La cándida doncella de cual a continuación les voy a hablar, y ese ingenuo muchacho con quien comparte protagonismo, se reencontraron tan sólo tres días después de haberse conocido, justo cuando ella pisó el último escalón de metal que descendía del vagón hasta posar la fina suela de su lustroso zapato en el solitario andén alfombrado de rica tierra.

La aguardaba su príncipe desde bien entrada la mañana en la destartalada estación, quien goza de ser la más aledaña al norte de cuantas anidan junto a la madre nodriza de la vía férrea, mas es ése su único privilegio pues para colmo de los desprecios consta en los mapas como un vago apeadero, apesadumbrado de su mala suerte al devenir, ya que cuentan los ancianos la vieron siendo ellos muy infantes toda engalanada, con sus muros pintados de esbelto zarco y los relucientes cristales abrillantados a cada lunes marcando el inicio de cada semana.

Quizá fue el paso de los años quien la deterioró, o tal vez la escasa productividad en un mundo cual sólo olfatea el olor al prado de la ciudad, verdea, azules, dorados, plateados, anaranjados sin pétalos y alguno más que ruego me perdonen si olvido, pero no son flores sino papel y dinero cuyo nombre es señor don dinero y que en mi humilde morada reina por su ausencia.

"Las estaciones son testigos de millones de historias anónimas"

Fuese cual fuese la causa, la muy desgraciada cayó en el funesto descuido de sus domadores hasta ser abandonada sin más.

En verdad desconozco la razón exacta, pero daba lástima ver sus paredes roñosas con el pulido esmalte de su maquillaje caído a trozos, los cendales rotos de sus marcos de madera podrida cerrados a cal y canto, y los trenes, que durante tantos lustros la reverenciaron, copados de plebeyos pasajeros cuales ahora la miraban burlescos ignorando su antaño esplendor, apenas tenían el honroso detalle de detener máximo un par de ellos cada día, sumando sendos sentidos de su única vía.

Sí, señores, desgraciado es el huraño apeadero, cuales escenas frente su dolida fachada no son como siempre nos hemos imaginado, despedirse familiares en un mar de lágrimas y pañuelos en manos alzadas como banderas, y los entristecidos rostros de los viajeros amarrados a las mamparas de los carruajes, con sus ojos envueltos en lúgubre penumbra y anclados firmemente en sus seres queridos que pronto ya no verían.

El consuelo, el del pobre apeadero, era el de saber que sobre sus tejas de barro cocido por sombrero posaban a menudo su vuelo las aves, y sentir sus zócalos, antes pintados con una gruesa franja del más galán azabache, repleto de flores silvestres quienes con suaves caricias le ayudaban a soportar las horas de más dura soledad, a él, al vetusto apeadero, a quien al partir los convoyes nadie se abrazaba abatido en el arcén, ni quedaban contemplando con añoro el férreo trasero del ferrocarril retomar su destino a la frontera por encima de los paralelos raíles hasta desaparecer al torcer por allá el firmamento.

Pero de cual día yo hablo fue cuando unas pupilas de verde zafiro vertiendo destellos de pasión se dignaron tiernos a visitarlo, sentándose junto a las tibias sombras que en alguno de sus flancos a cualquier hora se hallaba refugio de la canícula estival, y el mundano apeadero renació de sus cenizas.

Por fin pudo gozar de un reencuentro anunciarse con un beso cual se posó en sus mutuos labios, en los de ella y su amado.

¡Que enorme júbilo sacudió su atmósfera vacía!

Aquello, para el roído apeadero, fue su paraíso, el poder ver a dos amantes mirarse embelesados de la jaranera razón... ¡y cómo gozó!

"Los dos amantes se besaban obscenos y salvajes al amparo de la solitaria estación"

Me refiero al desvanecerse los minutos remansos por el antojo arrumaco de los obscenos besos, al empezar los labios brindar, fundiendo las lenguas en un estrecho abrazo al albergue de sus ansiosas bocas, y la calma, aquella perpetua cual merodeaba al dejado apeadero, estalló en jadeos monosílabos, o a lo más generoso bisílabos, y desvistieron sus carnes no como cuando uno se acuesta sino al desearse con ardor, arrancándose casi a jirones las prendas hasta dejarse ya sin fraques, con las manos blasfemas de él abiertas y llameantes tocando los pechos libres de la princesa y ella, que le circundaba por su cintura desnuda, derritiéndose al amoroso tacto.

¡Que enorme deleite le supuso al olvidado apeadero!

De nuevo los besos chasquearon, las turbulencias de sus lenguas siguieron siendo rúbricas del primer encuentro... ¡y cómo revivió el senil apeadero sus recuerdos de juventud!

En segundos, la distancia entre los dos amantes se hizo añicos, las pupilas se seducían a mordiscos, los verbos del querer se conjugaban en santa confesión, y ese tacto, el de las yemas mimosas sobre los senos descubiertos, el delator erizo naciente del pezón con su vértice de gredosas nieves perpetuas, les enloqueció.

¡Resultó increíble a ventanales del apeadero!

Jamás, ni en su era dorada, vio tal acto sucumbir, con el cráter del íntimo volcán emanar su preaviso delirio de lava, y los deseos convertidos en tan fuego vivo que incluso al besarse se doraban los labios hechos anillos de alianza.

¡Qué menos, pensó el vivo apeadero, podía hacer por él la diosa fortuna que concederle el afortunado honor de relamer sabores añejos!

Pero de pronto los dos amados se vistieron, predispuestos a marchar, y se entristeció al verlos alejarse de su fornido cobijo.

Tal acto infiel el triste apeadero, cual de una cornisa lagrimeó, no podía consentirlo, mas le fue imposible evitarlo cuando ambos subieron al vehículo, quien impaciente les aguardaba para huir raudos de tal hostil territorio.

¡Oh, qué hermoso paisaje les recibió!... ¡Demasiado hermoso para ser real!

Eran hermosos los senderos de suelo berrendo que torcían a este y oeste, las sendas suntuosas calcadas por las cortezas de los bosques doradas al sol, y la tierra masajeada por los rayos del astro febo cuales trepaban paso a paso hasta alcanzar la nieve de las cumbres más altas.

Las aves parecían haber organizado una comitiva de bienvenida, pues volaban juntas casi en formación garzas, grullas y faisanes, y por doquier se veían más bandadas, éstas con sus plumas camufladas de alabastro, posadas sobre las ramas de los sauces a ambos lados de la riba de un caudaloso río que apareció casi por arte de magia, alisándose con el pico las plumas o agitando salvajes las alas espolvoreándose el plumaje, mientras miraban a diestro y siniestro con calma precavida.

De fondo, se escuchaba con fervor los cantos de un coro congénere entre los pámpanos del bosque, y aún más lejano se divisaba una cima, la misma cual en el crepúsculo vibraban oblicuos y desfallecidos los rayos del sol dando en un último esfuerzo tirabuzones de rubíes a los nubosos mechones del cielo y donde al caer la noche, exactamente sobre el perno de su cúspide, se mostraban las estrellas encendidas en el negro jardín como ricas petitas de oro.

De todas las cimas, era la de mayor envergadura.

¡Ah, mi querido lector, cuan bello paraje disfrutaban, a pronto de ser acosados por la ardiente venganza de un ahora perverso apeadero!

Ajenos al peligro, ellos se deleitaban embobados en contemplar a través de las lunas contiguas cuanto yo acabo de narrarles.

Kilómetros más allá, observaban salpicados los cultivos de pigmentos amapolas, dorados, púrpuras y tallos verdes, aguardando como sus vecinos la verduga siega de la guadaña aunque éstos sólo fueran pasto del ganado, y a los campesinos hendir con esmero surcos para arar tenaces a mano o con los bueyes tardos la tierra crasa heredada o arrendada, sin arañar, y su grano sembrado anhelando brotar en su época lozano cuantos evitasen ser pasto de las glotonas aves.

Todos tenían en su piel el calco del trabajo rudo bajo la reina esfera de fuego, cual tiñe oscura su epidermis blanca con ese clásico tono de ocre barnizado, su torso tosco, el músculo de sus gemelos al descubierto y cuanto resta de pierna desnuda hasta poco más arriba de las rodillas, camisetas sin mangas, sombreros de paja sobre las testas, y los líquidos salinos brotando a raudales por sus glándulas sudoríparas.

Ciertamente, hasta la dura profesión era insólitamente hermosa de contemplar, dando la apariencia de que tal imagen la esbozaba un falso mosaico colocado al azar.

Más allá, donde las doradas espigas del trigo confunden los lingotes del sol con el oro de la tierra, se escuchaba el plácido sonido de las esquilas en los libres prados, y el desfilar del viento en procesión, y ¡cuan de hermoso era!

Casi diez minutos después de cuanto les narro, desviados por un precinto camino despoblado de inútiles jaeces y no más ancho de dos metros, vieron por fin su meta, una vieja casa reconvertida en campestre hotel y cuyos vastos ventanales enrejados a modo de prisión dilataban sus pupilas a los álgidos céfiros del norte.

A distancia, se confundía con una roca despeñada.

Una valla, de travesías compuestos por vigorosos troncos de dura haya, la envolvía, mas... ¡qué extraño, pues el único camino cual conducía a ella sólo hacía que torcer y torcer, sin alcanzar jamás su magno pórtico!

Las horas se demoraban agónicas, con las saetas del reloj aún restándole un trecho para que la mayor rebasara el linde de la media tarde, mientras la diabólica senda se alejaba sin cesar de su anhelado destino, pero ellos, locos por retozar sobre hilos y más hilos de las sábanas, donde los trineos del amor recorren las ardientes autopistas de las almas, ansiosos por pasar de las manos tocarse a buscarse su íntimo cofre de tesoros, con sus ojos eclipsados de luz mágica y las arpas de sus labios entonando bellas rimas de galanes adjetivos, mostraban una increíble paciencia digna de premiar.

Sin embargo, al tomar un nuevo giro de la senda, la sólida efigie de la morada desapareció tras los tabiques cetrinos de unos árboles que sin prisa fueron poblando el suelo y cuya corteza parecía un armazón que cubría las carnes leñosas bajo sus corazas. En sus sayas, a la sombra de sus musculosas ramas, atiborraban la tierra bajos arbustos y zarzales que lo hacían impenetrable, mas poco a poco se tornaba el paraje envuelto de bosques frondosos, copiosos de fresnos, castaños, acacias, abedules y especies de hoja caduca enarbolando con ansia el plumaje que los vestirá hasta la próxima fronda del otoño.

Un aura tenebrosa, diabólica, rodeaba la aureola de sus copas. Pigmeos saúcos insinuaban maliciosos sus ofrendas en forma de frutos azucarados, teñidos por los elfos de un precioso violáceo que tentaba al pecado de tastarlos.

Por primera vez tuvieron la impresión de haber tomado el camino equivocado, mas era tan descomunal su estrechez que resultaba inviable virar ciento ochenta grados el vehículo.

Sin remedio, siguieron adelante, viendo cómo a ambos lados se fundía, en un insólito sentido del humor, frutos de un rojo intenso y encendido, capaces de hacer las exquisiteces de paladares exigentes, con astillosas lanzas de leña sustentadas por las ramas surgidas de cual esqueleto profería a la vista un deslumbrante albar.

Sobre tal reino inconcebible, cayó implacable una espeluznante cortina de traslúcida bruma, espesa, viscosa, quien obviando sus deseos los atrapó en la tupida maraña de su más céntrico regazo.

Perdidos, desorientados, oían a débil run run aquel incansable sonido, el del río que en ningún momento se distanció, bogando camino de su piélago, cual desprendía su venus melodía entre los limados pedrascales con sublime poderío, satisfecho de cenar en deshielos cristalinos.

Mas por si no fuera ya bastante desdicha su infortunio, el motor, sin previo aviso, desfalleció entre sus malditos clamores de mala suerte.

¡Ojalá no se encuentren ustedes jamás en afín situación!

Aun así, mostraron una paciencia inconmensurable, digna de alabada mención pues allí, soliviantando las horas en charlas de todo tipo, esperaron cuya anhelada mejoría del clima se demoraba cruelmente. Los cantos de las aves les rondaban en inusual mordaza, y los pocos quienes avecinaban sus cuerdas vocales sonaban a llanto al impregnarse del mucilaginoso vapor.

Cumplida ya la cuarta hora, puesto que la niebla se negaba a marchar y su vehículo a funcionar, decidieron alcanzar la casa a pie, regresando por el mismo trayecto ya recorrido para evitar perderse.

Tal intento sabían les suponía una hazaña, pues la velosa oscuridad se había apoderado sin fisuras del halo cual circundaba su escena romántica, haciéndolos andar a ciegas con pasos cortos que resonaban casi de un modo maldito en medio de ese tenebroso silencio.

Los dos, cogidos firmemente de la mano, anduvieron cuanto no se pueden imaginar. Hervían las plantas de sus pies, y los vigorosos músculos de las piernas, cuales tan convencidos se mostraron al inicio, comenzaban a plantearles serias dudas de su larga resistencia.

"Los senderos les llevaron de nuevo a la añorada estación"

Agotados, con las espaldas curvadas por cual cansancio les azotaba, ni mediándose palabras entre ambos, escucharon entre la orquesta de la viva naturaleza un violento golpe imposible de concebir, como el de una puerta cerrarse. Las pantallas de los relojes ceñidos en sus muñecas figuraban vacías, hartos quizá de marcar un tiempo que no existía, mas entonces, cuando el temor se ciñió en serio a los hondos seres de sendos amantes, se alzó una cálida brisa que a una velocidad endemoniada disipó por completo la espesa niebla.

- "¡Dios mío!" - exclamó el muchacho sorprendido al contemplarse rodeados de cuatro recias paredes, con su pintura caída a pedazos y a cobijo de un techa cuyas vigas rectas de vetusta argamasa cruzaba todo lo longo de norte a sur.

Los dos, aturdidos y confundidos, se formularon una pregunta tras otra, interrogaciones sin arte rebuscado sino más bien clásicos vulgares... dónde estamos... qué es esto... y tantas emparentadas que se les hicieron imprescindibles, pero sólo un abominable eco, similar a los sórdidos ecos de catacumbas, respondió con sorna idéntica a cada una de todas éstas.

Había un reloj, más o menos tres metros por encima del nivel establecido a partir de las inmundas baldosas de arcilla alfombrando el centenario suelo, fallecido a las veintitrés horas y doce minutos del día catorce, de un tal año cuya decena final era el diecinueve, última fecha cual indicaba la cruz de tinta roja que tachaba citada onomástica.

Sobre ellos, esculpido con punzón en una tabla leñosa sin alijar, pendía una inscripción: Apeadero de Est Bellien.

- "Estamos en la estación" - clamó estupefacto, aunque si hubieran escuchado su tono de voz dirían que tal hecho inconcebible le resultó incluso gracioso.

Cabe decir que tal actitud, al intentar abrir la única puerta y comprobar que no era factible pues la manecilla interior estaba rota, sufrió un vuelco radical.

- "żAlguien puede abrirnos?" - chilló a viva voz, y puesto que no obtuvo respuesta golpeó la cancela con los nudillos de su puño zurdo cerrado, flojo... una... dos... pero a la tercera ya azotó con más violencia, más... mucho más... ¡y como se malhumoró el pobre apeadero al notar aporrear sus labios sellados!

¡Con que permiso osaba agredirlo!

Su espíritu, el de las arcaicas estaciones que han visto a las buenas gentes de siglos pasados suplantarse por una generación egoísta sin igual, se enfureció, resollando bocanadas de aire que a plomo caían sobre los tórtolos, y el habitáculo, hasta entonces cincelado por una fresca atmósfera, comenzó a caldearse.

¡Calor! ¡Mucho calor! Como si el fuego célico, ese mismo cual ciega los ojos irreverentes que le desafían a mirarse con reto, hubiese abandonado, justo encima de su cabeza, polvos de oro y torbellinos de chispas doradas mientras recorría implacable la bóveda de este a oeste.

Fustigados por la cola de tal hervoroso látigo, chorros de sudor emergieron por los poros de los amantes aunque, si me permiten una puntualización, la temperatura se quedó estancada cuando el ambiente cerrado rondaba los cuarenta grados.

Aún así, ¡cuanta calor! ¡Insoportable! Harta de sufrirla, la joven desabotonó su blusa de un níveo traslúcido mas, visto su resultado insuficiente, decidió desprenderse de la prenda y con mala fe arrojarla contra la franja del zócalo diestro.

De excitante imagen la tildó la estación, vista luciendo sus pechos bajo la única coraza de su erótico sujetador tintado de sensual murice.

Respecto a los sonidos, sólo se escuchaba el concierto de sus voces rogando, más bien suplicando, por el regreso de la libertad, pues en ambos imperaba la macabra sensación de sentirse ova prisionera en una mundana charca frente la vaga sombra de la daga de la muerte, cual día y noche no cesa de acechar.

Pero sus loas, sus pregones, o como ustedes deseen tacharlos, no iban más allá de cuyos sólidos barrotes de piedra impedían también huir sus carnes.

Con su uso de la razón perdido, la chica continuó desvistiendo su figura, y ya no les hablo de exhibir la lencería a conjunto, sino de quedar completamente desnuda, salvo por unos zapatos de tacón alto y tiras finas que acrecentaron la lasciva forma de su figura.

"Dieron rienda a su pasión encerrados y desnudos en la estación"

Todo intento de calmar su histeria resultó infructuoso, con palabras, abrazándola o acariciando suave su efigie de color canela. Sus tiernas pupilas se miraban a los ojos, cómplices, apasionadas, buscando en esa escena sofocante templar los ánimos atenazados por un pánico quizá irracional, y sin apenas pretenderlo llegaron a atraerse como imanes, y el borde los labios chocar uno contra otro.

Sus manos, las de él, la rozaron desde los hombros a la cintura, con sus besos asolando primero la boca de su amada para luego descender, por el cuello, los pechos turnados, y seguir por el músculo abdominal hasta donde, más allá del ombligo, aguardaba ella la gloria de sus proposiciones indecentes.

Por supuesto, tal cinéfilo acto encantó a la vengativa estación. Se sabía porque, con sus puños encogidos, se frotó los cristales para soliviantarlos de la sucia red tejida a través de los años, y fue gracioso, ahora ya conseguidas sus pretensiones, ver sus parapetos enrojecerse de la desvergonzada decisión de la pareja.

Entre tanto, el muchacho, ya libre de inútiles telas que afeaban la escena, había hincado sus rodillas en el suelo y acercado, con ávidos deseos, su faz de frente a la entrepierna de la cándida novia.

¡Créanse como disfrutó la estación!

Cara a cara con su vulva, la lengua de él cruzó la aduana de los labios menores, husmeó por su abertura, sita en torno a su baja pelvis, y sin más demora entró las papilas por cuya cavidad profundizaba a la otra riba de la frontera.

Un ronco gemido exhaló de la garganta femenina, no de terror sino de gusto, mientras ladeaba su cabeza hacia atrás, como si tras la pantalla de sus párpados sellados pretendiera mirar al cielo de las pasiones.

Innumerables gotas saladas resbalaban por si piel con gestos tan perversos que parecían haberse sumado al festín, surcando las candentes mejillas, arrojándose desde el mentón a la erógena aureola de sus fálicos pezones, dejando a su cauce el clásico rastro del rocío, y ella, quien tenía las piernas separadas una de la otra a casi no poder más, obligada por los vigorosos músculos de su príncipe, se revolcaba de placer.

Si no hubiera sido por la perfecta insonorización de aquellos tabiques carceleros, se habrían escuchado atronar sus gemidos en centenares de metros a la redonda.

Con horrorosa lujuria sentía relamerse hasta la saciedad su ansioso sexo, y su alma, enloquecida por los reprimidos deseos tanto tiempo en silencio, rogaba sumisa más y más. Su pícaro tono resonaba con un ardor que ni la aura cual les envolvía lograba superar y cuyo acento desvarió el control del muchacho, pues una formidable erección dio vida propia al viril periscopio de su cintura.

¡Cuánto gozo añejo invadió a la estación! Décadas y décadas había fantaseado su esbelta estructura en presenciar tal arte, allí mismo, en la sala de espera, o en esa especie de sótano cuadrado usado años antaño como desván trasero donde almacenaba equipajes de viajeros y bultos de carga.

¡Por fin! Qué delicia, verlos regocijarse de júbilo en su íntimo abrigo, y compartir los tres juntos sus vaivenes alocados al invadirle la recompensa de su orgasmo, desmelenados sus cabellos, retorciendo sus cuellos sin rumbo fijo y balanceando las cinturas, adelante, atrás, mientras ademes de esperma volaban hasta caer yardas más allá sobre la insaciable panza del ignorado apeadero.

Desde aquel día, luce los cristales pulidos como en su era dorada, con su fachada pintada de un reluciente zarco cual se bate en duelo a la hermosura del paisaje, su maquillaje cuidado día a día, los cendales de madera noble, y los pasajeros, quienes bufones la detestaban, ahora la miraban impresionados por ser la estación más bella de todo el largo trayecto de la vía férrea.

Nadie entiende la razón de su increíble rejuvenecer, ni nadie jamás podrá dar una exacta explicación a tal suceso, salvo una joven pareja, huraña a su propia especie, que tantas veces merodean por sus lindantes y cuya actitud las hordas de incrédulos nunca entenderán.

 

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