En mi juventud, descubrí la obra de Edgar Allan Poe, me gustó mucho sus historias, y en el año 2000 hice mis primeras prácticas literarias eróticas escribiendo ocho relatos eróticos bondage, a modo de homenaje, basados en relatos ilustres de este escritor.

Este relato está basado en "SOBRE EL CASO DEL SEÑOR VALDEMAR" de Edgar Allan Poe.

Si no deseas leer estos ocho relatos, y quieres leer únicamente relatos de mi invención y fantasía, clickea aquí

 

Restaban pocos minutos para que la saeta mayor en mi reloj de pulsera alcanzara a marcar las once en punto de la mañana cuando por fin llegué al tranquilo barrio de Merifeed, al oeste de la urbe. Es una zona impropia de su ama metrópolis, pues honrosa goza de su propia personalidad, ajena a las infectas malas costumbres de las otras piezas cuales esbozan el conjuntado puzzle de la ciudad.

Había oído mencionar, por quienes bien lo conocían, de la pasmosa calma de sus rúas, de un gallardo parque con impúdica falda vestida de corto césped y senderos de retaca pizarra al cobijo de la sólida sombra de recias acacias que copan sus costados, de escuetas plazas en incontables decenas que se suceden entre parentescos por no más de dos manzanas, libres del esclavo tránsito y el cansino gruñir de sus motores, con sus baldosas de diseño fundiendo a pares gamas de desvaídos grises, de sus bajos edificios de frente vetusta, y sus angostos callejones de lomos adosados que casi se hocican con su cónyuge por la cálida estrechez de sus arterias.

Por las tardes, dicen que entre el extraño sopor sólo se oyen las voces de las personas, el pedaleo de los jóvenes sobre el amasijo de hierros cuya invención se bautizó bicicleta, las alguazas ceder al abrirse la provecta madera de los balcones, o el tambor de los zapatos a cada uno de su plácido trotar, algunos sin prisa ni pausa y otros torciendo tantos grados hasta reposar sobre cualquiera de los bancos de piedra sin respaldos que adornan los lados de las plazoletas.

Ciertamente, el barrio es tal idéntico como había oído hablar.

Mirándolo con aire plácido, era tan soberbia su paz que invitaba al viandante a recogerse en el regazo pasado de su alma, donde se encierran los recuerdos, y añorada me reviví infante, sentada entre los brezos del bosque, apoyando mi lomo sobre la cóncava piedra con bonete muscíneo, y cómo usando las rasposas uñas escribía mi nombre en los plafones de la barrosa tierra, y evocaba que, tal como sucede en la estrechez de sus afluentes de asfalto, allí tampoco penetraba los rayos del astro febo entre el frondoso follaje de los árboles, cual rincón, en pleno corazón de otoño, tras la lluvia y entre una sábana espesa de hojarasca marchitada, había un florecer de amanitas y matas de arándanos mientras las raíces de la selva se regocijaban lamiendo golosas huestes de galernas.

Quizá, siglos antaño, también fue éste paraje similar, o tal vez no llegó aquí su aliento por no ser su suelo rico en manjares, o un fuego o tremendas batallas de los hombres devastaron por donde sus mesnadas deambularon, mas era sólo tribulaciones, interrumpidas al escuchar redoblar a cuatro vientos los péndulos de hierro en el viejo campanario de la aledaña iglesia de duelas.

Después, un chirrido, el de los goznes ceder al empujar la pesada puerta del portal, le sucedió a su ya afónico repicar.

Sin ni un solo segundo de retraso me presenté a la cita acordada, subiendo los peldaños de uno en uno por las escaleras con barandal de profundo rojizo y estratificados sirgos atezados que en yuntas torcidas siempre a su diestra trepaban hasta una nueva planta, y en decena de escalones hasta el umbral de su cancela leñosa, la segunda del rellano en el segundo piso.

"Llamé puntual y responsable a la hora acordada"

Quien me abrió fue un caballero esbelto, superando en edad el medio siglo, con un enjambre de hilos canosos entre sus manojos de cabellos arqueados cuales doblegaban a los de tono castaño en corto pender, mirándome afable con esos ojos de envidiable zarco que en su era adolescente debió de derretir la pasión de bastantes mozas y sus labios curvos flechando una sonrisa al cielo mientras me tendía cordial su fina mano de doctor, apéndice de su brazo alabastrino.

- "¡Adelante!" - pronunció en voz suave, y a paso firme entré en su privado edén de cerámica.

El aire, afaso, mudo, levitaba impasible mientras los espejos del ajedrezado vestíbulo, ajuares de las candes paredes, reflejaban con una insólita sorna candorosa mi visaje imberbe. A las cuatro esquinas, con sus plantas descalzas sobre las baldosas y en firme actitud marcial, mostraban honores otros tantos tiestos con armadura de saúcos y blasón presentes de rosas, jazmines, orquídeas, tulipanes y violetas, todas de yerto plástico.

Cruzamos todo lo largo del pasillo andando él delante de mí, dejando a mi envés todas las estancias hasta alcanzar en la tercera la mitad de su despacho, donde una gran mesa en figura rectangular de oscuro roble loaba la ilustre visita de los pacientes, aunque fuese yo la excepción pues no era tal la razón de mi presencia.

A mi zurda, arrimado hasta tocarse con la pared y cuya envergadura lo alzaba hasta besarse con la llana bóveda del techo, resaltaba excelso un magno armario con estantes ahítos de libros y más libros, colecciones completas de clásicos literarios en perfecto orden correlativo en lo más alto de los cuatro anaqueles, volúmenes de las más beldades poesías a sus pies, y más a ras interminables enciclopedias de medicina.

De ventana, no había ni un mísero borrador de tal entre la blanca cal de su consulta.

- "¡Voy a hablarle de un paciente mío!" - me comunicó con loable educación al aposentarse en su mullida butaca de cuero - "¡M. Ernest Valdemar!".

Pude ver, al mostrarme una fotografía de aquel anciano quien residía desde su más prehistórica infancia en el barrio, su importante barba blanca, cual contrastaba violentamente con sus cabellos negros y que todo el mundo confundía con una peluca.

De temperamento nervioso, era un buen sujeto para llevar a cabo en él el experimento de hipnosis cual el doctor llevaba años planeando, y aunque ya lo había dormido en un par de ocasiones sin mucha dificultad no consiguió obtener resultado alguno que fuera digno de mención.

Siempre atribuyó su fracaso al mal estado de la salud de M. Valdemar, pues unos meses antes de conocerlo sus médicos le habían diagnosticado una tisis incurable, mas tan sabedor era el paciente del fin de sus días que no extrañaba oírle hablar tranquilamente de su próxima muerte.

Así, pues, conociéndole bien gracias a la afín relación profesional, mas conociendo que no tenía pariente alguno en todo el país que se pudiera oponer a su proposición, le planteó practicar en él la hipnotización in articulo mortis, esto es, a punto de morir.

Yo me quedé perpleja pues, aún a pesar de ostentar un título de auxiliar de enfermería, jamás había oído hablar de tema similar, pero aquel doctor se mostraba entusiasmado casi con locura para llevar a cabo tal experimento.

En primer lugar, estimulaba su curiosidad si en aquel estado existía receptividad a la influencia magnética en el paciente; en segundo lugar, si, en caso de existir tal, se encontraría disminuida o aumentada por su estado, y en tercer lugar, cual además era el punto que con más fervor potenciaba sus ansias curiosas, hasta qué punto o durante cuanto tiempo podría detener la invasión de la muerte mediante ese proceso.

Por supuesto, M. Valdemar también mostró vivamente su interés.

Aunque rebosaba cierto aire macabro cuya afirmación me espetó a continuación, su mortal enfermedad gozaba de gran fortuna para las pretensiones del doctor, pues era de las pocas cuales le permitía calcular con exactitud el momento de su muerte.

- "Siete meses después" - me expresó mientras sostenía entre la yema de sus dedos una hoja mecanografiada a doble espacio - "de relatarle mi proyecto, recibí esta carta del enfermo".

Pude leer en sus letras una comunicación de sus asistentes, fechada una semana antes, donde se establecía como fecha aproximada de la muerte del paciente la medianoche del domingo siguiente.

Incluso el mismo M. Valdemar creía bastante acertada la hora dictaminada.

- "żEste domingo?" - exclamé sorprendida.

El doctor Murdock se limitó a una respuesta afirmativa asintiendo con la cabeza.

"Su propuesta encajaba en mi caliad de enfermera"

- "Necesito" - añadió haciéndome conocedora de mi función - "una enfermera presente durante el experimento, para tomar notas de todo cuanto acontezca".

Acceder a su proposición me resultó sencillo, tanto por la oferta económica como en cuanto a la tarea se refería, pues comparto plenamente las palabras de mi atractivo maestro Adolfo Laciso, reputado médico forense de prestigio mundial quien decía que, al paso de los años, de los vivos marchados tan sólo queda un alborozo de fotografías descuidadas y nada más. Ya muertos, el tacto que eriza la piel al rozar su desdicha, los sollozos por el vil desahucio de su pérdida, las estancias embriagadas de extraña soledad, son sólo anécdota, y como cada nuevo día el sol resplandecerá arreciando sus punzantes alabardas al pernoctar las inclemencias meteorológicas, y sonará otra vez el silbar de las colas de embarrados pantanales o sobre mosaicos policrómicos, y entonaran fervorosos los anónimos coros a la sombra de sus cetrinas pamelas, grácil disputa de celos y confesiones, pues por el dolor de la muerte no hay ave que se arranque malvada sus plumas ni humano cual se haga eternamente jirones de su alma.

Explicada mi decisión, el caballero me aleccionó acerca los diferentes aspectos a tener en cuenta. Acababa de ver a su paciente tras diez días sin encuentros, y le impresionó la terrible alteración que en este breve intervalo se había producido en él. Su rostro, con pómulos marcados por la piel hundida, tenía color a plomo, sus ojos habían perdido totalmente el brillo y el pulso apenas era perceptible, pero a pesar de su demacrado estado conservaba en notable forma su poder mental y un cierto grado de energía física. Lograba mantenerse sentado en la cama gracias al soporte ofrecido por unos mullidos cojines, hablaba con cierta claridad, se tomaba sin ayuda de nadie las medicinas calmantes, e incluso impresionaba verle a media conversación escribir unas anotaciones en una agenda.

- "Pero no lo olvide, señorita" - remarcó en un tono profesional - "su muerte es irremediable".

Según el último parte médico, hacía dieciocho meses que el pulmón izquierdo se encontraba en un estado semióseo o cartilaginoso, completamente inútil para toda función vital. El derecho, en la parte posterior, también estaba parcialmente o casi todo osificado, mientras que la región inferior era simplemente una masa de tubérculos purulentos que entraban los unos en los otros. Existían diversas perforaciones profundas y una parte del pulmón estaba siempre adherida a las costillas, aspecto cual sólo había sido observado en el curso de los tres últimos días.

Por lo visto, todas aquellas anomalías del lóbulo derecho eran de fecha relativamente reciente.

De la osificación, un mes antes no habían transcurrido ninguna señal, pero independientemente de la tisi, sospechaban que el paciente sufría un aneurismo de la aorta.

Aún a pesar de cual templanza en mi actitud les he mostrado, la noche anterior me costó dormir, producto de las altas temperaturas que por estas latitudes es común registrar. Exactamente, veintisiete grados registraba el termómetro sustentado al envés de mi habitación, razón por la cual me agitaba por encima de las sábanas sin haber conciliado, pasadas las tres de la madrugada, ni un solo segundo de sueño, buscando de un costado a otro un halo de frescor en medio de esa cálida noche mas, aunque con tardanza, por fin lo logré.

Al despertar vi iluminado, en el rincón oscuro donde se aposentaba el reloj digital, la primera hora ya bien rebasado el holgado mediodía.

De la tarde, bien no sabría decirles si transcurrió rápida, o deambuló su tic tac con cruel lentitud, pues un manojo de nervios que me corroía mi alma me ofuscaba cualquier intento de razón, pero al final, inexorablemente por ley divina, y restando aún cinco minutos para cumplirse las ocho en punto, estábamos los dos solos frente la moribunda efigie del señor Valdemar.

Aún recuerdo como al doctor, presionado por los ruegos del enfermo que ya agonizaba, le temblaba el pulso al iniciar su experimento.

Yo, intentando evadirme de la tétrica aureola que nos rodeaba, anoté cada uno de sus pasos a seguir. Su primer intento fue hipnotizarlo con movimientos laterales de su mano a través de la frente, pero quizá producto de la tensión, o a lo mejor incomodado por la imagen del personaje, quien producto de su extrema debilidad daba la impresión de morir en breve, seguía sin resultados positivos.

Harto de su fracaso, sustituyó las pasadas laterales por otras verticales, concentrando su mirada en el ojo derecho del enfermo, y durante este tiempo su pulso era imperceptible, emitiendo una especie de rumor al respirar, con intervalos de medio minuto.

Pasaron quince minutos más, y el fracaso continuaba siendo rotundo.

Abatido, el doctor me miró con claros gestos de pretender abandonar su experimento, pero de pronto, un suspiro muy profundo y natural escapó del pecho del moribundo y cesó el ronroneo de sus pulmones, aunque el ritmo de su respiración continuaba invariable.

- "¡Escríbelo! ¡Escríbelo!" - me insistió con el clásico entusiasmo de un niño mientras se volvía hacia quien, a mi modo de ver, ya era cadáver.

"Anoté en letra cursiva y nítida"

Las extremidades del paciente tenían una áspera helor, no como cual identifica el hielo ni la harinosa nieve ni los soplos de los céfiros gélidos; era distinta sin igual, inmóvil, petrificada, avara, sin una sola mueca de reencuentro, y acto seguido, mediada la sexta página del lóbrego diario anoté:

Son exactamente las 22:55 horas. El doctor Joseph Murdock denota señales inequívocas de la influencia hipnótica en su paciente.

Lo afirmaba porque el vidrioso girar del ojo se había convertido en aquella penosa expresión de mirada indefinida que sólo vemos en los casos de sonambulismo.

Cumplidos estos pasos previos, el doctor quiso cerciorarse sin margen de error de sus precipitadas conclusiones, y fue al examinarlo exhaustivamente que comprobó que M. Valdemar se encontraba en un estado de catalepsia mesmérica insólitamente perfecta.

Sentados en unas incómodas sillas con su asiento tapizado de una roñosa felpa de verde pardo, aguardábamos acontecimientos mientras el señor Valdemar seguía en la misma posición, con su pulso imperceptible, la respiración que apenas se le percibía de otro modo que no fuese acercándole el espejo a los labios, los ojos cerrados y los miembros tan rígidos y fríos como el mármol.

A pesar de todo, a simple vista su aspecto general no era el de un muerto.

Cansados, aburridos, dejando pasar el letargo de los miles de segundos sin cruzarnos palabra alguna, el doctor se alzó con determinación de su butaca para mover suavemente su brazo por encima del enfermo, en muy cortas oscilaciones, centradas en concreto sobre su brazo derecho, a fin de que éste siguiera los movimientos del doctor.

Fue, pasados cinco minutos, y ante nuestra gigantesca sorpresa, que el susodicho brazo del señor Valdemar siguió débil y lentamente todas las direcciones indicadas por el facultativo.

Lo logró pasando poco a poco su brazo de arriba abajo por el cuerpo del señor Valdemar.

- " żM. Valdemar?" - le preguntó intentando establecer una breve conversación - "żduerme?" - y al inquirirle respuesta por tercera vez todo el cuerpo de M. Valdemar se agitó con un leve estremecimiento, se abrieron sus párpados hasta descubrir una franja blanca de los glóbulos, los labios se movieron sin prisas, y por entre medio de ellos, en un murmuro que a duras penas era perceptible, exclamó:

- " ¡Sí!" - respondió con un ahogado balbuceo - "¡... ahora duermo, pero no me despierten! ¡Déjenme morir así!".

Apenas podía yo dar crédito a cuanto en aquel presente estaba aconteciendo. Los resultados de la hipnosis acababan de mostrarse sobresalientes, y el doctor Murdock, situado a casi tocar del cadáver, rebosaba de júbilo, entusiasmado por unos sucesos con cuales había soñado toda su vida.

Totalmente absorto en su tarea, continuaba preguntándole cosas en frases muy cortas referentes al dolor o la muerte, y el paciente le respondía con pausas entre sus palabras, como si al término de sus letras hinchara, para tomar aire, el fuelle de su pecho.

Mas en pleno diálogo, se produjo un cambio ostensible en la faz del sonámbulo. Los ojos se giraron y se abrieron despacio, mientras sus pupilas desaparecían hacia arriba. La piel adquirió el tono propio de un cadáver, como de un papel blanco, y las manchas hécticas circulares, habituales en los tísicos y que hasta entonces destacaban con vigor en pleno centro de cada mejilla, se extinguieron de golpe.

Me refiero a la misma forma cual se apaga una vela de un solo soplo.

El labio superior, el de M. Valdemar, se torció entre los dientes, mientras que la mandíbula inferior caía con un espasmo muscular, dejando la cavidad bucal abierta cual mostraba su lengua hinchada y negra.

El doctor Murdock, cariacontecido, se volvió loco, irritado por su mala suerte a pronto de tocar la gloria, y de un sinfín de maneras lo probó de reanimar, mas el señor Valdemar no respondía a ninguno de sus estériles intentos.

Durante largo rato se quedó inmóvil, vencido, apenado, y exclamó, a modo de suspiro, un resignado lamento.

- "¡Se acabó!" - me comentó en un tono derrumbado.

Mudo quedó el latido de su pecho agitado. Sus labios amoratados no podían corresponder ninguna voz, y el tono pálido de sus blancas mejillas delataban su halo difunto adjudicado por el mortífero veneno de su enfermedad. Un sombrío telón fúnebre se esparcía por encima de sus glóbulos oculares, con sus dedos hinchados sometidos a un jamás despertar y posando para la inmortalidad de un lienzo cual ya pendía en la alcataya de la historia.

Pero el milagro, por si puede llamársele así, o mejor dicho, el retorno de su hipnosis, se produjo al abandonar la cercanía del lecho, pues observamos un intenso movimiento vibratorio en su lengua, sin interrupción durante un minuto que cuando concluyó, de las barras separadas e inmóviles de su boca salió una voz de sonido áspero, roto, cavernoso, que llegó a nuestras orejas desde una gran distancia o de alguna profunda caverna subterránea:

"Cuyo hecho relato resultaba inconcebible para ciencia y para la fe"

- "¡No! ¡No se acabó!" - se oyó resonar en la habitación.

Discúlpenme si no transcribo cuantas palabras a continuación pronunció, pero tardé casi media hora en recobrar de nuevo el conocimiento, pues me había desmayado.

- "¡Señorita! ¡Despierte!" - fueron las primeras palabras de cuales soy consciente.

Por lo visto, el señor Valdemar había hablado bajo un estado de hipnosis, y todo indicaba a que la muerte había sido detenida por el proceso mesmérico.

El doctor Murdock estaba, sencillamente, fascinado, aunque a la vez aterrado, pues su paciente, al gozar de los poderes divinos que a ningún mortal le son concedidos, cerró la estancia haciendo inviable cualquier intento de huida.

- "Os he concedido vuestro deseo" - clamó de nuevo, con una claridad increíble, el señor Valdemar.

Su voz, propia de quien supera de largo la septuagenaria edad, resonaba a los oídos de un modo que no hay artilugio informático capaz de imitar ni adjetivos lo suficientemente aterradores como para describirla con exactitud.

- "Ahora, si deseáis salir de aquí con vida" - nos amenazó con severa templanza - "vosotros debéis concederme mi deseo".

Inmediatamente volvieron a aparecer los círculos hécticos en sus mejillas, sus ojos planos me miraban gozando de una indiscutible autonomía ajena al resto del manto esquelético, la lengua se le estremeció y la misma voz de antes descrita exclamó:

- "¡Desnúdate, Thyffany!" - fue su petición subrayando mi nombre.

Me quedé paralizada, sin saber qué hacer. Grité loca de pánico, corrí hacia el umbral, y tomando la barra férrea del pomo empeñé con todas mis fuerzas hacia abajo, mas ésta no cedía. La golpeé, aporreándola usando el puño cerrado o la puntera de mis zapatos, mas aquel portal no era construido por la mano de los hombres pues juro hubiera derrumbado por el miedo la vertical tabla de madera.

La tremenda voz de ultratumba resonaba a malvadas carcajadas, convencida de mis inútiles intentos.

- "¡Haz cuanto te digo!" - añadió con aire cruel, aplacando, si acaso aún quedaba alguno, mis ápices de rebelde incredulidad - "¡y os dejaré salir a los dos!".

El doctor Murdock estaba desconcertado por una situación que rebasaba sus conocimientos y de la cual había perdido completamente el control. Se le notaba asustado, ansioso por salir de aquella pesadilla, y cuya única esperanza aparentaba ser el obedecer a sus perversas exigencias.

Así, pues, sin elección posible, me situé a los pies de su catre, mirando con temor esa macabra silueta, y cumpliendo sus órdenes fui uno a uno desabotonando mi fina blusa blanca, de arriba abajo, tomarla por las solapas, empujar suavemente a los laterales para descubrirle los secretos amagados, y con aire erótico librarme de su disfraz.

"Cumplí la orden de quedar desnuda dictada por aquel macabro ser"

¡Cómo se dilataron las abovedadas córneas del paciente!

Acto seguido, busqué la cremallera, a la zurda de mi cadera, y asiendo su dorada pestaña entre las yemas de mi dedo índice y pulgar empeñé en dirección descendente separando los raíles, cuales ya abiertos no impidieron caer mi corta minifalda contra la superficie de las baldosas.

¡Que sonrisa lujuriosa esbozó los labios del señor Valdemar!

Si no hubiera sido por su extremo deterioro físico, habría brincado de su lecho fúnebre para arrancarme, aunque fuese a jirones, las dos piezas de mi lencería erótica.

Ya desnuda, quiso verme desfilar en un andar tranquilo y elegante el trecho a recorrer hasta llegar donde yacía el enfermo. Cumplido tal acto, mandó subirme sobre el colchón, quedando erguida por mis rodillas, alejados los muslos uno del otro tanto como me fuese posible, con su efigie fétida al centro, y recostar mis palmas abiertas en los asideros que quedaban a mi envés, a los flancos opuestos de la pequeña cama individual.

Una brisa inexplicable se levantó de repente, que alzaba el polvo del cuarto arrastrado en cruentos tornados, y un rumor, como el de un ser animal arrastrarse bajo las losas de la tierra, se oía acercarse con gran decisión. Venía raudo, veloz, de donde no sabría descifrar, recto a mí, y un descomunal estruendo estalló al golpear bajo el somier.

- "¡No te muevas, Thyffany!" - escuché casi cara a cara.

Inmóvil, sentí como si treparan junto mis costillas dos corrientes, dos brazos de viento, que cada uno de ellos colocó las palmas abiertas en la forma redonda de mis pechos desnudos.

- "Tienes unas tetas preciosas" - vociferó lascivo cuando comenzó a acariciarme, pellizcando mis pezones erectos por el tacto gélido de sus yemas de muerto.

Dejándome llevar por una situación incomprensible a la razón humana, sentí brotar en mi alma una leve excitación, que se acrecentó al notar dos labios carnosos besar mi ombligo y cuanta pornográfica aureola la envolvía.

Perdonen mi confesión, pero ¡qué gusto!

En segundos, aquel perverso espectro desgarró las carnes del anciano a la altura de su pelvis, y como si brotara un periscopio de las profundidades del océano, emergió una gruesa lanza porquera en forma de fabuloso dildo, con su glande esculpido hasta el más mínimo detalle, que husmeó mi afeitado vello púbico y resbaló unos cuatro centímetros hasta hallar la húmeda entrada de mi vulva.

- "¡Que delicia!" - exclamó alegre aquella voz de catacumbas.

Sin demora, empujó el órgano a lo alto, que sin oposición introdujo su veintena larga de centímetros dentro de mí.

¡Cómo gemí! ¡Con qué pasión me agité! Mas cuanto le sucedió fue increíble.

No lo digo tan sólo porque pareciera tener tentáculos su obesa verga, que con sus ventosas se aferraban con lujuria a mis paredes vaginales, sino me refiero al suave tacto de sus rugosas yemas invisibles, acariciando con un insospechado cariño mi piel, y los dedos de sus manos que se cerraban como argollas de grilletes en torno a mis muñecas cuando inició sus fieras embestidas.

"Sus dedos fueron como cuerdas que me mantenían apresada y atada"

Yo, loca de placer cual no podía ni haber imaginado, mordía con mis blancos dientes el frontal de mis jugosos labios, arqueando la espalda hacia atrás, con los ojos alzados al cielo de los placeres, mientras repetía fidedigna a viva voz los jadeos que con lujuria atronaban en lo más hondo de mi ser.

Me mostraba incapaz de sostener las rodillas ancladas en el fondo abismal de las delgadas sábanas, aprisionando su miembro erecto que taladraba con aviesas intenciones de pinzar hasta la cérvix. De tanto ido frenesí, escuchaba incluso mi acelerado latir de júbilo al recostar la oreja sobre mi hombro descubierto de ardor.

Mis queridos lectores, no puedo decir cómo es el sexo entre halos fantasmales, pero sí les puedo atestiguar una orquesta de maravillas en cuanto a aquel ejercicio se refiere.

Un tropel de traviesas partículas se derramó por mi hambrienta cueva de la entrepierna cuyo apetito clamaba insaciable, y me fue imposible reprimir un erótico murmuro en forma de gozoso gemido por mis fosas nasales, que delató la llegada de mi orgasmo.

- "¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!" - grité cabalgando sobre el señor Valdemar.

El pobre doctor Murdock no salía de su asombro.

¡Qué orgasmo! ¡Que corrida, les diré por si no me entienden!

Mi flujo vaginal resbalaba de la caverna, cayendo a borbotones de espesa blanca espuma, impregnando mucho más allá de los labios mayores cuales mostraban satisfechos su sonrisa vertical.

Luego, aquel cosquilleo, que duró tanto como diez interminables segundos, terminó, noté un cándido beso sobre mis labios que me sorprendió, y en un tono cual ya se desvanecía me lanzó un hermoso halago que, como sé de antemano no van a creerme, mantendré en secreto.

- "¡Ahora puedo marcharme en paz!" - espetó con sus tétricos vocablos.

Justo acababa de ponerme en pie que, en medio de exclamaciones de ¡muerte! ¡muerte!, cuales estallaban de la lengua y no de los labios del paciente, su cuerpo se encogió y en menos de un minuto se pudrió completamente ante la estupefacta mirada de los dos.

Sobre la cama, quedó reposando una viscosa masa casi líquida de una repugnante y detestable putrefacción, pero, a pesar de ese asco, perdura en mi mente los recuerdos de una experiencia maravillosa.

 

Todo el contenido es de mi propiedad y autoría, todos los derechos están protegidos y reservados, y yo soy el único autor de todos estos relatos eróticos.

Está ESTRICTAMENTE PROHIBIDO su reproducción, comercialización, copia, publicación, y cualquier otro uso no autorizado previamente por escrito. Cualquier interés que tengas, sea cual sea y seas quien seas, es obligatorio mi autorización previa por escrito.

En caso de estar interesado/a en este relato,indistintamente cuál sea la razón,, escríbeme con el asunto "Interesado/a en relato", especificando el relato de tu interés, el por qué estás interesado/a, y para qué uso solicitas mi autorización, facilitando toda la información completa, lugar, fecha y horario exacto de publicación, reproducción y/o lectura, entre otros.

Por supuesto es imprescindible y obligatorio firmar la solicitud con tu nombre y apellidos, ciudad de residencia, email y teléfono propio y personal, para contacto directo. Todos los datos han de ser reales.

Estas solicitudes se han de enviar a mi correo electrónico info@exoticbondage.com

SIEMPRE respondo a todos los correos en un plazo máximo de siete días. Si en siete días no te he contestado, puede haberse perdido el envío en la carpeta Spam o puede haber algún otro error. Vuelve a escribirme, o llámame por teléfono para notificarme el envío de tu petición, y así extremaré yo la atención en su recepción.

Se emprenderán inmediatamente todas las acciones legales que se estimen oportunas, incluido las DENUNCIAS POR VÍA PENAL, contra cualquier persona, portal, foro blog, web, perfiles, periodistas, medios de comunicación, grupos, empresas, e incluso Administración u Organismo, sea oficial o no oficial, del ámbito público o privado, que vulnere mis derechos, y haga uso prohibido y/o no autorizado.

Periodistas, y medios de comunicación, indistintamente sea freelance, radio, televisión, prensa escrita o digital, deben de contactar a través de la sección "Press", en la barra inferior a pie de esta página.

 

© ExoticBondage.com