Nos enfrascamos mi pareja y yo en un ambicioso negocio empresarial hace tres años, del cual omito detalles pues es difícil de explicar en este relato salvo a riesgo de aburrir. Fue una apuesta arriesgada, con un primer año complicado de pérdidas, un segundo año con escasos beneficios, y cumplido el tercer año por fin teníamos de recompensa importantes ganancias.

Su inconveniente, pues los inicios nunca son perfectos, son los constantes viajes, a un ritmo de dos viajes por mes como mínimo, y cada uno de éstos exigía cuatro días de estancia en ciudades y países lejanos. De todos modos, el futuro se mostraba muy esperanzador, dado alcanzada la sólida consolidación podríamos minimizar estos incómodos viajes hasta un máximo de dos desplazamientos al año, cifra que es una comodidad muy positiva. Ambos éramos conscientes de esta etapa de paciencia y sacrificio, que sobrellevábamos muy bien gracias a estar muy ilusionados e involucrados en este negocio.

Llevamos diez años casados, y ambos tenemos plena confianza porque los dos hemos sido siempre muy sinceros entre nosotros, incluso durante el noviazgo, cuando las parejas suelen fantasear y fabular con historias que, más tarde o más temprano, habrán de desmentir, pues es una parte del proceso dentro de consolidar las relaciones estables.

"Bondage fue mi sorpresa de sexo tras diez años casados"

Nosotros estamos orgullosos de la honestidad que nos hemos mostrado siempre, también en el sexo. Nunca nos hemos ocultado las fantasías sexuales y las perversiones que muchas veces, por miedo, por tabúes o por pudor, permanecen ocultas. Tanta sinceridad da para confesiones divertidas o asombradas, y alguna hay de perplejidad, que no se asuste mi querido lector y lectora, que todos y todas tenemos alguna de éstas, y si no nosotros sí la tiene nuestra pareja, nuestros amigos y amigas, nuestros seres próximos, o aquel desconocido o desconocida que se cruza con nosotros por la calle. Son secretos del ser humano que no salen de cuya caja fuerte son los dormitorios.

De sexo y de viajes también hemos hablado, por supuesto que sí. Se supone castidad de la pareja durante estos días, y a tal pregunta que formulé me respondió mi pareja que algunas noches se pone su polla dura, añorado su pene de no tenerme en la cama de su hotel, y se masturba pensando en mí. Es todo un honor saber que soy su pornografía durante esos viajes, y el mismo honor comparto, aunque yo cuento con la inestimable ayuda de mi estimado vibrador estimulador de clítoris, fuente inseparable de la magia celestial de mis mejores orgasmos. No se sientan ofendidos los hombres, que no se siente tampoco molesto mi pareja, pues no pretendo molestar, sino ser divertida en expresar mis sentimientos, que es mejor saber son compartidos por millones de mujeres en todo el mundo.

Esta era nuestra cotidianidad, digo con miedo pues es el mayor peligro de toda pareja, y a fin de evitar la aburrida rutina intento aportar de mi parte sorpresas al regreso de sus viajes, toda detallista y sin escatimar energía e inventiva. A principios de año sorprendí una cena preciosa a orillas de la playa. En marzo fue dos entradas para un concierto. En junio le esperé en casa desnuda, con las paredes, los muebles y la cama adornado de tonos cálidos y eróticos, y en esta ocasión pensé en algo excepcional, salvaje, tórrido y apasionado, dado por clima es verano, y en negocios las cifras trepaban muy positivas. Debía de celebrarse con un espectacular regreso, y no limitarse a un mero abrazo, un beso en los labios y la pregunta clásica de cómo te ha ido el viaje. ¡Demasiado estereotipado!

En las horas de soledad, pensé en alguna fantasía sexual, sin pedir consejo a amigos ni a nadie, que al fin y al cabo soy yo la que folla con mi pareja. La decisión debía de ser única y exclusivamente mía, y di mil vueltas la primera noche a solas, barajando entre varias opciones. Continúe divagando la segunda noche, acostada temprano pues la primera noche, con tanto pensar, concilié tarde el sueño y me costó dormir. No fue en vano, pues ya tenía mi plan bastante claro, y tan sólo me faltaba limar detalles y atar cabos.

Fíjese, mi estimado y estimada lector y lectora, que he escrito en el párrafo anterior atar cabos, y en ataduras estuve pensando. Una fantasía que nos gusta mucho es el bondage, y la hemos practicado bastantes veces con cambios de roles. Hay muchas noches que yo soy atada, y en menor número yo también le he atado a él, pero con franqueza reconozco prefiero ser atada, pues me gusta las emociones de esa indefensión perversa mientras mi pareja trabaja con mimo mis zonas erógenas, buscando siempre mi máximo gozo y placer. También él disfruta, y en mi maquiavélica mente barajé su reacción si al llegar me encontrara atada y desnuda.

"Mi idea fue llegar mi pareja y sorprenderle al verme atada y desnuda"

El mayor inconveniente es cómo alcanzar ese objetivo. No es fácil atarse a uno mismo. Busqué vídeos en youtube, y vi sistemas curiosos y divertidos de llaves de esposas dentro de cajas con apertura retardada, imanes de cuyas ataduras no te libras hasta que su batería pierde la carga, y poleas que empujan las cuerdas hasta lograr un nudo insoltable e inalcanzable. Estuve horas mirando vídeos la mañana del día anterior a su regreso, pero ninguno me convencía, pues yo soy de cuerdas. Descartaba cadenas, candados, esposas y otros artilugios, y no disponía de tiempo y práctica suficiente para los complejos selfondage de las cuerdas, que además me resultaban demasiado peligrosos, pues no vaya a ser no pudiera desatarme, y terminara a gritos llamando socorro a los vecinos. ¡Ni imaginar semejante vergüenza y ridículo!

Asolada en un mar de incertidumbre, me acerqué hasta un sex shop muy cercano a casa donde he comprado todos los vibradores a buen recaudo en la mesita de mi habitación, e incluso la mordaza de bola que enciende mi locura y me hace perder lo cordura, tan presente siempre en mí. Conozco al dependiente, pues no he dicho en ningún momento haber ido un solo día o haber comprado un solo vibrador, y aprovechando su naturalidad y su espontaneidad, como trabajador de productos sexuales, le expusé mis preocupaciones.

Me habló de manuales por Internet, pero ya dije que aquel paso previo estaba cumplido. Me propuso comprar unas esposas, pero yo soy de cuerdas. Me enseñó de sus estantes un rollo de cuerdas con una especie de aro para facilitar un selffondage, pero una simple cuerda en una fantasía bondage casi provoca efectos depresivos, y yo buscaba algo con mucha cuerda, de aquello que te pasas media hora poniendo cuerdas por todos sitios, que no puedes moverte absolutamente nada, y cuyos efectos sexuales buscados son eufóricos y recompensados.

Mis buenas intenciones en esta sorpresa del tórrido verano daban la impresión de estar abocadas al fracaso, pues no había solución o respuesta que me contentara, y fue en los últimos minutos de la conversación, exasperada y a punto de desistir, que me planteó otra opción. Trataba ésta de venir él a mi casa, dado somos buenos clientes y conocidos, y él me ataba cumpliendo hasta la última de mis exigencias, para que al llegar mi novio me encontrara a su antojo, o a mi antojo podría decir, o al antojo de ambos, mejor dicho. Dijo tener centenares de metros de cuerdas, ser amante del severo bondage, y tener mucha práctica porque comparte pasión con su novia al máximo nivel.

¡Vaya propuesta! Debería de pensármela con calma, y cuyo lapso traducido en tiempo real fue diez segundos, a lo sumo once segundos, pues reconozco no puse cronómetro en marcha y no puedo precisar exactar.

Aceptada su propuesta, entramos en detalles. De cuerdas dijo estar en posesión de un armario lleno, cortadas todas las cuerdas en longitudes entre diez y veinte metros cada rollo, y estaban disponibles tanto en cáñamo como en algodón, en cantidades similares. Elegí el segundo material, porque me gusta su tacto, e imprimen suavidad en el conflicto de las duras ataduras.

Respecto a la mordaza, yo ya disponía de un ballgag de mil amores, comprado precisamente en su sexshop, que él mismo me vendió, un año atrás aproximadamente, y del vestuario no hubo debate, pues obviamente debía de ser desnuda, que mi pretensión era follar.

Quedaba por ultimar la hora del bondage. Eché ojo a la agenda para confirmar horarios. Su vuelo de regreso tenía hora estimada de llegada cinco minutos antes de las seis de la tarde. Apenas lleva equipaje, pues en estos viajes de negocios lleva lo justo de documentos y ropa, por lo que no hay demora en salir del aeropuerto, el cual dista hasta nuestro hogar una hora en vehículo privado. Calculamos la media hora, sin prisa y sin pausa, en elaborar un complejo bondage que sobresaltara de excitación a mi novio tan sólo verme, y el resultado de todas las matemáticas dio encontrarnos a las cuatro de la tarde, en mi casa.

"Tuve que pedir colaboración pues yo sola no lograba tal perfección atada"

Puntual llegó, arrastrando con su mano diestra una enorme maleta de viaje con ruedas.

- "¿Todo eso son cuerdas?" - pregunté emocionada e ilusionada con semejante volumen.

Feliz me hizo su respuesta afirmativa, y mi reacción fue quitarme la ceñida camiseta tras cerrar la puerta de mi casa. Duró lucirme con ese sujetador sexy, cuya elección reconozco fue premeditada, el recorrido de acompañarlo hasta una habitación que debía de ser el escenario de mi cautiverio, bautizada de nombre cuadra. Responde a este nombre que en ella cruza de norte a sur una gruesa barra de hierro metalizada, sólida, fuerte, inquebrantable, inamovible, indestructible, fronteriza al techo. No sabemos a ciencia cierta qué hace allí puesta, pero sospechamos fue del antiguo propietario, deportista de élite en el mundo del boxeo y que muy probablemente allí habría colgado sus sacos de combate para entrenamiento.

Los aros clavados en el suelo sí fue bricolaje nuestro. Reconozco están puestos al azar. No hubo ayuda de cartagón o escuadra, y la ubicación de éstos, ocho aros por ser exactas, corresponde a nuestro gusto y antojo, dentro de un área casi circular y cuyo máximo diámetro alcanza los dos metros en el mayor horizonte. Emergen tan sólo media luna de la superficie, y el resto de metal, soporte vertical incluido, esta hundido y aprisionado dentro del duro hormigón, siendo imposible arrancarlo con el uso sólo de la fuerza humana.

Ya dentro de aquella sala de juegos, soltó la maleta a un costado mientras yo, con un mal disimulado aire sensual, me desprendía del short corto para mostrar que lucía un erótico tanga a conjunto con mi sujetador, ambos de un tono turquesa liso. Completaban mi escueta vestimenta unos zapatos negros de tacón de aguja alto, seis centímetros en concreto de ese modelo, y quisé continuar en mi afán por quedar desnuda, que demasiadas prendas me cubrían, impaciente y acelerada, reina de esa atmósfera sexual, pero me detuve acatando la orden de aquel chico.

- "Vamos a hacerlo bien, que no hay prisa" - susurró en un tono de voz elegante y seductor.

Me tomó de la mano para recorrer asidos los escasos tres metros que nos distanciaban de la única pared vacía. Ninguna tenía ventanas, pero restaba la pared de enfrente oculta tras un armario, su vecina diestra con dos baúles donde debería haber zócalos, y la tercera en reformas, pues había estantes y teníamos en proyecto anclar algún artilugio o maquinaria sexual.

Llegados a nuestro destino dicho a inicios del párrafo previo, me colocó de cara a la pared, separada apenas por un palmo de distancia, frente a frente con su pintura blanca, y guió mis manos en silencio hasta colocarlas apoyadas sobre su firme y llana verticalidad, palma extendida en la mayor altura por encima de mi cabeza, alejadas cuando máximo pude del cuerpo, y abiertos los brazos semiflexionados hacia ambos extremos.

Aquel o aquella lector o lectora que no pueda imaginar la escena, digamos que es la escena vista en las películas, de todo registro policial con las malechores contra la pared y de espaldas a los agentes.

Sirve de ejemplo esta secuencia, pues en tal símil también me indicó separar las piernas, formando en la mejor de mis posibilidades elásticas una v invertida. ¡Que erótica escena recreó, y no tenga nadie ninguna duda de que me encantó!

"Abrí la boca al máximo para entrar toda la mordaza del ballgag"

Mesó mi cabello, cual peluquero en su oficio agrupa para su buen peinar, pero su intención fue bien distinto, dado quiso apartar los cabellos de mi rostro y despejar paso a la mordaza. Abrí la boca, sin oponer resistencia y muy ansiosa, y aquella mordaza mía, que estratégica yo había dejado bien visible sobre un estante del armario mirón, entró toda dentro de mi cavidad bucal. Depués, tomó sendas correas, cada una por su respectiva mejilla, rumbo donde se cruzan tras la nuca, apretó hasta el último orificio cuyo ostentoso mérito es dejar la mordaza fija e inmóvil, y cerró la hebilla que lo certifica. Quedé así amordazada, y confieso muy excitada.

- "¿Te gusta?" - me preguntó atento y educado.

Emití un breve e inconfundible fffffiiiiiii, clásico sonido de toda mordaza, y tras mi afirmación me ordenó quedarme quieta, sin moverme, manos apoyadas en la pared, brazos y piernas abiertos y extendidos, mirando al blanco yeso, de pie sobre mis tacones favoritos y vestida con esa erótica lencería que poco diferencia de estar desnuda.

Por el sonido de la cremallera escuché la maleta abrirse, y los golpes sucesivos correspondían a un número de cuerdas caer sobre las baldosas de tono liso plateado. Ladeé ligeramente la cabeza, y pude comprobar que en efecto había arrojado tres voluminosos rollos de cuerda roja a babor de mis tobillos.

- "A la pared, mira a la pared" - actuó rápido tras percatarse de mi mirada.

Prometo que, en aquellos momentos, aún a riesgo de ser la lectura soez y desagradable para según quién, me hubiera masturbado, hubiera puesto los estimuladores a toda velocidad sobre mi clítoris o me hubiera penetrado con el primer vibrador que estuviera a mi alcance, pero me mantuve obediente y quieta, estática en la posición por todos y todas sabida, descrita y leída.

No tenía prisa el muy perverso, sabedor de que aquello me gustaba. Gozaba yo de tal escena, y sí, el chico se había percatado. Satisfació mi entrega en darme cuanto yo deseaba, que era prolongar aquella escena, e intencionado no tuvo ninguna prisa, pues los siguientes diez minutos estuvo removiendo las cuerdas de su maleta, buscando muy seguramente nada y con la única maldad de hacer sumar algunos otros minutos.

Transcurridos los diez minutos, continuaba el chico sereno y yo próxima a perder la cordura. Un hilo de baba comenzaba a aflorar por la comisura izquierda de mis labios. Formaba como una estalactica que yo no hice esfuerzo en contener o cortar. Al contrario, incrementaba en cantidad, dado yo participaba activa en mi no derecho a moverme, inmóvil y castigada hasta esa nueva orden que no llegaba, y para la que tampoco había prisa.

En mi libertad podría haber escogido otra alternativa, que aquel chico habría aceptado sin regañadientes, pero consentí someterme a aquellos preliminares, de cuya decisión estoy orgullosa y nada arrepentida, tal como demuestra que libre y voluntaria mantenía el rostro a esos centímetros a la pared, mirando cabizbaja cómo aquel hilo de baba se iba haciendo mayor en su descenso al suelo.

No pude reprimir un suspiro nasal que delató mi excitación.

- "¿Estás excitada?" - me preguntó sin tapujos, y yo, poseída de aquella magia, asentí afirmativa con la cabeza.

Mi gesto hizo que parte del hilo de baba, nacido de mi castigo, cayera al suelo, pero el chico no respondió ni se apiadó. No me dio permiso para abandonar mi postura, y tampoco yo lo solicité, y aunque hubiera podido no lo habría solicitado. Las instrucciones seguían vigentes idénticas desde el principio, y yo cumplía a rajatabla.

Demoró el chico el tiempo adrede. Llegó incluso a pasearse por la casa, escuché tirar la cisterna del lavabo los minutos que se auyentó, e incluso en ese rato de soledad, donde yo podría haber hecho trampas sin ser descubierta, permanecí inmóvil como si el tiempo se hubiera detenido. Hubiera percibido, mi querido voyeur si estuviera presente, que yo magnificaba el don de ser estatua, salvo que me delataba el hilo de baba que alcanzó notable consistencia y longitud, pues al mínimo movimiento se balanceaba como un péndulo, partiéndose en pedazos y cayendo al suelo donde un charco de poco menos de un palmo aguardaba a sus congéneres en las alturas.

- "¿Te quitó la mordaza?" - escuché sobresaltada de repente, dado de mi intensa excitación no lograba mantener los ojos abiertos, cerrados cual ojos vendados, o a lo sumo entreabiertos a intervalos.

Ni pensarlo liberarme de aquel deleite, y el mmmfff mmmmfffff de negación mostró inequívoco que no me producía molestia ninguna. Si hubiera palpado mi vagina, se habría dado que estaba húmeda, o utilizando un lenguaje escrito lascivo, habría redactado que mi vagina también babeaba empadada.

No puso sus dedos en mi entrepierna, sino que desabrochó mi sujetador, el cual cayó al suelo tan pronto tomó mis brazos para juntar mis muñecas a la espalda. Me encantó su dote de mando, de ejecutar el movimiento sin dar orden que yo hubiera acatado encantada, y tampoco de dar explicaciones, que no hacian falta tanto aquello no era un debate sobre sombreros.

El precioso tanga a juego no siguió todavía el mismo camino. Sólo habían quedado mis pechos descubiertos, cuando percibí con nitidez el rodeo de las suaves cuerdas en mis muñecas, abrazando ambas unísonas con una firmeza de la cual ya no podria liberarme. Envolvió con varias vueltas toda el área de las muñecas, en un ir y venir cuyo número de veces no conté, inmersa en intentar contener los suspiros que hubieran delatado mi excitación, pero cuando percibí afianzarse el nudo firme lejos del alcance de mis dedos no pude reprimir un inconfundible gemido de gozo.

"Demostró ser un experto en el bondage"

Apoyé mi frente contra la pared, vencida por las emociones que me embriagan en ese juego indefensa. Había perdido el control de la cordura, entusiasta que soy de las cuerdas, y arqueé la cintura por expreso deseo de mi inquieto clítoris, allí pobre ignorado sin ningún dedo o lengua o artilugio cualquiera que lo satisfaciera. Creo que, aún siendo clítoris y no cerebro, bien sabía él también no había ningún peligro del que defendernos, y ardía por encender la hoguera de los orgasmos, pero aquella historia, de la cual yo era la estrella protagonista, debía de seguir las pautas marcadas, lentas e inoxerables.

Quise contener el aliento ante la segunda cuerda, responsable de atraer mis codos hasta tocarse, pero no lo logré. Exhalé un suspiro incontenible, contenta porque atar mis codos juntos no fue difícil, supongo por ser chica delgada y flexible. Su tacto en mi piel se asemejó a una serpiente reptando aferrada por mis carnes, pues intuyo de este magno deprepador de la naturaleza imprimen una fuerza vigorosa de las cual sus presas no logran modo de zafarse.

- "¿Quieres sentarte? Lo digo por los tacones" - me comentó cuidadoso y detallista.

No aproveché la concesión que me otorgó por su propia iniciativa, y mezclando el vaivén de la cabeza con dos efímeros murmuros de la mordaza expresé que no hacia falta. Suelo trabajar en discotecas durante los veranos con el fin de sumar ahorros, y deambulo las noches completas por las barras y podios de baile sobre tacones vertiginosos, con lo que estoy acostumbrada. De ahí mi negativa, aunque por supuesto agradecida.

Asintió y aceptó, muy a gusto también estoy convencida, y de poder hablar habría escogido el deseo de atarme sin piedad, que sufrir ser atada severa es fantasía mía desde que tengo uso de mi memoria. Esperaba tomara él la iniciativa, sin dar pistas ni suplicarle su crueldad, y los siguientes actos me demostraron para mi felicidad que ambos estábamos en la misma complicidad.

- "¡Camina!" - me ordenó en plena sintonía con mis ánimos ardientes.

Di mis primeros dos pasos seguidos, tras larga media hora inmóvil de cara a la pared. Tambaleante y con las piernas torpes, andamos por aquel paraíso soñado, dejando la amada pared lotanza hasta situarnos justo debajo la barra de metal.

Me quitó el tanga, raudo y veloz, sin el absurdo romaticismo que en mi historia no lo quiero y no lo espero. Lo arrojó no sé dónde, y esperé un breve lapso de tiempo mientras el chico manipulaba otra de sus cuerdas. Tomó las dos puntas juntas, dobló la cuerda extendida, y sentir el contacto de otra cuerda por el interior de mis muñecas me provocó un escalofrío de placer que me recorrió entera, dado pensé que tal vez… bueno… quizá… a lo mejor… ojalá su mente perversa hiciera cuanto… ¡sí! ¡Sí! ¡Sí! ¡Lo hizó! ¡Increíble! ¡Mi sueño hecho realidad!

"Las cuerdas superaron el alto listón de la barra de hierro"

Lanzó las cuerdas superando la barra de hierro, medio metro por encima de mi cabeza, tal como los pertiguistas abordan sus listones de altura, alzados por el flanco frontal y cayendo por su envés sin derribarlo. Tensionó la cuerda, y su efecto inmediato fue que mis brazos se levantaron hacia atrás. Tomaban mayor ascenso a medida que imprimía mayor tensión, con esas pausas de los alpinistas en la altitud, aunque en mi caso breves, buscando el límite de la cima para mis muñecas. Alcanzado este margen, quedé con el cuerpo inclinado hacia delante, mirando al suelo en un ángulo ligeramente superior a noventa grados, los brazos levantados el alto, alejados de mi espalda, con mi culo expuesto sin pudor y mi vagina ansiosa por disfrutar.

Marcado el punto exacto, la cuerda continuó interminable su trabajo, y quedé exceptante de conocer su ruta, la cual consistió en una ida y vuelta de mis muñecas a la barra de hierro, tensas y firmes hasta consolidar sus ataduras. El último metro de cuerda se deslizó por recovecos creo de las propias cuerdas, en unos trazos inalcanzables a mi vista y por cuya razón no sé describir, y en finalizar su labor vi no había forma ninguna a mi alcance para soltarme.

De los nudos no doy detalles pues no podía verlos. De nada me servía la intuición, y en querer presumir de ser lista habría dicho que estaban increíblemente lejos de mis dedos, pero tampoco pude hacer gala de este don, que la bola me mantenía bien amordazada.

- "Tu novio se la va a pasar muy bien contigo" - me comentó al tiempo de cruzarnos miradas cómplices.

Cayeron rápidamente mis ojos, que me vencía la posición y la excitación. Recorrió la línea hasta la meta de sus maletas, de donde pude ver tomaba seis cuerdas, ante de volver hacia mí. Lo perdí de mi vista al encaminarse detrás de mí, y no supe sus intenciones hasta empujar con sus manos mis muslos internos de ambas piernas. Percibí el gesto y deslicé los zapatos de tacón hacia sus respectivos laterales, alejados los tobillos uno del otro. Abrí más a cada nuevo empuje suave y delicado, y más, y un poco más cumpliendo sus instrucciones con el tacto, alcanzando en el último movimiento una gran abertura que bien dibujaba una magna pirámide desde la planta de los pies hasta mi pelvis.

Exhalé un gemido de excitación cuando sentí una cuerda anudarse en un tobillo. Empujó impacable la cuerda en busca de aquellos aros que demostraron ser necesitados, los más lejanos por demostrar el concepto de imposible, y ladeé la cabeza porque quise tener el privilegio visual de contemplar cómo se anudaba. Escuché el roce de la cuerda al apretar los nudos, y al repetir la operación en mi otra pierna me vi obligada a permanecer inmóvil en esa posición, apoyada sobre los altos tacones único vestigio de mi antaña vestimenta, con las piernas totalmente abiertas, brazos atados en alto por la espalda, inclinada hacia delante y exhibiendo todos mis húmedos orificios ávidos por disfrutar.

Emití un gemido insólito al comprobarme totalmente inmovilizada, indefensa, invadida por una impotencia que desencadenaba todo un torrente de salvajes fantasías.

- "Ahora ya no puedes escapar" - narró entre risas pícaras - "pero todavía no he terminado" - añadió para mi satisfacción.

"Gran verdad fue estar perfectamente atada e imposible desatarme"

Otra cuerda envolvíó holgada mi cuello, a modo de un collar y con el nudo insoltable separado dos centímetros aproximadamente de mi garganta, caído al frente. Sólo tenía un cómodo contacto en el cogote, por entendernos y clarificar, mientras todo el resto de su circunferencia respetaba el amplio margen de seguridad, propio del sentido común y la inteligencia. No afectaba de ningún modo a la respiración, y no causaba molestia, sino más bien todo lo contrario, ya que incrementó mi excitación cuando vi atar la continuidad de la cuerda a otro de esos aros, que por fin tomaban importancia.

La tensión acumulada en la fuerza de la cuerda me obligó a inclinar mayor grado mi cuerpo, mirando hacia abajo, muy cercana a trazar un ángulo de noventa grados, según se viese mi imagen de perfil, y los brazos, por la propia inercia, tomaron mayor rigidez en sus ataduras. La inmovilidad subió un escalón, dado anuló cualquier forcejeo en vano de levantar mi cuerpo, y tuve la impresión de que mi vagina empapada iba a gotear desbordada de furia sexual.

Yo estaba fascinada. Aquel duro bondage conducía al típico sufrimiento donde las inculturas analfabetas piensan que yo, en la aventura prisionera de esas ataduras tortuosas, voy a suplicar, pero están muy equivocados, que en mi devoción son una delicia, un placer, una maravilla, y en caso de rogar sería no tener prisa, que quiero saborear de la experiencia incluso las centésimas de sus saetas del reloj.

Totalmente inmovilizada y a merced de mis caprichos, magia obrada real por ese chico, retomé babear efecto de la postura, que quizá por la costumbre o el acto de andar había antes detenido. Noté mis labios incapaces de contener su sellado con la mordaza, y al babear de la comisura se sumó el labio inferior, justo por debajo de la bola, que comenzó a esbozar los primeros trazos de la estalactita. Me gusta porque demuestra mi gozo, mi sufrimiento, mi indefensión, sin necesidad de expresar palabras o comentarios cual locutor de radio retransmite los tediosos partidos de fútbol.

Me deleitaba en mirar cómo babeaba, cuando de pronto sonó mi teléfono. Comprenderán que en mi condición no tuve facultad de responder, y toda insistencia en su timbre fue en vano, que ni podía descolgar ni podía hablar. Tal desconocido, inorpotuno su momento, insistió con un mensaje, y tuvo el dependiente el buen detalle de leérmelo.

- "Cariño, he llegado al aeropuerto" - rezaba la primera frase, y añadía - "¿vienes a buscarme?" - para concluir.

Aún amordazada, mi mandíbula pretendió reír, que lógicamente mi novio no se imaginaba mi situación, pero sólo emití un murmuro, mezcla de risa, de placer y complicidad, que en el fondo yo misma no entendí. Compartió el chico el ansia por la risa, y él mismo respondió por mí.

- "Te espero en casa, que te he preparado una sorpresa que no se escapa" - me confesó con sorna escribió en su respuesta.

Estuve muy de acuerdo en su texto, insinuante y pícaro tras su última coma, e idéntico lo hubiera escrito, a no ser por las ataduras que me impedían presionar ni una tecla. Conocí la respuesta de mi novio por la boca de él, confirmando su llegada rápida al hogar dentro de una hora, y ya quedó mudo mi teléfono.

Daba espacio su regreso a completar el puzzle de las cuerdas con otra pieza. Había removido la maleta hasta encontrar una cuerda cuyo grosor era la mitad de sus hermanas o parentesco. Asida entre sus manos, acarició mi cabello al tiempo que lo agrupó como si fuera un manojo de espárragos, o fidedigna a su suavidad, un manojo de finas hierbas silvestres.

"Había visto en fotos escenas de bondage de pelo y tenía ganas de sentirlo"

Ardían mis venas deseosas de que su próximo paso fuese un bondage de pelo. Los había visto en fotos, en vídeos, y había observado maniobras espectaculares, preciosas, dignas de los grandes maestros medievales, pero nunca lo había practicado. Levanté la cabeza buscando cruzar las miradas e implorarle un bondage de pelo, bello, que mantuviera mi pelo alborotado preso las cuerdas y reflejara en mi rostro la loca lujuria que me invadía. Emití un par de gemidos ininteligibles ppffffiiii mmmmppfhfhf y en el movimiento rotacional de la cabeza conseguí que la cascada de baba se derrumbara creando un lago cada vez mayor a mis pies. Mis mejillas encendidas se sumaron a ese juego que tanto me apetecía, y cuando noté la cuerda envolverse a mi cabello vi que el sueño era real, que aquello era verdad, que sí, sí, se cumplía la mejor de todas las expectativas.

El roce de las cuerdas con mi cabello fue majestuoso, acariciando cada pelo en un sublime detalle de mostrar gratitud por mi total entrega y pasión. ¡Por supuesto que sí! Me hubiera encantado el reflejo de un espejo, para observar el contraste de los tonos rojos de la cuerda con mi cabello rubio, empaquetados en un abrazo cuya apariencia es poesía, es arte, y es sexual. Se hundía en cada giro por mi cabello, en trazos que no eran perpendiculares y tampoco verticales, sino un conjunto de dibujos cuyo amor dan rienda suelta sobre el espesor de mi larga melena. Trepó la cuerda como una enredadera, y yo me centré en percibir con todos mis sentidos los masajes que me hechizaban.

Aún severa atada… aún amordazada... aún con el sufrir demostrado en el babeo de mi mordaza… aún nublada mi cordura… aún incómoda sobre esos tacones cercanos al vértigo… aún a pesar de todo ello, estaba sorprendemente cómoda y relajada, y no permito a nadie, absolutamente a nadie, poner en duda mis afirmaciones, pues mentirosa lo será su puta madre, o su señora madre. ¡Faltaría más! Atada, sí, pero poderosa y con carácter, también.

Recorrió la cuerda el viaje hasta la barra de hierro, y apenas noté que mi cabello estaba atado en alto, obligada a mantener la cabeza a aquella altura, y de cuyo equilibrio se había apoderado las ataduras. Me percaté cuando la lasciva baba resbaló por la barbilla, sin yo poder evitarlo.

¡Increíble! ¡Genial! Comencé a murmurar, a emitir jadeos muy breves de mmmppfffhh sólo por el mero hecho de adornar mi gozo con la música de la mordaza. Para mí representaba como escuchar una canción que sonaba alegre, jovial, encantadora, placentera, excitante, apasionante, y añadaría todo el diccionario de sinónimos y mayores halagos.

- "¡Terminado!" - pronunció el chico orgulloso.

Perfecto. Le hubiera felicitado. Le hubiera abrazado, e incluso me podría haber follado, pues muy fácil lo tenía y yo predispuesta estaba, pero se ciñó al guión y respetó los límites, que aquel día no estaba escrito su nombre en la celebración.

"Había convertido las ataduras en un sexual bondage obra de arte"

Tenía pensado acudir otro día a su sexshop, y de mi propia voz ofrecer su merecida recompensa, pero de este premio hablo en otro relato. Hoy pertoca mi historia, y aún restaba media hora para la llegada de mi novio.

Por seguridad no quiso dejarme sola todavía, y tanto él como yo no habíamos pensado liberar ninguna cuerda o aliviarme de la mordaza. ¡No! El trabajo perfecto no se toca. Simplemente, se sentó en una de las dos sillas habidas en aquel lugar, y estoy segura deleitó la espera en mirarme, contemplarme inmóvil, sin escape, con todo forcejeo vano y estéril, el flujo de baba estabilizado, mis ojos cerrados cegados de la propia excitación, y el vaivén de las piernas abiertas, fruto de los tacones inestables pero compensados por la fuerza y vigor de las recias ataduras. Muy probablemente se masturbó, y de ser así me hubiera encantado, pero tal extremo no puedo confirmarlo, dado quedaba un un rincón donde no alcanzaba mi visión.

Pasó el tiempo, yo sin protesta ni queja ni suplica, que estaba en la gloria. Llegó el tiempo reglamentario sin yo percatarme, y tomó mi teléfono para intercambiar mensajes con mi pareja, impaciente de su llegada. Escuché el teclear, y supe por su confesión al despedirse que mi novio estaba muy pronto de asomarse por el umbral. Marchó sin dar caricia o beso, satisfecho de su tarea, y alguna estrategia debió de urdir al salir para no cruzarse con mi novio, que de haber ocurrido se hubieran reconocido, pues no corrió ni un minuto que escuché la voz inequívoca de mi amado.

De repente, afloraron por mi piel todos los nervios hasta aquellos entonces calmados y adormecidos. Me agité, mi vagina se convulsionó, y exclamé una serie de mmmmppffff intensos y repetitivos reclamando su presencia. Sonaron a alaridos, pero no fue terror, que de tratarse de animales hubiese sido un canto al apareamiento salvaje.

Apareció, y exclamó un wow al contemplarme. Se quedó sorprendido, perplejo, y busqué su mirada con el reojo, temblando por querer transmitirle mi alegría de estar en casa, de querer decirle que aquella era mi sorpresa, de querer pedirle sexo cuanto quisiera, pero las ataduras y la mordaza me impedían encontrar forma de expresarme.

- "fffemmmm mmmppfeeemm" - me esforzé por hacer entendible una simple palabra, ven se trataba.

"Estupefacto se quedó mi novio al llegar y encontrarme tan bien atada"

Sus zancos pausados se aproximaron hasta acortar la distancia a cero. Sus manos tocaron las cuerdas, cual músico toca la guitarra, y con su suave caricia sobre mis brazos volví a recobrar la estimada tranquilidad.

- "¿Estás bien?" - me preguntó tierno y enamorado.

Agachó su mirada para situar sus ojos frente los míos, en un cruce de miradas testigo de nuestra unión, y emití un mmmpppfffffiiii inicio de nuestra fiesta. Su iris contenía una lujuria incandescente que yo nunca recordaba haberle suyo, y cuyo destello desveló que mi sorpresa colmó de agrado cualquier otro recibimiento que pudiera haber imaginado.

Besó mis manos, pues la boca no pudo, y no hizo gesto de desagradadarle la estalactita de baba que pendía de mis labios. Descubrí que esa muestra de sufrimiento y sacrificio sumó puntos al casillero de su excitación. Proclamó sus sentimientos con sus caricias. Las yemas de sus dedos se deslizaron suaves por mi espalda, mis costados, amagó de bajar hacia la pelvis, y subió una mano hasta mis pechos, al encuentro de mis pezones erectos. Acarició su cima, y di libertad total a mis suspiros de placer, enrabiados de tanto tiempo reprimidos dentro de mí.

Su otra mano, en paradero desconocido, se posó suave sobre un rincón de mis lumbares, resbaló por las nalgas, y fluyó su curso natural a desembocar en mi orificio vaginal. Sus dedos palparon mi entrada húmeda, y el más atrevido de sus cinco tentáculos, no sé cuál, entró depredador en mi caverna. Arquée el culo, estiré de las cuerdas, pero no quise huir, sino disfrutar. Grité un gemido exagerado, no con intención de copiar alaridos del cine porno, pues fue jolgorio aguardando ese momento desde hacia un par de horas.

Contorneó el dedo, hendido entre las paredes vaginales, en una cadencia no constante, rastreando cada rincón de la gruta, del techo y del suelo y lo máximo adentro, haciéndome perder todo ápice de cordura.

- "Mmmpppfhff mmmppffhhf" - gemía yo enloquecida en un repertorio musical sin descanso y sin final.

Las cuerdas tiraban inflexibles de mi pelo hacia arriba, y su otra mano se había entretenido en mis pezones, saltando de cúspide a su gemela, totalmente en punta y cuya embriagadora sensualidad no me dejaba pensar. Absorta en gozar de cada gesto, percibí ambas manos abandonar sus puestos en reunirse en mi pelvis, donde con trabajo en equipo separó una mano mis labios vaginales, mientras su compinche tomó tierra en la cúspide de mi clítoris. Sus yemas hacían patinaje sobre mi clítoris, incesante, despiadado, a un ritmo desenfrenado que poseía colérico mi clítoris. Mis gemidos se tornaron imprimidos con ese acento propio del orgasmo inminente. Sentía ya los espasmos previos, percibía las nalgas endurecerse, los muslos tensos, y llegó mi orgasmo con una prontitud nada habitual.

- "mmmmppffppffpffffffiiiiiiiiiiiiii" - grité a todo volumen en un jadeo internimable.

"Fue un maravilloso orgasmo al masturbar mi clítoris"

Acompasé con gemidos todavía sus replicas cual terremoto, y me cegaba el más intenso de los placeres cuando mi novio frenó momentáneamente. Había llegado mi primer orgasmo, entre gritos amordazados y contorsiones dentro de los límites inquebrantables por las cuerdas.

En su descenso de ese primer éxtasis, mis gemidos se ralentizaron, y en aquel insólito silencio escuché desabrocharse el pantalón y quitarse la prenda por las perneras hasta quedar desnudo. Acomodado tras de mí, noté una masa rígida acomodarse en la puerta de mi vagina. Sus dos manos tomaron el ritmo y equilibrio, colocadas en ambas caderas, y no se necesita ningún inútil título universitario para saber que no fue tarea difícil adentrar su polla en el umbral abierto de par en par. Yo estaba empapada, y mi recibimiento fue de júbilo y felicidad.

- "mmppffffiii mmmmffiiii fmmmmffffooammeme" - que traducido al idioma coloquial sin entrebanco hubiera dicho que sí, sí, fóllame.

Su pene resbaló muy profundo dentro de mí con facilidad asombrosa, y jadeé un gemido amordazado que se prolongó al menos diez segundos. Mis ojos se abrieron a tal tamaño que de haberme visto vosotros y vosotras os hubieráis apartados del frente, por si acaso salían disparados. Los sonidos de mis gemidos subieron la temperatura hasta calentar el propio aire. Mis piernas se tambaleaban, pero entre las cuerdas y sus manos mantenía el equilibrio. Cerré los puños, y empujé de las cuerdas atadas en las muñecas, que no es que quisiera desatarme, sino estallaban mis músculos de contracciones que no podía controlar.

Quedó invitada su polla dentro de mí, y en el salón vaginal hizo exhibición de sus dotes de baile. Mis gemidos eran los cantos al compás, suaves en sus leves pasos y poderosos cuando tomaba la danza una velocidad endiablada. De vez en cuando paraba, quieto, dentro, y por sorpresa tomaba de repente un ritmo cruel, perverso, por lento, muy lento, avanzando hacia lo hondo de mi vagina, retrocediendo quizá un breve tramo, volver a adentrarse y otra vez retroceder, nunca sin llegar a salir, con una armonía indescriptible que agitaba mi respiración anunciando las altas probabilidades de un segundo orgasmo, en caso de continuar así.

¡Y continúo! ¡Joder si continúo! ¡Ya lo creo que sí! Ahora más rápido, y yo jadeaba como reina en lo más alto del podio, trofeo del primer puesto en mano y alzado a la ovación del público.

- "mmmmmaffffm mmmafafafmmm mmmffiiggeeeee" - que de nuevo vuelvo a traducir, más y más y sigue quise gritar, y por cuya ansia de compartir mi éxtasis no me molesta la traducción, encantada de explicar.

"Follaba con una pasión salvaje que no recordaba"

No estuve callada ni un segundo. Yo no paraba de gritar, y en el lenguaje de la mordaza le rogaba continuar, más y más y más rápido. Jamás había sido protagonista de una cabalgata como aquella. Jamás había sentido todo el grosor de su polla copar hasta el último rincón de mi vagina y llegar tan adentro que vayan a saber, mis apreciados y apreciadas lectores y lectoras, si descubrió pinturas rupestres escondidas. De haber ocurrido, no lo confesó y guardó secreto, quizá para otra ocasión, pensé.

De él diré que no paraba de moverse. Destrozaba su silencio verbal con sonidos guturales en celo. Embestía y empujaba con tanta pasión que incluso la vecina matriz llegó a decir qué bestias nosotros dos, y razón no le faltaba, pues nos habíamos convertido en dos animales vigorosos a merced de ese huracán que era nuestra pasión. Podia notar como llegaba hasta adentro de todo. Efecto de sus embestidas destrozaba mis estalactitas de baba, que caían descuartizadas al pavimento, repartidas en un amplio radio de muchos centímetros. Yo casi pretendía morder la bola, mientras mis ojos estaban cerrados, incapaz de conseguir abrirlos eclipsados de tanto placer.

Sabía que estaba a punto de correrse, y contagiada del mismo espíritu estaba yo, pero quiso retardar malvado esa victoria, retirando su polla de mi vagina. Tomó mi novio aire, y ejercitó respiración para calmarse. Yo hubiera dicho que ni se le ocurriera sacarla, que me follara sin reparo, que me follara duro, pero entregué libre y voluntaria el volante a su mando, y no estaba en el asiento del conductor.

Fue una pausa leve. Su glande permanecía hinchado. No bajó presión ni lo más mínimo, y el frenillo miraba entrecerrado, recto y descarado, a mi vagina. Colocó de nuevo su enorme glande en la entrada a la cueva, como si estuviera midiendo su circunferencia o calculando el mejor grado de inclinación para la penetración. ¡Ni medir ni calcular ni ostias con vinagre! ¡Dentro! ¡Recto y directo! ¡Sin mayor dilación!

Agitaba su rabo dentro de mí arriba y abajo, con una violencia similar a un mortero que machaca el ajo. Aquella pasión es cuanto se describe en los relatos con las expresiones de reviéntame, de clávame la polla al fondo, y yo por supuesto no pienso omitirlos, que su uso en describir está muy bien justificado. Apretó toda su cintura al máximo contra mi culo, con sus testículos pegados a mí, metiendo toda la polla y hundida en todo su esplendor. No recordaba en tantos años de sexo ese alboroto de cuya intensidad corresponde a sopranos y barítonos. ¡Que gritos! ¡Que salvajes! ¡Mi novio con sus "sí, sí y sí", y yo con mis "mmmppfpfhffiiii mmmfffiiii mmmmffffii"! En ambos casos, el mismo signficado. ¡La unión perfecta!

Una fuerte envestida vaticinó que no podía reprimir su orgasmo. Bramaba tan brutal que, de haberlo hecho a ese volumen junto mis oídos, me hubiera dejado sorda varios días, y yo le iba a la zaga, muy similar pero con el clásico sonido de la mordaza.

Repitió las envestidas, y me pareció notar su glande palpilar. Los gritos ya no tenían descripción, pues aquello parecía ya una matanza, en guiarse sólo por los aullidos. De mí no puedo decir que era inocente, no. Era culpable por igual, que aullaba destrozando el eco si lo había, y me corrí cuando su chorro de semen impregnó toda mi vagina. Creo que, de tanta cantidad, no cabían más litros, y una mezcla de flujo y semen resbaló al exterior, por mis muslos y en descenso perezoso hacia las rodillas.

Nuestros cuerpos idos de convulsiones se aferraron queriendo formar una sola masa compacta, respirando los dos rápidos, agitados y entrecortados, pegados, con sus brazos que me abrazaban por debajo de los pechos, y cuyo abrazo sólo interrumpió sacar su polla de mi coño. Aún le quedaba semen en sus conductos, y escurrió las últimas gotas con las manos, salpicando un par mis nalgas desnudas.

Tras la brava tormenta, llegó la calma. Comenzó en liberarme de la mordaza, que arrojó a tierra lejos del inmenso charco de baba que se había formado frente mis pies.

- "¡Esta sorpresa me la tienes que contar!" - susurró encantado y delatando querer volver a repetirla, al tiempo de darme un cándido beso en la mejilla, y yo por supuesto dije sí, que en nuestro círculo de confianza nos confiamos hasta el último detalle.

Por orden, tal cual dicta la seguridad y el sentido común, desató primero la cuerda del cuello, que pudiera recobrar algo de verticalidad. Desató mi cabello, aunque me hubiera encantado ver aquel arte, pero otra oportunidad habrá muy seguro. Desató mis piernas mientras yo recobraba la agilidad del cuello. Desató las piernas, con sumo cuidado que tanto tiempo sobre tacones y atada con las piernas abiertas se me habían adormecido. Ya cerradas y con capacidad de fiar equilibrio, desató la cuerda de la barra de hierro y recobré la verticalidad, justo antes de soltarme las dos restantes, éstas eran las cuerdas atadas en las muñecas y en los codos.

Libre y con total movimiento, me volví a él, pues estaba de espaldas para desatar con facilidad, y nos fundimos en un fuerte abrazo y un tórrido beso en los labios, maravillados por el apoteósico éxito de mi sorpresa.

 

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