Sonadas las séptimas campanadas en el templo a cuatro manzanas de mi alcoba, nació un nuevo atardecer sobre los tejados de esos horripilantes edificios, bosque selvático típico de la inmunda ciudad, formando un círculo oscuro y negro que súbito, al cobijo de ladrillos y cemento, atravesó la atmósfera contaminada.

Aquí, en estos nidos fatigados convertidos en improvisadas prisiones por políticos déspotas y traidores, el crepúsculo nace sin cantos de grillos, sin esos prados pintorescos donde el verde de los pastos se impregna del brillante rocío, sin esa calma sanadora de almas malheridas por mentiras dolorosas, y de contemplar estrellas por supuesto olvídese, borrada toda huella infinita en la tela alumbrada por fanales y luces.

Muy al contrario, en esta aborregada urbe de hormigón se debe de clamar piedad al ocaso, no reviente tímpanos con los claxon y el gentío plebeyo, arremolinado en bares de borrachos, mesas para perder tiempo, e incluso esquinas cualquiera son válidas, donde cualquier desgraciado sin tierra por caer muerto se cree rey de las baldosas.

Dé gracias si puede contemplar el resplandor fugitivo de la luna, pues según su calle lo oculta la ventana del tercero, aquella con cortinas de peor gusto no se compra, y de la brisa nocturna camuflada entre sombras oscuras habrá de buscarla con ventilador e interruptor, que de tener veletas la vería quietas, salvo empuje del humo tóxico por tanto coche.

Vivo en semejante infierno, donde las voces de muchedumbre idiota se me clava como lanzas en cerebro, porque no gozo de fortuna económica para alejarme de tanta escoria, y mientras tengo bolsillo carentes de dinero busco soluciones, por dormir en calma las horas enlutadas y no desembocar en cuya ira toma arma vigilante y disparo a todo aquel que perturba plácido silencio.

Arrebato evito, en cuyo éxito colabora que no resido en médula de la ciudad, resuelta e inteligente estuve por encontrar nimio piso en su periferia vecina. Por trabajo tampoco debo de adentrarme en su panza, un discreto salón de estética en la zona alta de masa acomodada, y respecto a mis amigas y amigos dan la espalda también a estos armatostes, deportes y aventuras preferentes en sus aficiones.

De entre éstos tengo abanico por elegir a mi antojo, y por citar equipo hay en suplencia perezoso un individuo, horas y horas de sofá frente televisor que fama merece de atontado. Varios gustan tostados al sol, apretados entre focas orondas, y yo también confirman testigos haberme visto, tumbada pechos desnudos a la bóveda celeste y dar vuelta y vuelta de vez en cuando, cual tortilla en la sartén. Una fémina es activista, en denuncias lunes por sus luchas animalistas, martes por el clima, miércoles en igualdad feminista, y de un brinco omito otras causas, largas listas de no acabar.

Breve repaso acabo de cobrar, pero déjeme mencionar amiga de mi infancia, cabra loca y divertida, que hoy dice tener novios y mañana echa de casa tras follar, espejo me veo reflejada. Es moza de ojos claros, mismo tono de azules que los míos, cabello de larga melena rubia rizada y en cuyo rasgo nos asemejamos, alocadas tan culpables ambas, transgresoras ninguna de las dos nos declaramos inocentes, sin tatuajes pues no requiere de adorno nuestra belleza, mas por no dar impresión de ser gemelas marcaré sendas diferencia, ella de pecho exuberante, contrario a mis senos firmes y tersos, a la par de discretos, y en larga altura yo le gano, supero frontal desde glabela, por hacerse usted imagen.

Sábados por la noche es caza ineludible juntas, de hombres que se desmayan por besarnos, que sudan tinta con halagos, picantes muchas veces, ocurrentes también se agradecen, clásicos los anodinos, y ensangrentados los machistas desesperados, que no desvelo agravio por no azorar inteligencia humana.

El ocio nocturno es el coto, a donde nos desplazamos en su vehículo o en el mío, mas aquel sexto día de la semana hubo excepción, cada una por su cuenta, compromiso familiar de camarada, fue ésta la razón.

"Llegamos a esa zona de ocio y discotecas en busca de aventuras"

Llegamos puntuales cuando saetas en encuentro restan todavía dos vueltas al ruedo para alcanzar la medianoche, a rincón donde todos los ruidos del mundo se vierten en él de madrugada, bullicio en terrazas, eufóricos mozalbetes cantando, o mejor dicho destrozando, canciones que bien solfeadas son otra delicia les aseguro, altavoces de muros adentro que dejan sordos si osa pegar yunque, risas que llegan juntas, que se juntan sin conocerse, que se funden en grupos, y cuadrillas que se disgregan, adolescentes conversando con sirenas, unos que terminan en quejidos de agrios rechazos, moribundos los orgullos frágiles, y otros ligues que dan fruto, marchando unidos y a solas donde no nos importa.

Es parte de este buque insignia bautizado en insomnio, y aquellos aburridos quédense en casa, bien he visto disfrutan cobardes encerrados, y aplaudan cuanto quieran como focas amaestradas, en balcones y ventanas donde concurso vanidoso no se ha visto en la historia mayor estúpido, que nosotras subimos a escenario, y gallinas sigan hipnotizadas frente pantalla embustera.

En cuanto a presas, tenemos jóvenes de todo tipo, de camisetas ceñidas por lucir cuota de gimnasio, o de alturas que por morrear sus prometidas deberán ellas dar un salto o gigantes encorvar joroba. Hay gordos que digo yo dónde van con tanto peso en tan temprana juventud, que esa pasta grasienta es de nuestros padres sedentarios o mal comidos, y también hay chicos que usted diría son atrasados mentales, cual aquel señalo y que a continuación describo a su saber, pues a pesar de tener mi edad o superior va saltando cual infantil Heidi en sus montañas.

Entre la oferta variopinta, elijo fechas al azar de unos rasgos concretos, por la semana posterior centrarme en otro prototipo, dado hay que probar de todo, y en la variedad está el jolgorio. Querrá saber vos dónde centré la cacería esa data, y entoné cornetín de combate en tres degenerados, falseados con el típico disfraz troglodita de vuelta a la Prehistoria, que portados con estilo dan mucha risa y lucidos desgraciados cruza frontera patética, dígase éste el caso de los tres individuos, pues inclinando apurada el ángulo de visión, perpendicular al suelo y cuello retorcido, pude percibir su polla mal cubierta.

Garrote empuñado en la diestra sostenía cavernícola de mayor altura, complexión fuerte, que por su brazo esculpido intuyo gozaba de músculo atlético. Saco arrastrado por el suelo del asfalto llevaba el más enano, que de zampárselo dinosaurio bien hubiera muerto de hambre o volverse vegetariano, y el restante primitivo gesticulaba emblema de primates, no tal cual su genético reproduce durante siglos en selvas salvajes, sino propio de un humano tarado cuyo cerebro de ser mayoría condena nuestra especie a la extinción. No obstante, todos coincidían en pelucas melenudas que de ser cabello natural habría colonias de piojos en su quinta generación, y en barbas postizas que por ser reales deberían de no afeitarse lustro por lo menos.

Andaban los tres juntos en territorio donde el gentío estaciona los vehículos, y en cada chica cruzaba a su paso el mono acosaba aullando, el bestia alzaba cachiporra, y el terceto a coro abría saco forjado con hilos de cáñamo para no sacar nada. Trotaban como cuadrúmanos en su persecución, ellas en fuga y los idiotas en lamento, que ninguna confiscaban, pues las princesas huían corriendo en tamboreo de risas, mientras ellos escenificaban la mejor demostración de un intelecto anclado en la Edad de Piedra.

Jamás había visto escena tan penosa en aquel recinto, y por su singularidad y gracia me gustó, contemplando ensimismada y sentada desde cuya plaza en desnivel superior, ponga cinco metros de catarata a cálculo ojeado, se convirtió en privilegiada atalaya de que aquella dantesca pantomima.

Nos sentamos sobre ese muro empedrado, limítrofe insalvable entre mundos, por divisar aventajadas el atraso masculino cuya edad no sirve de excusa, pues a pesar de distar la madurez de la mediana edad tampoco eran tres imberbes.

Un gesto asumo de aquellos australopitecos provocó en nosotras una risa desternillante, pues aquel disfraz no estaba confeccionado a su medida, holgados de su hombro desnudo al volante de su cintura, calidad asimilé ninguna que por algo su precio es irrisorio, y al saltar asomó nítido un testículo, higo flotante y pansido. Mi labio afilado engulló serenidad, mártir sufrido de semejante mal recuerdo, y un ímpetu provocativo me produjo el irrefrenable deseo de amargar sus espantadas.

- "Se te ve un huevo, troglodita" - textual pronuncié letras sin adornar.

Aquel hombre de las cavernas, a quien fue dirigida mis palabras, quedó perplejo, y mascullaron en voz baja lenguaje de las cuevas, por a posterior el muy hereje, ante mirada de ambas, alzar breve su vestimenta hasta lindar saya con el ombligo, dejando expuesto el otro par y un pene anestesiado.

Entré en batalla desgarrada, y descargué arsenal de mofas contra cuyo miembro viril agonizaba, flácido, cabizbajo, frenillo mirando al suelo, y bañado por la sangre cruel no tuvo otro remedio que afligirse mudo y arrodillado, que tras su sien no alberga ingenio ni agudeza.

Tras la refriega quedaron de pie, sin intento por huir arrastrándose, y al pasar nuevo grupo de damiselas se abalanzaron sobre ellas dos de frente, pero las muchachas esquivaron alerta entre huecos de vehículos, y ellos, lentos y patosos, quedaron desesperados y enloquecidos, fracasados por errar batida.

- "Sois más torpes que Pedro Picapiedra" - rematé las guasas que en procesión bien arrojé una buena ristra durante minutos.

Reventé de risas, innegable mi ráfaga de chistes que no escribo todas pues da el listado por libros enteros, y los tres antepasados se arremolinaron cual marineros en cubierta hurden motín a bordo, medio minuto de cargada discusión entre amigos, y al dispersarse andar prestos a los bajos de nuestros muros, mas dije dónde van esos homínidos, a no ser de grabar pinturas rupestres en pedruscos.

"Los tres trogloditas corrieron por perseguirnos"

Descubrió mi amiga haber escaleras a sendos flancos por subir a cuyo envés nuestro albergaba un parque oscuro a esas horas de la noche, asientos desiertos y plácida clama, y tan pronto vio hallazgo la muy cobarde salió a la fuga, sálvese quien pueda y hasta mañana vernos, se despidió.

Desertó a la carrera, que su cómodo calzado daba ventaja, yo inmutada, sentada en la cofa del navío, y ya a distancia inalcanzable al norte vi aparecer descendientes de cromañones, que infructuosos dieron el alto, caso omiso la fugitiva, y huida exitosa. Salvajes entonces me vieron a mí, indiferente y centinela, en tanta cercanía que vislumbre nítida su barbado rostro, falso calco sintético de su herencia chimpancé. No supe si fiarme al verles señalarme, y despejé toda duda cuando el trío de subnormales tomó a toda máquina rumbo a mi encuentro.

Disponía de metros de ventaja, con el inconveniente de calzar vertiginosos zapatos de tacón de agua, cual velocidad no figura en sus cualidades, pero aun así gozaba de margen prudencial por arribar a antónimas escaleras.

Sostuve por sus escalones poder alcanzar el parking, sortear entre brechas de vehículos como habían hecho raudales de doncellas, y en apenas treinta metros alcanzar el gentío a cola de locales. Convencida bajé sus doce primeros peldaños, terminados en cuyo rellano, mísero cuadrilátero exacto de dos metros de ancho por gemelo en longitud, daba continuidad a las graderías, otros doce peldaños, y un solo terceto hubiera conducido al parking, casi a tocar estirando la mano, pero diseñó el recorrido un arquitecto ebrio, pues un nueva plataforma, ésta doble en ambas medidas, interrumpía el descenso sin salida.

Explíqueme usted quién demonios diseña esta mierda de escalinatas, que al retirarse quedó atrapada mi fuga valiente en aquella depresión de la arquitectura, y proveché toda delantera en revisar por todo recodo un minúscula abertura donde continuar, mas de saltar la valla empedrada hubiera caído en una enmarañada maleza de espinas, púas y zarzales. No quise quedar rastrillada sin pertrecho como por uñas afiladas de felinos, y me atrincheré contra enemigo, tres veces en número mayor.

Llegaron las criaturas para quienes ellos la civilización es ciencia ficción, galopando a trote corcel, y enarbolé bandera blanca, capitulada honrosa, pero los muy brutas triunfales se abalanzaron encimo mío, rodeándome el mayor fuerte por los brazos con la misma energía de querer domar potro asilvestrado.

- "Suéltame, monstruo neolítico" - protesté por defenderme de su ofensa.

Sorpresa e incredulidad se reflejó en el rostro hirsuto de aquella jauría, pues quizá pensaron iba a pedir perdón y disculparme, muy equivocados de mis intenciones, que tan sólo son cazadores antiguos de piedra y palo. Pensé madurarán con mi lección, pues en su cronología física ninguno debía de superar los treinta años, y en cuanto a la mental no pienso ser tan generosa, ni acercarme a dicha cifra.

En plena batalla me ordenó reconocer mi error, y respondí yo qué extrañeza, pues aquel animal sabía hablar. Se partieron de risa los dos centinelas, e insistió en mis rectificaciones, pero gloriosa y aguerrida inglesa mostré coraje, y dije antojaba venga tiranosaurio y a todos los devorara.

En medio de la batida, él por mantenerme sujeta y yo por librarme, caímos ambos al suelo, yo boca abajo y el panzón encima de mí, y tengo la certeza de que hubiera logrado escabullirme a no ser del abordaje restante, que el trío fue demasiado contra mi figura delgada, dotada de atractiva belleza pero carente de músculo fornido.

Convertida en su presa, me defendí a patadas, a mordiscos si pudiese girarme, aunque frontal a las baldosas no tenía carne a tiro, y me revolví entre blasfemias cuales educada no voy a confesar, y en aquel fragor no pregunté si hería mis denuestos, insensibles son esos brutos del Pleistoceno.

Agotada de larga contienda, di las riendas de control un rato a semejante salvaje, estrategia de complacer su tontería, pero el muy cabrón aprovechó mi lucha desplomada por reducir mis manos juntas a la espalda, y tomando la cuerda usada en cinto a su indumentaria, liarla en torno a las muñecas por atar muy fuerte.

"Aquel cavernícola consiguió mis manos atadas a la espalda"

Respiré profundo mientras las sogas aplastaban contra sí ambos escafoides, con la suficiente presión por no poder separar ni un ápice, y me quedé tendida e inmóvil, sin oponer resistencia, hasta cuyo nudo culminó la novicia atadura.

- "¡Venga, desátate!" - me retaron en venganza de mis burlas.

Reincorporé torso lo justo de quedar sentada en el llano, y con desesperado ahínco busqué el nudo clave en este oficio, retorciendo las muñecas que de su baile paralelo no se movieron, oscilando mis dedos como tentáculos palpando rincones donde el lazo podía estar aposentado, pero dónde coño estaría el muy desgraciado, que no tuve forma de encontrarlo, y dado las manos atadas no molestaban nada desistí de mayores intentos, no fuese en un mal gesto a lesionarme.

Felicité al prehistórico por atar tan bien, y pálido se quedó su faz, por no dar crédito de llamarle especie tan arcaica, mas comprendo sabia no captó mi ironía, antes simio que caballeresco. Provocó tal alabanza sarcástica su furia antropoide, que diligente reparó en las brechas abiertas por mis palabras en su alma, y tomando una bola cuyo diámetro casi me pareció calcar pelota de tenis se acercó hasta mí para introducir gigantesco balón en todo el boquete tras mis mandíbulas abiertas.

Forcé los incisivos y caninos por descuartizar esa esfera amagada en su funesto saco, pero quedó superados por detrás de las dientes, donde ya nada tenía que hacer, y en retaguardia probé empujar del paladar hacia fuera, en vano también este esfuerzo, dado dos correas rodearon mi rostro cada una por la mejilla opuesta hasta reencontrarse tras la nuca, donde la hebilla fundió a la máxima tensión una unión inquebrantable e indivisible.

- "fffffmmmueetammme" - se escuchó redoble de mi enojo amordazada.

Los abstractos evolutivos jactaban de verme atada en ese lecho solitario, y vagando por los adobes me ofrecieron un pacto, despojarme de ataduras y de lastre a cambio de retirar mis sacrilegios, pero privada de vocabulario gesticulé en vaivén negativo la testa a ambos lados, pues no me rindo ante antepasado que no sabe ni leer.

- "ppfffogggooiiffafmaa" - y asombro me produjo acertar uno de aquellos primarios, al apreciar que de nuevo le llamé troglodita.

De frente altiva, ojos oscuros en la penumbra de esa noche, porte soberbio y manojo de sucios pelos en su rostro, circundó un espécimen mi hermosura hasta colocarse a vera de mi oreja fina, y músico en perverso tono susurró me iba a arrepentir. Portaba otra cuerda en su mano zurda, con la cual circundó mis codos, abarcando todo su contorno exterior, y al ceñirlos aprisionó base de los húmeros a besarse. Garantizó no haber resquicio con varios serpenteos en el pálido acantilado entre ambos cerros, de arriba abajo, y su palmada al concluir sonó como un portazo, orgulloso y satisfecho, al tiempo de exclamar mirad que bien lo he hecho.

"Ya atada y amordazada, continuaron con más cuerdas y ataduras"

Podían atar cuanto quisieran aquellos animales que yo no tenía intención de arrodillarme, y en esa gustosa indefensión no iba a cansarme, ni despertar sobresaltada por aterradora pesadilla, ni llorar por pecados losas de las almas, porque por mi parte no había descontento, y del bando contrario pruebas dispongo de adorarme.

Del infinito interrogatorio al que podrían haberme sometido, escogió un tarado la cuestión más simple, si me gustaba inquirió sencillo. Dilaté mi nariz, exhalé un suspiré excitado, y fue inútil la timidez, agrado demostrado. VergŁenzas perdidas, se arrojaron los bárbaros contra mi falda elástica, y hubiera sido bastante con un estirón mimoso, pero los cerriles empujaron como quien aparta mamut de su paso, y bajó hasta tobillos a trompicones.

Gracias di al destino por no sufrir el infortunio de haberse desgarrado en tacones afilados, y sin demora desabrocharon los botones de mi blusa, mas pensé cómo iban a desnudarme, si las mangas no franquean las barreras de las cuerdas atadas. Ordinarios y rudos, lo intentaron estirando irracionales en cuyo rumbo convirtió su blanco transparente en jirones, malditos hijos de su grandísima puta, perdón por este léxico de diccionario, pero fue mi prenda elegante muchos sábados por la noche, y su dinero me había costado.

Esmero mostraron los mastodontes con mi sujetador, que aun siendo subnormales encontraron clave de caja fuerte, soltando corchetes por desprenderse a piezas y conseguir el hallazgo de mis pechos tersos al desnudo. En un fácil examen visual, se apreció nítidos mis pezones erectos, aureola estrecha, y en demorar un par de segundos la mirada gacha ya contemplé mi braguita de púrpura sensual no estaba en mi pelvis, sino dentro de aquel saco.

Las siguientes cuerdas se agazaparon en mis tobillos, pero no crea fueron lianas atrapadas ambas piernas, pues cada enredadora, dos por cantidad precisar, empujaron los tarsos a tocar de mis nalgas, muy juntas, albergado el talón de Aquiles en el cojín de cada glúteo, y alcanzado su propósito rodearon muslos, en cuya zona cuádriceps mira con vértigo el abismo, cuatro vueltas y en la quinta adentrarse entre huecos pasillos formados por el gemelo y el femoral, y apretar como serpiente se cierne a su manjar, inflexible y opresiva.

Quedaron de esta forma mis dos zancas atadas, dobladas cual anca de rana, estéril cualquier gesto por estirar, imposible andar, baldío el intento de dar patada en cuyas barbillas se deberían desbrozar, y milagro suficiente concedía el poder abrirlas a sus extremos, con malvadas intenciones los tres infieles.

Cumbre de su bondage, debatieron qué hacer, si follarme allí mismo, o llevarme a ciegas con los ojos vendados hasta su coche, donde disfrutar toda la noche, y ante el riesgo de ser descubiertos, optaron por la segundo opción, de mi agrado ratifico.

- "MMfffppffffii eeeeffafaa" - murmuré por ayudar a esos indecisos.

Cubriendo todo mi rostro con una máscara opaca, completa desde el cuello a la sutura sagital, salvo orificio nasal por respirar, y comprimida con cordel tras mi testa, me alzaron al vuelo cuatro brazos cual fardo patatas, y partimos por las escaleras en ascenso, mas no, no, no, dijo uno, que por lo visto había gente, y al retornar a llano dijeron por aquí, viramos al este mas tampoco, que camino no había, y en un tercer intento negociaron por otras sendas, de las cuales fue un fracaso la primera idea, sucumbió la segunda, arruinó la tercera, mientras yo giraba como peonza portada en sus palmas, mareo ya me estaba entrando.

Decidiros ya de una maldita vez hubiera abroncado, que a esa incertidumbre perpetua íbamos a cruzar de era, prehistóricos atontados, y por fin hallaron dónde pasar sin ser vistos, entre abundantes matorrales a guiarme por los sonidos.

- "Corre, corre, corre" - se apresuraron entre ellos, alcanzado el asfalto con toda probabilidad.

Capté el sonido de una llave, una puerta abrirse, y por el tacto afelpado intuí estar en el maletero. Pensé si son tres, y los vehículos de cuatro o cinco plazas, los muy ruines podrían llevarme en el asiento trasero, que restaba sitio libre, pero sin parentesco del homo sapiens no cayeron en este detalle, cerraron caja, arrancaron motor, y el auto emprendió marcha.

Extraña sensación fue ir atada y desnuda en el trasero del carro, pues creí resbalaría cual bola en máquina de juego, pero me mantuve muy fija, inmóvil y sin apenas desliz. Entraba aire por no sé dónde, que no entiendo de mecánicas y carrocerías, y el fresco ambiente quizá se debía a tener alguna oquedad abierta, o respiradero por hacer corriente, pero sea cual sea la causa no me hagan mucho caso, pues el viaje fue muy corto, hasta paraje rural y solitario a pocos kilómetros de mi secuestro.

Escuché un portón, copiloto diría a continuación, y por último el conductor, antes de abrir escotilla de mi maletero. Noté izar cual bandera en su mástil, aunque a diferencia de estandarte yo aterricé sobre un cómodo colchón cuyo cosquilleo en mi piel sensible identifiqué como hierbas.

No fue sorpresa que estos cavernícolas no saben de dulces preliminares. Una quijada hambrienta se posó sobre mis pechos expuestos, cual devora sandías sin hartazgo. Sus dedos estrujaban las carnes de mi estrecha cintura como quien escurre harapos, mas no aguardaba de los bellacos tuvieran tacto en las caricias. Supe al menos se desprendieron de las barbas, pues su pelusilla dejó de importunarme donde abdominales, y apreté el vientre contra salvaje inmundo, pues atada de otro modo no pude abrazar. Encorvé el lumbar, separé las piernas al máximo de su elasticidad, allí dobladas, y debió de ser las aromas de mis hormonas, dado fama gozan esos brutos de buen olfato los muy perros, que percató de mi oferta.

"Ese prehistórico me folló entrando su polla directa hasta el fondo"

Esperé un dedo, pero esa alimaña no está evolucionada, orangután el cual no sabe qué es lubricar o seducir, y de embestida recta entró su miembro en mi vagina. A su paso debió de encontrar un arroyo inundado, un lago desbordado, desde la entrada bien mojado y empapado, porque entró su polla tan directo que no desatino al afirmar perdió equilibrio el muy idiota, y por casi no me aplasta.

- "mmmpppfffffiiiii" - gemí arqueada e impresionada por cuyo volumen dilataba las elásticas paredes a diámetro de lujo.

Aquella barra es la tranca de un troglodita. No es una polla cualquiera de un sapiens aburrido y egoísta que pregunta por mi nombre, o me adula con los versos estúpidos de todo borracho tabernero. Estamos hablando de un viril distinto, de una estaca cuyo glande se clavaba hondo, muy hondo, gordo como una garrota, follando no vean de qué manera, que no pretendo dar envidia, pero reconozco yo jadeaba con los gemidos amordazados escapando por mis fosas nasales, convertidos en resoplidos cual habrá visto en documentales de búfalos, o toros, o sementales, a ritmo fijo, constante, marcado el compás por su polla dura, adentro, atrás, descenso por la cueva un tramo y de nuevo espeleólogo al abismo, donde termina gruta que muy al fondo no hay salida. Se paraba de vez en cuando el cabrón, y yo agitaba caderas cual maracas, que no parase la función, y retomaba hábitos de trabajo, al tiempo que me revolvía de placer.

Retiró un momento el tronco aquel mocetón, y esperando fuese una pausa efímera seguí muy abierta, con las rodillas extendidas a los lados contrarios por dar cabida, y entró entonces otra polla, colosal, diría yo un martillo de dioses, porque azotaba como quien forja sobre el yunque, y aun a pesar de portar máscara pude escuchar el chapoteo de mi vagina.

- "mmmffpfpfpiii mmmmffpfpffpfiii" - chillé por evitar salida ni en broma, que estaba a punto de correrme.

Dicen que los orgasmos vaginales no existen, pero usted sea listo o lista, según género se tercie, y escúcheme a mí, léame, sígame, estese pendiente, pues voy a contarle la ligera inclinación de mi cuello levantado sin nada a buscar, mi culo tornarse de cuya dureza al tacto asemeja caparazones de tortugas, trepar al paraíso de los sueños, alcanzar la cumbre y gemir a canto de soprano.

- "MMpppffii mmpffifi mmmpfpffmmf" - concluí en un bucle interminable al tiempo que aquel perverso cavernícola no aminoraba velocidad.

Quise atraerlo a mi tentación, de compartir orgasmo, pero sostenía plácido aquel neandertal las riendas de su excitación, y pensé un instante quizá me hubiera equivocado, y se tratase de homo habilis, pues fue ágil el traidor en controlar la fogosidad, marcado un entusiasmo que me enloquecía de ardor y él, calmado, avivaba la llama sin prenderse fuego en el intento.

Dejó paso al tercero, homo erectus indudable, quien cambió la posición, esta vez yo arrodillada y abierta, cada muslo por un costado de su peluda complexión y él al centro, tumbado boca arriba, arrulladas sus palmas en mis nalgas sudorosas, invitada a dejarme llevar por su cálida voz, cabeza reclinada mía al sentarme y continuar buscando estrellas en el firmamento por efecto inevitable cuando aquel cernícalo metió sin freno su pene por mi sonrisa vertical. No estaba tampoco el basto ilustrado en cortejos, aplazo debate de si es válido en otro momento, anticipo mi voto en contra, y emití casi un espléndido bramido cérvido al bombear su rabo cual siquiera sacar agua del fondo de mi pozo. ¡Vaya zanahoria! ¡Qué digo, pepino! ¡Calabacín! ¡Qué hay mayor! Intenté abrir los ojos por ver tal falo, alocada de mí el empeño, que halo de luz no traspasaba aquella fibra sintética.

Empujaba muy adentro por occidente, dotado de tanta longitud que temí fuera a perforar por oriente, mas por sabia creación genética vira a hemisferio norte, donde tiene centímetros de sobras por explorar, y convencida estoy que el muy bestia llegó a cenotes inexplorados. De las sádicas empotradas se restregaba antepasado primitivo por los suaves pastos, no sé si ovejas o ganados, pero esta noche quédense en su corral, que el espectáculo es sólo para humanos y mayores.

Sus manos palparon mis pezones erizados, y me alegré de su caricia, al fin meterme mano, que habilidoso pellizcó no doloroso, y yo, a no aguantar maravillosa ofensiva de tanto placer, entoné sinfonía de resoplidos a cuya cadencia hubiera sospechado, muy acertado, de un segundo orgasmo. Sentí llamar al timbre del umbral, el júbilo entrar en la planta baja, algazara subir escalones asidos al barandal, taquicardia emocionados, aporrear cancela, y de puertas adentro responder yo esperar, que en breve os abro, pero de impaciencia derribaron portón, asalto culminado.

- "Mppffff mmppfffiiii mmpppfffff" - canté cual templo de la ópera, fácilmente audible desde cuadras y pocilgas.

Las ataduras me impedían despegar mi elástica vagina de su miembro ancestral, poderoso, ley de la gravedad, y deberían de haber visto mi torso oscilando cual navío de papel en huracanes. Ahora entiendo por qué la humanidad no se extinguió en aquellas épocas, muy felices sus féminas entonces, complacidas y satisfechas.

Aquel ancestro no sabrá leer, no tendrá habilidad de escribir, y muy culto no dio impresión, pero en sexo era un maestro, arqueado mi cuerpo hacia atrás cada brusca hincada dentro mío. Hundida su polla cual minero busca en recónditas cuencas betas de oro o de diamantes, no aminoraba el desgraciado, aunque asumo no escuché en sus promesas dar descanso, y siguió, reventando mi gaznate en jadeos endemoniados que tan agradable sonido no quiero colofón rubricar.

A distancia se oían sofocos moribundos, engaño del eco fabuloso, que energía tenía para mucho rato. No pedí socorro, y rogué no me saliera imbécil valiente a prestar auxilio, no estropee la fiesta, en su primer cuarto de pastel.

Redobles de los orgasmos repercutían todavía todo mi ser, cuando de pronto detuvo en seco aquel imperial cañoneo, sin correrse el malnacido, y con cariño impropio de estos especímenes me tumbó delicado sobre ese césped de la naturaleza. Suspiraba yo fulminada por un magnífico polvo, ansiada en repetir, no digo mañana o semana siguiente o fecha tercie, sino aquí y ahora aprisa, ya, inmediato, pero tuvieron otros planes aquel tridente, iniciada la segunda parte en liberarme de máscara impregnada de vapor y humedad.

Parpadeé cual pestañas despiertan en la cuna, y enfoqué vista a suntuosas torres, de pie y con sus pollas enhiestas, molde cada una de aquellas mazas gordas y pesadas con las que ancestros cazarían ciervos, conejos y vaya a saber qué otros bichos.

No oteé el paisaje, y no me pregunté si estábamos a ribera de río, improbable pues no sentía rumor del agua, y tampoco inquiera por si tendía a vera de bosque, que en ese cortinaje obscuro sin el foco de la luna llena apenas avistaba cuanto exige cinco pasos y palpar. Carretera cercana no había, dado hubiera visto alumbrado de largo alcance, o hubiera escuchado el rechinar de los neumáticos, e inequívoco el rugir en el yugo de los motores, y de haber habido vivienda o morada lo hubiera sabido por apreciar estrella a ras de suelo, mas reitero cuanto ya han leído mis amadas lectores y lectoras, que sesteaba en un paraíso donde me habría quedado el día entero, pernoctado vaga hasta el alba, espantada sólo de aburrirme y no cumplir mis designios cargados.

Escudriñé sólo aquellos cavernarios, que por su ágora improvisada rogué votaran hubiera cuerda para rato. Viró un fósil de ésos, de mejillas sonrojadas y gambadas, su reojo a mí muy poco rato, volvió al cerco, masculló a cuyo volumen con oído avizor no capté su táctica, ojalá fuese seguir follando, y por fin tomaron acuerdo, que de entre todos los prehistóricos de esta década, a millones por doquier, tuvo el infortunio de tres rupestres indecisos y asustados.

Regresaron, y a pedirme permiso de continuar, balbuceé afirmativo, en aquel idioma que alecciona la mordaza, pues la historia no podía quedar a medias, tan buen principio y un final sin decepcionar.

"Después de follar con los tres, llegó el mejor polvo de mi vida"

Justo entonces ocurrió el polvo de mi vida, y aconsejo vayan ustedes en cuidado de querer follar como a continuación describo, pues se ha de ser muy neandertal para no terminar con ataque de ciática, o ligamento rotuliano destrozado, el tendón calcando descuartizado, o el vasto interno a hervir por desintegrarse. Entenderá por qué lo digo, y verá que todo cuanto he dicho es verdad, cuando desvele una de aquellas bestias me alzó en volada, tomada en primera fase por los oblicuos cual porta jabalí en brazos, por después apegarme a su pecho musculoso, con sus manos de sustento a compás del glúteo mayor, el bíceps crural y el semitendinoso, y en esa verticalidad, piernas recogidas sin tocar suelo que las cuerdas atadas me impedían desdoblar, me descendió lo justo para acoplar su glande donde a ambos lados flanquea los isquiones, cerca andarán, para entrar muy a dentro, mucho, tanto que del pene no queda ni un milímetro al descubierto.

Emití un gemido entre chillido y placer, pues sentí en la embestida un dolor punzante que, superado ese instante, se convirtió en pasión de alto voltaje. ¡La hostia puta! ¡Que pasada! ¡Ni poesía ni elegancia ni mierdas! ¡Que follada! ¡Colosal!

Por un momento creí la aventura se iba al traste, pues me doblé hacia mi espalda, pero rápido aquel antepasado cazador, acostumbrado a ser certero en arrojar lanza a cérvidos y garrotazo a cuanta bestia se interpusiera en su senda, puso su palma abierta en el zócalo del trapecio, por hacerse una idea de cómo frenó mi caída. Incliné entonces hacia delante hasta apoyar mi maxilar en su clavícula, trémula por el traqueteo que enloquecía todo mi sistema nervioso, el tibial, el safaeno y repase lista escolar, que de impulsos estamos llenos.

- "ffiffmmfiiggugug mmmmiiififguuge" - vitoreaba yo no fuera a desfallecer esa antigua genética triunfal, que de tratarse un sapiens el muy inútil hubiera traído una silla por sentarse, o se hubiera acomodado, cojín y manta si precisara.

Me hubiera gustado saber hasta dónde llegó la polla. Dígame si es posible besara el miometrio, o el muy villano hubiera asomado la testa tras la cortina del cuello uterino, pero por mi parte encantada de llegar hasta el magma o dar la vuelta al mundo. Aquello no podía detenerse, no podía parar, y perdí toda lógica intelectual cuando el muy osado se envalentonó a dar un paso al frente, y otro, y un tercer paso, y debería de haberme oído gemir, a cuyo nivel la muchedumbre enfuriada es silencio a mi costado.

Mis aullidos amordazada no había forma de aplacarlos, cual embarazada diabla en el parto de un maldito, poseída, calco de un ataque histérico, plagio de epiléptica, mas luché con toda mi garra por no desplomarme, que aquel tiempo furtivo marcha rápido, cruel, rogando de rodillas no se vaya, que no repudio, que esto no es adulterio, y aún le fuera qué coño le importa, si estoy yo al mando del timón.

Una estalactita de baba incontenible cayó por el orbicular a estribor de mi boca, resbalando por mi escotadura yugular, y muy probable por el esternón de él también, pero ante aquel ataque semental no era yo, o sí yo pero no ésta sino esa, que soy yo pero no yo, a cuya confusión comprenda no sepa explicarme, que los orgasmos sublimes alteran el estado de conciencia.

Reconozco había perdido totalmente los papeles, atrapada en cuya enajenación iba en aumento mientras él continuaba, incesante, sus manos en mis glúteos y su rostro algo alejado de mi faz, pues asumo la culpa de mis gritos ensordecedores.

Perdí la noción del tiempo, y tal vez pueda ser cierto mareada, pues aquel dolor indescriptible no lo había experimentado jamás, dado en otra situación hubiera sido una pesadilla, y sin embargo estaba viendo el cielo. Tenga en cuenta transcurrió a cámara lenta, restregando su polla por todos los recodos de mi vagina tensada al máximo su elasticidad, y por resbalar sudorosa y excitada de tanto en tanto me levantaba, un salto de primate, y al hacerlo se volvió a clavar su maza hasta el fondo, que no sé si cuántos centímetros son, pero bien estaría tuviera en la polla una regla de medir, que sabría de este modo longitud de la sima.

Se escuchaba el roce de nuestros cuerpos, el chapoteo de los flujos desbordados, y entramos en un ritmo frenético, cruzada la línea donde ya no hay retorno, a velocidad desbocada, imprimido un ritmo que ya no se aminora hasta meta. Mis nalgas retornaron tiempos antaño, en una dureza propia de las rocas esculpidas por la madre naturaleza, mis sartorios se aferraban a la prisión de las cuerdas, y sus besos encantados a babor del esternocleidomastoideo, válgame mofa en nombre usó la ciencia, me enardeció al extremo de no saber quién soy, ni dónde vivo, ni cómo me llamo.

- "mmpppfhfhfh mmpppfffifiifi mmmppfffifi" -transcribo mi orgasmo, no muy al pie de la letra, pues no conté el número de emes o de efes y cualquier otro carácter del abecedario.

Sus arremetidas de vértigo eran claro síntoma de tener el varón la vesícula seminal a reventar, mérito mío y muy orgullosa de mis jadeos. Elevé él júbilo a cuyo nivel sólo está reservado a dotadas y virtuosas, y un torrente de litros blanquecinos vino en tromba por su conducto eyaculatorio. Desde esa presa hasta la compuerta, no da tiempo ni a parpadear, y el antropófago ése estalló en un orgasmo que, de no haberse extinguido los dinosaurios, por el espanto se hubieran ocultado en cuevas durante siglos.

- "Me corro, me corro" - anunció aquel ser arcaico, como si no fuese suficiente vaticinio sus vocablos y su baile.

Perdió el equilibrio el muy rústico con la primera avenida del torrente lechoso, y ambos caímos al suelo, blando o al menos mullido gracias a los pastos. Aquel gesto provocó que su semen se derramara por mi vagina, por el sacro y el coxis, y en tal cantidad ingente de esperma salpicaron gotas en mi abdomen, y las últimas a tocar de mis pezones erectos. Percibí en el brillo de su iris un destello enamorado, y exhausto tomó una bocanada de oxígeno antes de librarme de la mordaza. Preguntó si todavía creía era un troglodita, y si el desgraciado esperaba de mi bando rendición debió de ser por no conocer mi locura incurable, pues respondí así sólo follan tigres y caballos y ancestrales, que verga de moderno humano no soporta semejante fortaleza. Sonrieron a carcajadas los presentes a espectáculo, y reté de qué se reían el par de primitivos, que en su buen hacer debieran de callar y acercar su rabo a mis labios enervados, en subasta pública elegí el tímido y apagado.

Se quedó parado su cerebro atrofiado, y ordené a qué esperaba, pues de ataduras no podía librarme, y se acercó al mismo ritmo de quien lee reliquia de manuscrito, yo a la espera impaciente. Se tumbó el sujeto sobre el lecho de hierbas, y costoso fue colocarme entre sus piernas, con gestos deformes e innegociables si pretendía situarme parroquiana en la taberna.

"El segundo trozo del pastel fue la fiesta del sexo oral"

Incliné mi cabeza, y rectifiqué el descenso pues en ese rumbo iba a estrellarme contra el hueso iliaco, pero al virar se interpuso mi largo cabello entre mi boca y mi objetivo. Pedí a ese vestigio suplente apartara mis pelos, y el muy tramposo tomó manojo, recogido donde el occipital, amarrado con sus dedos, para no soltarlo.

- "Abre la boca" - se afanó en adelantarse dominante a mi sabida voluntad.

Obedecí, y obcecada en esa polla no vi venir dos misteriosas barras de hierro rígido que se situaron al fondo de mi cavidad bucal, muy detrás de la apófisis alveolar, donde en nuestra dentadura es plaza del segundo y el tercer molar. Una ceñida correa se cerró bien tensa por terreno del cóndilo occipital, y al girar dos tuercas en cada costado separó forzado mi mandíbula del maxilar, dejando mi boca en su máximo apertura.

- "La chuparás al ritmo que yo te diga" - sentenció mientras yo notaba encalambrarse la apófisis conclilar y la escotadura mandibular, por tal mayúscula abertura de mi boca.

Mi única respuesta fue un prolongado aaaahhh incapaz de articular palabra o emprender movimiento, al tiempo que empujó mi cabeza hacia abajo hasta cruzar el glande de su compañero mi escotilla abierta.

Detuvo la entrada entre el paladar duro y blando, palpé con el ápice de la lengua por ubicar punto de partida en su falo, y abrí paso al rastreo de las papilas, que aun teniendo de sabor dulce, agrio, salado y amargo, diré tiene la polla un gusto inclasificable, carnoso y deseable, siempre no sea un asqueroso que no se duche o lave, en cuyo caso no entro a detalles, no vaya usted a haber comido y se le revuelva la tripa.

Ni corta ni perezosa, relamí ese tronco como quien sorbe un helado, delicioso, que no es ni de chocolate ni nata, tirando a cremoso, y en cada lamida percibía los espasmos de su polla, dando golpes cual campanada anuncia las horas en punta o de los cuartos cada día. Avanzaba desbocada por todo el rastro del frenillo, la raja de la sombra a cúspide, notando las dos rodajas entregadas a mi encanto, sorteando uretra en cuyo círculo no logré terminar, pues aquel antropoide que atrapaba mi melena hundió mi boca llegando la tranca hasta el arco palatoglossal, muy adentro, muy rápido, volviendo atrás hasta el rape palatino y de nuevo profundo, en busca del arco palatofaríngeo el animal, ametrallada, dando sus órdenes sereno mientras mi rostro desencajado reflejaba el sufrir, adentro, atrás, adelante y retroceso, oscilando sin pausa ni descaso en ida y venida, con la polla tiesa batiendo cuya baba se derramaba a borbotones por encima de los testículos del opuesto.

- "Aaagggg aaaammmmmggggg ggggraaagggg" - jadeaba yo con áspero desespero en mi suplicio.

Imposible me resultaba facultar de mis plenas habilidades en estas artes, que doy fe habría ardido su enorme nabo como si fuese mi quijada las mismas calderas del infierno, mas la severa mordaza no me permitía libertad de oprimir su cuerpo cavernoso, prensar con labios jugosos o juguetear con vestíbulo y encías. Muy al contrario, no tenía ningún dominio de mi pico, en puesto no se movía y prohibida retirada a la fuerza.

Alcanzado un tercio del castigo, sentí la saliva impregnar la tonsila palatina, empapar por la papila sublingual, inundar el ducto de la glándula submandibular, y empezar a desbordarse por las encías gingivales, y supliqué retirada, por al menos rehacerme de la bizarra agonía, atada, muy bien atada, maravillosamente atada, ataduras que no ceden y no las quería caer, forzada por aquel pariente directo de gorilas a meterme todo el miembro bien adentro, impasible, perverso, mi faz sufrida, tormentosa la pasión, regreso atrás por enésima vez, en cálculo estimado pues perdí la cuenta hacía rato, cual mecida en vaivén por un mar embravecido, y en tal comentario confiado ¡qué demonios hago protestando!

No aguardaba ternura de estos homínidos predecesores, pero sí me sorprendió su mano experta y diligente, agarrada deduzco diestra donde el tallo de mis pelos emerge a superficie de piel, linde con la glándula sebácea, quien por la saña de su puño bien debería lavarme el cabello cuando regrese a casa, y he dicho sorpresa pues magistral marcaba inflexible la entrada y salida de la polla, no cruzando umbral de incisivos, conmigo reclinada.

Firmo el calvario, si precisa repetir, o en la añoranza padecer semejante, indiscreta confieso pues de ser público me saldrán ofertas a decenas de miles por dondequiera vaya, y quizá se escandalice cromañones de corbata y sus consortes vestidas de falda larga, dado dirán no entienden cómo puedo decir disfruté en tal martirio, mas díganme este hipócrita estiércol si no fue tortura sádica cubrir con inútiles mascarillas la faz de toda una nación, ahí quien obedeció, muy contentos de portar mordaza meses tantos como parto y prolongue todavía, y en caso de ser vos rebelde vaya con cuidado, que turba imbécil a miles andaban ojeando quién lleva o quién no lleva, cómplices déspotas de la masacre.

Lecciones estos desperdicios dé a su puta madre, que medidas reales de guerra tomé y no he sellado paz o tregua ninguna con ejército enemigo a fecha de hoy, y de no gustarles mi gozo váyase perpetuo y muera sollozante donde nadie jamás le encuentre, púdrase en el fango, que yo continuo con mi éxtasis, alegre y regodeo de ser protagonista.

Diré incluso me retorcí angustiada mucho mejor, pues de repente, sin previo aviso, con mi cuerpo reo acostumbrado, una polla atacó por retaguardia y entró al fondo de mi coño, viniendo traidora por detrás.

- "gggaaagggggg jjjjjjagggggggg" - llegué a recitar en la mayor rima de mi poesía.

"Dos pollas tenía dentro de mí en este momento álgido"

Ni sé qué dije, ni sé que quise decir, y debió de ser prosa que nunca había dicho, dado no me sonaba haber clamado jamás lenguaje jeroglífico. En aquellos instantes, de haber sido usted espectadora o espectador, habría jurado ser yo la cavernícola, por no comprender ni un símbolo de mis cuerdas vocales, pero déjeme explicarme antes de marchitarse este presente y ser demasiado tarde que no quise decir nada, tan sólo algarabía de mi alma.

Abrí mis piernas arrodilladas, peroné y tibia al suelo, todo el permiso concedido por las ataduras, por dar vía libre adentro del habitáculo, y en aquel momento la escena tomó su punto álgido, esbóceme a mí atada, mordaza en mandíbula cual ballena devora toneladas de plancton, su mano orientando mi felación sin opción a huida, el varón supino en la prado, y con dos pollas como extracción petrolífera que no podía detener, una en la boca y siamesa en la vagina.

Por ser carne los falos no piensen en objeto blando, que los héroes escritos en la historia universal dotaban de garrote descomunal, hinchado sus bastones a rigidez de hueso y circunferencia que no alcanza el índice y pulgar a cerrar. Del primero no negaré era granero hartado en julio, y del segundo diré limpia telarañas que otros espeleólogos no avistaron por su lejanía, y entre uno y otro llegamos sin percatarnos a una fase de mete y saca frenética, las ideas energúmenas excavando bien profundo mis grutas, adentro, afuera, entrar, salir, o perdón por el mentir que el éxodo fue un amago, pues sí llegó hasta el fondo, amígdalas el taladro en mi boca y donde penumbras el punzón entre mis piernas, pero en su retroceso ninguno de los dos asomó su beso de pez al exterior, acogidos al amparo de mis agujeros.

En tramo de meseta tomaban un ritmo lento, pausado, intenso siempre no cabe duda, por alternar con empujones donde ya no hay mayor cabida, y en estos embates perder yo mi harmonía, y meter otros milímetros la polla en ambas cavidades.

De haber seguido horas, en aquella espectacular follada morbosa y salvaje, hubiera amanecido el paraje con un misterioso pantano, ciencia histérica a investigar, cuyos litros anticipo yo, antes de publicar estudio y resultados, son cincuenta por ciento mi baba, y el resto flujo vaginal, pues caía una cascada de mi boca, estalactitas pendiendo del mentón, péndulos de baba desde la misma espina nasal, la pelvis del ascendente resbaladiza, mientras cuajado flujo, perfumado de cuya fragancia perciben bulbos olfatorios de machos a distancia, resbalaba por las alturas de mi bíceps femoral, quebrada interna en fémur abajo, dado dentro de mi vagina estaba la piscina a reventar.

Gritaba yo, sufrida y excitada, y jadeaba a bocanadas a quien devoraba su capullo con mis mejores lizas, victoria a mi bando en aquel combate, y el integrante al trío callaba pausas por sumarse a la refriega coral en segundos, concurso a ver quién da el do de pecho más altivo.

Los tres intérpretes cruzamos la barrera del no retorno, dícese de divisoria donde se quiere más y más y más, esa rítmica fricción en los cuerpos cavernosos a cuya celeridad endiablada dicta la razón más, más y más y más aprisa, los resoplos agitados a intervalos más prestos, más y más y más, el corazón latiendo a cuantas pulsaciones exige por no tener suficiente la emoción más, más y más y más, los pensamientos desvanecidos por la hipnosis de una tensión mayor, mística, exagerada cada segundo más, y más y más y más, por concluir en ese estallido de fluidos y orgasmos, que pregunte usted a científicos si son contagiosos, dado yo no pienso hacerlo pues en mi experiencia versada estoy convencida de respuesta afirmativa.

- "Sí, sí, sí, me corro" - anunció a los cuatro vientos con timidez perdida el cernícalo que disparó chorros de semen directo al orofaringe.

Batido de mi babeo y masas espesas blanquecinas de su esperma resbalaron al istmo, y de ahí irremediable curso al esófago, que el muy canalla de su cómplice mantuvo mi boca quieta, sin poder marchar, cúpula de su polla, ante gimoteos míos que de haber percibido su oído habría dicho fue una matanza, mas no lo entienda en su cruz funesta, que hablo de su cara jovial.

LengŁetazos emprendí, agotada mi lengua y maxilar adormecido, por repartir leche en provisiones, cuando secuaz metido en mi vagina perdió el poco seso de su especie, en gemidos sonoros, continuados, perpetuados, avecinando el inminente orgasmo, lenguaraz en el pálpito de su pene, blasfemo al abrir manguera, tronado con el semen descargado, y yo exploté de lujuria hasta el extremo de querer abrir la boca al extremo de no haber margen ni tan siquiera en bisagras, queriendo tragarme toda la polla ya entrando en período refractario, no empequeñezcas rezaba yo en vano, ley sagrada de la madre naturaleza, mientras empujaba nalgas hacia atrás, queriendo meterme su pepino hasta ovarios si fuera preciso, y ya de paso testículos adentro, en mi desvarío sin precedentes.

- "ggggaaaggagga gggjjjaggagaggg ggggagaaggmppg" - fue la canción de mi último orgasmo.

Todos mis sentidos marcharon de mi ser, mis necesidades se entregaron a ellos, mis deseos se rindieron a sus órdenes, restregándome contra ya no sé si era pelvis, o su pierna, o la corteza de un árbol, o la trompa de un mamut. Es imposible describir con adjetivos exactos qué se siente en ese preciso momento, colapsada por un temblor totalmente opuesto al gélido invierno, que no es hielo sino lava, pero muy probable sea perfecta descripción me apunto voluntaria a repetir, mañana mejor que semana siguiente, o propongo idea no terminar, seguir dando y dando y venga y venga sin parar, breve y efímero se ha hecho el tiempo.

Liberada de la mordaza, casi debo de volver a escuela por recordar a masticar, pero no se alarme, que cuanto dura diez cantos de grillos y apremia el hambre se devora sin dificultad. El entreacto final fue un orfeón entre amigos, sentados agotados en las mullidas hierbas esos primitivos, de cabelleras despeinadas, pollas arrogantes ahora ya triste vi civilizadas, y yo, vanidosa, querida y presumida, tumbada en el centro, desnuda, atada y sin premura por desatarme, que al intentarlo uno de esos monos espanté fuera de aquí, no tengo prisa y es de noche todavía, respondí.

Conversación sí tuve, que don de habla disponían estos seres inferiores, y a pesar de no ser ducha en conferencias supe decir que maravilla me lo había pasado, y no lo dije por dar piadosa limosna a su espíritu, sino en libre voluntad e irresistible entusiasmo.

Pedí eso sí pudieran llevarme de regreso al parking, que allí tengo coche estacionado, y al llegar ya hablaremos de quitar cuerdas, pero mientras tanto dejar puestas, y en cumplir consigna me levantaron entre todos del suelo, y a flote como náufraga volví al maletero, puerta cerrada y no apertura hasta retornar a punto de partida.

Rescatada de ataduras poderosas en la trinchera de ese chasis, salí en cuidado del escondrijo, pues marchaban los últimos fiesteros y borrachos a sus casas, por tomar prendas y vestirme, salvo blusa destripada que gesto tuvieron en regalarme camiseta, holgada y ancha dado no era de mi talla, y ataviada volvimos al inicio, con la única diferencia de preciosa estampa de las cuerdas en epidermis, surcos diría en dermis y llegando al tejido subcutáneo, temporal y erótico recuerdo.

Terminó la noche, apuntando el alba con ligereza y alegría allá en el horizonte, y en ese despuntar me despedí de estos prehistóricos sin besos de cortesía, que a estas alturas de novela no tiene valor dos arrumacos en mejillas, con la oferta entreabierta de encontrarnos otro sábado por la noche, según disponibles mis hormonas y sus garrotes.

 

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