobar si gozaba de público en teatro, o restaba en la soledad del escenario. No tuve tiempo a pensar, o mejor dicho, no atisbé a conectar ni un solo pensamiento cuerdo.

Aquella mecedora se revolvió como si su antigua madera estuviera poseída por el diablo, y yo, atada inexorable e imposible de resistencia, fuese su mera diversión. Creo que en el gimoteo enloquecido giró tal balancín a un costado, no sé cuál, y entré en un éxtasis irracional cuando me vi sometida a un orgasmo excepcional. Lo supe porque no se detuve. No fue un orgasmo de cinco o diez segundos. No fue otro orgasmo. Fue la madre de todos los orgasmos.

Estoy segura que jadeaba como bestia enrabiada, de cuya pulcritud por las compostura y la decencia había enviado a la mierda, pero fe no puedo atestiguar, don sólo concedido a terceros ajenos. Estoy convencida que mi flujo vaginal debía de desbordarse fuera de mi cueva, pelvis en cascada caída al lago del aposento, mas en la absoluta oscuridad no logré rigor visual a mis sospechas. Perdí todo control, si acaso quedaba resquicio, y aumenté progresivamente la velocidad de mis gemidos, al ritmo de la mecedora desbocada.

¡Qué demonios me estaba ocurriendo! ¡Indignante, o perdón, que quise decir orgullosa! ¡Aterrador, o rectifico, que sincera sería apasionante! Me preguntaba cuándo iba a durar semejante dura tortura, o mejor dicho, por favor no se detenga. ¡Que confusión! ¡Que dilema! ¡Qué fácil solución!

El ritmo de mis caderas no era propio de ese follar que hombres y mujeres recreamos en nuestras porno perversiones. No era un baile. No era una comparsa. Aquello era una posesión endemoniada. Angustiada comprobé que no podía zafarme de cuyo frenesí no hay tinta de pintor capaz de ilustrar en lienzo, y de intentarlo en versos escritos convencida estoy hubiera resultado un estrepitoso fracaso, pues esa fundición que derrite las almas en calma infinito es indescriptible, inabarcable para pinceles e indefinible para las letras.

"Estar atada con ese duro bondage me transportó a la fiesta de orgasmos"

¡Que bestialidad de orgasmo! Estaba nerviosa, pues se hizo cómplice de mi vulva y no marchó. Incluso me atrevo a aseverar que me copaba mi ser un tercer orgasmo, y no era el mismo sino el anterior, o disculpe que no me exprese mejor, no el anterior sino éste refiere, o fíjese que ya no sé lo que me digo.

Mi cuerpo se convulsionaba trémulo de placer, pero por no poder moverme sólo conseguí que la mecedora pareciera tener ruedas. No lograba detener ese balanceo que muchos anocheceres me adormece, y ahora, atada y amordazada, me enloquecía, y por buscar alguna solución quise apartar mi clítoris de esa máquina tormentosa que no cesaba de succionar, aunque bien adivinaran que el reto fue insuperable.

- "Mpmmpppfffhhh" - supliqué al vuelo rendida a aquel martirio.

No tuve respuesta, y repliqué a mí misma el mismo grito, aguardando un tacto, una caricia, un gesto, ya que de sentidos no disponía, pero la indiferencia continúo perpetua en el salón. Apreté entonces con todas mis fuerzas los músculos de mi vagina, en otro desesperado intento de expulsar ese jocoso vibrador, y en fracasar la primera vez volví a insistir una segunda ocasión, e incluso perseveré una tercera, todas derrotadas.

De inmediato, sospeché estar abandonada, dejada, quién sabe si una dulce nota como recordatorio con un mensaje libidinoso, pero en ese momento cabía otra preocupación, en cómo escapar de cuyo encierro no tenía llave. Debería de haber pensado como salvarme de semejante situación, mas desatarme ni soñarlo, pues mis muñecas hacía tiempo se habían dormido por la presión de las cuerdas. Mis codos, pegados uno a otro por las ataduras, se mostraban inertes y vencidos. Forcejear o revolverme oprimía no sé cómo las cuerdas con mayor furia, de figura esbelta, de fina cintura, y las piernas, impedidas de levantarse, flexionarse o mover almadreña si calzara, no eran defensa ni huida.

No crean resultaba sencillo estudiar fórmula. En ese concierto de suspiros y jadeos, mi parte degenerada clamaba quedarme ahí, sentada, atada, desnuda, en un derroche de orgasmos, cumbre mi felicidad merecida. Perdí de nuevo la encuadernación de mis ideas, arrojadas al infinito de mi mente, al universo de mi cerebro, sí, sí, ahí donde señalo firme y regia con mi dedo índice, y no se preocupe si no las distingue, que yo protagonista y culpable tampoco vislumbraba.

Muy al contrario, dónde ostias estaba ese fulano, el de nuestro idilio, el de mi resguardo entre sus brazos, de nuestro flechazo conquistado, que lo quería allí conmigo, aún atada, diminuta, indefensa, expuesta. Dónde narices estaba aquel mozo, que si hubiera podido prometo me hubiera abalanzando a besarlo, entretejidas las lenguas que la mordaza a buen cobijo guardaba, o hubiera desnudado mis pechos, para imantar sus manos en mi descocada piel.

Nunca fue una simple casualidad que en aquel instante me sobrevino otro extraterrestre orgasmo. ¡Colosal! Creía que estas inalcanzables obras de arte eran milagros o simple simulación, pero el responsable de su gracia mostró no son leyenda ni mito ancestral.

- "Fppphffiiii mmppphhii mmmpphfiiif mmppffhhiiii" - chillé reclamando su atención, al tiempo que casi trituro a piezas mi estimada mecedora.

Aquella perversión me era desconocida, pero sacudió mis entrañas de tal modo que no esbocé nunca ni en mis inconfesables travesuras. Deambulaba por un oasis paradisíaco, y no me importaba en absoluto si estaba en el fin del mundo o en la extinción de la humanidad. No se enoje por mi soez lenguaje, impropio de mí, pero tajante le confirmó me importaba una mierda. ¡Bestial!

- "MMMpppppffffffiiiiiiii" - exclamé sin interrupción en todo el iluminado lapso de tiempo por despertar su ardor, si acaso estaba allí presente.

Todas las sensaciones se multiplicaron por cinco, por diez, por quince o por quinientos como mínimo. Estaba extasiada, agotada, jadeando en todo esa ristra de contracciones que, justo alcanzada la última de la fila, volvía en bucle a comenzar. No puedo desmentir estarme enamorando. Tal vez fue un embrujo o un hechizo pasajero, pero la única verdad es que no quería terminar. Despojada de toda rebeldía, no quería escapar, y le hubiese gritado no me deje sola y haga conmigo lo que quiera, si no fuese por estar amordazada.

Menuda locura, ahora que lo pienso. Sonrío al recordarlo con cariño, mientras escribo este relato, y rebusco adjetivos, sinónimos, comparaciones, para lograr hacer al público entender mi sano desvarío, en nada mezquino sino versa en cómo se entrega la confianza, en cómo se comparte la pasión, y en cómo se cree en el destino, amo y señor de cada segundo.

Apoyé mi cabeza en el respaldo, envuelta de aquel silencio mordaz, danzando en la esclava melodía de mis corridas, desenfrenadas, continuas, impasibles aún estar yo rendida y atrapada. Temblaban todas mis carnes, desde las raíces del cabello hasta las huellas de los pies. Me desvanecía en tremendo castigo que pregonó exultante y jovial, ya sin importarme estar sola o acompañada, cuando de pronto noté un débil deforme en las cuerdas, y éstas abandonar su puesto centinela.

Incliné mi torso hacia delante, ambiciosa y dolorida, retorcida la cintura, y en este novedoso intento sí alcancé el resplandor. Probé una nueva oportunidad en las piernas, en cuya eternidad atada no me iba a quejar, y ahora encontré el suspiro próximo entre sí. Titubeante, desequilibrada, con los músculos adormecidos, me erguí tomando impulso. Salió despedido aquel vibrador espeleólogo que mi gruta no abandonaba ni por asomo, y por un instante tuve conciencia de recobrar la libertad.

Fue limitada y temporal, pues abusando de su poder me arrojó rudo y falto de modales contra la mesa.

Frente a frente, alzó mis piernas anestesiadas, trepó a su cúspide cual escalador corona la cumbre, y clavó su bandera en tierra firme. Seguí sin ver nada, pero por empujar a dilatar extremos supe premió la naturaleza de polla inmensa nacida para gozarla, gigantesca, descomunal.

"Entró toda su polla dentro de mi vagina atacando por la espalda"

Recuerdo aquel instante con tanto amor que, a fecha de hoy, me entrego a él en mi íntima masturbación.

- "pffffffiiiii mmmppffpffhhiiiii" - celebré resbalada toda adentro por el lubricado tobogán de mi vagina.

Mis piernas se aferraron a sus nalgas, al ritmo emocionado de sus embates, y aunque me resultó costoso por flaquearme saqué fuerzas de dónde no habían, abocada a un desenfreno cuyo grato recuerdo tendré siempre eterno.

Aquel tigre follaba espectacular. ¡Eso sí es follar! Del resto de mi vida sexual hasta presente fecha, diría fue simple entrenamientos, como nadar en pequeñas piscinas con el flotador bajo el pecho, pero aquel villano era otra historia. ¡Cómo narices se puede estar tan dotado! ¡Explíqueme qué prodigiosa divinidad otorga esa perfección!

- "mmpppfhfiiii mmmmfpfppfphiii ffffiigguuguugeee ffiiimmmeee" - clamaba ya en cuanto ustedes habrán interpretado, sí sí sigue quería exclamar.

Sus manos amasaban mis hombros desnudos. Su esculpido pectoral calcaba sus líneas sobre los montes de mis pechos. Sus labios besaban donde mi cuello emergía descubierto, y su lengua relamía un palmo bajo lóbulos en idas y venidas de ninguna brevedad. Sus músculos aplastaban mis brazos atados atrapados contra el llano de la madera, pero no me importaba en absoluto. Sus alientos jadeantes soplaban tornados cercanos, y de mí, erigida triunfadora, proyectaba resoplidos polizontes marchados a cuya atmósfera incandescente levitaba en el salón.

Disculpen si hablo renglones de mí, que no es egoísmo ni narcisismo, sino protagonismo, pero méritos tuvo aquella polla, adentro, afuera, adelante, atrás, a ratos inmóvil y a mi grito amordazado reemprender el inquieto insomnio, clavada hasta mis entrañas, perforada como quien busca petróleo u oro, mientras yo convertía mis posaderas en festivas maracas.

Apremió celeridad, tomó velocidad sus embestidas, mi culo recobró esa tensión, séptima u octava o incontables ocasiones, en cada orgasmo de la mecedora, y enredé mis piernas al máximo, no fuese el muy cabrón a dar marcha atrás arrepentido. Sentía el latido de su generoso corazón, e intuí pronto, muy pronto, se iba a correr.

Apreté con el último halo de mi energía, encaramados mis gemelos por los barrancos insalvables de sus dorsales, desgastada ya en roja batería, pero me pedí un esfuerzo más, que aquel fino límite con creces lo podía superar.

De aquella historia debería poder alardear, y no está dispuesta a dejarme derrotar. Impuse mi cariño, y me recordé que los jadeos desatados no eran de ciencia ficción. No cabía espacio para estropear la fiesta, y no estaba dispuesta a semanas siguientes buscar explicación, que las heridas quejosas siempre sellan a fuego cicatriz.

Me dije adelante, ánimo, que lo voy a lograr, que lo tengo, que viene, que ya está, mi orgasmo y el suyo de acuerdos, en lugar y hora al mismo tiempo.

- "mmmmmfpffffiiiii mmmpppfffhiiii mmmffffiiiiii" - discursé oradora en sabia conferencia al sentir su semen estallar.

"Gemí amordazada a volumen sin importarme quedar afónica"

Recargó su cañón en varios bombardeos, y enmarqué ese momento inolvidable que repaso muy diario sin ningún arrepentimiento. Retrocedió su verga, lamento mío al regreso de su trinchera, mas enjugué la pena rauda, cuando dominante me encaramó del mobiliario a pies en tierra.

Entré descalza y a hurtadillas donde intuí era mi bella habitación. Allí quedé quieta, y palmeando el interior de mis tobillos abrí las piernas al máximo, trazando forma que a lejanía diría ser pirámide, base en las baldosas y pico en mi vagina. Noté las cuerdas de los brazos desenredarse, y una brizna de brisa percibí al consuelo de su movimiento. Tampoco pude usar mi libertad como me plazca, pues en regreso al origen de toda la historia me guio palmas tras la nuca, ambos brazos juntos, quieta e inmóvil.

Último propósito restaba la máscara, todavía firme y eficaz, y me mantuve en ese estado cual modelo de dibujo permite al artista plasmar. En mi ingenuidad no me pareció extraña aquella quietud, ese falto de consuelo, ningún mimo ni otro convulso continuar. Permanecí rato a la espera, como resguardada de la lluvia bajo balcones o tejanos, pero pasó diez minutos, quince con toda probabilidad, y esa injustificada templanza tomó el mando de mis nervios.

Moví mis brazos, y no encontré obstáculo. A tientas encontré dos válvulas en esa máscara, y al desenroscar escuché en horas el primer sonido, un gemido inquisitorio mío, pero nadie me mandó callar. Aflojé la correa de mi cuello, empujé la tela opaca arriba de mi cuero cabelludo, y parpadeé muy seguido cuando contemplé la luz de mi habitación. Confirmé mis sospechas de estar puesta de cara a la pared mientras el ceder la hebilla me liberaba de mi mordaza, y a pesar de poder ya hablar quedé callada, en silencio, ávida en oído avizor.

A simple vista aprecié se había marchado sin tan siquiera una despedida, con todo el desorden por mi hogar, cajones revueltos, prendas por el suelo, armarios abiertos, bolsos saqueados, ya que pudo y dispuso de cuanto quiso a su antojo. No tuvo piedad, y se llevó mi dinero, pero no tocó joyas, ni cámara ni portátil ni otros objetos de valor, buen samaritano.

No dejó nota, pero sí dejó una huella imborrable en mi memoria, cual siempre digo ojalá algún día me volviera a visitar.

 

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