Mi nombre es Erika Rashford, nacida en Londres el único sábado de la tercera semana a pleno octubre, sobrepasada la saeta mayor en diez minutos la segunda hora tras atardecer, llorona como todos, de cabellos con un ligero tono azabache, y rodeada de una intensa nevada jamás acontecida por esas fechas cual azotó la ciudad al mediodía previo de mi alumbramiento. El lánguido murmuro del mar aledaño se filtraba por los muros del hospital, silbando entre los mimos y caricias de mi amada madre, mientras los gélidos céfiros del norte soplaban insistentes en cuya noche serenaron y donde la luna llena, en su cetro de manto oscuro, miraba con sus ojos encandilados al regazo de mi cuna.

De aquella efeméride hizo hace escasos meses veinte sorprendentes y fugaces años.

Pero no teman, pues aunque el don de la magna modestia no me fue inculcado, o en su defecto ignoré aprender, no pienso hablarles de cuantas vicisitudes y jolgorios he vivido. Mi simple intención es darles a conocer una trágica historia, cuyo relato les advierto no es indicado de leer si ustedes acaban de atiborrar insaciables el apetito de su panza, mas si aún persisten en su intento de proseguir andando por este sendero de letras, deben de atenerse, siempre bajo su propia responsabilidad, a las consecuencias de cual osadía se pudiera derivar.

Tal tremendo suceso tuvo lugar en la ciudad de Breiwutt, un 23 de mayo de 1886.

Una brutal tormenta, cual tornó noche las horas adjudicadas al astro febo, arreciaba furiosa sus cascadas de agua desde los pantanos celestes, desertando por completo las rúas. Al valle azul, que reinaba tan a diario sobre las cabezas de sus ciudadanos, le suplantaba una vigorosa flota de navíos con su quilla pintada de un amenazante gris marengo, que no mostraba ni el más mínimo resquicio de pretender surcar cercanos pontos. Sus demonios de a bordo lanzaban desde la cubierta gorguces tridentes de fuego divino, y a atronadoras carcajadas de júbilo, que de terror sobrecogían las gentes haciendo fruncirles ambos hombros, estallaban tras cada embate, con tanta violencia que si cuanto sonaban no eran risas de diablos, debían de ser los golpes de la fusta de Dios a pronto de resquebrajar la bóveda del planeta.

Estas afirmaciones, cuales yo ahora he desvelado, las escribían con espanto las crónicas de la prensa local, llegada ya la calma al día siguiente.

Sin embargo, un hecho, incapaz de concebir ninguna mente en su sano juicio, aconteció justo en el cenit de la viva naturaleza derramando su diluvio.

"En plena tormenta salió por pedir servicio de una prostituta"

Tan sólo el rodar de un lóbrego carruaje sobre sus rieles, con las ruedas bien sujetas por los bajeles, rechinando al girar en su eje fijo, y los azotes de las cadenas a su son de hierro al chocar contra el ébano recto, producto de su balanceo por el traqueteo de los adoquines, se aventuró a quebrantar la excelsa furia de los dioses. Lo conducía un cochero, quien lucía totalmente empapado sus largas libreas abrochadas por botones de plata metalizada, y fustigaba los corceles bizarros que arrastraban su pesado armatoste entre las turbulentas marañas de los lares hasta ordenarles detenerse frente al número veintitrés de la calle Rebett Dak.

La dirección correspondía al club de alterne más antiguo de cuantos había repartidos por la codiciosa metrópoli.

Un hombre, engalanado con un fraque azabache, bajó tranquilo sin importarle la salvaje tempestad, anduvo los escuetos dos metros que le distanciaban del umbral, tomó el picaporte de cobre fijado en lo alto de la cancela, y aporreó tres veces consecutivas.

Quien le atendió fue una joven prostituta, desprovista de prenda alguna que cubriera ni un ínfimo ápice de sus carnes desnudas, con su rostro pícaro teñido de maquillaje y sus jugosos labios esbozados de deforme beso.

Decían era de cuantas ejercía con dignidad su oficio la más agraciada, de cintura estrecha, ojos de cristalino esmeralda superados ya los ciento setenta y cinco centímetros de altura, y un precioso cabello dorado que pendía en alborozada melena hasta tocar con sus púas la zona más baja de la escápula.

Pero por culpa, o quizá por gracia, de las fulgencias estallando en la compacta masa de las nubes, ni una de sus compañeras escuchó cual conversación mantuvo con aquel misterioso caballero que, ironías de la vida, la tenue luz de los dispersos fanales alumbrando casi a mal azar los ánditos, lo ocultaba aún más en la pérfida oscuridad.

La vieron por última vez tomando su abrigo, como única pieza que iba a cubrir su cándida figura, pendido en el único perchero a una esquina del vestíbulo, durante toda su ausencia. El aguacero, cortina indómita de la endiablada tormenta, ocultó el carruaje de vistas indiscretas, y debía de haber recorrido la manzana completa cuando también dejó de resonar, en las ribas vacías de paisanos, el herraje de las coces.

Cuyos sucesos siguieron y quedaron grabados para siempre fueron los siguientes.

Llegados a su lujoso domicilio, y previo pago de su tarea, pues en uno de los bolsillos de su abrigo se halló, una semana más tarde, los quinientos dólares constituidos como la tarifa, cantidad para la data tan exagerada que ni el más corrupto de los jueces supremos hubiese osado demandar a modo de soborno, la muchacha desnudó sus encantos.

Se hallaban ambos en el tercer dormitorio de la planta superior, al ala este del hogar, presidido su centro por una amplia cama de matrimonio sin cabezales, y flanqueada ésta por sendas mesitas de noche, frente una de las cuales la joven moza aguardó paciente de pie. A su derecha había un tocador de tres largos cajones, adornada su repisa de mármol blanco por un conjunto de recipientes con los siete aceites sagrados de la momificación y decenas de shauabtis, sirvientes momiformes del muerto, hechos todos de frita vidriera y cuyo tamaño oscilaba desde insignificantes centímetros a varios longos y esbeltos decímetros. En las paredes colgaban retratos de Yayum, pintados sobre lienzos arcanos a la encaústica, mas sólo un parapeto se libraba de su tenebroso arte, pues ante su vertical enladrillado mostraba vanidoso su vigoroso pectoral un gigantesco armario, alzándose bien firme hasta rozar con su testa la blanquecina cal de la cúpula mortuoria.

Fue de él, ya que se hallaron abiertas de par en par sus cuatro puertas de luna biselada, de donde debió tomar, amagados entre sus trajes de tonos sombríos, sus americanas de lino y los zapatos de piel rebosantes de betún alabastro, el resto de utensilios.

Su voz resonaba a catacumbas, pues sobre sus hombros lucía una máscara completa de cabeza de chacal, quien así fue el dios Anubis, mas cuanta parafernalia pronunció pretendía iniciar a la joven dama para la residencia eterna de la cual no iba a regresar jamás.

A modo simbólico, espolvoreó esparcido por el cuerpo de la chica una capa muy disuelta de natrón, una mezcla natural de cloruro y carbonato de sodio para deshidratar los tejidos, y aunque la cantidad resultó inapreciable para tal acometido, sintió un molestoso escozor cual hervía su piel. Acto seguido, untó con un fino pincel resina sobre la carne, y procedió al embalsamiento.

"Aquel hombre rico y culto comenzó con el cruel ritual de la momificación"

Tal perverso acto lo realizó conforme a los estrictos rituales que eran de sus limitados conocimientos. Aún así, acertó en establecer como punto de partida los dedos de los pies, fajados de uno en uno, tendida ella sobre el lecho leontoformo, y siguió ascendiendo por sus extremidades, envueltas también por separado, por los gemelos, las rodillas, los muslos, y cuando terminó volvió a untar resina por encima del lino para cubrirlo con un segundo vendaje, esta vez de bandas más anchas, apresando sus piernas juntas, una contra otra, con fuerza, casi como soldados, pues la resina ya daba claros signos de solidificarse.

Justo entonces, el sujeto gritó a viva voz el nombre de la chica.

- "¡Acabas de recibir los ropajes de rico lino de Sais, y ahora tus dedos y tus uñas son de lino puro! ¡La emanación del más allá llega hasta ti, divina doncella, para que con estas piernas libres camines hasta la morada de la eternidad!" - recitó.

Había usado ya casi una veintena de rollos, cada uno de diez metros de largo, cuando ella ya tenía su cuerpo momificado desde la planta de los pies hasta su rasurado vello púbico, sin dejarse ni una miserable ranura al descubierto ni permitirle asomar un trozo insignificante de sus cortas uñas esmaltadas.

Ya en ese estado, todo indica que la muchacha colocó sus brazos en posición osiríaca, cruzados en aspa por encima de sus firmes pechos, y de nuevo el coaquista prosiguió su fantasía, estableciendo su salida en el dedo meñique de la mano diestra, continuó siguiendo su séquito hasta el pulgar de la opuesta, y con mucho oficio, pues todas las vendas estaban sumamente apretadas, vigilando no dejar arruga alguna cual produjera protuberancia molestosa, tanto para el riego sanguíneo de la sometida como para la excitante fantasía a la vista de él, enredó los inquebrantables hilos por su torso de un vivo canela, quedando así su cándida figura perfectamente envuelta con un fajado muy completo cual dibujaba precisas geometrías romboidales.

En los instantes a cuales hago referencia, su momificación abarcaba desde el gaznate de su cuello hasta la planta de sus pies, con un grosor de vendas que por más insistir no van a creerme.

¡Y el hombre!… Ensimismado, quien por las tallas de sus prendas debía de ser de mediana complexión, a punto de recitar el segundo encantamiento, aún se preguntaba si cuanto ocurría, verla, tocarla, no era un cruel y maldito sueño.

- "¡Acabas de vestir tus manos en el lino sagrado, manos que te guiarán a ciegas por los túneles de la duración infinita, pues están regenerando tu alma pecadora! ¡Tus dedos serán tenazas, y tus yemas refulgirán allí donde el reino de las tinieblas sea perpetuo en un inmenso vacío!" - gritó con sus párpados caídos y la cabeza recostada hacia atrás.

"Muy bien atada y momificada estaba la chica servicial y obediente"

Llegaba ya la cumbre de su divina fantasía.

Sujetando en su mano un jarro de cristal, cuyo contenido, una mezcla de cera y miel, tenía un brillo ámbar, tomó unas finas pinzas y con minuciosa paciencia colocó uno a uno, a lo más hondo de sus oídos, hasta tropezar a puertas de los tímpanos, bloques espesos de susodicha sustancia, bien prensados, preocupándose de no dejar ni un solo resquicio vacío a lo largo del conducto auditivo, y cuyo objetivo era impedir la percepción de sonido cualquiera, formando así un muro que durante todo el macabro juego la ensordecería.

Cuan de fácil es vaticinar el atroz pánico a cual la hermosa prostituta sucumbió, pues no hay en el mundo riqueza capaz de comprar el miedo de las almas. Mas quizá ella pensó ese es su oficio, mientras él, con una moderna cinta de precintar, no usada por los oficiantes de la antigüedad, selló su boca dando un par de tensas vueltas sin entrecortar a toda la circunferencia de su cabeza, justo por detrás de la nuca y por encima de sus labios cerrados.

¡Que bella apariencia lucia ya su momia!

Debía, para culminar su magna obra de momificación, cubrir pómulos, barbilla, frente, mordaza, ojos y cabello, dejándole tan sólo descubierto los orificios de sus fosas nasales.

- "¡Oh, Venerable y Grande, Señora del Mundo, Soberana Verdad!" - clamó con sus brazos abiertos a los costados - "¡penetra con tu voz a sus oídos sordos, hazle escuchar la sabiedad de tus lecciones, que su boca amordazada imparta a los incultos sus enseñanzas, que sus ojos vean la luz de la soberbia perfección!".

Con terrible calma, el hombre enlució los tejidos con una lisa capa de yeso líquido, de tal modo que resaltaba con brillantez las formas de cual cuerpo femenino envolvían. Terminada ya tal tarea, ungió la momia con perfumes extraídos de romero, laurel, mirra y casia, quedando un agradable aroma que copó todo el aire inquieto de la estancia.

Quedó, sobre el lecho mortal, la zagala indefensa, sin poder oír, ni hablar, ni ver, atada bajo una sustancia pegajosa de la cual desconocía el modo de librarse, con la noción del tiempo perdida, y una terrible angustia sin precio le recorrió las entrañas.

Pero… ¡demasiado tarde!

Se sintió volar del cómodo somier, y en segundos aterrizar sobre un duro tablón, cual era tan sólo la base de un sarcófago antropomorfo de paredes muy gruesas, y una solemne oscuridad la rodeó al cerrar la tapa, mas de tal hecho no fue consciente la joven de los quinientos dólares.

Tenía, entre las innumerables capas de vendaje cuales daban a cada rombo una considerable impresión de profundidad, tres amuletos protectores a quienes él, de pie frente tan tétrico catre, invocó.

- "¡Oh, tú, pilar Yed, ayuda a cual ser te ofrezco a levantarse terminado ya su viaje sagrado!".

Un segundo amuleto, la cruz de asa, le aseguraba el soplo de vida eterna, y el tercero, el ojo Uydat, simbolizaba los bienes que iba a recibir en su mundo del más allá.

- "¡Ya por último te digo, mi momia preciosa, que los dioses de los orificios os adoran, pues les oigo decir sois el mejor preparado de todos los espíritus! ¡Se regocijan al ver vuestra forma, que se eleva y aplana tu rico vestido de lino en todos sus primeros contornos! ¡Disfruta, y enorgullécete de que tus partes, descubiertas u ocultas, están todas momificadas como es a gusto de los elegidos por los dioses!".

Según el atestado policial, necesitó trescientos metros cuadrados de tela, redondeando la cifra inexacta, para llevar a cabo su tarea de titanes.

Luego, tal como dictaba el guión pactado, el sujeto, cual correspondía a las iniciales T.L., hizo ceder la hebilla del pantalón, continuó liberándose de cuantas prendas le vestían de cintura hacia abajo, siguiendo por su camisa, desabrochándose todos los botones, uno a uno, y por el aspecto retorcido que presentaba sobre el asiento tapizado de la silla, la arrojó al vuelo desde el lejano lugar donde se hallaba.

Una manga, la diestra si no recuerdo mal, pendía hasta casi barrer con su inmaculado blanco puño las baldosas de barro cocido.

Respecto a los próximos sucesos, les será fácil de presagiar, pues él, a quien aquella fantasía revolcaba sus sentidos, abrió vanamente sus piernas, dejó caer su brazo, y un ardoroso gemido exclamó al asirse su órgano viril con la palma abierta de la mano.

"Comenzó a masturbarse poseído y contemplativo de su aterradora fantasía"

A los hombres… ¡qué les voy a contar de cuantos gestos reprodujo! ¡De cómo deslizó tal extremidad por el grueso fuste de su verga! ¡De la opresión a la cual la sometía, firme e inexorable en busca de su orgasmo! Balanceaba la cabeza, adelante, atrás, de un modo casi estudiado, con los párpados entrecaídos y agitando a cada decena de segundos su muñeca con mayor velocidad.

Jadeaba incansable, una y otra vez, y una increíble hinchazón asoló a su órgano erótico, cual tomó medidas desproporcionadas. Un hormigueo incontenible sintió recorrer, en sentido descendente, desde la pelvis hasta la fina raja del frenillo, que le venció hasta el último recodo de su alma, y por fin llegó el apogeo.

Se hallaron restos de semen por el suelo, a casi dos palmos lindantes en la ubicación de la cama, formando repartidas una quincena de islas de diversas envergaduras, y más restos, éstos en menor cantidad, en la caída vertical de las sábanas albugíneas, cuales una semana más tarde, cuando se hallaron los dos cadáveres alertados por la intensa hedor que emanaba de la casa, se habían disfrazado tras diminutas y sólidas manchas ambarinas.

Llamaba la atención que ni una gota salpicó la sólida forma del sarcófago, aún a pesar de cuanta considerable cantidad de blanquecina leche derramó, lo cual era claro indicio de que el citado individuo se había masturbado desde una prudente distancia.

Dentro, en su prisionera cavidad, el aire estancado se impregnaba de una atmósfera mortífera, y sintió hervir sus poros taponados al no poder gotear las lágrimas del sudor. Asustada, pues a cada minuto transcurrido respiraba con mayor dificultad, la damisela forcejeó por desatarse, empujando hombros, rodillas y codos, mas no les desvelo ningún secreto si les afirmo que ni un mísero milímetro pudo mover sus carnes pegadas. Sólo un consuelo, el de pensar que muy en breve aquella pesadilla debía de terminar, lograba equilibrar su cordura.

"La chica permanecía atada y sin escape cuando el varón culminó su orgasmo"

En verdad, todo sucedió tal como el cliente expresó bajo la violencia de la tormenta, pero justo entonces, cuando se predisponía a levantar la tapa de su lecho arcano, algo tremendo, no escrito en el pactado guión, ocurrió.

Un insecto, que por su picadura los médicos forenses determinaron se trataba de un mosquito, se ensañó en la mano de él, y quizá les parezca exagerado, pero aquel hombre, muy cabreado pues el muy traidor insecto huyó tras su agresión, fijó sus ojos en el vacío de las paredes, desde la calma marea de las baldosas hasta el cielo de ladrillos, palmo a palmo, y no contento en su búsqueda alzó la vista al techo, lento y atento, de esquina a esquina.

Su mirada desorbitada esbozó un guiño de locura que le hacía capaz de cualquier salvaje ocurrencia.

- "¿Dónde estás, cobarde?" - vociferó desnudo mientras la chica, férreamente vendada, murmuraba acosada por una notable falta de oxígeno.

Hubo, ancianos de aquella época, escandalizados por cuya agonía la joven sufrió, quienes convencidos afirmaban que habría visto ella, engalanada en su túnica de momia, al rostro opaco de su verdugo de luto bajo la tétrica capucha de la Muerte, arropada con su abrigo negro hasta cubrir en centímetros las plantas de los pies y asida en su mano diestra la gélida y corva guadaña de plata metalizada, cual le firma al segar las almas de sus infieles, pero creerles… ¡he ahí cada uno con su fe!

Mientras tanto, él, que por alguna extraña razón que escapa a la lógica humana se adueñó de su mente una estrepitosa locura, levantó su puño cerrado de donde emergió un dedo, el índice, y lo subió hasta besar sus mismos labios para pedir respeto por el sublime silencio, como si la misma Muerte cual la rea contempló le hubiera mascullado su destino.

Sin embargo, tal era su funesta obsesión con el dichoso mosquito que apenas le prestó la más mínima atención. Olvidado de su cómplice morbosa, afinó su oído, percibiendo un silencio que era absoluto, salvo por los lamentos ahogados de su víctima y el zumbido clásico de un vuelo bimotor que por fin divisó.

Un par de metros hasta la pared frontal del cabezal, un par de segundos, y un gigantesco estallido reventó contra el muro de la habitación.

Quedó, como prueba del impacto exacto, la mancha de rojo pasión sobre el nevado yeso.

Pero la Muerte, dispuesta a desempeñar su oficio, le balbuceaba su tragedia, y el hombre, de espíritu sordo, se miró el rastro de sangre dejado por el fiambre en la palma de su mano, y estalló a gritos pues la simple visión del robicundo líquido, por una mísera gota que fuese, le producía auténtico pánico.

Salió presto hacia el baño, viendo a la Muerte, si ciertamente así aconteció, hacer de sus últimos pasos una funesta caricatura, mas ya en el aseo expandió su palma abierta sobre la pica, y tomando un cepillo con púas de hierro, cual tantas veces con éxito había usado él los domingos de tedioso bricolaje, frotó con violencia pretendiendo librarse de cualquier infección, ademán de eliminar rastro alguno de su matanza.

Pero todo intento, por más celo con que ludió, fue en vano. Su piel se alborotó como si fueran ciclópeas olas de un piélago bravo, y los profundos surcos de las palmas se deformaron abriendo golosos ríos de lava rúbea.

¡Cuanta sangre!

"Un simple mosquito atronó mayor que la tormenta"

En menos de un minuto, ese intenso granate oscuro cual fluía a chorros vistió todo su antebrazo. Incapaz de soportar tal visión, de una esquina del altillo en el propio techo del baño tomó una pesada hacha de talar, la izó por encima de sus hombros, con su afilada hoja de acero al frente, y pareció, por su escandaloso silbido al caer, cortar el viento, pero cayó golpeándole por encima de sus muñecas.

Una... Dos... Tres veces...

Se mezclaban sus bramidos de dolor con las astillas del radio y el cúbito al resquebrajarse. La carne se despedazaba en decenas de trozos, saltando tendones rodeados de sus vainas sinoviales y los retináculos despedidos hasta yacer en la aureola de Muerte cual le rodeaba. Una lluvia de sangre le salpicó, su cuerpo, las mejillas, la frente, el cabello, su torso, la cadera y más abajo, hasta un tarsiano cual a duras penas lograba sostenerlo en pie.

Allí, sobre el cándido mármol, quedó seccionada su mano vigorosa de torpes dedos y apáticas uñas, mas andando zigzagueante se supo regresó a la alcoba donde la joven, inocente la pobre, permanecía sometida a una terrible y creciente asfixia, pues dejó tras de sí un reguero de lodo bermellón cernido a su paso por todo lo largo del pasillo, como si fuese vereda cual lleva al asilo del infierno.

Sus oídos tabicados no pudieron percibir ni un insignificante decibelio, de cual estruendo gritó el gatillo al culminar la escena, sucumbiendo aquel huraño personaje al plomo traidor de las armas que no conocen de amigos ni de enemigos.

Bastó una de las balas de su bombo entrarle por la sien diestra y algo cruzada para poder la Muerte celebrar su fiesta.

En el informe póstumo, se relata que la chica forcejeó hasta la extenuación por librarse de las ataduras, a veces con tanto ahínco que, de entre las lesiones productos de tales esfuerzos, incluía un esguince cervical. Deshidratada, maloliente por sus básicas necesidades, hambrienta, sucia, aterrada por la hedor asquerosa que invadía el último recodo del sarcófago, copado su aire irrespirable por cantidades mortales de dióxido de carbono, la muchacha agonizó, soportó lo indecible esperando en vano su salvación, y así, con una terrible tortura que la mató muy poco a poco, murió dos horas más tarde.

 

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