De cual vertebrado les voy a hablar pertenece al grupo de los mamíferos placentarios, familia de los homínidos, orden de los primates, y cuya especie cuenta la leyenda resalta por ser la más inteligente dentro del reino animal, aunque tengo yo la convicción de ser errónea esta afirmación, mas si no me cree lea este relato, y comprobará que su idiotez es monumental.

Ejemplar concreto cual acredita mi tesis es varón, con pezones que carecen de glándula mamaria, ordeñe y estruje cuanto quiera, que el éxito obtendrá en especímenes femeninos, pues los machos sueltan leche por otros caminos. Posee un pulgar prensil, véase sus parientes orangutanes, y aunque el pelo es una herencia en regresión, luce sobre su testa un manojo donde predominan matas grisáceas, ¡sumérjase!, y hallará lodazales de caspa y charcas sebáceas.

Destaca en sus ojos la mediocridad de su castaño, cejas arqueadas en cuyo ángulo agudo usan precavidos de columpios los piojos como apaño, pues derrapan los parásitos si se exceden de velocidad, y despeñarse por el barranco es su fatalidad. Arrecife de sus pestañas tildo de chapuza, párpados son de acícula tacaña, y destila por sus iris una mirada huraña, envuelta de un halo desequilibrado y psicópata, ¡vaya con cuidado!, aconsejan aborígenes sabios de las selvas africanas, que de mirar fijo a la hiena del paleolítico existe el riesgo de atacar con sus fauces y catanas.

Por su nariz sospecharía los científicos es de una rama no evolutiva, los platirrinos tienen las narinas separadas y cola prensil, de ser otro linaje dispondría de tabique nasal, y chimpancé cual aludo se hermana con macacos y gibones, pues distan kilómetros sus fosas, mengua el hueco a babor, y petróleo han extraído los tejanos a borbotones de estribor. La disposición del cráneo y su columna vertebral le permite al bípedo erguirse, pero tampoco se haga falsas ilusiones, dado su irrisoria altura equivale ir a cuatro patas, y de atreverse bufón de la corte a esta sorna jocosa lo arroja a las alcantarillas con las ratas. Empujón procedería con trampas, pues es de físico escuálido, mayor obeso es un espárrago, aunque libre de hambruna sacia su panza hasta el hartazgo, ¡dónde lo mete!, será que hierve el lecho por el pepino del noviazgo.

Tras este elenco de pistas, habrá apostado es la bestia un homo sapiens, ser presuntamente civilizado que dispone de la capacidad del habla, ¡dígame de qué le sirve!, pues coloquios son una sarta de chulerías y fruslerías, y digo estos adjetivos en aquellas homilías donde muestra cordura la alimaña, ya que es habitual oírle emitir gruñidos confusos y primitivos que ovaciona la escoria secuaz de su misma calaña.

De vez en cuando emite alguna prosa que se ha entendido, y no obstante mantengo es el humanoide un eslabón perdido. Crea dogma la concordancia de los previos rasgos descritos, añada su mandíbula reducida, mas por don privilegiado gozaba de una gran capacidad de manipulación sobre los títeres proscritos, y en su afición a las marionetas ordenó a peleles uniformados acorralar cuyo catálogo comprendía desde niños inocentes hasta abuelos frágiles y benditos.

Sistema fue el que aquí refiero, comienzo por menores, parques clausuró, porterías de fútbol precintó, y en sus cuchitriles hogareños de mierda, a custodia de zoquetes y burros progenitores, los encerró, ¡tomad!, les dijo, en el lienzo pintar un arcoíris con los lápices de colores. Ejecución masiva de octogenarios fue en los mataderos cuyo rótulo garabatea en minúsculas discretas el alías de residencia, murieron en sus cámaras a montones, y al preguntar un fisgón qué ocurrió dijeron los responsables, ¡ha sido cosa de armadillos o murciélagos o visones! Horca se ganó con creces, pero el pueblo nacional, fuese por inculto o desidia o cobardía, o tal vez la suma de la trilogía, aplaudió en cuanto yo creí se trataba de una ironía, ¡me equivoqué!, insultos y agresiones tuve casi a diario por mi firme desobediencia y meritoria rebeldía.

Clave esta descripción, identifica al sujeto como humano, nacido en la confortable calidez veraniega de un clima atlántico, efeméride funesta debió de suceder con la coneja drogada y el patrón creyéndose un extraterrestre galáctico. Nació que se perdió la maravillosa oportunidad de haberse estrangulado con el cordón umbilical, mamó de la teta, dio sus tempranas correrías por el patio haciendo volar la cometa, y ya siendo pimpollo se enroló en las filas letradas cuyos dictamen y fallos y apelaciones le daban la oportunidad de ser cual protagonista toca la corneta.

Fue en susodicho terreno donde conocí a tal batracio, siendo yo una joven loca y alborotada, es conducta que subyuga la juventud dorada. Superaba mi edad en aquella franja vasta que separaba mi generación moderna de su pleistoceno que amortajaba el escorbuto, y de nuestra relación excluya la condición de amigos o vecinos, no compartí con él ni la merienda entre pinos. Relación amorosa no hubo ni remota posibilidad, antes que engendrar los genes de un neandertal prefiero se extinga la humanidad, aunque aludido en su cortejo galantea con caballeros, gangas sondea entre arquitectos y marineros.

"Lo conocí trabajando de becaria en su Juzgado"

Codearnos fue debido a una actividad laboral, imprevista en mi dietario, cuando un lunes matinal, recién me ausentaba del aula magna de mi facultad, me interpeló profesor en su gentil vocabulario. Requerían becarias en el poder judicial, y debido a mis sobresalientes en las evaluaciones, me consideraron la señorita ideal. Inicio de mi labor estableció al arranque de junio, tres meses de contrato, por salario un bocadillo y el billete de transporte, y a final de la jornada disponía de un humillante tiempo libre por practicar deporte. Finiquito es con el almanaque clavado el dígito en septiembre, y en caso de agrado al capitán se me agregaba en la plantilla, ¡dígame el régimen!, que goza de mayor lujo cuya mascota es un perro o una ardilla, y en vaivén asintió aplazar para octubre el debate, de si tratar a la empleada del gobierno con dignidad o como una pardilla.

Un huracán de emociones invadió todas mis entrañas, e incrédula he de reconocer no supe responder. De haberse tratado de otro catedrático hubiese creído es un broma, que en filas hay inscrito algún docente de guasas ser creyente, profesor de matemáticas dispara la alarma, y el ayudante de dibujo nos engancha con pegamento en el pupitre una goma, ¡son como chiquillos de parvulario!, pero por el crédito de tal mentor, hombre serio ceñido al rigor de la enseñanza, di el margen de confianza.

Confirmada la propuesta, es viaje seductor la capital de nuestro país, que mi urbe histérica y estresada no venga usted ni de vacaciones, en suburbano roban relojes y monederos los ladrones, en baldosas pantanosas circulan patinetes y bicicletas que embisten y atropellan peatones, y es rutina que ante citas y proyectos ambiciosos den plantones los mamones. Menos peligrosa es la cornamenta de un toro furioso, y al jueves sucesivo tras la oferta transmití por mensaje cuya monosílaba popular es el sí prodigioso.

Tuve maletas bien copadas con el mayo moribundo, de ropa y libros y un espacio reservado para el triunfo fecundo. Emigré sábado al mediodía, y tren raudo arribó que ya anochecía. Me recibió en la estación una afable primavera, y en taxista que me estafó ducados en el cambio llegué a cual se me ofreció de mundana madriguera. Ducha colindaba con el lavabo, y de la cocina al comedor había aquella pulgada que sortea de un liviano salto el pavo. Cama se hallaba en el recodo suroeste, y dicho así da por suponer he de cruzar el valle y el monte agreste, ¡ni lo piense!, es un comentario errático e intencionado para evitar en mi dialecto exclamar un rosario de peste. Asomada por el alfeizar tuve por paisaje un andamio, y aplacar hermética la celosía fue el remedio para no cundir el desánimo.

A metrópoli de la justicia me imbuí desbordada por las fantásticas expectativas, mas inocencia cometí por delito, dado creí en tribunales voy a ser bien tratada, pero ya en la onomástica de aquel bautismo, tres minutos después de marcar el cronómetro las once en punto, tuve un lance cual, por candor y desorbitada, creí se trataba de una novatada. Secretario del área especializada en violencia de género me llamó, fue con un silbido de pes y eses y un montón de te que seseaban entre las almenas de los dientes, y al acudir garbosa me dijo, ¡tráigame un café!, y que en azúcar sea prolijo. Diligente y educada asentí, y ni un ruin gracias del egoísta recibí.

De regreso reclamó mi prestación jurista sepultada tras montaña de carpetas, ni en fronteras se alzan esas trincheras, y decidida me ordenó un cometido, ¡hágame de esta acta una fotocopia!, y al atrapar el documento extendió otro ramillete, ¡de esta multa haga duplicado!, añadió con descaro, ¡de la querella reproduzca en diez el plagiado!, ¡de este texto haga cien multiplicaciones!, y del último pergamino pidió las mismas propagaciones.

En los paréntesis donde me escabullía del artefacto ejercía cual cura en el confesionario, pues la oficinista protestaba por bregar con mil obstáculos, taquígrafa se excusaba en que, para tanto transcribir, le faltan tentáculos, fiscal refunfuñaba que ardía en ganas de recoger los bártulos, y jueces de toga, indistinto varón o fémina, descargaban su ira histriónica al agruparse con sus colegas en masónicos cenáculos.

Aliviados volvió el régimen de esclavitud, era yo cual labriego humilde ara las hectáreas del ganadero y el millonario feudal sin ninguna acritud, pues en tareas propia de mensajera llevaba cartas y sobres y fichas al Decanato y a la Sala de lo Social, sito es en la planta quinta de cuyo edificio cohíbe proseguir su elevación al raso de la cripta celestial. Descendía un duplo a la Audiencia Provincial, es breve la pausa en cual despachos se asignan al Contencioso Administrativo, y ya en lo Penal, donde su presencia a decenas es un síntoma inequívoco del desvarío en la gente, un mozalbete de mantenimiento me hizo una cauta seña, ¡qué ocurre!, y al querer saber la causa me confesó le gustaba aquella muchacha de rubia greña.

Harta de ser sirvienta, me pidió acercarme a la sirena, y con discreción obtener ese parlamento por discernir cuánto de él comenta. Sin tapujos ni titubeo me encaminé a la diana, e historia que le narré fue cual epopeya de Cupido une el sapo a la rana. A chavala le indiqué el pretendiente que se mostraba ausente, enroscaba un tornillo por querer simular su profesión el pillo, y el encargo que le transmití hice de este modo la clausura, ¡a ese macho ibérico se la pones dura! Marché cuando la escena rozaba aquellos aspavientos preliminares en las veladas de boxeo, púgil que se enfrenta y el gallo de rabo menguado que se amedrenta.

Al retorno cual pingüino ha ido en su colonia del ártico al antártico, tuve neófita conversación con quien, en la práctica, tenía por rango ser mi jefe, zopenco era de tal vanidad que la diferencia de jerarquía resultaba a simple vista patente, dado el golfo infundía un porte pretencioso, y trasmitía hacia mí esa conducta de cual dueño considera a su obrero sumiso un mequetrefe.

Enhorabuena me manifestó en un tono arrogante, fue en mi opinión una felicitación repugnante, pues su timbre retronaba ronco, ¡tendrá un tambor en su faringe!, o quizá se le ha escacharrado su arpa, pues las notas brotaban envueltas de un tejido crujiente que, aun comedido, era hiriente. Ventaja tenía aquel modular desafinado al ser inconfundible, póngalo en medio de la turba y afine el oído, y verá que en millones no hay nada parecido, mas a ustedes les voy a confesar que prescindí de su parrafada, me entró por el auricular del costado izquierdo y salió sus ondas por el conducto auditivo al lado opuesto, ¡nada que grabar!, valoró mi cerebro, es fanfarronería su narrar.

Calló el engreído, y el expediente con cual me estrené fue un suicidio en anómalas circunstancias. Advertí de irregularidades en la diligencia policial nefasta, ¡puede ser un asesinato!, pero con un epitafio irrefutable decidió menospreciar el caso de ese pazguato. Deposité en el fichero donde se amontonan esos lances de los cuales se apodera el moho y el polvo enemistado con el alérgico, ¡cuidado en el armario!, no sería fortuito la devastación por un incendio estratégico.

En la pulcra exactitud por desempeñar honrada mis tares elegí otro suceso, ¡señoría, hay un accidente!, se cuentan por decenas en regreso de su viaje los mártires en su deceso. Acusados son gerifaltes de alto rango, y por ser asunto delicado quizá debería de su tiempo libre tomarse un receso. Sugerí yo de buena fe, porque clanes apenados, debido a la pérdida de allegados, viven angustiados por la opacidad en el sumario, y siguen sin tener noticias mientras corre el calendario. Musitó juez un agravio contra derechos y la democracia, y con una templanza insólita replicó, ¡ponga culpables son anónimos y dé carpetazo!, que su tontería me importa una mierda, y yo ya he dado golpe con el mazo.

Trío añadí con este próximo, ¡excelencia!, le dije, ¡hay otro caso susceptible!, son empresarios influyentes que les acusan organizaciones de estafa, y en la descarada prepotencia con la cual han actuado, tan sólo les ha faltado, poner en venta el romance entre la pulga y la jirafa. Ofrecí su lectura y revisión a tapa descubierta, pero sin repasar ni tan siquiera capítulo de su auto volvió a censurar, ¡archivo y dé portazo!, que por unos pocos de decenas de millones de euros se les llama timador, ¡qué vergüenza!, dijo alteza, ¡son unos santos que envidiosos les quieren quemar en el asador!

Engranda hasta el cuarteto cual refiere a sentencia escrita previa a juicio, ¡a estos cabrones los meto en prisiones!, le oí exclamar, ¡eminencia!, contesté, ¡que yo no entiendo el ingreso preventivo!, pues cuál es el criterio si el proceder ni arranca todavía la fase de instrucción en las salas de poder. Espetó callara y obedeciera, ¡aquí soy yo el tirano!, y cierto es cuanto asevera, pues pocilga suya dirigía como si tuviese el cetro divino de los dioses, dado a siervos y afectados daba un trato vulgar cual mula o marrano.

Problemas se multiplicaron según avanzaban la cronología, y en la confidencialidad de su sagrado despacho le puse al corriente de un tema espinoso, ¡cuál es!, requirió en tono agrio, se le acusa de torturador y autoritario. Detenidos declaran haber sido interrogados mediante métodos usados en las fortalezas medievales, y sus propias camaradas propinan habladurías de las confesiones extraídas por tácticas deplorables. Rumores se ha extendido, y ayer, en aquel tramo de avenida donde los álamos irradian el frescor halagüeño en los chasis de vehículos, me topé con un periodista, y en el abordaje canalla quiso saber de su honorable cuántas autorizaciones ha decretado en régimen incomunicado, mas yo leal a vos le contesté, ¡hágalo por el cauce legal habilitado!

Insistió el redactor en la acusación, y movida por la curiosidad de su perseverancia he repasado pruebas y certificados, coincidencias hay numerosas, dígitos hay alguno erróneo, artículos del Código dan indicios de haberse vulnerado, las armas dan negativo de huellas, los bastidores no corresponden a los forajidos o sus plebeyas, testimonio fue un mero recluso con antecedentes de agresión sexual, y sabueso que dirigió el cotarro obscuro fue sancionado por corrupción y una esperpéntica extorsión inusual.

Por despejar cualquier duda, sugerí argucia que fuese salvaguarda de su legado inmaculado, dado hay base creíble en las testificación de algún crucificado, y tras aquella siesta de quien medita en la ermita o sobre tablones cuyo tablado crepita, emergió de su garganta una sarcástica carcajada, y a sugerencia mía le dedicó una alabada. Empujó su trono atrás por alzar su esfinge jorobada, y tan pronto estuvo de pie hinchó su efigie lamentable cual borracho feligrés entra en su antro inglés. Mueca percibí en su faz pensativa, basculó por el mosaico del habitáculo desde la región levantina a poniente, viró la linterna de sus pupilas hacia mí, y subrayó estar de acuerdo conmigo en una sinfonía fea e indolente.

Acordó debatir el asunto en su casa, ¡venga este sábado!, y a la par de aceptar su convite expresé también una porción del pastel quejosa, ¡señoría!, vive usted en aquella bucólica aldea cuyo desplazamiento requiere gasto de billetes, y mi salario se restringía a una cuantía cochambrosa. Pendientes que regatean el terraplén es una quimera subir en bicicleta, habría de tener cualidades de ciclista, o por la vertiente sur cabría trepar como un alpinista. Podría ir en el transporte gratuito que son las zapatillas, aunque en tal caso, ¡si usted me da su venia!, partiría ya por presentarme puntual, ¡eso sí!, exhausta y de rodillas.

Estalló a risas con mi perorata, ¡no se preocupe!, dijo por quererme tranquilizar, que dos títeres de su escolta enviaría con los últimos espasmos de la madrugada agonizar. En efecto, interfono sonó muy temprano de la alborada, ¡qué son esas prisas!, al horizonte no se aprecia la bóveda azulada, mas deben de estar acostumbrados a ser mayordomos, dado aguantaron impertérritos sin requerir sofá o masaje en los lomos. Ritual al despertar es un estereotipo, visto con las prendas que me enaltecen bonita, y almuerzo se compone de leche y cereales cuya receta es de la comida deliciosa su arquetipo. Peinado azabache alisé por retocar sus zarzas y remolinos, y acicalada a mi gusto descendí los escalones cual grillo bota de la grada a camerinos.

Gorilas que adulaban como pedantes de la fachenda alcurnia me abrieron portal de su carro, ¡apartar!, tengo índice y anular, meñique y el orfeón completo, y por tirar de la manecilla no necesito de ningún paleto. Se incorporó a la circulación con esa velocidad que imprime en circuito el piloto de carreras, y originó tal vendaval que amotinó el follaje caído de acacias y moreras. Oí la injuria de barrenderas, tenían el capazo predispuesto por atiborrar de basura hasta las banderas, y en el paso cebra que se aventuró el cincuentón con su macota apretó el pedal que le obligó a resguardarse en el refugio de las aceras. Palabrotas que le dedican acumulaba en su currículo, y en el carril reservado a los autobuses se metió por esquivar atasco que es de tartanas un cúmulo.

"Palacio del villano es de dimensiones espectaculares"

Autopista alcanzó en un santiamén sin sufrir ningún traspiés, y a morada del gerifalte nos plantamos con los rayos del astro febo bañando equitativos el cimborrio de su palacio por el revés. Descomunal castillo poseía el caudillo, y absorta en su esplendor percibí los goznes de las verjas ceder, ¡increíble!, es su único acceso, pues la continuación se componía de una infranqueable empalizada de piedra regia, ¡déjeme adivinar!, que en geología soy inculta, pero apuesto por granito cuanto abulta. Alzada casi un terceto de metros, de un brinco nadie la supera, y de emprender tal temeridad con alguna maléfica artimaña había cámaras de seguridad en cada esquina, apuntaban a oriente y occidente, y completaban el rectángulo sus parientes del confín austral al septentrional.

Cruzadas las compuertas, un paraíso relucía con tal destello que jardinero deber haber barnizado el glauco de ese césped que luce talle digno del sacro artista, preciso y suavizado de su raíz a la arista, y cuya elegancia inspira la música y el baile de la corista. Achiras recibían a los huéspedes, ¡mírelas!, escribió el poeta en aquel verso mítico que son los guepardos de la flora, tienen el pelaje anaranjado con ese rojo salpicado que le decora, aunque por su cultivo en este clima se ha de poseer una mezcla de valiente e inconsciente, dado es innegable su hermosura en valles soleados, pero adoran la calidez del sol, y en diciembre se marchitan por el azote de su crudeza colosal, ¡escúchame, palurdo!, es flor de zona tropical.

Incrustadas en aquel tapiz vi la tuba de petunias rosadas, trompeta le acepto si mi querida lectora pugna por llevarme la contraria, saxo o cual instrumento le dé la gana. Siembran los vagos porque requieren poca agua, y en su adoración al sol recuerde son como en verano el dominguero, se tuesta holgazán sobre la arena de cuya playa se ha convertido en un hormiguero. Corrales dispone al antojo de su ornamento predilecto, y es llamativo que toda la botánica en rediles es de rosa pigmento, ¡óigame!, hay variantes moradas y blancas, amarillas si vos es indiferente al mal fario, y sin embargo el petulante escoge sus petunias rosáceas todo el estricto anuario.

Tímidas percibí una ínfima coral de verbenas, y admito son flores muy coloridas, que desde mi atalaya las divisaba púrpuras, azuladas y blanquecinas, pero son encogidas y confusas, su camuflaje supera la estrategia de las cebras en sus rayas difusas. Distaban apenas tres cabriolas de cuya tropa en su bastión confunde a los necios, ¡avisen al bombero!, exclamaron atontados, pues una llama reluce en los pétalos por sombrero. A bastardo díganle que aborte su urgencia emergente, dado es verdad que son de cárdeno y gualdo atrayente, pero acérquese y verá su farsa, ¡yo la encuentro espantosa!, tiene pinta devoradora su imagen pavorosa.

Desfile proseguí, cual turista en el museo, hasta peldaños que les custodiaban hibiscos en su disciplina, y un pórtico indiano asomó cuando coroné la cima de su colina. Apresurada, giré recto el pomo que despliega la cancela de la escotilla, pues ya venía garboso aquel búfalo que es todo músculo, ¡oye!, vete con tu protocolo prehistórico a tomar por el culo. Campanilla cutre y vulgar repicó en su oficio, y al encuentro con mi comandante estuve por preguntar cuántos años he de robar por tal mansión gozar, pero asumida es para mí una utopía opté por la cordialidad no destrozar.

Pasmo mío fue provocado al contemplar interior de su choza, y apuro me daba tocar cualquier objeto, que cacharro aquel es un jarrón es porcelana chino, argamasa que le forma es feldespato, caolín y agua para ser concreto. Suspicaz dirá que soy experta en tal pieza, ¡miento!, pues no tengo ni pajarera idea, pero deduzco su procedencia por mi cultura elemental, ¡fíjese!, tiene su fondo blanco icónico y brillante, delicado e impactante, con ese motivo decorativo cual es dragón volador con cinco garras en azul cobalto, ¡espeluznante!, pero tranquilizase, que lagarto estrafalario, reservado a la corte imperial, se vence si tropieza con caliza petrificada o basalto. Su desorbitado precio de oírlo provoca urticaria, que esto no es la burda loza europea compuesta de ocre y arcilla, sino una obra majestuosa que se vende a cuya precio es inasumible para el carpintero de pacotilla.

Lámparas del tejado dudé si eran reales diamantes o circonita su luz fulgente, y en los marcos de madera selvática había pinturas sobre lienzo, ¡omito saber su coste!, yo compré un óleo módico porque me sedujo su firmamento, y a fecha de hoy sigo por la transacción con remordimiento. Muebles son una reliquia, ¡increíble!, cuántos cofres habrá expoliado este personaje que presume ser ecuánime por vocación, ¡falso!, son patrañas para proteger al pendón. Por doquier vi en alacenas muchas antiguallas, y al suburbio de su tabique dominaba el entorno un odioso espejo, gruñón me denegó mi reflejo, y al no ver mi rostro me llevé un susto morrocotudo, mas mercader sonriente explica que ha sido por cómo se haya orientado, ¡coartada me da igual!, que por su travesura entré a la estancia contigua aterrada, creí soy un espectro endemoniada.

De la segunda cámara parten escaleras a su carpa superior, y si a vos le interesa el cine llame a productor, que la escalinata es preciosa, y escena épica para rodar aquí es fastuosa. Nadie ha estrenado, o al menos en cuanto fui testigo yo no pisé, pues reunión tuvo lugar a su falda, sentada en cuyas sillas formaban una cuadra sobre la moqueta de un apasionado esmeralda. Anfitrión me agasajó a cortesía de una reina, ¡siéntese!, me rogó, y cual poltrona escogí era de roble macizo, ¡peso del cachivache es inconcebible!, tan demencial que en julio iré al gimnasio, y con haberla de arrastrar el dispendio baldío amortizo.

Sentada distante dos palmos de su aposento, me invitó el energúmeno a una taza de café, ¡no, que yo de drogas estoy en ayuno eterno!, maticé al comediante, y de nuevo andante trotó allende desde donde preguntó si me apetecía algún pastel, ¡tampoco, que veneno químico repudio!, y vacío de recursos indagó por mi apetito, ¡he almorzado manjar saludable que panza atiborra!, tengo energía por parar una locomotora.

Desecada por fin tanta oferta típica del bribón en el mercado, emprendimos el debate que en seso es asunto serio, pues reporteros rondaban cual águilas rapaces planean avizores por la azotea, y se lanzan en picado tan pronto descubren el despiste en la liebre pagana y atea. Respondía yo a esos papagayos que he concluido la jornada laboral, pero entonces abordaban al fontanero y a la mujer de la limpieza, y acoso había llegado a tal histeria que conservar los secretos se consideraba una proeza.

Inmutable absorbió trago por endulzar su gaznate, ¡qué mierda ingiere el atontado!, tiene color de meado aquel alucinógeno brebaje que engulle sin mancharse el traje, y depositando el cáliz sobre un tablero zurcido de oro forastero realizó una confesión, ¡editores que pululan están a mi merced!, son vasallos por quienes no se debe temed. Expuse entonces, ¡decidme pues!, si es berrinche infantil esos grupos que se amontonan en la puerta, pelotones son tan tumultuarios que centinelas de seguridad prohíben paso al vestíbulo, ¡le acusan en arcén a pleno pulmón!, y a cada eslogan se alistan novicios grumetes por ser adeptos de su sermón.

Sirvió en vaso dos centímetros de la pócima que abrasa esófago y todo el cauce a su arrollo, ¡beba!, me exhortó, que la sequedad es para el diálogo un escollo. Sorbo di cuando en la canturrea confesó un incidente, fue con un terrorista que en comisaría se le dio su adecuado reproche, pero al gruñir adusto se aplicaron gendarmes con los puños y las porras que fue un derroche. Sangró por tantos boquetes que al forense le ocupó un buen tramo de la autopsia contabilizar las brechas, mas aquel batracio se recomendó incinerar, y del horno se prendieron las mechas.

Estupefacta quise saber el desenlace, ¡beba!, me chantajeó, y tendré por recompensa lo que me place. Embullé un trago que le satisfizo, y narró que, habiéndose organizado un terrible escándalo, su compañero de calabozo tuvo un mal presentimiento, y acusó al centinela de actuar como un vándalo. Motín a bordo se debía de truncar, y al trastero de la lavandería se condujo, tal cual el clérigo castigaba al brujo. Durante un rato se le increpó por sus palabrotas en ese escondrijo, ¡piensa!, le dijimos, ¡que a la periferia del recinto te aguarda tu hijo!, mas terco continuó sin querer estampar autógrafo de la paz, y blasfemias repartió para el cartero y el déspota capataz. Collar le dispusieron en aquel ornato de la farisea corbata, y se asfixió como se aplica el psicópata con la puta barata.

Quise saber quién fue el canalla de ese crimen profano, y en la cháchara viperina que imperó tras el soplo asumió estar implicado el fulano, pues la fechoría vino propiciada por un conciso vocabulario, dio el dictador la orden al sicario. Incrédula me mantuve a la expectativa, ¡qué hago!, pensé, pues desbordada por los hechos no puedo asumir ninguna iniciativa. Medité que, tal vez, debe fluir el devenir por su curso normal, y un nuevo chorro de su bálsamo alegre vertió en mi jarra mientras me ceñía al devaneo intelectual.

Claridad empecé a tener cuando se jactó tal cometido, que urdió el plan muy precavido, y dado le otorgaba de privilegios ser la autoridad dispuso de pesquisas que fueron una farsa, detectives al investigar fueron títeres en su comparsa, e informática en el ordenador se inventó una fábula hasta el último renglón, ¡digna de las mejores novelas!, con aquella trama donde el malo es el cuatrero julandrón, y guion se lo creyó la turba idiota, desde la hache hasta la jota.

Inadmisible fue su relato, ¡es usted un asesino!, mascullé defraudada, pero el tino con el que suena mi melodía verbal es tal cual una guitarra desafinada. Tropel concurrente en el auditorio reaccionan con el clásico escarnio al borracho, tengo el timbre con un perceptible tartamudeo que emerge del penacho, y al querer salir de aquella reunión en la curia vi que mi equilibrio se tambaleaba, iba un paso adelante y zozobraba el mástil un notable cacho. Estado mío me sorprendió, pues apenas ha sido media copa, pero supongo se agravó por ser abstemia y sin costumbre, ¡qué ocurre!, me arropa ese deleznable hechizo de una apática mansedumbre.

Ocurrió en aquel momento que, con la argucia del mareo, el sujeto veterano volvió a colocarme en el respaldo, y me coaccionó a otro embuche como ese panadero que solicita su aguinaldo. Cedí en actitud inusitada, y los voquibles que le dediqué sonaron con esa embriaguez que no captó el acertijo ni la arqueóloga licenciada. Callé por ver si en un efímero reposo podía recuperar la serenidad, y en el transcurso de esa modorra sosegada exhibió el granuja detalles de mi identidad. Apellido sabe pues plasma escrito mi contrato, anexa el teléfono y otro dato, de progenitores acierta los apodos en el cónyuge y su marido, escuela que menciona de mi enseñanza latiguea todavía su campana, y es teoría fundamentada haber atinado en esta diana.

Inquietaba su adivinar en la consulta a doctora por picada infectada, ¡óyeme!, has espiado en mis archivos sanitarios, y del nacimiento y el trofeo en el torneo de ajedrez se sabe los aniversarios. Maldecir quise, mas condicionada por su verborrea y su convicción agotó el licor sin permitirme que el ingrediente revise. Neuronas beodas organizaron tal sarao que por la fiesta resonaban estridente los tambores por mi calabaza, se embestían y revolcaban y se arrojaban a la piscina, en un frenesí desquiciado que mi destreza con el discurrir me arruina.

Intruso escarbó en todas mis actividades, supo de las citas en aquella taberna anónima de barrio donde me reúno con mis amistades, o de los viajes que en hidalgos y doncellas son su anhelo primordial en los sueños grandes. Clavó el bazar donde hago la compra cotidiana, comercio en cual obtengo harina y avena los viernes por la mañana, y en el alardeo de quien va de divo mencionó inequívoco la frutería que me regatea los céntimos por un melocotón o la mera manzana.

Cuajó sus letras dentro de mis entrañas con aquel estrago del acero afilado que acuchilla, y al afirmar que no estoy en su bando debe optar por la opción de exterminar a la cotilla. Liturgia que presta balbuceé, soto el influjo de la merluza, fue la promesa de ser fiel escudera, y cuyas atrocidades hubiera perpetrado mantendría en mi baúl infranqueable con guardia perpetua y duradera. No obstante, quizá por los efectos del alcohol y el aliento que emana gases de laboratorio y etanol, se mostró reacio, aunque por los servicios prestados planteó una demostración con el siguiente prefacio.

"Escoltas se abalanzaron para apresarme desnuda y atada"

En juego que atestiguara mi lealtad me encomendó la custodia de seis números, y al habérmelos confiados me prohíbe sean revelados, ¡ay, de hacerlo!, guillotina degüella a los traidores y renegados. Al instante vocifera que dé el código en alto, que lo oigan los grajos en la buhardilla y aquel vagabundo que luce su gabardina de pulcro cobalto. Con ducados gratifica el enemigo a las zorras chivatas, pero quien calla se les ata en un despiadado castigo de los guantes a las patas, ¡clara es mi respuesta!, negativa a revelar es mi apuesta.

Garrulo insistió en la contraseña, ¡vaya!, respondí, se lo llevó en otoño al emigrar la cigüeña. Clave requirió insistente y cansino del nueve al cero, ¡pesado esta vos!, le he dicho lo perdí en la pradera, y al venir el pastor con su ganado se lo comió un cordero. Intento perecedero me quiso humillar tal cual se hostiga a una furcia ebria, ¡deme el dígito ya!, y en una réplica que acentuó los efectos de la bebida clamé una sátira que le exasperó, ¡búsquese una calculadora!, que si usted adora las matemáticas hay gangas increíbles ahora.

A simios que le escoltaban reclamó su ofensiva, ¡apresadla!, y al instante arreció su faceta agresiva, aquella del púgil que por riqueza o prestigio busca la fama, o la del infame violador que se cuela sin permiso en la cama. Combate se inició porque los malandrines me quisieron quitar la ropa, dícese de la indumentaria cuyo disfraz atavía del pantalón a la copa, y en mi defensa me apliqué con el esmero que me autorizaba la cuba que me turbaba, soy cual polizón en pesquero aguerrido bambolea de la proa a la popa.

Botarate que me atrapó por el hombro dio una advertencia a su cómplice, ¡la guarra araña!, exclamó, y si hubiera sabido antes la dedicatoria en tal insulto le habría aplastado como una musaraña. Guerrera me apliqué con tanto hervor que se lo puse difícil, pero estirando con absoluto desprecio desgarraron cuyas telas destaparon las carnes de su cobijo, y la oposición numantina del principio se transformó a rebeldía en vano, según anotó fidedigno el escribano. Meandros de las costillas se hallaban desguarnecidos de cualquier hilo, sóleo se vislumbraba como en la granja su silo, y el mejor de los halagos prolíficos que me dijeron fue análogo al guano.

Contienda duró ese periodo efímero que es insuficiente para ir a mear, y extraer zapatos de tacón vertiginoso es el colofón para mi vestuario sabotear. Desnuda y sin un ápice de abrigo, arrepentirme exige el mico, ¡asqueroso gusano!, estratagema ha sido el pretexto burdo que se saca de la manga el depravado cínico. Protesté airada que ahí lucía cual bebé viene al mundo, ¡quiero mi atuendo!, y hubo un conato de fuga por la repulsión que me causaba su comportamiento nauseabundo, mas con la brújula sin señalar el norte el rumbo confundo.

Freno echado por sus antropoides se produjo en el área de mi sombra aledaña, y los refranes que nacieron de mi rabia se borraron como secuelas de la migraña. Cuanto nítido rememoro es ver al besugo asir soga de eslora varios metros, y ya blandida empujó atrás los húmeros, trayecto concluyó al tocarse los cóndilos en cuya región es propietario el espinoso del dorso. Volteó la cuerda rebasada por su contorno la fosa radial, trócleas se morrearon, giros dio bastantes, y a cercanía de los cabos volteó por el centro de la pirámide dibujada entre tríceps escurridos, ¡qué grotesco el mamón!, prensó cual carnicero amarra un jamón.

Nudo afianzado, tomó otro enredo de fibras, arrimó mis muñecas, y a linde del astrágalo, sopeso ubicar en el calcáneo o mejor rectifico y subo a saya de las apófisis estiloides, apretó cual navegante apuntala su velero en puerto, ¡cafre, modera!, avisé, que me corta el riego sanguíneo, y yo no soy el injerto que se endereza en el huerto. Bruto respondió con una sugerencia, ¡de dormirse tus venas sé sigilosa!, exclamó cortejado en una mímica graciosa.

Ogro mostró dotes por aquella actitud donde se exhiben los aspirantes a la comedia, ¡aprovéchalos!, y deja esta epopeya que me vilipendia, dado yo tenía la arteria humeral que fluía su corriente a ritmo de un afligido funeral, con sus ramas en sequía que edificaban sobre la hectárea deseca unas gamas de tintes violáceos, y la vena mediana cefálica bombeando en aquella pachorra que servía de refugio a los alevines y crustáceos. Rampas me invadían al extremo de arrebatar nervio cubital el título de vago a su legítimo burgués, y el nervio mediano mentía, refrendo era mayúsculo aquel calambre por cual acude al quirófano el marqués.

Lírica supliqué, ¡entiendo tu atadura!, mi negativa al acertijo perdura, pero si aflojaba tendría un obsequio emocionante, ¡quién sabe!, un sonajero para ligar en el club de alterne con el sastre o el camarero, cuidado que quizá el cascabeleo intrigué también al traficante y al chapero. Perfume podría adjuntar a la cesta, que foráneos se fijan en el vaho de mofeta que apesta, mas si quiere juguetes para sus perversiones con travestis y osos ha de pedirlo sin pudor, ¡hay disponibles a millones!, y las módicas tarifas son asequibles en efectivo para el acaudalado y el deudor.

Confesó el contrincante que de artefactos dispone ostentoso, ¡es la fórmula cuanto quiero!, inquirió, ¡haberlo dicho antes que quiere la receta!, pues es simple y sencilla, se trata de guardar la probeta y colocar sartén en la parrilla, haga esa flama que cuece lento la yema y la clara, ¡y saldrá una sabrosa tortilla!, mas suprima de sus componentes la cebolla, dado evitara en su novio ese picante sabor en la punta de la polla.

Comentario genial es de medalla en concurso de gracejo, pero tiene interpretación antónima el pendejo, y en el enfado que le encoleriza extrajo ofrenda de la gaveta, ¡es para mí!, dijo lo merecía como escarmiento a mi carácter chuleta. Consistía el misterio en cuya gruesa bola de silicona quiso insertar en m cavidad bucal, mas apelé su veredicto, ¡barriga tengo repleta!, engorda la manteca y mantengo mi cintura de avispa muy coqueta. Supuse iba a rehusar en su jurisprudencia invicto, e insistió en su limosna, ¡abre te digo!, y al rechazar con la dentadura sellada optó por la fuerza, atacó con ese afán avieso de cual genocida extermina el calco de cualquier beso, y la presión con exceso alcanzó esa acritud con la cual sólo se ensaña el enfermo poseso. Encías experimentaron aquel aplastamiento que equivale a una tonelada de peso, y mantuve inexorable el enroque hasta que, por un tremebundo puñetazo en mi estómago, la resistencia ceso.

Copó la mordaza todo el cóncavo oral, por cofia el rape palatino y por asfalto la papila sublingual. Transportó las correas por los pómulos hasta la curva de mi occipital, y al abrochar en su encrucijada la hebilla quedó mi idioma delimitado un repertorio operístico de parcas consonantes, imperaban las emes y las efes, agregaban las ges y algunas pes mutantes, y a su coro asistían los clarines de cuyas aes y oes pertenecían a las vocales, ¡dónde yace la í latina!, se reservaba para las rendiciones sus manantiales.

Alardeando de sus modales trogloditas, emprendimos rumbo a cuyo umbral reemplazó la estada por un sórdido pasillo, ¡es tacaña la criatura!, pues la luz tenue que mal alumbraba los tabiques la irradiaba aquellas bombillas de vatios que pretenden controlar el consumo de la factura. Oscuridad se asemejaba a esa bruma traslúcida en cuevas donde se filtra la luminiscencia por las rendijas en miniatura, y envuelta en su cortinaje transitamos hasta ese pasadizo que permite descender del cielo al infierno, ¡nunca mejor dicho!, era un lóbrego subterráneo del que no hay constancia en ningún cuaderno.

Cotorras chismorreaban que cacique disponía de un zulo, mazmorra inquisitoria erraron en otro bulo, y la adolescente que va de gótica respaldaba la conjetura de un mausoleo y un patíbulo. Hipótesis son una piltrafa, ¡yo se lo digo!, trataba de ser una magnífica bodega privada de vino, con multitud de toneles que se prolongaban interminables por todo el intestino. Barricas apiladas en ristras supinas había quinientas sin exagerar, que su fila llegaba donde la perspectiva visual perdía trazo del firmamento, a un costado y al enfrentado, e incluso divisé un ramal apiladas, bordelesas es común, tan lejanas que ándese precavido, cuatro zancos adelante cruzaría la aduana que un municipio ermitaño en dos ha partido.

Toda la hilera era dúctil madera de roble, calculé sobrepasan el centenar, y mediante trasiego se introducía su licor, ¡ahora comprendo mi borrachera de la que hizo el macarra alabanza!, es héroe de su fermentación y crianza. Duelas eran su armazón, ancestral son los aros de hierro en su unión, obtiene de este modo su geometría convexa, y por llenar su vientre había un hueco taponado en esa comarca anexa. Extraiga su espiche, que por tenerme como cautiva leona no divisé si es madera o vidrio, barro antiguo o moderna silicona, pero si me permite una apreciación, profetizo estaban clasificadas según su grado de tueste, dado afirman enólogos influye en el aroma, y sabor al que es adicto la hueste.

De ser barril o bidón goza de distinta clasificación, almacena entonces otros productos discordes al aguardiente, sea por ejemplo un líquido el aceite, pero apuesto firme por el potingue embriagador, pues impregnaba la basílica cuyo hedor, antagónico a la sobriedad, fabricaba una ristra de improperios en los monólogos del adulador.

Barriletes ovales distinguí descuidados de su distribución, de alguna reciente cosecha vinícola vendrá su destilación, y con aquel charlatán que farfulla son pequeños y de poca capacidad estoy de acuerdo, pero si se bebe todo su volumen de una golpada ya puede acostarse, que verá emanar mariposas de un fanal parlante o rosa al elefante, ¡aparque!, y al alba siguiente, con la lucidez en sanas facultades, tendrá del presunto mastodonte y la supuesta farola parlanchina otro concepto muy diferente.

Por cíclopes hay quinces fudres, gigantes fijos y abuzados son inamovibles, de pámpanos redondos y cilíndricos, y por tinos enhiestos conté al sexteto, titanes cuya geometría dejo a su lotería, pues ovoide no es, de cónica hay partidarios, y triangular opino es incorrecto, ya que para dar el aprobado debería su cúspide tener, y pico que insinúan se haya en un perenne desvanecer. Devoto que se inmiscuye evoca a una seta aplastada, e inconclusa la polémica un seguidor mío me escribió, ¡vos escritor ha hablado de un mamífero!, yo abogo que el hércules esboza en su boceto la zanca de un paquidermo mortífero.

Cruzamos su barrera hasta aquel distrito donde divisé retraído un lagar, espacio de rito ancestral para la pisada de la uva, fue un símbolo ya de culturas difuntas, lo practicaban las yayas y mancebos en auténticas marabuntas. Se extinguió sin un discreto homenaje, mas haga vos tributo si por nostálgico desdeña tal ultraje, ¡prénselo de forma tradicional!, del tarso a las falanges sobre el racimo bien pisado, que le aporta aquellas calorías adicionales en los grumos de queso fermentado.

Jaraíz hubo de haber extendido algún emperador romano, pues fueron excavados en la piedra por el sudor del pobre mendigo y el esbirro samaritano, aunque sabio de libros esgrimió por particularidad su profundidad, ¡observe!, se puede practicar la caza con arpones, ¡dispare!, y del hemisferio opuesto tendrá por cena los salmones. Debió quedar desamparado en épocas del medievo, y ahora, en los albores de la extinción humana, aquel patán lo había transformado en cuyo pozo, por huir la gacela, no le sirve sus cabriolas o filigrana. El por qué es bien fácil, pilón receptáculo para el mosto ha desaparecido, y enlace de piqueras crecidas con calicanto no queda ni rastro de su encanto. En cuanto al husillo de la viga, habrá ardido su olmo algún febrero siberiano en la hoguera, y el cilindro cavado volteante, por cuyas muescas espirales desciende la tuerca, borró cuando despellejó en banquetes a la puerca.

Alberca mostraba insólita peculiaridad, ¡perdone un inciso!, que el apelativo es pifiado, pues de ser balsa habría sido exigua la construcción, ¡corrijo!, sima es epíteto apropiado. Paredes elípticas debería de tener revestidas con una mezcla empotrada de piedra, arena, cal y fragmentos de cerámica triturada, pero el muy psicótico imprimió su sello lunático, impermeabilizado con un calafateo de hielo qué me escamó el cómo consiguió su parcheado, brea insípida donde alcanza mi ignorancia no se adhiere al témpano ni con yeso ni cementado. Empegado de sebo, resina, higos y vasijas de sustancias pegadizas, no sirven de pasta, y en mi conjetura erudita di por válida que lo habrá forrado con algún sistema refrigerado.

Absorta en calcular su calado, tinieblas había al abismo y de ancho da esa pírrica holgura que desquicia al reo en su ostracismo, sentí un tosco serpenteo por chistera de la rótula, ¡qué diantres hace!, cuádriceps ataba rodeando su perímetro exterior, amanecían los bueyes que arrastraban de la carreta por el vértice del pacífico, y desaparecía al ocaso por el monte donde se agazapa el índico. Repitió las circunferencias, y tríada conté antes de emprender nuevo itinerario por dentro de los muslos, ¡cuidado en el cañón al pasar la garra!, que me vas a pellizcar como la abeja en la parra.

Apretó la soga entusiasmado, ¡qué manía por apisonar!, pues chabacano actuaba con el mimo insípido de aquel chino que el bulto le pedí empaquetar, y al lacrar la jarcia para su férreo consolidar añadió otra reja de cuerdas, ¡para ya!, murmuré en la jerga amordazada, mas obviando mi petición estrujó al andurrial del endostio en cada fémur, rotó en paralelo y perpendicular, par consecutivas construyó por debajo de las rodillas, sitúe la elevada en cuya escalada resta un efímero trecho por alcanzar la meseta tibial, y su campamento base arraigó en cuya deformidad da plaza a la campiña del maléolo crucial.

Culminada su obra, me miró con ese rasgo en sus pupilas del sádico que engaña a concurrentes en los bodorrios nupciales, y cual si fuese un himno protocolario que se entona en ceremonias me volvió a interrogar, ¡ríndete!, o al cuenco te vas a desplomar. Mofa le di contundente, en tal coraje que rumor abarcó desde submarinos hasta aviones, incluso fue tema de debate en aquellos astronautas que levitan por satélites y constelaciones, y cabreado por el himno enmudecido que le avergonzó puso en marcha un artilugio, ¡de dónde viene ese chasquido!, es un enigmático zumbido.

Alzando mi vista al techo, vi un puente desplazarse por su sistema de rieles, carro que cargaba a un tercio de malacate ubicó su boina sobre mi estatua, y cables con estrobo que pendía acercaron su polea, descendió de la troposfera e interrumpió su desprendimiento cuando arribó la líder a las vértebras dorsales, ¡qué tramas!, fue cuanto mascullé con turbios gruñidos guturales. Tres robustas silgas, sustitutas de una eslinga sintética, engarzó a cuyo gancho agarró convencido por la quijada, empalmó ligaduras al macabro mecanismo, y el reinicio del motor me forzó a un éxodo que no quise, ¡ruta conduce a la fosa!, y al desespero por frenar quise clavar los dedos en ladrillos, ¡que estupidez!, la única forma era estimular su misericordia con mis trémulos aullidos.

"Quedé atada y suspendida en el interior de su pozo de hielo"

Inflexible y parsimonioso, perdí fricción con el pavimento ulterior al borde raso, y ya en aquel recodo que sería la cofa del bergantín entre el obenque y la verga de gavia procedí al pataleo de cual perro detesta entrar en la bañera, pero remotos están los murallones y contiguos los marengos nubarrones. Rotación perduró hasta rebasar el borde del barranco, y al encajarme cual dardo cual dardo impacta en la diana del despeñadero una estridencia me escandalizó, ¡aquel graznido es el eje!, debería de estar quieto, y si acaso trama alguna travesura aplácela para esos pasatiempos entre el abuelo y el nieto.

Moratoria denegó, y la llanta desplomó la maroma a un compás paulatino, ¡ataja!, ¡que me voy para abajo!, pero en país de gandules el jornalero se ausentó del tajo, justo da el primer martillazo y emigra del trabajo, ¡vuelve, holgazán!, que me sumerjo en el precipicio, queda la corteza terrenal arriba de mi hueso parietal, y ya no diviso de la isla su lejanía, sólo el rebozado glaciar que recalca mi agonía.

Paró el trasto inmundo que fui cual monigote basculaba en el capazo de una nevera, escarcha había en cada pulgada de la pecera, y por alfombra vislumbré su estrato tan congelado que podía calzarse esquíes o trineos y faldita en traje, es liso como una pista de patinaje. Suspensión se mantenía por el enclave de los codos, y por cuyo daño escabroso me ocasionó le supliqué clemencia desde ese momento, ¡súbeme!, que ignoro cuánto rato soportaré este tormento.

Su ignominiosa respuesta fue extinguir la mortecina claridad, ¡cómo!, obstruyó la abertura con una losa de metal partida por la mitad, y el raquítico orificio que concedía fue por dar paso franco a las lianas que me mantenían en el enclave, ¡hasta cuándo!, previo es la reunión de los obispos en el cónclave. Solitaria y abandonada, desprovista del pelaje de una foca y con los signos incipientes de la víctima enajenada, emprendí una serie de malabarismos y retortijones que fueron consecuencia de la impotencia y la desesperación, pero al completar la docena de patadas el forcejeo reduje, que flotaba aquella boreal temperatura en la que el suspiro se astilla y cruje.

Un vapor cortante emanaba del lodo incoloro, y percibí en mi piel gallinácea un rocío enfriado que conspiraba hostil contra cuya musculatura mía debilitaba su potencia orquestal desde la batería al coro. Escudriñé con los glóbulos oculares hacia todos los puntos cardinales, por si de alguna penumbra emergía un espíritu bondadoso alertado por mis jadeos amordazados, ¡inequívoco es de presa cazada!, pero de aquellas catacumbas maquiavélicas huye hasta la deidad del caos, ¡dan por pretexto que su reino es demasiado ordenado!, mas es mentira, por no reconocer que aquí sólo entra el perdedor obligado.

El tiritar incesante se apoderó de mi desnudez descocada, y poco a poco eché en falta esa ensalzada calidez cual antojé presurosa, que por tanta añoranza me inventé el ardor de una flama hirviente, esbocé por necesidad la existencia de un foco incandescente, y al buscarlo visual y no encontrarlo me regañé a mí misma por la falacia, ¡sacarme de aquí!, que fuego son las calderas del infierno, y es un mito mentecato y absurdo que se hiela el averno.

Inexorablemente fui perdiendo la sensibilidad desde mis puños amoratados a la clavícula, y a la vez entré en un trance que es difícil de explicar, ¡deme un descanso!, y superar el reto voy a tratar. Taladraban agujas con esas púas que dan muerte, y en las perforaciones a cada pinchazo provocaban una fuga que el calor se disipaba con una celeridad que le traslada a un limbo inerte. Solución era aplicar parques en los reventones, pero de las heridas fluía una especie de lubricante que jamás me enseñó profesor en ninguna asignatura, resbalaba a grados bajo cero y se ceñía como una rígida armadura. Quebraba la senda, y el alquitrán que esparcía originaba, en quien venía a socorrer o el insensato deportista, una tremenda fractura.

Arrepentida de subordinarme a ese ceporro imperturbable, procedí con ese balanceo que es plagio de un péndulo, agitando mi columna colindante al axis o la séptima vértebra cervical, mas desde el arrebato inaugural ya se acrecentó la pesadilla, pues aquella helada gelatina emitió un rosario de sacudidas similar a clavarme la chiflada enfermera, una y otra vez, su martirizante jeringuilla. Gemí con esa fragilidad del indigente que pide una llave para dormir, o le ruega a monjas que tengan la caridad de albergarle al caparazón de una tienda de campaña, e insistí con la esperanza quijotesca de surgir cual pescador me arrojara flotador donde agarrarme, o el señuelo mismo de su caña, dado el cabestro que me había de auxiliar tendrá jaqueca o un chorizo por el ano, ya que sigue yerma la superficie del altozano.

Poseída por un temblor descontrolado, invertí en el escape todo mi brío cual ya flaqueaba, dado el frío que los necios poetas encuentran romántico abrasaba mi piel con un vicio umbrío. Bregué implacable sin desgastar ni un bufido austero, y protesté en mis graznidos por carecer del arropo que ofrece lana o cuero. Pulgar e índice removí en esas piruetas del artista que se libra de cuyo candado lo recluye en el bidón, y la aria que yo entonaba contenía ese drama religioso de cual paciente endeble se le cierne el tétrico velo, ¡delo por seguro!, pues los tribunales dirimen si lo entierran con honores o lo meten en cualquier putrefacto hoyuelo. Opuse en resistencia el rústico impulso cual es suyo y mío por naturaleza, pero la textura homogénea de mi dermis raspaba como tojos en maleza, rajada por aquellas cristales hexagonales que avanzaban con rudeza, y de pronto, al parar la romería de mis estériles embates, tuve la sensación de una tregua en los gloriosos violines de las pompas fúnebres, ¡qué ocurre!, habrá sido piadosa o el virtuoso se equivocó en las partituras lúgubres. Lo digo pues percibí el respirar y el latir, y aquel gozo que se da la súbita guadaña sin tratamiento paliativo pareció sucumbir, pues el hundimiento físico se estancó como si me enfocara alguna antorcha, ¡correr!, traer por celebrar aquel elixir que se descorcha.

Impertinente de turno intercedió en el preludio por cargarse la gala apoteósica, ¡desengáñate!, me dijo, que cuanto sientes es el síntoma consecuente de una hipotermia canónica. Movimientos míos se restringen al terremoto cuya magnitud máxima da para convulsionar todo mi esqueleto erecto, y al querer añadir el cómputo del abanico vi que me hallaba en una perpleja parálisis, en yemas faltaba tacto, con las ataduras no experimentaba ningún contacto, y estropeado se hallaba el complejo sistema eléctrico de mi intelecto.

Emití un jadeo tartamudo por mantener alerta las constantes vitales, aunque discurso es una fusión de sánscrito y código morse, ¡dónde lo aprendí!, en mi rol de concubina lívida con aquel caníbal amante, ¡rechácelo!, es de modales repugnante, y tiene por afición menguar de sus modelos la vivacidad, mientras cacarea socarrón de su inmortalidad. Comprendí por qué nadie quiere su compañía, ¡que alguien le explique el significado de empatía!, dado tenía yo otro prioritario quehacer, esquivar esa intersección que, ya cadáver, es imposible de deshacer.

Un clima hibernal empañó la corteza de mi silueta, y la quemazón vorágine de estalactitas devoraban ya mi naufragio, ¡afine su tímpano!, el bemol y la clave de fa y el arpegio y el calderón son los perecederos acordes de mi póstumo adagio. Escalofríos fallecen por la turba de decibelios ingente, y es tarde para el refugio en la caverna indulgente, dado si llamo a la aldaba querrán saber mi nombre, de dónde vengo y quién soy, ¡discúlpeme!, pero no recuerdo la marca de mi bautizo, vendré supongo de un misterioso cobertizo, y a mí me defino como un fiambre que me fosilizo, y en tal contestar predice la repulsa hasta la timadora vidente.

"Clima de riguroso invierno me encaminó a la mortal hipotermia"

Desvanecida y desmayada, carcasa mía se convirtió en un sudario, y estuve por reclamar cita con el notario, ¡qué necesita!, me preguntará el funcionario, ¡anote defunción del último dinosaurio! Tomó el tipo su pluma estilográfica y el formulario, mas con la tinta predispuesta a rellenar de garabatos ocurrió un hecho extraordinario. Pensé que fue delirio de mi morir, pues tuve la impresión de que una estela de gemas cristalinas marcó el rastro de mi trepidante ascenso al universo, mas di veracidad del álgido hechizo al ver, dos semanas después y con mis córneas borrosas, una bata blanca de doctor genocida y las secuaces enfermeras, ¡dónde estoy!, es un lugar a las antípodas del mar turquesa y la costa de palmeras.

Plaza en la cual recobré el conocimiento era la camilla incómoda de un laboratorio con experimentación cruel animal, son aquellos conventos que verá rotulados con el lema hospital. Sicario de la dictadura sanitaria me explicó, ¡la encontró una ambulancia!, inconsciente entre basuras y vestida con aquel atuendo provocador que es el uniforme de la prostituta rancia. Reprobé veloz, ¡ha de haber un error!, oficio noble de personas honradas no lo he ejercido en mi vida, mas mostrando una carpeta donde grababa una analítica añadió, ¡tasa de alcohol pulveriza récord de adulterado medidor!, y estupefacientes ha dado positivo en el podio del consumidor.

Denuncié es todo mentira, ¡me ha raptado ese hijo de puta!, y al mencionar a cacique que aparece en televisión me asignó el facultativo aquel trato repelente que dispendia el sargento con el recluta. Adujo es mi supuesta blasfemia una reacción adversa al brote esquizofrénico, y a tal efecto decidió siguiera ingresada en cuyo psiquiátrico es una máquina de exterminio, aquí los matan con pastillas y mejunjes tras la impenetrable complicidad de sus adobes y aluminio, Datos clínicos que anunció el loquero se los inventó, y al querer erguirme del catre me percaté de hallarme impedida, ¡quitarme las correas que me atan!, y balbuceando que me hallaba demasiado alterada requirió a su compinche me suministrara morfina, ¡malditos!, usáis los sedantes para ejecuciones y vuestra propina.

De mí cautiva estará inquieto por leer cómo salí viva, y en el cavilar para descifrar tal desenlace propongo resuelva un crucigramas tan fiero como la tortura, ¡sea noble!, y conteste con bravura. Póngase en recreo de este reto, ¡gánese el respeto!, que no digo el mío, pues tiene tal regalo por el ejercicio de su lectura, sino de quien leal su confianza le conjura.

Dicho desafío se evalúa con cuya sílaba diáfana marca el aprobado o cateado, y la ecuación a resolver es el homicidio de un recién nato, seis meses lleva nacido el novato. De preguntar si vos lo mataría, ¡qué escándalo!, da vértigo semejante insolencia, y perpleja imagino mi audiencia, sentada sobre su mullida almohada y hospedada en su morada, ¡mas haga un cambio!, sitúese en una estepa inhóspita, progenitor y su cónyuge, anciano y su consorte, y amplifique la progenie con damisela bella y espigada, en franja todo su porvenir ilusionada. Sucesorio es un revoltoso angelito, lejos de cualquier civilización se distrae lanzando guijarros y alimentando su ganado, dóciles bóvidos y la cochina cazurra, y cerrando dinastía ¡la cándida criatura!

Desterrados por congéneres a cuya aldea no plasma su paradero ninguna cartografía, subsisten en armonía con el virgen ambiente, pero acecha una amenaza inminente, se dirigen a su poblado doce hombres fuertemente armados, son de espíritu desalmados, pues en cada lugar que han asaltado secuestran cuales críos instruyen en el manejo de las armas, ¡y qué mejor manera de aprender!, darles un fúsil y apretar el gatillo apuntando a su padre es su deber. A viejos enclenques acribillan a bastonazos o balazos, a las mujeres violan y mutilan con hachazos, y a las princesas púberes esclavizan para sus obscenidades y embarazos.

Disponen abolengos de un escondite perfecto, alberga generoso al grupo completo, al cual se accede por trampilla clandestina bajo fardos de paja, ¡es el as de la baraja! De quedarse en silencio y amagados estarán a salvo, ya que el subterráneo es indetectable, ¡y ahí aguardan!, con su corazón encogido como un puño, pues pisadas de sus agresores se apiñan encima del tablado, varios de la pandilla saquean hortalizas en el huerto cultivado, ¡aguantar!, son fugaces las sabandijas feroces, y muy pronto se irán a otra taberna con sus coces.

A punto de cantar victoria, dado se apreciaba ya su retirada, infante emitió un llanto, y quien lo porta en brazos le tapó el hocico y todo su alrededor, que sus berrinches de tenor atraerán al malhechor. Pretende el bebé vencer su rabieta balsámica, ¡pobre ingenuo!, si captan sus bramidos los malvados estarán todos condenados, pues ya sabe usted que trágico colofón de todos los integrantes, son inclementes desde el cretino al patoso vacilón, mas la palma que oprime su diminuta carita aprieta con cuyo tesón asfixia al llorón.

Aflojar un mero punto su apretón separa el vivir del morir de toda la estirpe, rorro incluido, pero mantener la tracción sobre su pómulo garantiza la supervivencia de los veteranos y la prole y patriarca y matriarca en el equipo, salvo párvulo que insiste en la pataleta, ¡piénselo!, que todavía no pronuncia ni la zeta. De ser usted quien ahoga confiese qué haría, ¡revele su tertulia profunda y muda!, y si se atreve a ser sincero quizá descubra cuyo secreto he dejado intencionada en mítica duda.

 

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